es la imaginación lo que le permite ser todo, todo a un tiempo. No conozco a Sisi, una de las testimoniantes de Abel Sierra en su libro Del otro lado del espejo. La sexualidad en la construcción de la nación cubana, pero veo que, con ella, el autor arriba a conclusiones similares. Cuando Abel le da la voz a Sisi, esta nos confiesa como “quisiera que me operaran y que me hicieran una mujerona, para casarme cuando ya sea una mujer”. [1]
Celine, por ejemplo, se niega a reprimir su multiforma, su esencia cambiante, su posibilidad de ser otro y otra continuamente. Celine se enamora de una lesbiana, y sus colegas llegan a comentar, entre la sorpresa y la sorna: “Una lesbiana era su marido” (247). Celine, que se comporta como un hombre trocado en mujer, se enamora de una mujer que tal vez quisiera trocarse en hombre. Eso resulta fantástico: apoteosis de la mutación. Se diría que es alta literatura; pero no, es la vida. Celine es feliz con su lesbiana, y se la montan de maravilla. Entiende Abel que “esta variante del deseo de Celine sugiere que lo que llamamos orientación sexual no es tan estable como a veces se supone; la sexualidad es más volátil de lo que este concepto o cualquier otro pudiera explicar” (247).
La valentía de Abel toca fondo; no vayan a creer ustedes que se contenta con el juicio descolocador de los excesos republicanos. Llega a nuestros días, como tocaba, e impugna el hecho de que determinadas leyes del código penal se refieran, de modo dudoso, a “vicios socialmente reprobables” (191).