No podemos ser categóricos, pero Luis Rogelio Nogueras, llamado Wichy por quienes lo conocieron y hasta por aquellos que de él han disfrutado solo sus textos, es uno de los autores cubanos del siglo XX más ponderados unánimemente por críticos y lectores. En una isla donde los mitos modernos escasean, Nogueras es quien más se acerca (opinión propia) a esa tan difícilmente definible categoría.
Sus amigos y compañeros del cine y las letras, no se cansan de comentar sobre su talento, inteligencia, modo perdurable de hacer. Algunos apoyan los criterios en la inmanencia de su poesía, pero otros —me cuento entre ellos— ponen sus ojos cada vez más en la narrativa de un profesional de la forma, ingenioso en sus argumentos, extraordinariamente ameno y bien dotado de lo que a unos cuantos talentudos se les va de las manos al escribir: la mesura.
A Nogueras, a Luis Rogelio, a Wichy, al Rojo, según prefiera, le escaseó el tiempo vital, aunque supo aprovecharlo para legarnos una obra extensa y variada. El narrador Alfonso Hernández Catá fue tío abuelo suyo y en la casa familiar abundaron las preocupaciones intelectuales, en particular la afición por la lectura.
Nacido en el barrio de El Vedado, tiene ocho años cuando la familia se muda para el de la Víbora; viaja a Estados Unidos y realiza sus pinitos narrativos. Con los años, incorpora inquietudes: la de la actuación, la de hacer cine, la de dibujar y pintar, la de escribir guiones…
Y en 1964 (olvidamos decir que nació en 1944, el 17 de noviembre), matricula en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, en tanto trabaja (no por vez primera, ya lo había hecho antes en el ICAIC) en la revista Cuba Internacional, como redactor de mesa y da a conocer sus primeros trabajos periodísticos. En El Caimán Barbudo, tabloide de cuyo proyecto fundador es parte, publica algunos textos poéticos.
Cuanto hace en adelante —apenas veinte años de vida— es sorprendente, solo posible en quien disfruta del trabajo y no viene al caso aquí intentar una breve biografía de Wichy, porque es bastante conocida y demasiado agitada su vida para unos breves apuntes.
Hoy es autor de culto, entre jóvenes y contemporáneos suyos. Tuvo que haber sido además de un intelectual dotado, un ente carismático. No por azar tantos amigos guardan recuerdos gratos ni ensalzan su personalidad con tal vehemencia.
Recordemos solo que en 1967 su poemario Cabeza de zanahoria es premiado en el primer Concurso David convocado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. El libro es elogiado dentro y fuera de fronteras, y su autor, con 23 años a la sazón, se convierte en uno de los poetas que, sin saberlo, más influyen entre los jóvenes de su generación.
Algunos hitos van marcando su obra: el poemario Las quince mil vidas del caminante, escrito en 1967 y publicado diez años después; el guión junto a Octavio Cortázar del filme El brigadista, estrenado en 1976. De ese año es también su novela policial El cuarto círculo, a dos manos con Guillermo Rodríguez Rivera, y de 1977, Y si muero mañana, que le vale el Premio Cirilo Villaverde de la UNEAC; en1979 escribe, de nuevo con Cortázar, el guión del filme Guardafronteras.
Allá arriba / las nubes de mi infancia sobreviven.
Gané y perdí / Amé / y a los treinta años / todavía soy el dueño del mundo. / Día a día contemplo las nubes / y me digo: / solo el deseo es eterno…
(Fragmento del poema "Nubes")
Viaja, dicta conferencias, es jurado de eventos literarios, traduce y a su vez es traducido. Gana el Premio Casa de las Américas con el cuaderno Imitación de la vida. Publica en 1983 el libro de poemas El último caso del Inspector.
Sucinta, pero muy ilustrativa, nos resulta esta valoración del poeta y compositor Silvio Rodríguez: “Toda la obra de Luis Rogelio Nogueras está signada por la lucidez y el compromiso. Él escogió y ordenó sus palabras no sé si para eso, pero al menos es una de las impresiones que dejó. Él se las ingenió para inventar lo que no tuvo a mano. Lo que necesitó rehacer lo rehizo y de esos reciclajes alumbró realidades alternativas. Creo que a propósito uno de sus libros se llama Imitación de la vida.”
Luis Rogelio Nogueras falleció prematuramente, el 6 de julio de 1985. Poeta, novelista, guionista de cine, simbolizó en buena medida el espíritu de búsqueda y realización de los jóvenes intelectuales de su generación, sin que por ello se limite a esta el interés por la lectura de su obra ni la indagación constante en los presupuestos de su lírica, reunida en el volumen Hay muchos modos de jugar.