José Soler Puig tenía 43 años cuando de la noche a la mañana, así textualmente, se convirtió en un escritor famoso, al menos dentro del panorama literario de la Isla y sus contornos, al ganar el género de cuento en la primera edición convocada por el Concurso Casa de las Américas, de 1960. Entonces los concurrentes al acto pudieron distinguir la estructura huesuda, alta y cetrina del casi desconocido autor santiaguero.
Es el de este hombre un ejemplo de tenacidad, de trabajo gozoso, de talento cocido y recocido con el ejercicio diario de la escritura. De aquella novela, Bertillón 166, apuntó Alejo Carpentier, uno de los jurados del premio, que “desde las primeras líneas del relato, el autor nos arroja, sin preámbulos ni disquisiciones, en pleno drama: drama que es el de la resistencia, de la lucha contra la tiranía, en Santiago de Cuba. La acción se traba rápidamente, mediante un montaje cinematográfico de escenas cortas, de peripecias de una dinámica propia, que expresan lo esencial de un acontecimiento colectivo, con la mayor economía de medios.”
En 1964 esta obra había sido traducida al ruso, alemán, chino, polaco, búlgaro, húngaro, albanés, checo, rumano y ucraniano. Hoy se afirma que ha sido traducida a más de 40 idiomas.
Para disfrute del lector, he aquí el fragmento con que abre Bertillón 166:
Las campanadas del reloj de la catedral resonaron entre los muros centenarios, rebotaron, cruzando el parque, en el nuevo edificio colonial del ayuntamiento y se esparcieron sobre Santiago. Las siete. El sol lanzaba sus recién nacidos rayos sobre el grasoso azul triste del cielo. Dos aviones de propulsión se disparaban por los aires, dejando muy atrás el trepidante silbido de su fuerza. Dos mujeres, de luto, subían, poniéndose los velos, la empinada escalinata de la iglesia. En sus ojos había la roja huella de una noche de vela y su respiración era entrecortada. Buscaron los aviones con expresión de ansiedad. No lograron verlos y volvieron su atención a los escalones. El pordiosero Nemesio, serio y callado, extendió la diestra y, con la mano izquierda, levantó unas pulgadas sobre sus canas el sucio sombrero de paño. Abría y cerraba la boca, masticando en seco. Las mujeres siguieron de largo, ignorándolo…
¿Y quién era este hombre perfectamente desconocido hasta entonces?
José Soler Puig, quien nació el 10 de noviembre de 1916, hizo estudios hasta el nivel secundario en Santiago de Cuba y ya a los 17 años comenzó a escribir… lo cual no quiere decir que de ello viviera, fue jornalero, vendedor ambulante, cortador de caña, pintor de brocha gorda…, en incesante ir y venir, pues residió en Guantánamo, Isla de Pinos, Gibara.
En 1958 se trasladó a La Habana y cuando regresó a Santiago saldó una deuda consigo mismo poniéndose a estudiar en la Escuela de Letras de la Universidad de Oriente.
Escribió además obras de teatro, entre ellas El macho y el guanajo, puesta en escena por el Conjunto Dramático de Oriente, y trabajó de guionista del Instituto Cubano de Radiodifusión.
Después llegaron otras novelas, cada una seguida por la expectación: En el año de enero (1963), tiene como tema los primeros tiempos que suceden al triunfo de la Revolución; El derrumbe (1964), El pan dormido (1975), El caserón (1976). Esta última, en opinión de José Antonio Portuondo “nos trae de nuevo a la realidad rampante de cada día, a la visión sin atenuaciones de la existencia cotidiana, sin perjuicio de utilizar, para su más fiel transparencia, recursos técnicos de la antinovela y de lo real maravilloso”.
Luego vendrán Un mundo de cosas (1982), que mereció el Premio de la Crítica, El nudo (1983), Ánima sola (1986), Una mujer (1987). José Soler Puig afianzaba su manera de narrar en nuevas obras y recibía en vida suficientes reconocimientos para poner a prueba su genuina modestia: la Distinción por la Cultura Nacional en 1981, la Orden Félix Varela de Primer Grado en 1982, el Escudo de la Ciudad de Santiago de Cuba y el Premio Nacional de Literatura en 1986.
El más santiaguero de los novelistas del siglo XX, que también dejó numerosos cuentos dispersos, murió el 2 de agosto de 1996. En cierta ocasión confesó en entrevista para la Agencia Prensa Latina que escribía para que le leyeran. Debe pues, haber sido muy feliz como escritor.