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Born in Santa Clara
Enrique Saínz, 26 de marzo de 2007

Con una ya dilatada y significativa obra poética de alrededor de veinte años y cerca de diez títulos, Sigfredo Ariel ve aparecer por Ediciones Unión (2006) su poemario Born in Santa Clara, merecedor del Premio UNEAC de Poesía Julián del Casal en el año 2005. Como sus cuadernos anteriores, entre los que se encuentra Mano de obra, con el que ganó el Premio Nicolás Guillén, este que ahora comentamos se caracteriza por la inquietante rapidez de sus imágenes y la fuerza de su palabra, de una intensidad que nos atrapa de inmediato. Es esta una poesía que parece brotar de un modo absolutamente espontáneo, sin previa elaboración intelectualista ni búsquedas de maneras ni reflexiones en torno a objetos y espacios, problemáticas y experiencias. Percibimos, desde el inicio mismo de cada poema, que ha irrumpido en el poeta un conjunto de palabras que brotan sin mucho control, como desbordándose después de una experiencia o de una sucesión de recuerdos que llegan mientras recorre la ciudad o conversa con un amigo, o simplemente mientras lee o medita sobre su vida o rememora un paisaje visto hace pocos o muchos años. Poesía de la experiencia, del diario vivir, de sueños y vigilias de extraordinario dinamismo, poesía que se va integrando con el caos de impresiones que el poeta va recibiendo sin cesar en sus múltiples andanzas cotidianas, este poemario nos conmueve por la desestructuración de la realidad que nos entrega en cada texto, esas incesantes visiones fragmentarias, rotas, en las que podemos llegar a constatar la ausencia de lo que no nos dice el autor. Las más elementales impresiones van entrando en los textos y se integran en un extraordinario torrente verbal que no tiene otras pretensiones que la de revelarnos los misteriosos e indescifrables hechos de la realidad, los inescrutables acontecimientos de la ciudad, aquello que no parece tener  trascendencia y sin embargo nos impacta precisamente por esa esencial banalidad del suceder cotidiano, elemento definidor de esta poética. La vida familiar forma parte de esos hechos que van y vienen todos los días, esa vida que transcurre de un modo natural, ahora recordada por el poeta en una suma de innumerables detalles que sólo han quedado en la memoria y entran en el texto como nostalgia. Así, en el poema “La despedida” nos dice Ariel:

En la casa de la calle Martí frente al espejo
que cubría casi toda la pared        los ojos verdes
de Lourdes, rápidos bajo el cerquillo que usaban
entonces las niñas             el largo pelo claro
transparente cuando le daba el sol          el día de reyes
que cayó domingo por fin                     y no hay colegio
cuando las primas regresan de la iglesia
vamos a almorzar juntos
con la abuela
que hace carteras con tela de yute para mantener
la casa, desproporcionadas margaritas incrustadas
con tallos de estambre como adorno principal

carteras de yute todo el día y la tarde, las sandalias
que fabrica el tío con sucedáneos de piel
sobre la bigornia eterna, segmentos de goma
y vinil        fuera de la ley, es decir fuera
de la realidad para ayudar a mantener
la casa que pronto no va a estar

ni habrá linaje en la calle Martí después
de los adioses          ni peluquería
medio clandestina ni risas de visitas
ni mi madre tendrá madre ya para contar sus nadas
o sus preocupaciones, ni hermanas de mi madre
ni ojos verdes de Lourdes ante aquel
gran espejo que cubría casi toda la pared
y reflejaba lo que antes se llamaba
la familia entera.

Toda la vida en esas páginas colmadas de diferentes impresiones, alucinantes en la revelación de los inauditos elementos que se entrecruzan en el cuerpo de la realidad y se constituyen en su más preciosa esencia, naturaleza tan prodigiosa como la natural. El discurso en el que el poeta relata los hechos y las imágenes auditivas, visuales, táctiles, que se van creando en él en la medida en que transita por las calles o rememora experiencias, alcanza una singular densidad que nos abruma en su riqueza al mismo tiempo que nos adentra en esa oscura belleza de las cosas y las gentes pasando ante nosotros. Las apalabras se entrecortan y el discurso lírico aparece entonces roto, como incompleto, rápido apunte, suficiente para comunicarnos la sobreabundancia del suceder, obviamente imposible de aprehender en toda la magnitud de su multiplicidad. La enumeración caótica, imagen igualmente fragmentada de una totalidad que escapa a la percepción de la memoria o de los sentidos, construye los textos con similar fuerza, como en estos momentos del que acaso sea el más intenso poema del libro, el titulado “Sobre cierto espíritu errante”, donde leemos:

En las fiestas más bien íngrimas      qué cosa
festejamos con té ruso, un par de velas
qué conmemoramos sino acontecimientos
que tendrían lugar en el futuro     si acaso
tal vez en el futuro.

Y de qué hablábamos
/ quicio, vano de puerta, habitación de hotel:
Ambos Mundos, el Louvre
cuartos entonces para seres humanos
no para turistas.

[…]

Fue sencillo y bastante funcional:
noche era parte de cuerpo
y cigarro parte de conversación
luego al camino sin interrogaciones
ni permisos de entrada y de salida.

[…]

Pasado un tiempo, quizá algunos días
no tendrá demasiada importancia
mejor dicho no tendrá importancia alguna
porque viaje y permanencia
serán parte
si acaso de espejismo.

¿Y de qué hablábamos tanto,
quicio, vano de puerta, habitación
de hotel?

La incompletez, la ausencia, la ruptura, forman parte de ese discurso que quiere mostrarnos una realidad fragmentada, esa realidad que vemos a lo largo de esta compilación junto al relato de las vivencias del poeta. Todo ello se nos entrega como la historia de una vida, historia desentendida de heroísmos y de conmociones sociales, vivida desde su más simple y elemental dimensión, sin búsquedas trascendentalistas, maravillada en cambio por el perpetuo movimiento, el fluir incesante que no podremos abarcar y al que habremos solamente de acercarnos desde una distancia insalvable. Muy dentro de su época y bajo la impronta de sus contemporáneos más importantes en la poesía cubana, con los que mantiene un diálogo creador de suma importancia en la definición del género en la literatura cubana de hoy, Sigfredo Ariel reconstruye una ciudad y una parte de su pasado y de su historia personal, testimonio de un talento creador que le permite revivir la cotidianidad e imprimirle una fuerza que nos llega en cada página, ya sea despertando en nosotros vivencias similares o mostrándonos todo lo que no alcanzamos a percibir desde la soledad de nuestra experiencia. El hedonismo se entremezcla en estos poemas con la desesperación o el hastío, con la sordidez y el desaliño de los paisajes y los objetos, pero se trata de un hedonismo oculto, como de trasfondo, que subyace en la asimilación de lo real que experimenta el autor y que nos transmite en su escritura. Born in Santa Clara alcanza una significativa estatura lírica de la mejor estirpe dentro de la tradición de la antipoesía y del conversacionalismo, en ocasiones con tantos aportes y en otros momentos de tan pobres realizaciones. En el caso de este cuaderno de Sigfredo Ariel puede afirmarse que es heredero de los más altos logros dentro de esas líneas de la lírica cubana de nuestros días.