Inevitablemente, mientras los primeros días de marzo se asoman al balcón del tiempo, pensamos en la primavera. Nuestro prodigioso imaginario nos lleva hacia ese lapso en el que la naturaleza parece renacer expresándose en flores y retoños, en el vuelo de las aves, en el impetuoso bullir de la flora y la fauna.
He comenzado esta sección con un párrafo absolutamente intencionado, porque en este mes presentaremos una tetralogía representativa de la poesía que en Cuba ha sido ofrendada a la naturaleza tropical y a su expresión en el estado del tiempo y el comportamiento del clima.
Cuatro es un número esencial para la naturaleza, al menos en este planeta bien llamado Tierra; cuatro son las estaciones del año y cuatro las partes del día —madrugada, mañana, tarde y noche—, cuatro son los puntos cardinales y cuatro las etapas básicas del ciclo de la vida: nacimiento, juventud, madurez y vejez. ¿Quién sabe si otra cifra regirá este concepto en lejanos planetas?
Pero para introducirnos en el tema llamaremos a un poeta que en la historia de las letras de Cuba se nos aparece rodeado del particular aroma romántico que matizó la obra de varias generaciones de artistas. Ello nos parece lo mejor, habida cuenta que el romanticismo nace de ese peculiar estado exaltado de veneración por lo bello, por lo natural, contando con el amor como columna y sostén del mundo y de la creación literaria.
Cuatro estaciones. Cuatro poemas. Poiesis, que significa creación, y Heredia para llevarnos de la mano de la poesía romántica. José María Heredia y Heredia, que nació en Santiago de Cuba el 31 de diciembre de 1803 y murió aquejado del mal fatal de la tuberculosis —o de la tisis, como entonces se llamaba a la aterradora enfermedad—, entregándose con su innato fervor a la causa de la independencia de su patria integrando la conspiración de “Soles y Rayos de Bolívar”.
Resumen su vida estos versos:
Vivo en el porvenir como un espectro,
Del sepulcro en el borde suspendido,
Dirijo al cielo mis postreros votos
Por la alma Libertad, miro a mi patria.
De su obra, sellada con su muerte el 7 de mayo de 1839, tomamos este segmento que el Poeta nombrara “Calma en el mar”, publicada por vez inicial en 1830, hace ahora 175 años. Naveguemos, pues, con él en esta nave bajo las estrellas y disfrutemos la paz de una noche de entonces.
El cielo está puro,
La noche tranquila,
Y plácida reina
La calma en el mar.
En su campo inmenso
el aire dormido
La flámula inmóvil
No puede agitar.
Ninguna brisa
Llena las velas,
Ni alza las ondas
Viento vivaz
En el oriente
Débil meteoro
Brilla y disípase
Leve, fugaz.
Su ebúrneo semblante
Nos muestra la luna,
Y en torno la ciñe
Corona de luz.
El brillo sereno
Argenta las nubes,
Quitando a la noche
Su pardo capuz.
Y las estrellas,
Cual puntos de oro,
En todo el cielo
Vense brillar.
Como un espejo
Terso, bruñido,
Las luces trémulas
Refleja el mar.
La calma profunda
De aire, mar y cielo,
El ánimo inspira
Dulce meditar.
Angustia y afanes
De la triste vida,
Mi llagado pecho
Quiere descansar.
Astros eternos,
Lámparas dignas,
Que ornais el templo
Del Hacedor;
Sedme la imagen
De su grandeza,
Que lleve al ánimo
Santo pavor.
¡Oh, piloto! la nave prepara:
A seguir tu derrota disponte,
Que en el puro lejano horizonte
Se levanta la brisa del sur;
Y la zona que oscura lo ciñe,
Cual la luz presurosa se tiende,
Y del mar, cual espejo se hiende,
Muy más bello parece el azul.
Tomado de Emisora Habana Radio