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Tengamos la calle en paz
Adelaida Fernández de Juan, 09 de noviembre de 2008

Resulta prácticamente imposible (lo he dicho otras veces) que nuestros jóvenes, esa juventud por la que todos apostamos y en quien confiamos el futuro, asista a conciertos y a espectáculos nocturnos. El más discreto de los precios es de 5 C.U.C. Un cantante tan admirado como Kelvis Ochoa, por ejemplo, que muestra su altruismo de forma ejemplar en la Isla de la Juventud, sólo es disfrutable en La Habana al costo mencionado, ya sea en Don Cangrejo (lugar conocido entre los jóvenes como Don Cinco CUC) o en el balneario universitario de Miramar, o en uno de esos cafés de precios prohibitivos como el Habana Café (20 CUC), o la sala Atril. Podrán recaudarse allí varias decenas de billetes en moneda convertible, pero ciertamente sus abonantes no son los hijos de los obreros, de los médicos, de los profesionales que laboran en instituciones puramente estatales.

Los jóvenes deambulan por las calles en busca de divertimentos que estén al alcance del bolsillo de sus padres. Ocasionalmente asisten a los Jardines de la Tropical, lugar que presta servicios (léase abre sus puertas) para permitir conciertos con determinado orden. Eso, lo reconozco, pero al estar el sitio tan alejado, la amenaza de un asalto en el camino siempre está presente. Se deben atravesar veredas oscuras y caminos desprotegidos al entrar y salir. Otro lugar, el Centro Fresa y chocolate, ofrece su espacio para trovadores, y es realmente atractiva esa propuesta (exclusivamente los jueves), pero no alcanzan los puestos para más de 50 personas.   La Casona de Línea, otro punto de reunión frecuentado por adolescentes, cuyo costo para entrar está al alcance de todos, no funciona con regularidad. El club Karachi, que permite avalancha de muchachos y muchachas a precios módicos y en moneda nacional, sólo abre jueves y domingos. Así, agotados los lugares accesibles, los jóvenes se arman de una botella de ron (cuyo precio cambiarían por un concierto, si no fuera  insuficiente) y acuden en tropel a los parques de la avenida G.

G se alza como el Prado de antaño. Refugio, arboleda, paseo, lugar de jóvenes ávidos de relacionarse con sus congéneres, donde los adultos les permitan esparcirse. G alterna momentos de agresividad con otros de santa paz, se intercambian canciones, bebidas alcohólicas, modas, grupos que muestran sus atuendos según la tendencia que hayan escogido. Vestidos de negro los llamados “emo”, con estruendosos brillos los “micky”, belicosos los denominados “repa”, peinados de variadas formas los “rasta”, buscapleitos algunos, pacíficos otros, sentados en la hierba de los alrededores cuando los bancos se colman o caminando desde la calle 25 hasta Línea, la muchachada resulta un conglomerado  difícil de entender. Es usual que sean observados por parejas de policías, vigilantes de normas como el cuidado del césped. Pero después de la medianoche, no hay orden (léase seguridad en la calle), sobre todo en los espacios aledaños a la gran, majestuosa y tumultuaria avenida principal. Esta panorámica apretada sintetiza qué es G.

¿Por qué acuden tantos jóvenes a G las noches de viernes, sábados y domingos? ¿Por qué despierta tanto susto ver a un grupo sentado en la hierba escuchando a algún trovador que toca guitarra en el centro? Por ignorancia. Por temor a lo nuevo, a lo diferente. Porque muchos desconocen, ignoran u olvidan qué es la juventud, y pretenden negar que los tiempos cambian. Que esos muchachos nacieron en los años más duros de lo peor de la crisis, que han crecido en medio del torbellino de la inversión dramática de la pirámide social, donde un profesor universitario percibe menos salario que el jardinero de una institución mixta (o como se le quiera llamar a esos lugares), un neurocirujano menos que un empleado de hotel, donde un recién estrenado asistente de cámara de la televisión percibe por su trabajo lo mismo que un especialista en medicina interna con 15 años de experiencia. Las calles por donde se llega a la gran fiesta de G, y sobre todo el parque Víctor Hugo, (manzana desde H hasta I, flanqueado por 21 y 19), se encuentra en rotunda oscuridad. Ese es el punto más vulnerable: el lugar que aprovechan los verdaderos malhechores para golpear y robar a jóvenes solitarios. Sin ir muy lejos, el viernes 24 de octubre fue agredido un joven, y al día siguiente, otro. Cada fin de semana los padres despedimos a nuestros hijos con zozobra.

Las  desigualdades sociales generan el aumento de la delincuencia, la explosiva mezcla de necesidades materiales no resueltas, con deficiente trabajo ideológico, el egoísmo creciente y la apatía social de una gran masa de habitantes que renuncia a proteger las conquistas de las que tanto nos enorgullecemos, amenaza con destruir lo más prometedor del futuro. Las causas son múltiples, y no peco de ingenua. Cuba (léase nosotros) resistimos y seguimos resistiendo. Agresiones, sabotajes, bloqueos, huracanes, limitaciones materiales, toda clase de noxa (daño, prejuicio) nos azota, nos golpea. Varias  instituciones y dirigentes del país realizan esfuerzos extraordinarios en aras de lograr el sueño de una juventud incorporada a la vida social. Es loable la creación y el desempeño de la escuela de trabajadores sociales, la de instructores de arte, pero obviamente algo se nos escapa. El jefe de sector de la policía de cada zona debería ser de la propia comunidad, como el médico de familia, que vive y conoce a los miembros de su entorno. La labor profiláctica puede y debe ser más efectiva. Ya una vez establecí un símil entre los enfermos físicos y los sociales. No lo recuerdo ahora por vanidad, sino porque me sigue pareciendo funcional. No estoy capacitada para ofrecer una posible solución al gravísimo problema de la violencia, pero me resisto a contemplar pasivamente cómo crece en nuestra sociedad.

No existe fórmula mágica ni se trata de esperar cómodamente a que “otros” se encarguen de re pacificar las calles. Si esta ciudad, si este país, si este pueblo nos pertenece porque formamos parte de él, si hemos sido nosotros los artífices de una larga y tenaz resistencia contra el poderío más descomunal de todos los tiempos, si somos nosotros los dueños del placer del sacrificio, entonces tenemos el derecho de exigir que se nos tome en cuenta. Queremos y debemos proteger a nuestros hijos. Ofrecer opciones y alternativas en la re educación de jóvenes mal encaminados, víctimas ellos mismos de violencia, e instituir espacios atractivos y seguros podría ser un intento.. La llamada “búnkermanía”, método de ostracismo para sentir seguridad y que empieza a estar de moda ante el peligro de la calle, nos conducirá a un egoísmo primitivo y anti social.


Laidi Fernández de Juan.

31 de octubre, 2008.

Tomado de la UNEAC