A los eggúns de Pedro Ivonet y Evaristo Estenoz
El 12 de julio de 1912 fue muerto por la guerrilla del capitán José Aranda, en el cafetal Nueva Escocia, término de El Caney en Oriente el general de independencia Pedro Ivonet. Dos semanas atrás, el 26 de junio en Bella Biajaca, término de Alto Songo había sido ultimado por las fuerzas del teniente Lutgardo de la Torre, el líder mestizo Evaristo Estenoz y Coromina. De esta manera, se cerraba un pasaje dramático de la recién estrenada república.
Con la muerte de los líderes del Partido Independiente de Color finalizaba la vía de la lucha contra la discriminación racial mediante la movilización política autónoma. Esta alternativa surgió cuatro años antes, por el no cumplimiento de las expectativas alcanzadas en las guerras de independencia de la población negra. La república iniciada en 1902, había posibilitado el ascenso de figuras de color en la política. Sin embargo lo anterior no garantizó el efectivo cumplimiento del artículo de igualdad constitucional. El partido de color fue una respuesta de un sector vinculado al mambisado. Su accionar fue cuestionado por líderes negros y mestizos terminando en un alzamiento por legalizar su organización, eliminada del juego político por la Enmienda Morua de 1910. Su protesta condujo al derramamiento de sangre de miles de personas no blancas.
Después de 1912, este hecho político-racial tuvo consecuencias directas sobre la población de color. El investigador Alejandro de la Fuente apunta el desarrollo de un racismo agresivo y violent; pero también se pudo palpar el síndrome del miedo al negro dentro de una sociedad de códigos racistas compartida por amplios sectores, provocó la hipótesis de la necesaria desaparición del negro. Ese mismo año el escritor blanco Gustavo Enrique Mustelier León publicaba el texto La extinción del negro en el que abordaba científicamente los postulados de esta tesis.
Los años que cierran la década de 1910 revelan condicionamientos resultantes de las consecuencias de la masacre. La llamada Guerra de razas, abrió las puertas al temor de instaurar un posible peligro negro exacerbado, manipulado en la venganza de los sobrevivientes que se pronunciasen contra la igualdad establecida. Las fronteras de este escenario indican hasta donde su cumplimiento efectivo fue permisible. Si bien correspondió al grupo interesado efectivilizar la igualdad jurídica, su aplicación se ajustó siempre que los sujetos portadores de la misma no trasgredieran el límite estipulado.
Por otra parte, la significante de cruzar la línea del color, fue una interpretación que correspondió generalmente a los grupos de poder. Como pacto de un consenso reforzado después de ese año, otros sectores se apropiaron de esta delimitación. Se liberó un racismo de estado que aplicó activamente la dominación. En la práctica la discriminación se reforzó con el empleo de la violencia que fungió como mecanismo de control de los linderos de la igualdad.
Este racismo, ejercitado libremente por instantes, se mostró en diferentes escenarios de la sociedad del momento. La literatura, los espacios públicos, la religión, la familia fueron variables donde operó. La posibilidad para los sujetos portadores de los códigos racistas de operar de una manera intensa contra los transgresores de la igualdad, devino en situaciones de alteración del orden público, en aras de la preservación del orden social.
La violencia se tornó forma de expresión del modelo racista. Los hechos acaecidos en los espacios públicos de 1915 y 1916 en Camaguey y Cienfuegos, respectivamente, expresan como los límites de la igualdad son manejados de una manera activa para el cumplimiento de la norma existente. La violencia cumple la función de escarmentar a los transgresores del paseo público mediante la acción física. La intolerancia de algunos blancos a que negros y mestizos transiten fuera de las zonas diseñadas para ellos dentro del parque revela el indicador del lugar que se les asigna en la sociedad. La actitud hostil se desenvuelve dentro de condiciones estructurales (inequidad, intolerancia, impunidad) que permiten comprender su ejercicio y concreción. Los individuos violadores de la igualdad debían ser atajados de manera rápida y efectiva. La tendencia al linchamiento, el enfrentamiento físico, son evidencias de la legitimidad en que las formas de control se desenvolvieron. La intensidad que se vive posterior a la masacre de las fuerzas estenocistas posibilita recrudecer la fortaleza del racismo. Al liberarse los débiles resortes de la igualdad racial, se pasa a un momento de exacerbada represión que no finaliza con la muerte de Pedro Ivonet y Evaristo Estenoz. Durante los años siguientes las élites negras y mestizas debieron revaluar, bajo una fuerte tensión social, las formas de enfrentamiento al racismo.
Los órganos de prensa jugaron un papel destacado dentro de la dominación y el consenso en todo momento. Los lectores que consumieron las historias y leyendas ficcionadas de los negros desnudos y salvajes que deseaban dividir a la república civilizada, quedaron presos del temor de volver a editar un hecho de igual connotación. El efecto periodístico consiguió desplazar cualquier duda de que cuerpos extraños debían eliminarse del interior de la nación.
En el interior social se planteó la expulsión de aquellos sujetos degenerados (brujos, delincuentes, enfermos, haitianos, jamaicanos) que no facilitaban su desarrollo. La teoría de las razas, quedaba reforzada en un sentido histórico biológico que convertía al cuerpo social en enemiga de sí misma. El nosotros social construido por el grupo dominante, logra coaptar a los actores sociales después de la matanza de ese año. Se debe eliminar a el otros nocivo que dividía a la nación cubana. Se hace necesario la erradicación total de la raza no apta para el entorno civilizatorio. El Estado se convertía en protector de los intereses de la integridad de la raza pura que sobrevive. El saneamiento biológico del cuerpo social se convirtió en tarea de inmediatez. La obra Guerra de razas, un folleto de inmediata publicación al final de los hechos dedicado al Mayor General José de Jesús Monteagudo, quien dirigió la represión, vincula a una población negra denostada, y reivindica a la población blanca constituida como la más apta, fuerte y preparada para conducir a Cuba hacia al progreso. Esta hipótesis tuvo un fuerte respaldo en los círculos productores de información que legitimaban la inferioridad de la raza negra.
También manipulaciones políticas se mostraron en estos años con intenciones electorales. El proceso posterior de liberación de los complotados refleja las incidencias que se movieron en períodos eleccionarios para captar el voto negro. El proceso de la amnistía a los complotados aprobada en marzo de 1915, muestra los vaivenes políticos.
La prensa de la época difundió en esta etapa diferentes rumores de conspiraciones donde se involucraban a ex-miembros de los independientes de color. Noticias sensacionalistas manejaron el fantasma de Estenoz e Ivonet con el objetivo de manipular el voto negro para conveniencias políticas. Para finales del año 1915 le prensa divulgó que sediciosos no blancos quería revivir la edición de 1912, tema de credibilidad social facilitada por la creencia de que los negros y mestizos estaban preparando una nueva guerra de razas. La Masacre del Partido Independiente de Color, entre mayo y julio de 1912, despertó una histeria racista en los años que sobrevinieron. Se evidencia la fragilidad de la supuesta igualdad racial.
No obstante como proceso de doble rasero, hay una arista apenas explotada que merece atención. Si una observación salta a la vista, influido por los rasgos clasistas, es que la mayoría negra y mestiza pobre fue la parte más afectada del escarmiento. Perder al hijo, al padre, al esposo, y continuar la vida dentro de esa marea de tensión es entrar en intentar reconstruir las voces de los sin historia.
Se hace necesario imaginar como fueron las actitudes de los sectores populares afectados por este proceso, sin instrucción, e igualmente ungidos de olvidar y sepultar ese hecho. Sobre ellos gravitó principalmente la mayoría de las tesis racistas que luego se desarrollaron. Impelidos de formas efectivas de eliminar la discriminación, el sujeto común utilizó a mano estrategias provenientes de sus habilidades, aprendidas dentro de un medio social específico y adverso para enfrentar la realidad.
Desde este punto de vista las secuelas de la violencia racial del año 1912 son diversas. El trastrocamiento de la vida de las personas, familias y comunidades; la acumulación de la incomprensión de las consecuencias del acontecimiento, la presencia temporal de lastre que supera al acontecimiento en si; y la violación del derecho de la igualdad de manera efectiva son algunas de ellas. Esta afectación selectiva desde la raza, y colectiva como nación retardó el proceso de relación interracial. Las efectos psicosociales arraigan el deterioro de vida de los individuos y el grupo afectado, bloqueándose sus habilidades y capacidades culturales, sociales y emotivas. También en lo político se destruye la institucionalidad del ejercicio de la ciudadanía personal y colectiva. El dolor real de los sobrevivientes y su reivindicación es una tarea compleja y que esta por hacer. Entra a considerarse la ausencia de una reparación para los hombres y mujeres que luego de ser atemorizados, recibieron el escarnio social.
El no restablecimiento de las condiciones, derechos, oportunidades y la calidad de vida perdida por el efecto de la violencia política tiene un peso esencial. La tipología reparatoria (simbólica, jurídica y pecuniaria) ausente explica la necesidad de enterrar lo que en un momento fue considerado un bochorno para la nación cubana. Las víctimas nunca fueron resarcidas y continuaron siendo segregadas. Hacia su reivindicación como grupo racial van dirigidas estas ultimas palabras. La verdad histórica de ese instante debe obligatoriamente rendir tributo a aquellos, que luego del miedo imperante debieron seguir viviendo, tras la masacre de 1912.