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Emilio Bobadilla y las cosas de Fray Candil
Leonardo Depestre Catony , 02 de febrero de 2007

Bobadilla es una de las figuras más controvertidas de la literatura cubana. No tanto por su obra de ficción como por su labor de crítico literario.

Nació el 24 de julio de 1862 en Cárdenas, Matanzas, y murió en Biarritz, Francia, el primero de enero de 1921, fecha de la que ahora se conmemoran 86 años.

Los datos biográficos del futuro Fray Candil nos revelan que su familia emigró a Estados Unidos con la irrupción de la Guerra de los Diez Años, pasando después a México. Sin embargo, fue en Cuba donde inició los estudios de Derecho y también sus colaboraciones en El amigo del País, que pronto se extendieron a otras publicaciones, hasta incluir algunas que marcaron la época, como La Habana Elegante, El Fígaro, La Lucha y Revista Habanera. Al trasladarse a España en 1887 concluyó en la Universidad Central de Madrid los estudios de Derecho Civil y Canónico dos años después. La Guerra del 95 lo sorprendió en Europa. En Francia se vinculó con la emigración independentista y viajó por Europa, así como por Colombia, Venezuela, Puerto Rico, Panamá y Nicaragua. Sus trabajos pueden encontrarse en la prensa de cualquiera de esas naciones. Muy activo siempre dentro del ámbito literario dondequiera se halló, fue cónsul de Cuba (durante la República) en Bayona y en Biarritz, y miembro de la Academia de la Historia de Cuba y de la de Artes y Letras.

La obra de Fray Candil, como solía firmar, abarca tres manifestaciones: la crítica literaria, la novelística y la poesía. De su crítica apuntemos que no siempre fue justa ni acertada, sino apasionada y agresiva. Su temperamento parecía siempre picado por el ánimo de la querella signada por un estilo burlón. Estas críticas las reunió en varios libros cuyos títulos son, de por sí, reveladores: Sal y pimienta, Relámpagos, Reflejos de Fray Candil...

Observa Max Henríquez Ureña que “en Bobadilla parecía haberse estereotipado el procedimiento de juzgar un libro en cuatro palabras, mientras más zahirientes, mejor. En vez de atenuarse su desenfado para emitir juicios caprichosos, se hacía más intenso con los años. No daba cuartel ni a los que le habían dado respaldo y testimonio de amistad al empezar su actividad literaria”.

No hay dudas de que Fray Candil fue irrespetuoso, irreflexivo y voluntarioso en sus juicios, lo cual en absoluto significa que le faltara talento y buen sentido cuando lograba contener este desenfreno verbal. Véase, a manera de ejemplo, lo que escribió de Rubén Darío: “De Darío —ese pelafustán jactancioso que imagina realmente ser un gran poeta (¡tanto se lo han dicho por ahí!)— he de hablar largo y tendido en otra ocasión, no porque lo merezca, sino porque a fuerza de repetir que es un gran poeta, va habiendo ya algunos mentecatos que lo creen”. Al leer este fragmento llega uno a pensar que Fray Candil padecía, además, de cierto desequilibrio mental y no solo verbal.

De su obra como novelista, los conocedores afirman que es una producción enmarcada dentro de la corriente del movimiento naturalista. En ella se cuentan los títulos A fuego lento, de 1903; En pos de la paz, de 1917, y En la noche dormida, de 1920, todas publicadas en España. De ellas afirmó Henríquez Ureña que “fueron escritas con la nerviosa precipitación que impidió a este escritor de talento producir alguna obra maestra”.

También escribió poesía, en ocasiones con destellos modernistas aunque él mismo fuera crítico de tal movimiento. Sólo cabe decir: ¡Cosas de Fray Candil!