Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 7 de diciembre de 2019; 2:19 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 312 | ver otros artículos en esta sección »
Página
Eliseo Diego y su Obra poética
Enrique Saínz , 27 de febrero de 2007
Reaparece la obra poética de Eliseo Diego en un voluminoso tomo, preciosa suma de páginas de una poesía del más alto linaje, heredera de la mejor tradición de nuestro idioma y representante de uno de los tres o cuatro más grandes momentos de la historia del género en la literatura cubana, tan rica en magníficos ejemplos de poetas. Aquí se reúnen todos los libros del autor y, además, un grupo de textos agrupados bajo el título de “Otros poemas”. En las páginas de este grueso libro tenemos el solemne testimonio de toda una vida de dichas y angustias, de temores y tranquilos regocijos, de luces y penumbras, de vida gozosa y de un incesante e implacable terror a la muerte, de tantas maneras evocadas y sentidas en muchísimos y espléndidos poemas de Diego. Aquí tenemos lo que se llama un estilo de vida, una manera de mirar y de sentir que solo hallamos en este gran poeta nuestro y del idioma. Y asimismo encontramos en los poemarios de Diego un delicado recuento de las cosas y los sitios que nos han acompañado a lo largo de los años en nuestro ir y venir por la vida, las memorias de nuestros padres y el pequeño y dilatado cosmos en el que hemos pasado el tiempo que nos fue entregado. Y acompañando esa maravillosa experiencia de mirar y gozar de las cosas y los sitios, los estados de la luz y la memoria, la dicha y la nostalgia, siempre la conciencia lúcida de la fugacidad, el irremediable paso del tiempo que todo lo disuelve y sumerge en “la noche vasta y desierta” en la que entra don Rigoberto, aquel personaje de su cuento que tanto miedo tenía a perder las cosas que poblaban su día a día.
A propósito de su primer cuaderno, En la Calzada de Jesús del Monte (1949), en el que el poeta quiso edificar la sobrevida mientras hallaba el sentido de su propia existencia frente a la desolada y fría intemperie, la nada de la muerte, el no ser oscuro y devastador, Cintio Vitier nos habla, en la memorable y nunca superada reseña crítica que escribiera ese mismo año, de su profunda interrelación con lo cubano y de su voluntad de edificación de un cosmos frente al caos de una nación desestructurada, como ya observamos en el prólogo a esta edición que ahora reseñamos. Las costumbres, los espacios, los objetos, “el sitio en que tan bien se está”, la memoria, las personas que siempre nos acompañan, en fin, la cotidianidad sentida en su dimensión trascendente y en su deseable eternidad, van edificando estos poemas ya inolvidables, una vez leídos los cuales nos acompañarán por siempre, pues son el testimonio de una alegre, sombría y perenne batalla contra el vacío y la muerte. “Para definir ese primer libro –anotamos en el prólogo– podría decirse que es un canto nostálgico y minucioso al vasto mundo de la historia cotidiana, de la historia familiar, suceder silencioso y solemne de nuestra intimidad, en el que se va edificando la sustancia de la vida, a la que se aferra el poeta en su batalla contra la muerte”. Desde sus primeros versos se nos revela el tono general del conjunto, el rasgo definidor de su estilo, esa manera tan suya de ir enumerando y recordando, lenta y deliciosa evocación, detenida y gustosa mirada, recuento de los dones del entorno y del pasado, callada alegría que se entremezcla con la tristeza de lo que ya se fue. Veamos estos momentos extraordinarios:

En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte
donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo
cansa mi principal costumbre de recordar un nombre,

y ya voy figurándome que soy algún portón insomne
que fijamente mira el ruido suave de las sombras
alrededor de las columnas distraídas y grandes en su calma.
[...]


(“El primer discurso”)

Tendrán que oírme decir no me conozco,
no sé quién ríe por mí la noble broma,
en torno de mi abuelo dicen
que buen vino rondaba,
que gruesa frente y respirar de toro,
dicen, aquí en familia,
que su padre rompió la sien como crujiente almendra
para moler la noche ciega,
[…]

(“El segundo discurso. Aquí un momento”)

Después de las espléndidas páginas de Por los extraños pueblos (1958), El oscuro esplendor (1966), Los días de tu vida (1977), Inventario de asombros (1982), Cuatro de oros (1991), llegamos a Poemas al margen (2000), otro volumen igualmente riquísimo en la fortísima delicadeza de su palabra inolvidable, siempre recordándonos la fugacidad, el irnos minuto a minuto, como en el bellísimo texto que tituló “Despedida”, o en el que dio por nombre “A una vecina”. Desde sus inicios hasta ese último grupo del año 2000 “observamos un creciente proceso de interiorización de la problemática del poeta, obsesionado por la fugacidad y el desamparo, siempre angustiado por el encuentro consigo mismo”, como ya señalamos en el prólogo. Asistimos, en la evolución creadora de Diego, a una gradual desaparición de los espacios, los objetos y sus ornamentos, las penumbras y luces, los hábitos y gestos que han conformado su vida toda, de manera que este hombre angustiado se ha ido quedando solo, en soledad radical, sumido en una intemperie ontológica y mirando la perfección que antes lo deslumbraba y que ahora lo aterroriza. Antes, en sus libros iniciales, junto a la alegría por la realidad inmediata se deslizaba el miedo y la conciencia de que la muerte estaba en todas partes y tenía múltiples rostros. Ahora, desde Inventario de asombros, se han difuminado los esplendores y la gratificante pesantez de las cosas hasta que el poeta, en algunos momentos, se ha quedado contemplando el horrible vacío, como en el primer poema del cuaderno de 1982, “La página en blanco”, en el que nos dice:

Me da terror este papel en blanco
tendido frente a mí como el vacío
por el que iré bajando línea a línea
descolgándome a pulso pozo adentro
sin saber dónde voy ni cómo subo
trepando atrás palabra tras palabra
que apenas sé qué son sino son sólo
fragmentos de mí mismo mal atados
para bajar a tientas por la sima
que es el papel en blanco de aquí afuera
poco a poco tornándose otra cosa
mientras más crece la presencia oscura
de estas líneas si frágiles tan mías
que robándole el ser en mí lo vuelven
y la transformación en acabándose
no es ya el papel papel ni yo el que he sido.

De su obra poética toda, y de sus narraciones y ensayos, y “más allá de cualquier circunstancia histórica que esté en la raíz de su escritura”, como ya dijimos, ha de permanecer el testimonio de su estilo, de su amor a la vida, de su angustia, edificante a pesar de su avasalladora fuerza destructiva. Han de permanecer y sustentarnos esos libros porque en ellos está, de maneras diversas, nuestra vida, los recuerdos que la fueron haciendo, así como está también, en cierta medida, nuestro destino. Estas páginas nos pertenecen plenamente porque nos han enseñado a mirar y a sabernos con mayor nitidez, nos han enseñado a percibir lo que el poeta llama, en la dedicatoria de En la Calzada de Jesús del Monte, “la conmovedora belleza de este mundo”. Estos poemas son “unas palabras dichas por la tarde a unos amigos”, señala Diego en esa misma dedicatoria, afirmación extensiva al resto de su quehacer lírico, y en el prólogo a Por los extraños pueblos apunta esta frase que viene a constituirse un su poética: “No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio. A lo que Dios me dio en herencia he atendido tan intensamente como pude; a los colores y sombras de mi patria; a las costumbres de sus familias; a la manera en que se dicen las cosas; y a las cosas mismas –oscuras a veces y a veces leves”. Creo que la mayor lección de este singularísimo poeta es la de habernos enseñado a amar las cosas, los sitios, el tiempo y las personas que fueron edificando nuestras vidas. Cierro con las mismas palabras de mi prólogo: “Contra el vacío, el sinsentido, la muerte, volveremos siempre a esta poesía espléndida, nuestra y universal”.