Son numerosos los casos de escritores cubanos fallecidos muy prematuramente entre finales del siglo XIX e inicios del XX. Cabe aquí citar a Julián del Casal, Manuel de la Cruz, Carlos Pío Uhrbach, Augusto de Armas, Juana Borrero, Carlos Alberto Boissier, René López, Bernardo G. Barros y algunos más que escapan a nuestra memoria. Cuéntase también entre ellos uno de los más olvidados, Francisco José Castellanos, muerto antes de cumplir los 28 años.
El hecho de ser Francisco José Castellanos un ensayista por excelencia quizá contribuya a ello. Los cuentistas, los novelistas, los poetas son por lo general más leídos, súmese que el ensayo es género de conceptos y juicios, polémico, en el cual las ideas expuestas pueden o no resistir el paso del tiempo, así como los nuevos modos de pensar y evaluar los hechos.
Este autor nació en La Habana el 6 de diciembre de 1892. Todos sus estudios los cursó en la ciudad natal, incluidos los de Derecho Civil, y Filosofía y Letras, obteniendo el doctorado en ambas carreras en la Universidad de La Habana.
Integró el círculo de amigos e intelectuales nucleados entre los años 1914 y 1915 en torno al escritor dominicano don Pedro Henríquez Ureña, de profundo quehacer en el panorama cultural cubano de entonces, lo cual influyó en su formación literaria y el cuidado del estilo.
Max Henríquez Ureña, hermano de Don Pedro, destaca la superior y refinada inteligencia de Castellanos, de quien afirma que dejó “algunas páginas de valor antológico”.
“…El valor de la vida —apunta Francisco José Castellanos en su texto La sonrisa vacía— no es solamente la confianza con que aprendemos algo de su infinito poderío, sino el poderío mismo y lo que ella construye. Y así, para nosotros, antes de construir es necesario que sepamos cómo es lo construido; quizás, para nosotros, edificar es comenzar por destruir.
“(…) Derrotar los valores aparentes es dar a la vida sus legítimos valores. Y cuando hayáis demolido y hundido, y echado abajo, lo que se alce de los escombros, será vosotros mismos.”
Así escribía. Tales eran sus propuestas.
Entre 1915 y 1918 colaboró en El Fígaro, lo cual no solo contribuyó a darlo a conocer entre un mayor público, sino que fijó en él las miradas de críticos y especialistas. La bibliografía de Castellanos la integran sus Ensayos y diálogos, publicado póstumamente, en 1926, en una edición donde varios escritores incorporaron textos que le dedicaron. En 1938 se publicaron Tres ensayos precedidos de una evocación y un estudio, libro en que colaboraron José María Chacón y Calvo y Félix Lizaso.
No debe olvidarse en el autor que nos ocupa su labor como traductor de Robert Louis Stevenson, Lord Dunsany, Edith Warthon y Alice Meynell.
De Francisco José escribió José Manuel Carbonell que “pasó por la vida silencioso, como si quisiera que el mundo no supiera de él”. Su muerte, ocurrida en La Habana el 10 de octubre de 1920, conmocionó los círculos literarios del país. Y en los años subsiguientes algunos de sus contemporáneos le dedicaron reseñas conmemorativas.
Después, un olvido largo, bien largo…
Por estas fechas cumpliría F. J. Castellanos 116 años. Siempre es válido un modesto homenaje.