Nuestro diálogo cotidiano con la realidad, la rememoración de las innumerables vivencias que hemos experimentado a lo largo de los años y la elaboración de la imaginería del porvenir se han venido manifestando en la poesía contemporánea con la desestructuración del discurso tradicional y la reelaboración de un texto que expresa con mayor fidelidad las múltiples impresiones que el mundo real deja en el poeta. Cuando leemos las más representativas páginas de importantes creadores de la lírica de nuestros días, comprobamos que predomina en ellas la construcción de fragmentos, la ruptura de lo que podríamos llamar la integridad de un sentido orgánico del suceder y del ser hasta convertir el poema en una suma en apariencia incoherente, desordenada, caótica. Esa es la percepción que nos queda de la lectura de esta antología de la poetisa Friederike Mayröcker, nacida en Viena en 1924. En estos poemas hay una continua reelaboración de lo cotidiano, incesantes fusiones de elementos diversos y ajenos, excepto por el hecho de constituir asociaciones ocultas en la autora, para quien sí conforman un conjunto relacionable en sus distintas partes. Estos poemas semejan breves crónicas de hechos intrascendentes que penetran y conforman los textos, los que a su vez integran un libro, es decir, esa unidad de sentido de la historia espiritual del creador. La propia Mayröcker ha dicho que siempre que lee a sus poetas preferidos toma notas de sus impresiones, como quien sabe que de ese diálogo surgirá su propia escritura, cuyos primeros signos serán precisamente esos apuntes. En la antología que ahora comentamos leemos estas líneas, tomadas por la traductora de Viaje a través de la noche (1986):
“La verdad es que nunca fui a la lectura sin papel y lápiz para escribir, ni he sido capaz de sumergirme nunca en la lectura sin tomar notas incesantemente, es como una enfermedad. Ha sido también, en todo momento, un criterio de la calidad de estas lecturas mías: allí donde no había nada que anotar, tampoco había nada que leer para mí, etcétera”.
El acto de escribir adquirió para ella la categoría de una segunda naturaleza, una condición sine qua non, necesidad de primer orden, como si quisiera reconstruir la realidad desde sus palabras, desde la poesía, desde la escritura propia y la de otros. Ello puede ser interpretado como una irresistible voluntad de rehacer la vida, de reorganizarla en su diversidad para alcanzar otras imágenes, percibidas solo por quien las contempla o ha sido capaz de vislumbrarlas en rápida percepción. Los poemas recogidos por Olga Guevara Sánchez en este libro, Páginas mágicas, nos permiten adentrarnos en otra posibilidad de estructuración de los hechos y los objetos, otra manera de mirar y de sentir el mundo circundante, rápidas iluminaciones que nos permiten ver más adentro en la secreta urdimbre del mundo circundante.
La memoria rehace también la existencia, una memoria igualmente fragmentada, desde la cual retornan los sitios y los desencantos, los objetos y la soledad, la tristeza o las simples imágenes inmóviles de lo que se fue y sólo quedó en visiones inapresables. Veamos el poema titulado “Oda a un lugar”, tocado por una extraña sensación de pérdida, de ausencia y de felicidad imposible:
Sitios natales de mis sueños: cabaña trono torres artesonado
campanas bandada de palomas en profusión de alas
confirmadas
sus picos en la luz grisácea
grabando en el cielo luctuoso
un mensaje de ti hacia mí:Recodos impaciencia de nuevo desatada y con lastre en los ojos
pesarosa
cegada por las lágrimas
mientras cántaros que beben fuegoarriba en calcinados cielos de julio (quebradas
curvas / sentimientos que reposan
flores esparcidas –
pon tu pie sobre mi cerviz
Señor!)fluyentes ramos de genistas / camelias (como polvo...)
el bosque –...y hacia los estanques!
Rápidas iluminaciones para rehacer el pasado. Y en otros momentos, para decirnos las impresiones ante el paisaje inmediato, cercano, entremezclado con imágenes distanciadas en el espacio, la escritura se torna igualmente caótica, desordenada, rotas las estructuras del discurso tradicional y vuelto a narrar el entorno con la suma de elementos que ocupan el primer plano en la escritura, como sucede, por ejemplo, en “s. t.”, en “Poema de amor impronunciado”, en “Horizonte” y en muchos otros textos de esta selección. Prosa y poesía se conjugan de manera imperceptible en esta poética, las viejas jerarquías desaparecen y el poemas se integra desde planos muy diferentes, realidad sublimada y al mismo tiempo cotidiana, verdades concretas impregnadas de una espiritualidad que no tienen para otras miradas, sin dejar además de poseer su propia condición intrascendente, esa su naturaleza terrestre que la caracteriza en el diario vivir. En “Horizonte” nos dice la autora:
Estoy apegada a mi tugurio
aquí ante la buhardilla una escalera
en medio de huracanes de polvo y envidiosa vocinglería
el olor de la col hervida sube como una enorme planta pegajosa
desde los bajos hasta la buhardilla
con las palomas tísicas arrulla en las cornisas mi nevera
y se deshacen sobre ambas ventanas las figuras de yeso cercanas al cielo
[…]
Se ha creado una apacible atmósfera con elementos dispares, antipoéticos según los cánones románticos e incluso ciertos exponentes de la vanguardia. Se trata, en realidad, en el caso de Mayröcker y, en general, de la poesía más reciente en cualquier latitud, de una voluntad de estilo que se desentiende de trascendentalismos y de las preocupaciones por la búsqueda de una belleza que ya no posee la significación de otras etapas y períodos de la historia literaria. La herencia naturalista y en cierta medida el expresionismo –sin duda de gran significación en la obra de esta poetisa, cuyo quehacer se inscribe en una riquísima tradición de la poesía austríaca, donde encontramos significativos ejemplos de ese movimiento– están en la raíz de esa cosmovisión que rompe las jerarquías y eleva a categoría de centro del discurso zonas de la realidad hasta entonces marginadas por los preceptos ideoestéticos. Desde luego, se trata de una presencia que ha sido transmutada desde la postmodernidad, después de innumerables y extraordinarios cambios en la lírica del siglo XX. En los poemas de esta importante poetisa vienesa hallamos un hedonismo singular, fruición ante los más disímiles paisajes y recuerdos, como de quien espera siempre una revelación iluminadora en su doble sentido cognoscitivo y contemplativo, de belleza puramente contemplada, suficiente en sí misma para saciar los anhelos de una utopía de los sentimientos. Hay en esta poesía una incesante búsqueda, un mirar extremadamente atento sobre realidades visibles y ocultas, en la memoria y en el porvenir, de adentro hacia fuera, como dice uno de los personajes, “ella”, del radiodrama “Una sombra en el camino a la Tierra”, de 1975. Nos dice: yo vengo desde afuera, me abro paso hacia adentro… sólo desde allí busco mi camino, de dentro hacia fuera. Esa obra es de sumo interés para conocer el mundo y las preocupaciones de la autora, pues en los personajes va poniendo estados de ánimo y confesiones en estilo transparente y al mismo tiempo entreverado de conductas y señalamientos ininteligibles en una simple lectura superficial. Las páginas que denominó “Franz Schubert, o pequeñas notas del tiempo en Viena” poseen asimismo una calidad excepcional en esa su interacción de impresiones en apariencia desentendidas unas de otras, como sucede en “Tiempo 8”, donde la autora llega a esta sorprendente integración:
¡qué mañana tan pelada!
pintoresca para los pintores, ¡en longitudes celestiales!
en medio, panqueques azucarados. El canto alternativo con tinta negra en papel secante… la concha del apuntador tendría la palabra más sonora.
En arbustos, más que turbulenta, canción.
“¡La geografía d. Salzburgo”, escribe Franz Schubert a Therese Grob, “una (piedra) perdida. Donde nunca recordamos haber estado antes.”
“Cómo le agradezco que no rechace usted mis cartas debido a una triste cavilación”.
En otro momento, “Tiempo 10”, leemos:
en la calma de la mañana… y en alguna parte tiene uno que conectar de nuevo.
Schubert a Spaun: “a cuatro manos / variaciones / las pianistas aquí los pequeños agrimensores al modo húngaro, mujeronas… ¡riñas en los oídos! que los aires contra la frente me…”.
“¡caída del cielo sí caída del cielo! y contrariando mi voluntad en cierta medida, esta pieza estas bagatelas, este sentimiento. Y para concluir, una obertura lo más arrebatadora posible”.
Con el rabillo del ojo pude ver cómo, medio borracho de sueño apoyado contra el aparador, limpiaba una y otra vez los espejuelos con un pañito de piel de ciervo, después de haber exhalado su aliento sobre ellos largo rato, y de colocarlos ante sus ojos, comprobatorio.
Porque y por qué. Sólo muy suavemente, con una chica de la servidumbre.
La fuerza de esos textos es harto elocuente para saber que estamos ante una poesía que ha sabido recrear la historia, los anhelos, el paisaje íntimo, la memoria, el sentido último de una vida. La intertextualidad de la memoria y los libros, de lo cotidiano y lo trascendente, del individuo y la realidad, muy frecuente también en la poesía cubana de hoy con sus relecturas de la tradición, tiene en la obra de Mayröcker un ejemplo gratificante, una posibilidad de releernos a nosotros, sus lectores, como si su testimonio fuera de alguna o de muchas manera el nuestro.
* Antología de Friederike Mayröcker (Selección y traducción al español: Olga Sánchez Guevara), Torre de Letras, La Habana, 2005.