Esta antología de textos de siete poetisas cubanas de finales del siglo XIX viene a sumarse a otras que a lo largo de los años han entregado al público lector las inquietudes, preocupaciones, estilos y, en general, el mundo interior de estas y otras representantes de la poesía cubana de ese período, el de los años de transición del romanticismo al modernismo en las letras hispanoamericanas. En esta ocasión, el libro que ahora comentamos reúne páginas de Catalina Rodríguez de Morales, Aurelia Castillo de González, Mercedes Matamoros, Nieves Xenes, Juana Borrero, Dulce María Borrero y María Luisa Milanés, agrupadas de la siguiente manera: las dos primeras, como representantes de lo que la antologadora llama “ocaso romántico”; las restantes, “poetisas de transición y atisbos modernistas”. Precediendo la antología el lector encuentra un ensayo de presentación titulado: “Surgen del mar en grupo la ondinas. A manera de prólogo”, interesante conjunto de reflexiones y valoraciones en el que la autora, Cira Romero, nos entrega su visión de los aportes de esas escritoras a la historia de nuestra sensibilidad, aquellos rasgos que las diferencian y semejan entre sí y que constituyen todo un estilo de época, una manera de mirar y de sentir las experiencias propias, la naturaleza y la patria. A propósito de los temas y preocupaciones de estas poetisas y de la selección que la autora de la antología realizó, nos dice ésta lo siguiente: “La presente selección, sin desatender el tema patriótico o el basado en el entorno natural, tan caros a estas mujeres, ha puesto mayor énfasis, como ya anunciamos, en el tema amoroso, donde ellas dieron muestras de asumir la expresión poética como almas en tensión sumidas en gestos artísticos muchas veces audaces […]”. Ciertamente, las páginas aquí antologadas tienen como motivo central el amor, en especial el amor como experiencia imposible de realizar de un modo pleno, actitud de evidente filiación romántica, en esos momentos ya en plena decadencia. No obstante, es innegable que estos poemas brotan de un modo natural y expresan experiencias cuya autenticidad no puede ser negada, rasgo que se evidencia más allá del dominio formal que muestran estas autoras en su escritura, casi siempre trabajada con impecable manejo de la lengua y de los autores que dejaron perdurables lecciones en su manera y, en general, en su cosmovisión. El carácter epigonal de estas páginas no les resta, pues, fuerza ni riqueza a los sentimientos, ni impiden que nos acerquemos a ellas con el nada despreciable placer de una lectura grata y en muchas ocasiones ejemplar desde la dimensión de los respectivos talentos y aportes al conocimiento de la realidad que cada una de estas voces puede dejarnos. Cuánto hay de pura creación formal y cuánto de sentimientos y vivencias genuinas en lo aquí seleccionado no es fácilmente discernible. Cada lector ha de tener su propia experiencia con estos poemas, cada lector encontrará en ellos el placer o el desagrado que su formación, apetencias, anhelos y necesidades espirituales le condicionen. Veamos qué nos dice la compiladora acerca de la selección que realizó de estas poesías, labor que le significó una cuidadosa búsqueda de las distintas fuentes y una detenida lectura de todas las obras de las autoras escogidas. Nos dice Romero:
Pero la principal razón de haber escogido a las ya citadas se debe a que en ellas, en medidas diferentes y con logros desiguales, pero siempre con una aptitud artística aceptable, está presente de modo artísticamente válido una alternancia de matices introspectivos y de sexualidad ardorosa, agresiva o inocente, aunque no libre de zonas oscuras, donde la memoria tiene su propio espacio, frontera o tierra de nadie. Cada una, con su personal vibración y con diversas dotes para la creación poética, trató de huir de lo consabido al detallar los abismos de una convulsión espiritual, bien sea ante un hecho amoroso de carácter estrictamente personal o de tono patriótico, expresión ésta última que no deja de estar presente en muchas de las composiciones seleccionadas. Incluso voces como las de Matamoros y Dulce María rozaron el tema filosófico con una capacidad de sugerencia de insoslayables calidades.
Más adelante apunta, a propósito de los rasgos formales de la selección:
El lector encontrará en estas páginas un entrecruzamiento de lenguajes, un entramado rítmico, una frase girada, versos asonantes y consonantes –aunque con la supremacía del libre–, un requiebro del sonido y del ritmo, aliteraciones, repetidas y aceleradas enumeraciones, todo conjugado en un placer verbal que apunta al centro del significado de una manera que no pocas veces evoca la conceptista.
Delante de la selección de cada poetisa encontramos una ficha biográfico-valorativa, y después de los poemas, una bibliografía y algunas muestras de las opiniones y valoraciones que ha merecido la obra en cuestión por parte de críticos, ensayistas e historiadores de la literatura. Al final del libro hallamos una bibliografía general, imprescindible para quien quiera ahondar en el conocimiento de estas autoras y sus aportes a la historia de nuestras letras. Algunas notas al pie de página completan este magnífico trabajo de Cira Romero.
Si bien Juana Borrero ha sido la más estudiada de todas estas autoras, no hay dudas de que sus textos poseen una calidad que no rebasa la de los mejores de otras creadoras aquí antologadas, entre las que abundan los ejemplos de una poesía de excelente factura, en ocasiones matizada por versos o estrofas deficientes, de una pobreza que desarmoniza con el resto del poema y de la muestra aquí incluida. Rasgo singular y constante es la intensidad de los sentimientos, esa fuerza a veces conmovedora que desborda de adjetivos, nombres, construcción sintáctica. Es esta una lectura gratificante a pesar de los años transcurridos y de todo lo extraordinario que ha ocurrido en la poesía del idioma y en general en la poesía universal. Regino Boti y José Manuel Poveda se levantaron airados contra esa poética a principios del siglo XX, reacción que comportaba una buena dosis de intolerancia, extendida incluso a las personas que representaban esta manera fuera de época. Sin embargo, hoy estos poemas pueden ser perfectamente asimilados en una lectura que no olvide los contextos del momento y que tenga en cuenta, en primer lugar, las calidades meramente artísticas de los textos. No todo lo que vino después, en consonancia con los tiempos, fue mejor ni de mayor carga de futuridad. Los propios poemas de Regino Boti, por ejemplo, tan ávidos de modernidad y de trascendencia, se nos tornan muchas veces insuficientes e hijos ellos también de sus circunstancias, y en no pocas ocasiones se nos vuelven ilegibles más allá de una lectura meramente académica, obligada por la importancia que tuvieron sus aportes en el momento en que fueron escritos. No se trata, en materia artístico-literaria, de un proceso de sustitución o de un progreso en el sentido que tiene ese término en la ciencia. Ahí está la obra de los grandes clásicos desafiando al tiempo en su condición de contemporáneos nuestros, por encima de transformaciones sociales y de avances científico-técnicos. Desde luego, no estamos diciendo que las poetisas que conforman esta muestra posean la fuerza expresiva y la perdurabilidad de los ejemplos mayores por el simple hecho de que el tiempo no sea un factor determinante en la valoración de la poesía. La de estas autoras es una obra que no puede ser asumida en nuestros días como la de los grandes de la literatura universal. Es asimismo innegable, sin embargo, que sus páginas más acabadas expresan sentimientos y estados de ánimo que de diversas maneras siguen siendo los nuestros después de más de cien años de constante renovación cosmovisiva y de una literatura que da testimonio de esos cambios. Los veinte sonetos que integran “El último amor de Safo”, de Mercedes Matamoros, acaso la más acabada muestra de esta antología, nos llegan como un momento espléndido de la poesía cubana de cualquier época. Veamos, por ejemplo, el soneto XIII, “Confidencias a Friné”:
¡Olvidarlo…! ¿Conoces tú sus besos?
¡Los que otros te hayan dado, estoy segura
que no tienen la magia, la dulzura
de los que aún viven en mi boca impresos!Los de Faón, amiga, en los accesos
de su fogosa y rápida ternura,
¡son miel hiblea, rica esencia pura,
locas llamas, divinos embelesos!¡En sus purpúreos labios sonrientes,
son flores del amor primaverales;
cual la temprana edad, frescos y ardientes!¡Son, Friné, cual las fuentes de Juvencio!
¡vida y placer me dieron a raudales,
de las noches de mayo en el silencio!...
Ese es el tono predominante en los poemas de amor de esta antología, si bien considero que ningún otro conjunto aquí reunido tiene las calidades y la perdurabilidad de este grupo dedicado a revivir la atmósfera clásica de Safo. Los textos de tema patriótico también muestran una acabada factura, rasgo característico de un constante diálogo con los grandes maestros del idioma, en los que aprendieron a construir los poemas con riqueza y matices que los lectores de estos tiempos apreciamos como un logro mayor, aunque sus autores no puedan ser disfrutados en la misma medida que sus mayores predecesores. En estos poemas que ahora Cira Romero nos entrega en su antología está también nuestra historia espiritual, conformada tanto por sus más altos ejemplos como por aquellos creadores que no alcanzaron las cimas de la expresión. El caso de Juana Borrero es elocuente en ese sentido. La fuerza de su autenticidad y de las pasiones que perfilaron su vida se traduce en una obra poética y un epistolario que en nada desmerecen de otras voces de las letras cubanas, aunque no podamos afirmar que el legado de esa joven esté a la altura de algunos de sus coetáneos, de sus predecesores y de otros escritores y escritoras que vinieron después. Mi desposado, el Viento ha de contribuir, sin duda, a un más profundo conocimiento de nuestra historia y de nuestra identidad.