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Para un rescate del espacio lírico
Luis Álvarez Álvarez , 01 de agosto de 2008

Es un hecho bien conocido cómo, en los albores de la lírica cubana, una de las primeras direcciones temático-estilísticas fue la de la poesía descriptiva, en la línea del costumbrismo y el criollismo. El romanticismo cubano está jalonado por grandes textos poéticos en los que el espacio no se limita a ser un huero trasfondo de utilería, sino que, por el contrario, deviene sector semántico cargado de sentidos dinámicos: así, José María Heredia, primera voz romántica en castellano, y Luisa Pérez de Zambrana, sello final del mejor romanticismo cubano, son muestras evidentes de esa prioridad funcional y significativa del espacio lírico: en aquel poeta, el portento geográfico se convierte en corpus mutante que puede conducir al espíritu, desde las antípodas del ser, hasta la esencia misma de la patria; en ella, el bosque deviene —en un tono que tiene difuminadas concordancias con la angustia cósmica de Novalis— correlato del alma atormentada de la poetisa. A pesar de estos y otros casos relevantes, en el estado actual de las investigaciones literarias, no se ha pasado de la simple valoración epidérmica, de manera que las características morfológicas de textos concretos, su relación con los sistemas semánticos de la tradición cultural, su interconexión con otras literaturas, etcétera, están todavía por definir y son terreno virgen para la indagación. Un estudio semejante, empero, es imprescindible para un conocimiento cabal del proceso literario en su conjunto (tanto en Cuba como en el resto de América Latina). A priori, se puede incluso adelantar diversas hipótesis.

Parece posible suponer que el tránsito del Romanticismo al Modernismo en Cuba comportó transformaciones determinadas en la morfología del espacio lírico. No me refiero a los contrastes superficiales entre el neblinoso bosque sentimental y el impuro amor de las ciudades, tópicos en que se condensan actitudes del romanticismo y el modernismo en la Isla. Antes bien, considero que el cambio estilístico debe de haberse producido en niveles más profundos del texto: habría que dilucidar si, más que un cambio externo de escenarios, se produjo o no una transformación esencial en el modo de configuración del espacio lírico. Sería interesante empeñarse en esa aventura de lectura crítica, porque si la respuesta no resultara ser una mecánica polarización, podría tal vez entenderse de manera ponderada el complejo fenómeno del devenir de un movimiento a otro. Hay demasiada costumbre de asumir el paso del Romanticismo al Modernismo en América Latina como un corte brusco, en exceso dependiente de catalizadores foráneos; pero esas interrupciones quirúrgicas no suelen presentarse en el desarrollo histórico-literario de un país, y tanto menos en todo un continente. Ciertas identificaciones entre estilos individuales, a partir de su contemporaneidad y aun su pertenencia al mismo movimiento, generación o grupo literario, podrían revelarse como menos absolutas si, entre otros componentes de la morfología del texto y de la orientación general de su significación, se prestara una mayor atención a la problemática del espacio literario. Del mismo modo, la valoración de la morfología del espacio lírico resulta una vía de gran atractivo para penetrar en el estilo individual. Este es, por ejemplo, el caso de Eliseo Diego, cuya obra lírica alcanzó perfiles muy peculiares y, además, ejerció una tangible influencia en diversas promociones de poetas cubanos. No cabe duda de que algunas cuestiones esenciales de su obra requieren todavía de un análisis más penetrante, lo cual permitirá tanto una recepción valorativa de mayor alcance sobre su poesía, como un mejor esclarecimiento de su incidencia en la poesía cubana del siglo XX.

Ya el ensayista Enrique Saínz ha señalado que en la configuración orgánica de su obra lírica, el espacio es de importancia crucial, hasta el punto de afirmar que en Diego “la poesía es el espacio, y el espacio es a su vez el poema”.1 Aunque Saínz se refiere más bien a una recurrencia temática denotativa —en particular en el poemario En la Calzada de Jesús del Monte—, esa idea suya puede servir para el estudio de un principio constructivo fundamental en la poesía de Eliseo Diego.

Suscribiendo este aserto de Saínz, me permito esbozar algunas consideraciones liminares sobre un sector de la obra de este poeta. Desde su poemario En la Calzada de Jesús del Monte, Diego acusa una tendencia sostenida hacia la descripción localizante, por cuanto amplias zonas de ese libro se concentran en la captación y redefinición semántica de ámbitos espaciales, desplegados, incluso, a partir del nombre de una calle, así convertida en foco semántico que ilumina y perfila todos los realia aludidos en el texto y al propio sujeto lírico que los enuncia. Es, sin embargo, en Por los extraños pueblos, su segundo libro de poesía, donde puede advertirse un tratamiento obsesivo del espacio como eje estilístico fundamental. No es casual que el poeta incluya en su libro dos epígrafes de clara connotación espacial. El primero, de Federico Milanés, romántico cubano —“y entre arboledas la graciosa quinta / con su pórtico blanco entre la sombra”—, dirige ya la atención del lector, subrepticiamente, hacia la idealización alquitarada del espacio, rasgo distintivo de la poesía criollista cubana de mediados del siglo XIX. El segundo epígrafe, del poeta británico Alfred Edward Housman —“The happy highways where I went / And cannot come again”— subraya el matiz de remembranza de la descripción espacial que será desplegada. A estas claves paratextuales, se agregan las palabras del poeta en su prólogo al poemario: “No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio. A lo que Dios me dio en herencia he atendido tan intensamente como pude; a los colores y sombras de mi patria”.2 Un rápido examen de Por los extraños pueblos, revela que predominan en él los enunciados descriptivos, y que poemas enteros se asientan sobre representaciones espaciales —véase “El almacén”, “Los baños”, “Las casas de madera”, “La iglesia entre las palmas”, etcétera—. Diego levanta un escenario homogéneo a partir de segmentos varios de la realidad cubana, en una gran figura semántica general, subordinada a la perspectiva del sujeto lírico, quien parece colocarse en la remota actitud del descriptivismo del siglo XIX, para delinear imágenes pueblerinas, costumbres del recinto familiar cubano, ámbitos públicos, paisajes. La determinación del territorio visualizado abarca toda la Isla, pero el sujeto lírico presenta el espacio no en términos de bien conocidos lugares, sino, por el contrario, como escenario extraño, desconocido. Por eso, conduce al lector por “extraños pueblos”, en un “paseo” de entraña poética donde se hallan implícitos fundamentales elementos de la teoría bajtiniana del cronotopo narrativo: el camino, el viaje, el encuentro azaroso. El sujeto lírico se orienta desde la actitud de que todo espacio concreto fluye, se disuelve ante su mirada. Así, su texto trasciende la organización de una mera fotografía familiar, y el escenario lírico adquiere un sentido unitario, a partir de un cúmulo de connotaciones que no conducen a convertir el espacio en un equivalente de un estado emocional, sino que resulta la causa de este. De esta manera, el poemario empuña todos los componentes usuales en la escenografía idílica y la interiorización de costumbres, para lograr —en una dinámica de unificación semántica— la construcción de una imagen significativamente opuesta: es la disolución del mundo, la pérdida de asideros, la conversión de lo perdurable en efímera apariencia. Por los extraños pueblos, tanto o más que En la Calzada de Jesús del Monte, muestra a Eliseo Diego ensimismado en una poesía que pone en primer término un plano espacial en todos sus matices, donde el ámbito real es reconstruido infatigablemente en una febril elaboración del verso, difícil aspiración del discurso lírico, porque tiende, en la finalidad comunicativa del poeta, a desnudar los resquicios por los que puede transitarse hacia un espacio fantástico y terrible —desplegado en intangibles sutilezas del lenguaje—, como promesa efectiva de demolición del escenario denotado y preanuncio de una muerte que atañe, a través del espacio mismo, al sujeto lírico.

Un estudio cabal de la morfología del espacio en Eliseo Diego, además, permite aproximarse a otra cuestión de vital interés. Son bien conocidos los nexos que unieron al poeta con José Lezama Lima, en tanto amigos e integrantes del grupo Orígenes. Por ello mismo es apasionante observar las profundas diferencias y oposiciones estilísticas en la estrategia de la configuración espacial. Si se compara Por los extraños pueblos con Enemigo rumor, el gran poemario de Lezama, se descubre la divergencia final de los sentidos connotativos del espacio lírico. Frente a la síntesis de las de Eliseo Diego, las descripciones espaciales de Lezama producen una impresión de lujoso caos neobarroco, en el que los perfiles de los seres y las cosas son transubstanciados. Por los extraños pueblos desemboca en la ominosa disolvencia de la muerte; Lezama en cambio, orienta la fantástica imagen cubana de la noche insular y sus invisibles jardines, hacia el culmen triunfal  del espacio neobarroco. Ambos poetas, tan asociados en la vida, tan afines, además, en la percepción estética, resultan, sin embargo, bien diversos en esa zona específica de sus estilos respectivos. Dicha oposición en la elaboración del espacio, menos extraña de lo que pudiera parecer, es otro de los aspectos que una indagación morfológica del espacio lírico deberá esclarecer.

En su día, con afilada lucidez, Alejo Carpentier apuntaba que la novelística latinoamericana se veía obligada en el siglo XX, para lograr eficacia artística, a un enfoque sui generis de los contextos sobre los que sus textos tenían que levantarse, y señalaba cómo, entre ellos, el espacio, en sus diversas variantes de realización narrativa, era vital para el narrador de la América Hispánica. Esa afirmación, con otros matices, también puede aplicarse en el ámbito de la lírica. La crítica cubana, en años venideros, tendrá que dar cuenta de esa sutil interrogante.

Notas:

1 Enrique Saínz: “Prólogo” a Eliseo Diego: Poesía. La Habana. Editorial Letras Cubanas, 1983, p. 10.
2 Eliseo Diego: Poesía, ed. cit., p. 81-82.