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Desde una atalaya de complicidad
Teresa Fornaris , 14 de noviembre de 2008
Alfredo Zaldívar

La sensación del límite, el comienzo o final de algún suceso, suele disiparse en la memoria. En esa impresión de infinitud, de eviterna amistad, siento mi primer encuentro con Alfredo Zaldívar. Un poeta de Matanzas —dijeron— y quedé lejos de imaginar cuánta hondura había en aquellas palabras con que me lo presentaban. Zaldívar ha resultado ser maestro de varias generaciones de jóvenes poetas; hacedor de maravillosos libros que comenzaron siendo apenas desechos de papel, tintas y toda suerte de elementos impensados; incansable promotor de la literatura de esta isla, que tanto orgullo nos deja; acucioso editor, disciplinado y empeñado hasta la obstinación para lograr lo mejor de cada obra; delicioso conversador, amante de la buena música, de su casa en Matanzas, sus amigos, a los que deleita con una especial receta de “café vienés”, merecedora de elogios y poemas. Papeles pobres

Con los poemarios Concilio de las aguas (Ediciones Matanzas, 1989), Con el cuidado del que pisa en falso (Ediciones Vigía, 1994), El ángel blanco (Ediciones Vigía, 1998), La vida en ciernes (Ediciones Matanzas, 2002), Papeles pobres (Ediciones Unión, 2003), Contra la emoción (Ediciones Holguín, 2005), Malentendido (Ediciones Matanzas, 2007); la obra teatral El enredo de la comedia (Letras Cubanas, 1984); el ensayo Seboruco: una estrella en un cartucho (Ediciones Vigía, 1997) e importantes premios y reconocimientos, el poeta y editor —desde antes poeta— ofrece a la poesía cubana una vocación y un empeño, la música propia con que nos convoca a su complicidad.

1 ― Nacido en un pequeñísimo poblado, en la provincia de Holguín, el poeta Alfredo Zaldívar vive en Matanzas desde 1973. ¿Dónde comenzaste a escribir? ¿Cuáles son los orígenes de tu poesía?

Fui un niño solitario, retraído, no tenía televisión ni libros infantiles. Aprendí a leer muy temprano y leía todo cuanto caía en mis manos. A los 11 años escribía “versitos”, creo que no conocía la palabra poesía. En la secundaria escribí un cuento que me persiguió hasta Matanzas, lo reescribía y reescribía hasta que ganó un concurso de los talleres y fue mi primera publicación. Pero a la poesía, si es que uno logra encontrarla alguna vez, la conocí en Matanzas. Por eso, aunque soy del Holguín profundo, me siento un poeta matancero.

2 ― Has tenido la oportunidad de vivir en otros sitios, sin embargo, la ciudad que acoges como propia —centro cultural de obligada referencia— es Matanzas. ¿Qué encantos te atraparon en ella?

Es un lugar común hablar de la belleza de esta ciudad, de su tradición cultural, de su historia, su mítica. También lo he hecho muchas veces, pero me niego al término “Atenas de Cuba” y “matanceridad”, porque son esencias que me deslumbraron antes de conocer esos términos. No fue un amor a primera vista, me fui quedando y aquí estoy como en aquel filme de Buñuel. Aquí escribí mi primer poema, me enamoré por primera vez, descubrí mi vocación, conocí la amistad. Fue mi primera ciudad. Supe que los escritores eran tangibles, que existían tertulias, talleres, concursos, bohemia... En la plaza La Vigía, corazón de Matanzas, “me hice editor”, algo que quizás he sido siempre. Aquí he escrito casi todo. Aquí tuve casa propia y nació mi primer libro. Quizás sea drástico, pero mi amor por Matanzas tiene más mérito que el de alguien que nació entre el San Juan y el Yumurí. No sé cómo pude vivir 17 años tan lejos de esta bahía.

3 ― Siguiendo tus versos: A qué hora se escriben los poemas / en qué momento / en qué vicisitudes…

En ese poema trato de responder a la pregunta de un amigo y solo consigo confundirme más. He perdido más poemas que los que he escrito, entre manuscritos ajenos, reuniones, llamadas telefónicas y los miles de percances que padece un editor de a pie, —me aterra ser uno de mesa. También me aterra ser un Bartleby, convertirme en un ágrafo. Escribo de noche porque de día no me dejan. Cuando he podido escapar de mi laboriosa rutina, he comprobado que la mañana es estupenda para la creación, y al caer la tarde, después de una buena siesta. Pero son lujos que no me tocan.

4 ― A partir de tantas lecturas, la incursión en la dramaturgia, la narrativa breve, el ensayo, la crítica literaria y de arte, ¿por qué de Alfredo Zaldívar sólo conocemos la poesía?

Mis poemas han ido tomando forma de libros, el azar los ha ido organizando y, finalmente, con cierta conciencia, los he estructurado. La poesía, aunque es reticente a entregarse, nunca me ha abandonado. En las circunstancias más difíciles o absurdas, me salva de la inopia o del caos. Llega cuando no la llamo, se resiste a que no la atienda y termino entregándola a la imprenta. No pasa así con la ensayística o la narrativa. Mis proyectos en estos sentidos —también en la dramaturgia— están ahí, esperan, son más pacientes, menos impetuosos, requieren de investigaciones de campo o bibliográficas. Más que el tiempo, me falta concentración. No es lo mismo el rapto poético, que puede sobrevenir provocado por cualquier hecho u obra de arte, y deviene artículo. Ese impresionismo es muy similar al del poema, pero no me pasa con la obra dramática o ensayística. No es un problema de percepción sino de entrega, disciplina, sometimiento monacal.

5 ― Podríamos decir que La vida en ciernes salda tus deudas con el teatro, la música, algunos amigos; Malentendido, con tu padre, en lo más hondo de la décima. ¿Te quedan otras deudas?

 Ojalá algún libro, un solo verso, pueda pagar cuanto debo a tanto y tantos. No ha sido mi propósito, no alcanzaría a ello. Malentendido En La vida en ciernes me escudé en las mascaradas que el teatro propicia y en lo paródico de la música popular para que un libro de pérdidas fuera menos lastimoso. Me liberé escribiéndolo, me divertí y exorcicé muchos demonios. Malentendido es de otro costal. Mi padre fue un pesador de caña que leía muchísimo, era docto en geografía, ortografía y aritmética, y un melómano empedernido. Autodidacta total en un medio inhóspito, de cultura radial, revista Bohemia y Selecciones Reader’s Digest. Dicen que de muy joven tocaba el tres en un conjunto. No llego a la improvisación pero tengo oído de repentista, y ese adeudo es impagable. Murió cuando yo tenía 13 años. Un gran malentendido.

6 ― Poesía matancera, poesía joven… ¿Serán términos exactos?

La inexactitud estaría en su aplicación. De todas formas la poesía no tiene gentilicio ni edad. La palabra “exacto” es una abstracción. El tema daría para una larga polémica, o mejor, para alargar la vieja polémica. Mejor no, ni matancera, ni joven. El río de Heráclito corre por el San Juan. Definitivamente la poesía es muy inexacta.

7 ― Como editor has trabajado libros tanto de poetas noveles como de importantes escritores de la literatura cubana y universal, ¿qué han aportado ellos a tu propia obra?

Leer manuscritos, inéditos, obras que pueden ser mejoradas con tu trabajo, o simplemente disfrutar de sus calidades, ver cómo se multiplican, cómo se convierten en ese objeto tan preciado que es un libro, es uno de los privilegios de este oficio. Si eres escritor, el goce es doble; el libro que uno edita se descubre distinto, se desentraña, se impregna de uno y uno en él. Devienes en solapado coautor. No se escribe igual después de editar Créditos de Charlot, de Fina García Marruz o Escrito en Playa Amarilla, de Sigfredo Ariel. He especulado sobre el poeta que lee a otro poeta. Cabe hacerlo también de ese editor poeta que lee a otro poeta. Debe ser más problemático, y en rigor, más fecundo.

8 ― Ediciones Vigía, Ediciones Matanzas, Ediciones Aldabón, Revista Matanzas… Cada uno de tus empeños artísticos y profesionales ha llegado a su máximo esplendor. ¿Te consideras fundador de estandartes literarios?

No niego que haya momentos de esplendor en estos proyectos editoriales que he fundado o refundado, pero no creo —y no hay falsa modestia en este aserto— que mi empeño haya llevado a estos procesos a su culminación; ello los convertiría en ideales acabados, muertos ya. Tampoco creo ser fundador de estandarte alguno, no me gustan. Sí he desenrollado durante más de veinte años muchas bobinas de papeles pobres, reciclados, de distintos gramajes, calidades, colores y texturas; sigo desempacando resmas de papel y cartulina para convertirlos en bienes literarios. Pueden ser “estandartes” que he enarbolado con la entrega de muchos.

9 ― El editor, laborante acucioso, necesariamente informado y culto, diplomático y paciente, tiene un oficio que resalta más en los desaciertos que en los logros; ¿cómo lo llevas?

Si el libro impreso es excelente el autor será congratulado por su obra; pocos reconocen nuestra labor, incluso los autores, aún cuando es obvia la ganancia en el proceso editorial. Si resultara desacertado, la primera diatriba sería: “¿A quién se le ocurrió publicar esto?”. Lo llevo con cierto pesar, pero sin drama. No es lo que me quita el sueño; me desvelan los errores, las erratas, cualquier descuido que eclipse el resultado. Ningún oficio, por noble, —y menos uno tan público y extendido— se salva de la desidia.

10 ― Los libros de la Riso, ¿están realmente en desventaja? ¿De qué tipo? ¿conceptual? ¿editorial? ¿de diseño? ¿Dónde comienza y termina esta madeja, en tu provincia y en el resto del país?

Es una pregunta tan vasta como el propio Sistema de Editoriales Territoriales que abraza la Isla toda; mi respuesta pudiera durar los ocho años que lleva de vida esta experiencia. Creo que hay problemas de todo tipo. Como toda experiencia inédita, requiere de constante seguimiento, y de replanteos consecuentes. No puede anquilosarse ni confundir su finalidad. Debe ocuparse de una literatura, que pueda interesar a cualquier hombre del planeta aunque hable de las Parrandas de Remedios o del boxeo en Guantánamo. He visto cómo muchos libros de “la Riso” se convierten en medio para saciar la vanidad municipal. Hay que cuidarse del término “editorial menor”, lo que supondría “autor menor” y lo que es mucho peor: un “lector menor”; algo incompatible con nuestro proyecto social. No creo que un medio de impresión implique desventaja, más bien retos que tienen que afrontar, creativamente, editores, diseñadores, directivos. No siempre las orientaciones de “arriba” te lo permiten. En ningún propósito artístico puede haber simetría, paridad. La producción tiene que estar supeditada al arte. No se trata de una panadería. El fin es saciar otra hambre bien distinta.

11 ― Tu trabajo / Tu obra ¿Una paradoja?

Alguien pensará que se complementan, pero mi experiencia es que se confunden demasiado como para que fluyan. Llevarlos paralelamente, sin tropiezos, sería labor de robots. Como estoy bien lejos de lo maquinal, termino relegando a uno y otro. Entre el compromiso social que es la edición y la necesidad personal que es mi escritura, sale favorecido lo primero. Los que me conocen saben cuánto me realizo haciendo libros de otros; sólo yo sé cuánto me frustran mis proyectos personales que esperan. Pero hay que vivir y, al menos, mi literatura no da para ello. Hay muchas paradojas, y esta es una de las que me tocan.

12 ― Libros de real pobreza en su contenido pero muy buena factura; otros, pobres en términos de imagen/diseño, mas de aportadores contenidos; ¿cómo indicar al lector lo que realmente vale, en momentos en los que no sólo es lo interior lo que cuenta?

Es muy difícil que el propio libro, que es lo que “produce” un editor, una industria editorial, pueda orientar al lector sobre sí mismo. Aquí vendría el papel de la crítica, de los medios, de los promotores literarios. Pero son tres crisis que padecemos largamente. Si en Cuba estos daños no son mayores es porque el propio sistema que los “legitima” es mediocre. El triunfalismo, la complacencia, la banalidad, la inopia, son maldades de la contemporaneidad, de un mundo global, al que no escapamos. Este es otro de los grandes retos que tienen el libro, la literatura, el arte, no solo en esta Isla. Hay esfuerzos enormes pero los resultados aún se difuminan en lontananza.

13 ― Desde tu espacio como poeta y editor ¿dónde comienza y termina ―si es que estos términos son aplicables― la poesía cubana?

Desde esta atalaya que es tu entrevista, creo ver que la poesía cubana comienza con los Versos sencillos de Martí, síntesis de todo cuanto le precedió, premonición de cuanto vino y vendrá. Solo el pensamiento de que la poesía cubana pueda acabarse me parece antimartiano y entonces creo mejor dejarlo aquí, y que el eterno surtidor que nos legó siga brotando.