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Fernando Pérez y el canario amarillo de ojo tan negro

Rafael de Águila, 20 de abril de 2010

Yo pienso, cuando me alegro
como un escolar sencillo,
en el canario amarillo,
que tiene el ojo tan negro.
José Martí  (Versos Sencillos .XXV)

Tres veces nos ha estremecido Fernando Pérez. La primera, lo recuerdo bien, hace ya hoy 20 años. Pocos hemos olvidado aquellas últimas escenas, desgarradoras, de Clandestinos. Más tarde, en el 2007, Fernando nos hizo llorar, pensar, sufrir y vivir con la inagotable y desgarradora, sí, otra vez desgarradora, Suite Havana. Difícil, casi imposible, será olvidar los sabios e impactantes atisbos de aquella cámara. Han transcurrido apenas tres años y si grandes fueron (y serán siempre) e inolvidables aquellos films, cada uno de la mano de sus escorzos y magnificencias, no deja de crecer en ansias y empeños un artista, no deja de crecer en sueños y obras un hombre, no ha dejado de crecer Fernando Pérez, en arrebatos (y el control de esos arrebatos), en conmociones (y el control de esas conmociones), y entre sacros arrebatos y míticas conmociones, entre lágrimas y erizamientos, la emoción a lomo de este, nuestro tiempo, a la grupa del eterno tiempo de la patria, nos ha legado Fernando Pérez un Martí que trastoca el alma, que la lleva y la trae, la alza y la arrastra, la empina, la lanza y relanza en el más excelso y diamantino de los vuelos.

José Martí: el ojo del canario es un film extraordinario. Excelso. El film que demandaba el cine cubano. Que demandaba la sagrada historia de la nación cubana. El film que cada cubano anhelaba. Y cada cubano que lo vea volverá a nacer con él. Difícilmente logrará contener el alma en su alado vuelo. Vuelo que llevará a cada uno a sentarse en aquella escuelita de Mendive, cada cubano allí, con José Julián; vuelo de dulces travesuras junto a las adoradas hermanas de Pepe; vuelo junto al taita de negra tez; vuelo para junto a José despreciar las rabiosas fauces de un perro, catequesis dominadora del miedo, fauces que enfrentará la vida toda hasta el aciago día en Dos Ríos; cada cubano junto a él en las sangrientas calles de los sucesos del teatro Villanueva (Pocos salieron ilesos / Del sable del español; / La calle, al salir el sol, / era un reguero de sesos.); cada cubano alzándose, devastador, contra sus inquisidores; cada cubano Brigada I, número 113, grillete al pie, al pie sangrante (el orgullo con que agito estas cadenas, valdrá más que todas mis glorias futuras), y José Julián allí, alado, divino, eterno, atestándonos de esa ternura que arropa y protege, alma y cuerpo de esa ternura hendidos, ternura que deslíe todos los aceros y disuelve todas las prisiones, y enlaza, sí, hebra a hebra, indivisible como un gordiano, el alma de todos los cubanos.

Bella y enaltecedora la sala llena. Atiborrada. Y es que están todos. Todos. Adolescentes y jóvenes, niños de tiernos ojos como los de José Julián un día, ancianos y convalecientes, ahí están, apoyados en el brazo del ser querido, el ser que les ha dicho: abuelo, no puede perderse usted esa película, en sillas de ruedas han llegado otros, y he ahí la chiquilla de estrafalario atuendo, a mi lado, en el suelo del pasillo porque no ha quedado espacio, en el suelo y acuosos los ojos, algo que se desbanda mejilla abajo, y la pareja que fuerte entrelaza dedos, y se mira, y se besa, tenue, en los labios, y ella, quebrada la voz, musita: mi amor, qué grande era Martí, y se abrazan, y Fernando Pérez que no lo sabe, que no es mi amigo, al que no conozco, al que no puedo llamar, y contarle, y decirle: ha estremecido a Cuba, maestro, ha estremecido a Cuba.

Ignoro si el Fernando Pérez de 1971, aquel  Fernando Pérez asistente de dirección en Una pelea cubana contra los demonios, hubo de soñar por aquel entonces algo así: Que los sueños, bien se sabe, deben dormir el tiempo que los haga posibles. “José Martí: el ojo del canario” es un sueño impecable. Una realidad cabal. La emoción agiganta y encabrita las muy cubanas células, no salta, sin embargo, obnubilado el juicio: la cinta, hija de un sueño impecable, también lo es. He ahí esa fotografía milagrosa, secuencia a secuencia y plano a plano, apoteosis de verde hechizo sobre la campiña criolla, y es que desanda José Julián (y la cámara, y hechizados nuestros ojos) por el glauco Hanábana; la excepcional recreación del tiempo histórico, escenarios y vestuarios mediante; y las actuaciones, las muy soberanas actuaciones; el José Julián niño que demuda y enternece; el José Julián adolescente que emociona y extrañamente seduce; doña Leonor Pérez, ah, doña Leonor, que infinita de dulzura y transida de dolor, mítico dolor de madre, mueve y conmueve, a ella enviaría una foto desde Presidio el hijo, unos versos al dorso: “Mírame, madre, y por tu amor no llores: / si esclavo de mi salud y mis doctrinas / tu mártir corazón llené de espinas, / pienso que nacen entre espinas flores./; y Don Mariano, el rigurosísimo padre celador, de rodillas en las canteras para calzar al hijo, y las lágrimas de aquel hombre recio y duro serán delicado ungüento, lenitivo, para los sufridos pies del chico (Y de quién aprendí yo mi entereza y mi rebeldía, o de quién pude heredarlas, sino de mi padre y de mi madre); Mendive, voz y ademanes tan puros; las hermanas de José Julián casi mágicas (…a mi Chata romántica, a mi Carmen digna, a mi dolorosa Amelia, a mi sagaz Antonia…); y Fermín Valdéz Domínguez patriarcal y preciso; y el fabuloso bodeguero Salustiano, ah, esas actuaciones que parecen no serlo, que cree uno violar las leyes del tiempo y de la física para, pudoroso y pleno de respeto, asomarse a él, sumarse a él. Desfallece no pocas veces el Arte en empeños grandes porque la grandeza no alcanza. Cotas esas difícilmente alcanzables. Enorme fue el empeño de Fernando Pérez, y digámoslo: a esa altura la obra. José Martí: el ojo del canario es emoción. Pura. Intensa. Inmaculada. Esa es la palabra. Y si obnubila y emociona y desata vuelos lo hace precisamente por exacta, porque el arte, no, el Arte, con las obligadas mayúsculas, para representar la sacra dignidad de una vida sacra (una vida como la del Apóstol), debe, en esa magia que es la poiesis, intentar la dignidad. Alcanzar esas cotas. Y es que no hay summun de dignidad como la vida de Martí, si tiene la dignidad cumbre, si la cumbre a un lado desecha valladares, si bastante se ha padecido para saltar la cerca que separa, oh, dolor, de todos los viñedos, esa cumbre y ese viñedo, dolor a cuestas, dolor y patria, amor y patria, es Martí. Y el film de Fernando Pérez la trasuda. No es este un film. Es la vía crucis de un espíritu. Su gnosis y ascesis. Puede Fernando Pérez sentirse orgulloso. Nosotros, sus deudores, lo estamos.

Gracias, Fernando. Ya ve usted, le he contado cuanto no alcancé la tarde en la que me hizo enmudecer su obra. La volveré a ver, maestro. Allá llevaré a mi hija, son ahora siete sus años. Será su primera vez en el cine. Y qué mejores imágenes para sus ojos y qué mejor historia para sus años que esta, que su Martí. Que nuestro Martí. Y volverá a estar la sala llena, y es que estarán todos, maestro, adolescentes y jóvenes, niños de tiernos ojos como los de José Julián un día, ancianos y convalecientes, todos, en sillas de ruedas la anciana que sacará de rosa bordado el pañuelo, y la chiquilla de estrafalario atuendo estará en el suelo porque no habrá espacio, en el suelo y vaporosos los ojos, y algo, maestro, algo se desbandará mejilla abajo, y estará la pareja que entrelazará dedos, y se besará, breve, tenue, en los labios, en un salto la voz para musitar ella: mi amor, qué grande era Martí, y se abrazarán, maestro, se abrazarán. Yo ceñiré a mi hija, fuerte, en mi mano su manita, colocará ella la cabeza en mi hombro, mirará la pantalla, esa pantalla que es un túnel al tiempo, esa pantalla en la que un José Julián intocable y respetado por los siglos quedará mirándonos, una mirada eucaristía, una mirada que es un templo, tan elocuente que cala el alma, las muy cubanas células, y mi hija, maestro, mi hija me apretará la mano, y yo apretaré la suya, y la miraré, y usted lo sabe, maestro, usted lo sabe, por supuesto, ella estará llorando.