I.
"...lo que caracteriza al ser humano es precisamente ser "un ser que es lo que no es y que no es lo que es", según la fórmula sartreana."
Acerca del feminismo deberíamos decir que nunca ha sido, ni parece que será, un movimiento homogéneo. Lo intuyo como ese movimiento bien marcado por un sentido de la acción social, de lucha de las mujeres, que le concede desde mi punto de vista un sentido de premura; de necesidad de hacer valer y de obtener aquellas libertades y derechos naturales de la existencia masculina, patrimonio de los hombres; de un sentido de conquista indetenible; que fue tomando de una teoría de género, de una deconstrucción de la filosofía occidentalista, incluso de supuestos marxistas, su soporte ideológico y su epistemología.
Como movimiento histórico reúne múltiples visiones, y también múltiples metáforas: "techo de cristal", "paredes de cristal", "suelo resbaladizo" o "suelo enfangado", todas ellas para aludir a las transparencias contra las cuales las mujeres chocan y son devueltas a sus condiciones iniciales, a los obstáculos invisibles que detrás de libertades conquistadas aguardan impidiendo el paso, la trascendencia, hacia nuevas libertades que se divisan desde el tránsito por las ya descubiertas antes.
Esto es precisamente lo que más me llama la atención cuando leo El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir, el concepto de trascendencia enfrentado al de inmanencia.
"En la moral existencialista no ejercer la trascendencia es siempre una falta moral: si no me asumo como libertad, si no reconozco que mi propia forma de ser es un existir abierto hacia el futuro que forzosamente ha de elegir lo que quiere ser, si no elijo ser algo, si no hago proyectos, entonces me rebajo ontológicamente y me equiparo a las cosas, seres en sí, pura inmanencia, porque siempre son iguales a sí mismos, seres ya hechos, opacos."
Y dentro de este dúo, trascendencia-inmanencia, o dicotomía, para utilizar los términos sociológicos de los que ya no me puedo desprender, aunque hayan sido construidos por hombres, hay una mediación que a Simone de Beauvoir no se le escapa, y tiene el nombre de Amor.
Ella explica en la segunda parte del libro: "la experiencia vivida", que hombres y mujeres tienen una particular relación y manera de vivir y concebir el amor. Para la mujer- mujer este será la misión de su vida, una entrega total y hasta puede que una divinización mística. Encuentra en el hombre a ese dios hacia el cual consagrarse; dios que no puede dormirse; descansar abandonado en el lecho, porque esto implica su regreso a la carne y por tanto a la inmanencia; dios que debe ser vigilia para acompañar a la mujer, para no dejarla abandonada como en su temprano destete, para hacerla partícipe de la acción y de la vida que ella misma no tiene ni consigue para sí sino a través de este "semidiós" que flaquea, al que dentro de este amor mistificado, ella le inventa la espera y también los artificios.
Este amor, en el hombre vendrá a ser solo una parte de su vida. El hombre deberá alejarse y regresar al amor, pero su proyectarse hacia nuevos riesgos implica la separación carnal y espiritual de la mujer que se traduce entonces en espera desesperada y en aburrimiento.
Como para el género masculino el amor es solo una pequeña parte dentro de otros proyectos, sus celos aparecen según el sentido de pérdida de la posesión, sin embargo para la mujer todo lo que el hombre mira y toca se convierte en vida, en parte de una trascendencia que a ella le ha sido negada y entonces vivirá pendiente de sus miradas y sentirá, en palabras de Simone, que es devuelta al polvo y a la arcilla de la nada en cuanto él manifiesta su interés en otra, ya que la mujer aparece como un objeto fácilmente intercambiable.
El amor que viven los dos sexos no se basa en una relación de equidad, el hombre esclavo de este amor, termina hastiado luego de la consumación de sus deseos. La mujer por otra parte estará siempre insatisfecha, vivirá en la contradicción de retener al hombre que pretende sea dios y además héroe, incitándolo a cumplir los parámetros de heroicidad que solo pueden ocurrir poniéndolo todo en riesgo, incluso la cercanía y la relación que mantiene con ella.
Es aquí donde Simone de Beauvoir toma el concepto de libertad del existencialismo, el hombre puede querer una mujer libre que sabe le pertenece, sin embargo la mujer sufre la libertad de un hombre que nunca sabe si podrá amar a otra. Otras mujeres son siempre enemigas, además de las rivales que ella se inventa. Su mundo es el mundo que ha tejido a su alrededor a partir de las relaciones que mantiene con su héroe; acabadas las mismas se derrumba todo. Muere el artificio que es necesario mantener a base de nuevos artificios que le devuelvan siempre su atractivo, que impidan la entrada de otra que irradie una mayor oleada de luz, o que tenga este halo que nunca pudo mantener sobre su propia cabeza.
La forma de vestir, el maquillaje son las herramientas de la mujer para recuperarse de la nada descubierta detrás de su aparente misterio. También la lejanía de su amante pueden servir para que este recupere el deseo mientras no caiga en la cuenta de que esto es también una estrategia, otra, además de las quejas, los lamentos que parecen ser el lenguaje femenino.
¿Cuál es la salida que propone Simone de Beauvoir?
Primero o muy necesariamente, la independencia económica. El amor no puede ser la única ocupación de la mujer, su única misión, su gran proyecto.
Asumir las riendas de una libertad que en principio puede resultar vacía, devastadora, llenándola de riesgos, asumiéndola en la oscuridad de la nada, hasta que se vaya abriendo un camino propio.
Me llama la atención lo que dice de la mujer narcisista, se ama tanto a ella misma que es incapaz de entregarse a una actividad que conlleve tiempo, dedicación, paciencia para ver los logros. Dedicarse a algo que le haga olvidarse de sí misma como objeto, algo que la convierta en sujeto de acción.
Volviendo al amor. Como socióloga, el amor no deja de parecerme por encima de todo una relación social. Apartándome de Beauvoir, el amor reviste siempre un carácter subeversivo de la realidad cuando, asumido en la libertad de dos seres hombre y mujer, o del mismo sexo-género, hay como una especie de redescubrimiento de que lo aprendido sobre el otro, el alter, era una falacia, una armazón de estereotipos, un arbitrio. Sin embargo la sociedad cuenta con un mecanismo de control sobre este carácter subversivo: el matrimonio. Y en este punto vuelvo a Simone de Beauvoir, porque para ella el matrimonio lleva en sí el carácter forzado del amor conyugal lo que es sinónimo de la falta de amor y de contrato, en que los géneros se reconocen en unos roles preestablecidos apoyados a escala macro, socialmente, y con todas la estructuras creadas para su reafirmación y su reproducción. De manera tal que la socialización de género deba pasar por una primera institución llamada matrimonio confundida con la familia de elevado prestigio social, ético, religioso y político. Donde el hombre es lanzado a la acción y la mujer a la recreación de mediaciones que son el trabajo doméstico, necesario para seguir adelante en la persecución de unos fines, otros, de los cuales este tipo de trabajo invisibilizado representa la base necesaria pero transitoria hacia la libertad de proyectos que generan nuevos proyectos.
Mientras tanto el trabajo doméstico encierra a la mujer en la repetición de lo mismo; la identifica, hace parte de su identidad un sentido de utilidad, pero una utilidad que nunca es fin sino únicamente medio, donde no puede reconocerse como sujeto, donde se desgasta en la repetición, en la reproducción, en la ordenación fija y constate del mundo privado.
Sin embargo, la mujer ha salido fuera de este mundo privado y he aquí que aparecen las metáforas que enunciaba al inicio. Sus proyectos chocan con límites que la devuelven a la repetición, luego de alcanzado un fin se pretende encadenarla al mismo una y otra vez, el techo de cristal, la obliga a hacer una y otra vez la misma cosa, convertirse ella misma en cosa destinada para esa cosa. En un mundo de libertades infinitas, la mujer no puede seguir adelante, se desangra en alcanzar mediaciones, siempre en el plano de lo que media un inicio y unas metas mutables, dialécticas.
Si el hombre puede y tiene el derecho a ser un proyecto de proyecto, la mujer solo tiene el derecho a presentarse como un proyecto acabado, con toda la belleza y el éxito de un fin que irá perdiendo su brillo a través del tiempo como toda mercancía recién comprada. No importa cuan relevante, cuan impensado para sus fuerzas haya sido el mismo, ella tiene que ser un resultado definitivo al que se le pueda llamar por un nombre inamovible, al que se le pueda contemplar como objeto, en sentido peyorativo, materialista, y se pueda identificar según una lógica masculina, de manera tal que pueda ser fácilmente insertado en el grupo de medios-mediaciones que corresponde a los hombres trascender. Y si la mujer se levanta antes, olvidada de sí misma, de sus aparentes triunfos, si no se regodea en sus victorias sino que decide y cae en la cuenta de que estas eran solo un paso en medio de un camino mucho más largo, el mundo masculino prepara sus transparencias, techos, paredes, y suelos resbaladizos.