Este cuaderno de Rito Ramón Aroche nos entrega otra visión de la realidad, absolutamente ajena a todo lirismo y a los diferentes modos del discurso literario canónico, si bien guarda semejanzas con ciertas maneras precedentes, con las que se identifica por la ruptura del cuerpo de la realidad. ¿Y de qué nos hablan estos poemas? Diríase que de nada que no sea la forma de dialogar con los objetos y los hechos, la forma de asumir la existencia y la inmediatez del entorno y los recuerdos y las fantasías de cada uno. La conciencia de lo fragmentario es de suma importancia en esta poética, la conciencia del objeto-signo, sin más relación con los demás entes, como si el poeta sólo quisiese detenerse en lo que tiene delante o en su recuerdo y darle un valor que nada tiene que ver con el uso ni con su posible trascendencia, sino exclusivamente con su simple estar en la vida. Página tras página este brevísimo poemario nos entrega el diálogo misterioso y al mismo tiempo intrascendente de los personajes con su mundo íntimo, pero de una intimidad que en verdad no llega a serlo porque las acciones de cada uno quedan al descubierto, no pertenecen al mundo de adentro, en la medida en que lo íntimo comporta siempre un elemento vital de incomunicación. El poeta va construyendo espacios y personas que miran y se mueven, o contempla escenas descompuestas, cuadros desentendidos de la belleza tradicional, del retrato que simboliza un orden. Así en esta imagen en la que se entremezclan elementos dispares, pero en el fondo extrañamente armónicos en la desarmonía que nos revelan:
idea de un columpio, de un rostro que ha derivado esperma, saliva sobre un rostro, dientes
Dos páginas más adelante apunta:
Yo diría un columpio, la extrema absolución
retomando el objeto en su puro nombre, sin funcionalidad ni conformando un paisaje para convivencia, sólo por su simple idea sin más, junto a una conducta en la que actúa un principio ético que no tiene antecedente de ningún tipo. El poeta no pretende establecer códigos ni proponernos una interpretación de la realidad, un sentido que nos permita comprenderla o definirla. Hay en algún momento una voluntad integradora, una voluntad de construir una totalidad, como cuando nos dice:
ahora bien, podríamos hacer colocaciones, operar por escenas, hasta lograr núcleos o tapices.
Como lo prueban ciertos calendarios, antiguos, y…
Pero no se trata en verdad de una necesidad de esta poética, sino de un juego, componer un cuadro ficticio que se va integrando por añadidura, no por fusiones, cuerpos que no pueden realizarse como un todo, pues el poeta los ha ido separando como si fuesen invenciones suyas, visiones inconexas en las que se detiene para redituarlas en su imaginario. El flaneur, paseante que toca el vidrio de las estanterías de la ciudad como un espectro, fantasma, hombre sin rostro que deambula sin destino por los huecos, los espacios vacíos, de una ciudad que permanece en silencio, como apagada, se constituye en todo un símbolo-personaje, individuo que emerge de este caos del lenguaje y de las percepciones, caminante que se mueve y mira como a tientas, elemento de un escenario que el poeta ha compuesto con partes inconexas. Poesía no-sentimental, dasapasionada, sin jerarquías teleológicas, en la que puede apreciarse la impronta de Lezama y, más cercana aun, la de Piñera. Las evocaciones se confunden en este cuaderno con las acumulaciones del onirismo, esa suma de objetos que aparecen en los sueños y que se integran de manera inexplicable a una acción, se convierten en cuerpos de una utilidad que no encontramos en la vigilia. Hay momentos levemente obsesivos, reapariciones de un personaje (la mujer “de blusa casi abierta”, la que vuelve poco después: “De blusa mal abotonada”) o de un objeto (saxo, partitura, mendrugos). Y junto a ellos, la absolución de lo que se nombra y se ve, de la pretensión de puesta en escena, divertimiento constructivo que el autor quiere realizar como un juego que supere a la ciudad real, desechada como una entidad que no podemos ver ni es retratada en el poemario más que un momento en que el paseante camina y toca las vidrieras.
Todo se sumerge en una cotidianidad que puede llegar a ser pesadillesca. El lector comprende que no puede comunicarse con el pequeño cosmos que tiene ante sus ojos al leer estos textos, pues son solo fragmentos que no es posible unir en una entidad suficiente para el diálogo. Elogio de lo sucio y de lo porno, nos advierte Rito Ramón Aroche en un primer momento, y lo confirma más tarde, en páginas sucesivas:
Líquido desde la propia consignación del evento: una lata vacía, una sartén perforada y, borras de café, cáscaras e insectos
Sobre todo, si se trata de derivar en enjambres, en porciones de lodo
Otro bosquejo: esa rata de agua entre el escombro
Asumimos como nuestra la profunda soledad de estos poemas, esa ruptura de la coherencia y de la posibilidad de una intelección de lo real desde la armonía de sus elementos, otra lectura de la tradición y una diferente manera de componer el texto, poemas breves porque no sostienen un discurso de dilatadas alusiones, discurso sin anécdotas ni historias narradas para reconstruir el pasado o diseñar el porvenir, atemporalidad y ausencia de sentimentalismos, antirromanticismo. Los poetas que se nuclearon en torno a la revista Diáspora(s), en la década de 1990, se replantearon la escritura desde presupuestos distintos de los que estaban en el sustrato de las poéticas cubanas precedentes, aunque con los antecedentes que ya señalamos, a los que habría que añadir la obra de Lorenzo García Vega, origenista que desde sus mismos inicios en la década de 1940 se reveló como un vanguardista absolutamente orgánico por sus más auténticas filiaciones y por la carga de futuridad que su obra mostraba, confirmada en sus más recientes entregas, representativas de una postmodernidad que lo sitúa en el ámbito espiritual de estos jóvenes creadores que hace alrededor de diez años trajeron una renovadora concepción de la poesía. Aunque Rito Ramón Aroche no perteneció al grupo de Diáspora(s), se integra a ese movimiento de transformación con postulados y concepciones muy semejantes, si bien se distancia de ellos en un menor empleo en sus textos de lo que podríamos llamar la imaginería marginal.
A lo largo de su relativamente breve obra, integrada por los títulos Material entrañable (1994), Puerta siguiente (1996), Cuasi II (1998), Cuasi I (2002), El libro de los colegios reales (2005), Del río que durando se destruye (2005) y, desde luego, el que ahora comentamos, este poeta se adentra en una ardua labor de desconstrucción del canon partiendo precisamente de los mismos aportes que algunos poetas representativos del mismo trajeron a la percepción de la poesía cubana durante la realización de sus respectivos libros. Acaso la mayor lección que este joven poeta toma de los maestros con los que finalmente rompe, en especial el propio Lezama, el gran heterodoxo de la poesía cubana de la segunda mitad del siglo XX, sea la de plantearse un diálogo más profundo y objetivo con el suceder y, en general, con la realidad en sus múltiples manifestaciones. Otra lección significativa fue el distanciamiento del drama personal en ese diálogo creador con la cultura en su pretensión de aprehender la realidad, actitud antirromántica que da paso a una descomunal indagación en el suceder como no se había visto antes en la lírica cubana. Ya Fina García Marruz señaló que en Dador (1960) percibimos los objetos como restos de un naufragio: dispersión, caos, ruptura, pérdida, desestructuración, en ese extraordinario libro signo todo ello de una vastedad inabarcable por la palabra, y en Rito Ramón Aroche expresión de una realidad que no alcanza a integrarse. En el fragmentarismo de los poemas publicados en Andamios y en el resto de los cuadernos del autor hay una especie de crónica mutilada, en la que apenas se pueden entrever oscuros acontecimientos que el lector no alcanza a identificar. Se trata, ciertamente, de una voluntad de estilo, una poética elaborada desde los presupuestos de la vanguardia, pero sobrepasándola en su discurso deshecho, roto, incoherente, tan distinto de las construcciones tan elaboradas del vanguardismo clásico. El léxico y la sintaxis de los poemas de Rito Ramón Aroche se desentienden de aquellos postulados para entregarnos sólo escenas de extraordinaria concentración conceptual. La poesía cubana tiene en esta obra y, en general, en la obra de los jóvenes creadores cubanos coetáneos del autor que se han planteado esa relectura de la tradición, una manera otra de mirar y de decir, de adentrarse en el entorno y en la historia personal y en la realidad como cuerpo total.