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Último día del naufragio
Enrique Saínz, 12 de febrero de 2007

Este poemario de Rodríguez Entenza viene a confirmar lo que otros títulos, incluidos los de este propio autor, nos han dicho antes y después: que la poesía cubana de los últimos veinte años posee calidades que la sitúan entre las más altas de la lengua, dicho sea sin nacionalismos de ninguna especie. Ciertamente, los textos reunidos en este volumen nos entregan todo un mundo en el que se entremezclan imágenes, preocupaciones, angustias, percepciones de las más diversas texturas, estilos, rupturas, diálogos inusitados, memorias, hallazgos, un cosmos paradójicamente caótico, estructurado mediante iluminaciones súbitas y reflexiones detenidas. Poesía del conocimiento, pero también poesía de alabanza, cántico secreto o manifiesto, palabra para adentrarnos en el suceder desde su dimensión sensorial y, en no menor medida, desde su dimensión intelectual, como posibilidad de aprehensión de lo real en sus estructuras ocultas, reveladas solo por la poesía. Nos sorprende la adjetivación, pero no por inesperada o indeseada, sino por lo que es capaz de revelarnos. La mirada de los poetas auténticos –y Rodríguez Entenza nos ha demostrado que lo es, sin duda que pueda ensombrecer esa afirmación– observa y expresa interioridades desconocidas e inaccesibles para los demás, se adentra en la realidad de una manera que ninguna otra expresión artística logra con tal hondura y riqueza. En estas páginas percibimos un drama en ocasiones explícito y en ocasiones oculto, el drama del individuo en su soledad y en su diálogo con los otros y con la Historia, viejísimo conflicto en la búsqueda de nuestro puesto en el Cosmos, en el orden de la naturaleza y de la sociedad. La vida familiar, los hechos cotidianos de la vida íntima o de un entorno distante y ajeno, las diferentes acciones que el poeta realiza para saberse y conocer lo que va ocurriendo o puede de pronto irrumpir en su existencia, vuelven a todo lo largo del libro, a veces en un lenguaje oscuro y otras con una extraña diafanidad, siempre como un testimonio de lo desconocido, de aquello que necesitamos descifrar para alcanzar una más limpia intelección del sentido de nuestra vida. Sin dudas, la imaginación está en el centro generador de estas páginas, pero también hallamos en esta escritura un realismo diferente, sin los hechos y las descripciones o narraciones tradicionales, un realismo que viene a evidenciarnos lo que no habíamos visto, a decirnos lo que hasta ese instante era indecible para nosotros los lectores. Veamos un magnífico ejemplo, el poema titulado “El camino”, de una singular riqueza en sus disímiles alusiones y en los hallazgos del cuerpo real de las cosas y su significado. Nos dice allí el poeta:

El borde lento sin forma fija. El cuerpo
sin cuerpo. La oscilación entre una luz
y otra. Los círculos en torno al punto.
El músculo adobado por la mordida.
La piedra amando el dolor
de la mirada en la noche.
Y algo que se aleja.
Se aleja. Se estira sobre el cordel
midiendo las ferias de la sombra.
Los barcos próvidos de música y vino
se detienen
se mecen ante un pájaro
que es otro y canta espeso y del país.
La antigüedad viaja
en el corazón del hombre.
El pájaro es el canto y el camino.
Te conduce al lugar imaginado
allí eres tú mismo. Solo allí
en el nudo del tiempo visible
y largo como dos orillas
inviolables.
La hora baila en plural y en paz.

Como en ese texto, en todo el libro encontramos un diálogo interminable con los hechos y los objetos, el paisaje y los otros, consigo mismo y con el destino personal, ese modo desconocido en que seremos más nosotros después de que el tiempo deshaga y reconstruya la existencia personal. En un momento del poema “Nosotros buscamos la claridad”, en mi criterio el mejor poema del conjunto por sus innumerables aciertos, leemos lo siguiente:

[…]
He sido tantas veces otro
y tantas veces yo.
Mucho he desafiado en ardua lucha para ser yo
y predominar sobre los demás que me tocan.
En mi memoria un niño respira sueños
un niño cabalga sobre los instantes del cielo
un niño hojea las páginas
poniendo al descubierto mi vida.
[…]
No siempre he sido lo que ahora
ni soy lo que un día seré.
Por eso busco la claridad y miro
las mismas luces de tu noche.

Rápidas meditaciones en torno a la vida y las continuas búsquedas y hallazgos de un imaginario que nos dé la razón última de las diarias vivencias y del significado de lo real, son la sustancia de la que se nutre esta poesía de tan ricas referencias y recuerdos, de tan diversos enigmas a los que el poeta se enfrenta constantemente. Su estilo es oscuro, alusivo, de un metaforismo que se adentra en definiciones y caracterizaciones altamente reveladoras de esencias y pormenores, siempre anhelante de conocimiento y de la revelación del ser, cualquiera que sea su dimensión, cualquiera que sea su naturaleza. Múltiples lecturas pueden detectarse en esta poesía, integrada por diversos referentes que el poeta ha ido incorporando a su cosmovisión a través de los años, intertextualidades que aparecen o se ocultan, presencias que el poeta ha leído como hallazgos de la realidad, como otros objetos igualmente misteriosos y a la vez esclarecedores de una verdad profunda, inaccesible desde la pura contemplación o la reflexión propia, sin la participación de esa lectura del otro, sin esa revelación del otro poeta, textos esos otros que se tornan imprescindibles y que dejan de ser un motivo de inspiración para alcanzar la estatura de un hecho absolutamente vital, verdad de primer orden, insoslayable para acercarnos al tan deseado conocimiento.
Diríase que estas páginas son, en una dimensión muy significativa, una especie de historia espiritual de su autor, de su formación a lo largo de las búsquedas que han dictado sus lecturas y sus relaciones familiares y sociales. Percibimos algunas confesiones como de quien mira su vida toda pasar por el recuerdo, entrando y saliendo de sus interiores y experimentando una extraña y definitoria soledad en medio de tantas imágenes, de tantas memorias y anhelos, de tantos signos indescifrables, portadores de alegrías o de incertidumbres. El poeta vuelve sobre sí mismo y se ve caminando solo, preguntándose y respondiendo acerca de su hogar, mirando afuera sin saber dónde está realmente y si quedará en algún sitio, toda una metafísica de la existencia. Veamos este gran poema, “Partida”, donde alcanza el libro la mayor estatura dentro de esa preocupación esencial del hallazgo de un destino propio. Allí leemos:

Estoy vigilando mi soledad a través de la noche y no me quejo.
Recojo salmos por que no tengo barandas ni techos para cubrirme de la lluvia.
El viaje de ayer rueda hacia mañana
de puerta en puerta
de sombra en sombra.
La soledad está bajo una manta donde no puedo entrar.
Yo perdí los títulos que soñaron para mí.
Los tesoros de la ida son sésamos.
Dejo sólo algunas huellas en lo que pudo ser
dejo a los señores el aire de familia la rosa de la perfección.
Dejo el paso olvidado en la frialdad del cuarto.
El hombre es sólo la búsqueda de la imagen que se construye para amanecer.
Estoy fuera de peligro
sin la cúpula ni la tranquilidad de la noche.
Estoy bajo el día que no ha perdido el hambre.
Es la hora de alejarme y lloro.
Me contengo y lloro.
Se alienta mi mundo con un mundo de otro.
A mi buen hogar le han cambiado el hijo.
No sabe que me rehago en el silencio.
Voy hacia otro y lloro.
Mi talismán me lleva
hacia la casa en el viento.

Una importante lección de este poemario la hallamos en la diversidad de su léxico, de sus nombres y adjetivos, y en la construcción de los textos, elaborados con un entreverado tejido de múltiples alusiones de la más diversa naturaleza, entrecruzamiento de sensaciones que nos dicen, entre otras verdades esenciales de este poeta, que la realidad se le entrega en un caótico torrente de signos desconocidos con los que ha convivido y dialogado durante años en interminables relaciones desconcertantes y al mismo tiempo inteligibles en su dimensión más entrañable, dualidad que nos llega en los más altos ejemplos de su escritura. La compactación y cerrada unidad de estas páginas en el libro nos hablan de la coherencia del cosmos que nos entrega, visible tanto en los poemas largos cuanto en los más breves, de una brevedad ejemplar en la síntesis alcanzada en cada frase, a la manera de la mejor tradición. Como señalé al comienzo de estas apreciaciones, Último día el naufragio deja constancia de las calidades logradas por la poesía cubana de estos años recientes, enriquecidos con numerosos títulos que colocan la lírica de nuestro país en un altísimo sitial dentro del idioma. Ahí están, junto a Rodríguez Entenza, los nombres de Ricardo Alberto Pérez, Víctor Fowler, Juan Carlos Flores, Reina María Rodríguez, Caridad Atencio, Rito Ramón Aroche, Jesús David Curbelo, entre otros que iniciaron su obra en la década de 1980 o en la siguiente, con la que trajeron un fructífero renacimiento a la historia del género entre nosotros.