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Gustavo Robreño, el hombre del velorio
Leonardo Depestre Catony , 09 de diciembre de 2008

Dígase Robreño y píénsese en el teatro cubano, al cual sirvieron Gustavo, Francisco, Carlos y Eduardo, en sus diversas generaciones, por el espacio de un siglo completo... Cultura, buen humor, sabiduría, entrega y particularmente un talento notable para establecer comunicación con el auditorio caracterizaron la obra y la personalidad de los Robreños.

El pinareño Gustavo Robreño (18 de diciembre de 1873-11 de marzo de 1957) fue hijo de Joaquín, actor, director y escritor de teatro. Del pequeño se cuenta que a los cinco años debutó como actor en una compañía infantil, por lo que su vida transcurrió íntegramente, de uno u otro modo, en el mundo de las tablas.

Aparece Gustavo entre los fundadores en 1900 del habanero Teatro Alhambra, de las esquinas de Consulado y Virtudes, cuya historia tan estrechamente se conecta con la del teatro vernáculo de los primeros 35 años del siglo XX.

Más de 200 obras de teatro escribió Gustavo Robreño, la mayoría en colaboración con su hermano Francisco, pero entre las que mayor popularidad  alcanzaron se citan algunos títulos que por sí solos ilustran acerca de los temas: La madre de los tomates, Toros y gallos, El jipijapa, El ciclón, Napoleón y la emperatriz del Pilar… todas comprendidas entre los años 1899 y los primeros diez años del siglo XX.

No obstante, una obra —también en coautoría con Francisco—, tuvo mayor resonancia, número de representaciones y permanencia en la escena, digamos que hasta nuestros días: Tin Tan te comiste un pan, que después se tituló El velorio de Pachencho, a no dudar, el más célebre de los velatorios del teatro cubano en cualquier época.

Gustavo Robreño redactó y publicó muchas estampas costumbristas, que llegaron al público lector a través de las páginas del Diario de La Marina, La Discusión, La Prensa y El País Gráfico. Estas viñetas las reunió en sus libros, piezas que hoy día son joyas bibliográficas: Historia de Cuba, narración humorística, de 1915; Saltapericos, de 1916; Crepúsculos novedosos (Poemas), de 1919, y La Acera del Louvre, novela histórica, de 1925.

Del último de los libros citados reproducimos una fragmento que tiene por protagonista a Carlos Maciá, quien alcanzó el grado de coronel en el Ejército Libertador Cubano durante la campaña iniciada en 1895.

Carlitos Maciá, afable, demócrata, sencillo, buen amigo y ocurrente, personificación genuina de la simpatía, era el niño mimado de la sociedad habanera, que se lo  disputaba para el mayor esplendor de sus fiestas, juzgándolo imprescindible en ellas; y de haberse propuesto usar estas ventajas  con fines utilitarios, Carlos hubiera podido casarse con cualquiera rica heredera, escogiéndola “a piaccere”, pues que todas las muchachas  le admiraban y le querían, y ninguna habría rehusado la satisfacción de esposarse con quien a más de bien nacido, culto y apreciado en el círculo de sus amigos, por su extraordinaria corrección, era un hombre popular, mil veces aclamado por la multitud, a virtud de otras tantas jugadas brillantes, realizadas en el base-ball, sport que cultivaba desinteresadamente, como casi todos los peloteros de la época, jóvenes distinguidos y pudientes…

Por estas fechas se cumplen 135 años del natalicio de este escritor, periodista y teatrista cubano. Claro que el mejor homenaje lo sería la reposición de su obra El velorio de Pachencho, pero de no ser el caso que así suceda, al menos estos apuntes sirvan de recuerdo al en un tiempo muy celebrado autor.