En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte
donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo
cansa mi principal costumbre de recordar un nombre,y ya voy figurándome que soy algún portón insomne
que fijamente mira el ruido suave de las sombras
alrededor de las columnas distraídas y grandes en su calma.
[...]
(“El primer discurso”)Tendrán que oírme decir no me conozco,
no sé quién ríe por mí la noble broma,
en torno de mi abuelo dicen
que buen vino rondaba,
que gruesa frente y respirar de toro,
dicen, aquí en familia,
que su padre rompió la sien como crujiente almendra
para moler la noche ciega,
[…]
(“El segundo discurso. Aquí un momento”)
Después de las espléndidas páginas de Por los extraños pueblos (1958), El oscuro esplendor (1966), Los días de tu vida (1977), Inventario de asombros (1982), Cuatro de oros (1991), llegamos a Poemas al margen (2000), otro volumen igualmente riquísimo en la fortísima delicadeza de su palabra inolvidable, siempre recordándonos la fugacidad, el irnos minuto a minuto, como en el bellísimo texto que tituló “Despedida”, o en el que dio por nombre “A una vecina”. Desde sus inicios hasta ese último grupo del año 2000 “observamos un creciente proceso de interiorización de la problemática del poeta, obsesionado por la fugacidad y el desamparo, siempre angustiado por el encuentro consigo mismo”, como ya señalamos en el prólogo. Asistimos, en la evolución creadora de Diego, a una gradual desaparición de los espacios, los objetos y sus ornamentos, las penumbras y luces, los hábitos y gestos que han conformado su vida toda, de manera que este hombre angustiado se ha ido quedando solo, en soledad radical, sumido en una intemperie ontológica y mirando la perfección que antes lo deslumbraba y que ahora lo aterroriza. Antes, en sus libros iniciales, junto a la alegría por la realidad inmediata se deslizaba el miedo y la conciencia de que la muerte estaba en todas partes y tenía múltiples rostros. Ahora, desde Inventario de asombros, se han difuminado los esplendores y la gratificante pesantez de las cosas hasta que el poeta, en algunos momentos, se ha quedado contemplando el horrible vacío, como en el primer poema del cuaderno de 1982, “La página en blanco”, en el que nos dice:
Me da terror este papel en blanco
tendido frente a mí como el vacío
por el que iré bajando línea a línea
descolgándome a pulso pozo adentro
sin saber dónde voy ni cómo subo
trepando atrás palabra tras palabra
que apenas sé qué son sino son sólo
fragmentos de mí mismo mal atados
para bajar a tientas por la sima
que es el papel en blanco de aquí afuera
poco a poco tornándose otra cosa
mientras más crece la presencia oscura
de estas líneas si frágiles tan mías
que robándole el ser en mí lo vuelven
y la transformación en acabándose
no es ya el papel papel ni yo el que he sido.
De su obra poética toda, y de sus narraciones y ensayos, y “más allá de cualquier circunstancia histórica que esté en la raíz de su escritura”, como ya dijimos, ha de permanecer el testimonio de su estilo, de su amor a la vida, de su angustia, edificante a pesar de su avasalladora fuerza destructiva. Han de permanecer y sustentarnos esos libros porque en ellos está, de maneras diversas, nuestra vida, los recuerdos que la fueron haciendo, así como está también, en cierta medida, nuestro destino. Estas páginas nos pertenecen plenamente porque nos han enseñado a mirar y a sabernos con mayor nitidez, nos han enseñado a percibir lo que el poeta llama, en la dedicatoria de En la Calzada de Jesús del Monte, “la conmovedora belleza de este mundo”. Estos poemas son “unas palabras dichas por la tarde a unos amigos”, señala Diego en esa misma dedicatoria, afirmación extensiva al resto de su quehacer lírico, y en el prólogo a Por los extraños pueblos apunta esta frase que viene a constituirse un su poética: “No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio. A lo que Dios me dio en herencia he atendido tan intensamente como pude; a los colores y sombras de mi patria; a las costumbres de sus familias; a la manera en que se dicen las cosas; y a las cosas mismas –oscuras a veces y a veces leves”. Creo que la mayor lección de este singularísimo poeta es la de habernos enseñado a amar las cosas, los sitios, el tiempo y las personas que fueron edificando nuestras vidas. Cierro con las mismas palabras de mi prólogo: “Contra el vacío, el sinsentido, la muerte, volveremos siempre a esta poesía espléndida, nuestra y universal”.