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Circunloquio*
Enrique Saínz , 11 de enero de 2007

Este poemario nos adentra en zonas de la realidad por las que no ha transitado frecuentemente la poesía cubana. Acaso la única excepción sea José Lezama Lima con esa su avidez de totalidad y su mirada atenta a los más inauditos hechos y entidades de lo real. Cuando leemos estas páginas de Juana García Abás, con las que ganó el Premio “Nicolás Guillén” de Poesía en este 2006, nos parece de momento que estamos ante posibilidades del conocimiento que nos rebasan y a las que no podemos acceder de otro modo que mediante estas palabras a un tiempo luminosas y sombrías, sorprendentes por lo que nos dicen y nos revelan de un suceder que no acertamos a comprender porque está a una distancia absoluta de nuestra cotidianidad y de las más comunes experiencias. Ciertamente, aquí no hay alusiones a nada que conozcamos por el diario vivir o por referentes culturales de la más conocida tradición occidental. En estos poemas sentimos y vemos que el mundo ha sido leído de una forma que no nos ha sido dado ver en nuestras lecturas habituales, ya sea porque no nos hemos acercado nunca a los textos que dialogan con esos hechos y con esas visiones, ya sea porque, aun habiéndonos acercado, no alcanzamos a ver, en la dimensión que ahora se nos revelan, estas verdades. La autora hace que desaparezca todo y que, por esa misma sobreabundancia de lo que no se habla o se menciona, sea recreada la vida en una profundidad absolutamente misteriosa. No cesamos de leer este discurso colosal, de figuras y movimientos, estados de la materia y del espíritu, ajenos y a la vez entrañablemente nuestros, sin rostros ni pasiones más o menos ridículas, sin teatralidades ni ensoñaciones vanas o fructíferas, sino sólo uniéndose y desuniéndose, mostrándonos y ocultándonos el ser que nunca conoceremos ni podremos percibir más que como un juego de la fantasía, y sin embargo de una exactitud y de una veracidad que escapa a toda imaginería histórica o social, a cualquier gesto o hazaña que nos propongamos para transformar el devenir y romper las ataduras de un supuesto destino. Después de penetrar en el universo de este poemario hemos aprendido algo que no acertamos a saber si armoniza con nuestro concepto de la justicia o con una ortodoxia religiosa: no sabemos si somos culpables o inocentes, no sabemos si existe o no el pecado original. La tradición nos dice que sí, que somos culpables, pero Circunloquio nos afirma que no, que todo acaece en otro plano, en una renovación continua, incesante, en la que cada mañana vemos la creación del mundo y nuestra caída, pero sabemos entonces que esa caída puede ser ilusoria, parte de un movimiento indescifrable que no nos arrastra al infierno. O quizá el infierno sea precisamente ese acontecer de la materia y del espíritu que nos entregan estos poemas. Creo que después de concluida la lectura de este nuevo libro comprendemos que hemos llegado a lo absoluto, a su vislumbre. En el brevísimo que Vitier escribió para esta edición, apunta sagazmente a propósito de ese hallazgo supremo en los textos que ahora comentamos: “Lo intermedio, sin embargo –nos dice el crítico con su lucidez habitual–, aquí no existe. O somos absolutos o no somos nada, es decir, algo. Y ese algo crece a cada instante en busca de lo más relativamente absoluto.” Este libro “ve”, pero también intuye; sabe y presiente, ordena y desordena, desestructura y reconstruye, nos sitúa en el centro y de pronto nos traslada a la periferia, pasa de la confesión al dato externo, de la inquietud a la serenidad, de lo irremediable a lo que pudo no ser. Parece dictado por la física contemporánea y por los presocráticos, por la tradición judía y pos los narradores más misteriosos del siglo XX. Veamos este poema, tan ajeno a todo lo que se escribe hoy en Cuba, o al menos tan ajeno en apariencia de lo que dicen y ven algunos poetas jóvenes, los de más creatividad entre nosotros (Caridad Atencio, Rito Ramón Aroche, entre otros de aquí y de allá), siempre en busca de otro espacio y de otra imágenes, no sólo ni en primer lugar imágenes literarias, sino imágenes absolutamente reales y que puedan mostrarnos las dimensiones que la realidad posee en planos diferentes, desentendidos de la historia personal y de la historia de los acontecimientos y objetos que quieren caracterizar y definir.

INDIVIDUACIÓN

Por el filo del dios que vamos siendo,
y en algún punto ubicuo que se expande:
amo sueño, aro, destruyo, dudo,
me arrepiento y sucumbo
entre crisis de imágenes y aminas
–de lo indiviso a lo escindido, y viceversa.
Respiración de buda –estertor.
Cadena encordelada que levita
con armonía de recipiente roto.

Parece que estamos en un comienzo, no sabemos bien de qué, al dialogar con Circunloquio, lectura rápida o lenta, conscientes o inconscientes de lo que tenemos delante en cada uno de estos textos. Víctor Fowler ha dicho al comentar este libro en la solapa: “Es una sensación que sólo se tiene ante el nacimiento de la poesía, el no parecerse a nada ni tener –en apariencia– conexiones, que no experimentaba hacía ya mucho tiempo: la de estar entre los elementos**,  donde surgen moléculas, en el origen y en el final (que aseguras que no existe).” Podemos entonces preguntarnos: ¿qué significa este libro en la poesía cubana? Por lo pronto creo que su significado mayor está en la apertura que nos trae, ese detenerse en lo inmediato invisible y sin el drama tremendo de una tragedia colectiva o individual, de un enfrentamiento con la muerte. La pasión posee aquí una fuerza que emerge de las cosas mismas, de los hechos y de simple estar y ser en la vida de todos. La pasión no está ausente de los poemas de Juana García Abás, ni de los dibujos de José Luis Fariñas, el ilustrador del poemario con esas imágenes de línea riquísima elaboradas sobre un vacío que nos aterroriza y nos conmueve como un suceder onírico pero no por ello menos realista en el sentido total de la palabra. Junto a estas visiones de los poemas y de los dibujos sabemos que viene el Apocalipsis, el final, del que habrá de emerger de nuevo la creación. Aunque el libro no se propone hacernos un relato trágico, sino sólo dar testimonio de acontecimientos y de relaciones ocultas a la simple mirada cotidiana, encierra sin embargo una experiencia fanática y al mismo tiempo vital, paradoja que alimenta esta poética. La autora quiere hablar con Dios (el Bien y la Verdad en una dimensión absoluta) y a la vez con un inframundo que nos inquieta en su lejanía y en su horror, del que resulta inseparable la experiencia mística de occidente. La Biblia vuelve una y otra vez en estas páginas, los profetas y la Torah, la lectura canónica y la lectura heterodoxa, la vieja sabiduría divina y demoníaca, la angustia y la mirada contemplativa, sin desazón ni miedo. Estas visiones resultan incomprensibles palabra a palabra, pero altamente reveladoras en el poema íntegro, leído de una vez como una sucesión que oculta y revela un gran misterio. Leamos este fragmento del poema “Testimonio”, tan rico en alusiones y elementos de una tradición esotérica que nos llega de un modo diferente, dentro de cánones que quieren esclarecer sus significados en un nivel más simple, elemental, accesible, falso y verdadero a un tiempo. Allí se nos dice, después de la dedicatoria a José Kozer, otro poeta cubano que se desentiende de nuestra más conocida tradición, y después de una cita de Séfer Yesirá:

Aguardo conjunciones de cambio y permanencia,
confiero cábalas a mis hojas de almácigo
y grabo letanías en resina roja
pidiendo frutos de olmo a los perales
con la indiferencia de lo ubicuo.
Las letras de mi nombre soy yo misma.
Redimo la aporía de esta esfera
y deconstruyo quebraduras
restallando universos contra foscas.
Una ordalía trasiega por la escoria
del ángel que vamos extraviando
en su fuga de exiliado en lo efímero,
y engendra un vilo pendular
–raíz pútrida y vástago de fénix–
persiguiendo la meta por siempre postergada
de esta sed que repite su curso ante la fuente.
[…]

Después de ese texto podemos afirmar que este libro de Juana García Abás enriquece la poesía cubana de cualquier época y tendencia. Virgilio López Lemus afirma en la solapa del volumen:

Nos enfrentamos a uno de los libros más difíciles, plenos y medulares de la poesía cubana, tras la herencia plena, medular y difícil del autor de Dador y La fijeza. Juana García Abás ha hecho un aporte notable a la variedad y profundidad de la poesía de nuestra nación, al principio del siglo XXI, donde la poeta se sitúa con voz muy propia: no asimilar a nadie, a ninguna línea, a ninguna corriente. Circunloquio se halla en la mejor tradición de la poesía culta cubana, de hondas raigambres del saber, devenida de Casal y Martí a Lezama y Baquero.

Y a continuación apunta el crítico: “Juana García Abás se ha metido en el mundo de la matriz, en el diálogo con la eternidad, y ha elevado la poesía cubana coetánea a un nivel ahora inusitado y sorprendente.” Además de sus calidades intrínsecas, nos trae este poemario la diversidad, la otra voz, distante de los conversacionalismos y de todo discurso lírico tradicional, mientras nos propone esta manera de acercarnos a la realidad que vemos todos los días y de la que apenas sabemos destellos y ruidos un tanto incomprensibles. Ahora podemos verla más de cerca y sentirnos atraídos o atemorizados por sus misterios, sus bellezas y sus horrores.

*  Letras Cubanas, La Habana, 2006. Premio de Poesía “Nicolás Guillén”.
** Cursivas de Víctor Fowler.

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