La poesía contemporánea tiene en John Kinsella (Perth, Australia, 1963) un representante singular, con una poética que emerge directamente de su paisaje vital, el espacio y la realidad en la que se formó su sensibilidad. Con poco más de cuarenta años de edad posee ya una obra estimable de más de veinte títulos y una trayectoria igualmente apreciable en el mundo académico sajón como profesor en Cambridge University (Inglaterra) y en Kenyon Collage (Estados Unidos). La lectura de su libro El silo: una sinfonía pastoral (1995) [The Silo: A Pastoral Symphony] es una experiencia inolvidable por la fuerza de su paisaje y la intensidad de su discurso, de una inusual energía en la poesía contemporánea. Cierto sabor épico, entremezclado con un lirismo absolutamente diferente de cualquier otra expresión sentimental de nuestros días, si bien con evidentes afinidades con algunos poetas del idioma, como Derek Walcot, es uno de los rasgos esenciales de estas páginas, portadoras de una riqueza en ocasiones alucinante en su diversidad y en los detalles que la conforman. Esa epicidad nada tiene que ver con heroísmos en los que esté comprometida la existencia, sino con el decursar del diario vivir y con la maravilla de un suceder natural que se integra en el trabajo del hombre, ese bregar entre el individuo y las inclementes maneras del mundo natural. El lirismo aparece en los momentos en que el poeta descubre un rasgo sorprendente en su belleza o en su misterio más profundo, como en el poema “Una rara visión”, donde leemos estos maravillosos versos:
El pájaro visto aquí por primera vez
en cuarenta años canta con diligencia
desde el alambre, te viras para tocar
el hombro de un amigo
y cuando vuelven a tornarse juntos
no encuentran nada que no sea el cielo
y el hilo tembloroso.
En otros momentos –por ejemplo, en el poema “La presunción y el rastrillo del heno: Patriarcado rural”–, hallamos igualmente un diálogo profundamente lírico del poeta con la realidad, en términos que contrastan con la aridez del trabajo y las relaciones con el entorno a lo largo de todo el libro; pero a su vez ese lirismo muestra un estilo común con las imágenes más externas y objetivas del poemario, en especial en la manera de ver y de sentir, ese modo al que no es ajena una rusticidad elemental y al mismo tiempo extremadamente delicada, rara síntesis en la percepción de lo real. Veamos cómo el poeta integra en un texto ambas percepciones hasta lograr matizaciones extraordinarias en las que se confunden y se nutren mutuamente la fuerza de los objetos, esa simplicidad de su dureza primigenia, y los tonos de un refinamiento espiritual que viene de la más auténtica tradición del romanticismo inglés, escuela que está, en cierto sentido, en las antípodas de Kinsella. Nos dice el poema que mencionamos:
La mano apenas puede sugerir, no hay manera de tocar
el asunto –la presunción y el rastrillo del heno tienen
tanto en común cuando ya nada se deja para la imaginación:
a falta de una confidencia, es digresión la cámara,
la profundidad del campo oscurece la intención, los detalles
se enredan en los dientes del rastrillo del heno, viejo y díscolo,
atrapado en su piel oxidada y el mellado esmalte de uñas.
Carpe Diem parece decir sarcásticamente, Carpe Diem.
Pisas con sigilo, sigues incitando: considera
la luz, puede ser que esté en tus pupilas pero la necesito
sobre mi hombro, considera tu belleza, ruedas que son
sistemas solares, una solidez que desafía el depósito de chatarra.
Así que, ¡listos! Pero, ¿qué es lo que dices? ¿Discordia
concors? Está bien, no te sonrías, pero considéralo de todas maneras.
Hablamos del romanticismo subyacente en esta página como una presencia relativamente remota, pero en realidad se trata de una presencia mucho más significativa, presente en la concepción misma del libro y en la mirada del poeta a su mundo, a su paisaje, a esa naturaleza vigorosa en armonía con la cual el individuo ha venido forjando su vida. En ocasiones, leyendo este poemario, recordamos la poesía de Burns, delicado testimonio de las más íntimas vibraciones del creador ante las maravillas de un mundo pletórico de inocencia primigenia, desbordante de una belleza que puede colmar las más refinadas apetencias. En nuestra lectura de El silo: una sinfonía pastoral hemos visto el emocionado asombro de su autor ante su entorno, el júbilo ante la faena diaria y en su relación cotidiana con los medios de trabajo y los frutos de la tierra, con los animales del campo y los estados del clima, todo ello escrito a la manera de una cantata que surge espontáneamente, sin los cuidados ni las pretensiones de un trabajo literario propiamente dicho, aunque de hecho están presentes esas problemáticas y las búsquedas de soluciones para logar una mayor y más completa comunicabilidad con los lectores. Sin duda, el trabajo artístico ha sido un elemento fundamental en la elaboración de este cuaderno, como se evidencia en el sobreabundante barroquismo de sus mejores composiciones, de un minucioso trabajo con el léxico y la sintaxis.
Podemos evocar también, desde esta obra de Kinsella, Los trabajos y los días, de Hesíodo, y Las geórgicas, de Virgilio, probables influencias que el joven estudiante de la Universidad de Australia Occidental asimiló desde muy temprano, fusionadas ahora con sus más ricas y auténticas vivencias de niño en el medio familiar. Es sorprendente ver cómo observa este poeta la realidad y cómo la transforma en poesía, incluso la realidad en apariencia menos poetizable según los cánones más conservadores y apegados a la herencia clásica. Se trata en verdad de un discurso narrativo que se va enriqueciendo con la imaginación y que nos entrega los detalles de sus estructuras y de su composición, virtudes ellos mismos de la más alta poesía cuando son traídos a la escritura por un creador de esta talla. Hay momentos en que la intelección del poema se dificulta por la minuciosidad del relato, la enorme cantidad de detalles que el poeta introduce como regodeándose en los objetos y su utilización en las labores productivas, sorprendido y fascinado ante el mundo real y al mismo tiempo fabuloso de los campos australianos. Diríase otra manera de lo real maravilloso carpenteriano, la maravilla de la realidad con la que el individuo dialoga todos los días para librar su sustento. Canto participativo y realista, objetivamente realista, para integrar los dos planos del suceder, el de la imaginación y el de los hechos y cuerpos sin más, consistentes y totales en su pura presencia. Recordamos entonces algunos poemas de Eliseo Diego, como “Las herramientas todas del hombre”, también un canto de alabanza a las cosas, signo distintivo de su poética. Sentimos en la poesía de este libro de Kinsella una apasionada sinfonía a los dones de la naturaleza y del trabajo, crónica lírico-épica que rompe con los modos tradicionales de hacer poesía, incluso con las propuestas vanguardistas, de las que difiere en más de un sentido, aunque es indudable heredero de sus más importantes transformaciones. Hay aquí una evidente voluntad de ruptura, pero no como expresión de una pura y simple búsqueda formalista, sino como el único modo de decir las más auténticas y entrañables experiencias propias, aquellas que el poeta vivió en la plenitud de su alegría infantil y juvenil, llena de supersticiones y creencias ingenuas, de amor al trabajo y a las bellezas naturales, de muerte y de misteriosas presencias, todo un cosmos que estas páginas vienen a testimoniar a sus lectores. El cine nos ha traído, en ocasiones, imágenes similares a las de estos poemas, zonas rurales en las que vemos a los hombres trabajando para sustentar a sus familias y esa simbiosis maravillosa entre el paisaje rústico y los instrumentos de labor. Nada de dramas personales ni de conflictos existenciales en el centro de estas rememoraciones, nada de angustias ni de desarmonías desestabilizadoras, aunque hay elementos que rompen la profunda armonía de este libro, pero han sido asumidos como una realidad más. Muy lejos estos poemas de la tradición europea de la primera mitad del siglo XX y más cerca de la antipoesía de las décadas de 1960-1980, de la que se separa a su vez por la llaneza natural del discurso de Kinsella, extraído de la realidad antes que de la literatura. La mejor tradición inglesa se hace visible en numerosos autores norteamericanos, en ocasiones representantes de esa voluntad de ruptura que llega hasta el autor australiano que ahora nos ocupa. Podríamos citar, por ejemplo, a Wallace Stevens o a John Ashbery, entre otros muchos que escribieron desde una poética que tiene en este autor una significativa repercusión. Esta poesía nos enriquece de diversas formas, acaso la primera y más importante la de enseñarnos a ver nuestras realidades inmediatas, cotidianas, desde otras posibilidades, en sus signos e interrelaciones menos evidentes. Para concluir, leamos “El pozo como entrada al supramundo”, una pieza magistral en las revelaciones que nos entrega:
Con el invierno establecido en los muros
de agrietada piedra el agua magnética
se ha vuelto mostaza. El amonio
del verano ha cedido el paso a una dulzura
amarga avivada por las agujas
de los árboles de té que forman
una medialuna harapienta en la orilla
matinal del pozo. Sin profundidad,
el agua estancada se lixivia en la tierra
del potrero y se mueve lateralmente.
Al enfocarte en la superficie
e invertir la polaridad del capricho
consideras el pozo como entrada
al supramundo –nubes oscuras
se concentran en lo alto cambiando de forma
y te llaman por el ojo
enorme de la reflexión, el punto estrecho
de entrada en la apertura del cielo.