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El son entero, heredero de la hispanidad
Enrique Saínz, 10 de abril de 2007

Hace no menos de quince años, conversando acerca de algunos poetas cubanos con un amigo en los portales de la UNEAC, me dijo esta verdad evidente, sabida por todos pero no muy recordada: “Guillén es un clásico”. Ciertamente, los acercamientos que se han hecho a la obra poética de Nicolás Guillén centran su atención con gran frecuencia en su cubanía, esa extraordinaria síntesis de lo español y lo africano que nuestro mayor poeta social logra desde temprano en su trayectoria lírica. En no menor medida atiende la crítica, cuando habla de los aportes de nuestro Poeta Nacional a la cultura cubana, a la importancia de los elementos musicales (el ritmo del son integrado a la expresión poética de una manera que convierte sus textos en hallazgos absolutos dentro de esa modalidad que integra los temas negros y sociales con las sonoridades de la música cubana). En esas aproximaciones se insiste igualmente en el carácter popular de sus más renovadoras páginas, incluso aquellas que trascienden la aprehensión de lo negro propiamente dicho para acceder a la denuncia política, hasta convertir sus textos en los más altos exponentes de la poesía de denuncia política, con la que Guillén alcanza una universalidad que considero de suma importancia y que impide que su legado se limite solo a los rasgos más externos de la cultura negra. La insistencia en esos rasgos de su obra me parece incuestionable porque la define y contribuye a comprender sus aportes a la cultura y, desde ella, a la integración de la nacionalidad, razones de primer orden. Sin embargo, creo que esas virtudes llegan a alcanzar su importancia gracias a otro de los elementos fundamentales de su cosmovisión: su españolidad. Y no se trata de entrar a dilucidar qué leyó Guillén o por quién está más o menos influido en sus años juveniles o a lo largo de toda su vida, si fue amigo de tal o más cual poeta español, qué importancia tuvo para él asistir al Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura que se celebró en España durante la Guerra Civil. Todo eso tiene un valor esencial para conocer a este hombre definidor, pero no es suficiente. Es imprescindible que apreciemos su poesía en lo que tiene de hispanidad profunda, en lo que tiene, por esa línea de expresión, de universal, aquello que la hace situarse al lado de creadores de gran talla en el idioma y dentro del gran concierto de voces, estilos y tradiciones de la llamada cultura occidental. Por supuesto, no podemos olvidar que el carácter universal de esta obra le viene dado también, y en primerísimo orden, por las preocupaciones humanistas que la animan y le imprimen su fuerza vital, por el poderoso anhelo de justicia social que la alienta y que se constituye en el núcleo dinamizante de la escritura.
En sus mejores poemas está Guillén a la altura de la gran poesía de cualquier época y latitud, integrado al fluir de una sensibilidad que le viene de muy lejos en el tiempo, de la gran poesía popular hispana y de los Siglos de Oro, modalidades que nos han dejado extraordinarias maravillas en el tratamiento de los diferentes temas y en su riqueza estilística. Junto a sus grandes elegías, los poemas que reúne en El son entero, cuyos sesenta años de publicado rememoramos ahora, constituyen el núcleo en el que se hace más visible su hispanidad, tan propia cuando la comparamos con la de otros poetas coetáneos de Hispanoamérica y de España. El idioma de nuestro poeta tiene indudablemente un sabor muy cubano, pero también un sabor muy español, muy fácilmente detectable en la limpieza de su estilo, en la magnífica economía de medios que muestra y en su espléndida nitidez, cualidad que lo hace accesible a múltiples lectores y que se halla incluso en Motivos de son (1930). Ya en Cantos para soldados y sones para turistas (1937) ―cuyos setenta años se celebran también en este 2007― el poema está trabajado desde las fuentes más ricas de la lírica española precedente, pero en este libro de 1947 hallamos, además de esa fecunda herencia del idioma, magistralmente manejado por Guillén en su sabiduría primordial, los dos grandes temas de la poesía desde la época del mundo clásico: el amor y la muerte. Piezas absolutamente magistrales, como “Guitarra”, “Mi patria es dulce por fuera”, “Cuando yo vine a este mundo”, “Glosa”, “Agua del recuerdo”, “Pero que te pueda ver”, “El negro mar”, “Iba yo por un camino”, “La tarde pidiendo amor”, “Rosa tú, melancólica”, tienen calidad paradigmática por la sobriedad y mesura de su estilo, la precisión con la mayor carga de significado y la tersura de la sintaxis, todos dentro de la línea clásica, trabajados con un buen gusto que nos permite situar a su autor entre los indiscutibles maestros coetáneos y precedentes. Admirable sonoridad la de esos ejemplos, admirable fineza de espíritu, admirable dominio de las formas y de la adjetivación, plenitud idiomática extraída de lecturas y sobre todo de una innata capacidad para la expresión ceñida, ajena a todo barroquismo. Y no estamos emitiendo juicios de valor ni diciendo, pues, que esta poesía posee más calidad que otras radicalmente diferentes, sino sólo señalando su pertenencia a una tradición que la crítica ha tenido menos en cuenta a la hora de valorar estas creaciones, si bien no se han dejado de señalar esas presencias en el quehacer guilleniano. Veamos, a modo de ejemplo de ese buen gusto que se transparenta en las estrofas de estos poemas, estos momentos de “Mi patria es dulce por fuera…”, en la que el tema social está en primer plano:

Mi patria es dulce por fuera,
y muy amarga por dentro;
mi patria es dulce por fuera,
con su verde primavera,
con su verde primavera,
y un sol de hiel en el centro.
¡Qué cielo de azul callado
mira impasible tu duelo!
¡Qué cielo de azul callado,
ay, Cuba, el que Dios te ha dado,
ay, Cuba, el que Dios te ha dado,
con ser tan azul tu cielo!

Un pájaro de madera
me trajo en su pico el canto;
un pájaro de madera.
¡Ay, Cuba, si te dijera,
yo que te conozco tanto,
ay, Cuba, si te dijera,
que es de sangre tu palmera,
que es de sangre tu palmera,
y que tu mar es de llanto!
Bajo tu risa ligera,
yo, que te conozco tanto,
miro la sangre y el llanto,
bajo tu risa ligera.

[…]

Hoy yanqui, ayer española,
sí, señor,
la tierra que nos tocó,
siempre el pobre la encontró
si hoy yanqui, ayer española,
¡cómo no!
¡Qué sola la tierra sola,
la tierra que nos tocó!

[…]

Sencillamente magistral en la economía de medios y en la fuerza de su claridad y de su ritmo, altas virtudes de quien ha dialogado creadoramente con la más pura tradición del idioma, donde tantas maravillas hallamos desde los inicios mismos de la lengua hasta los poetas de la generación de 1927 y los grandes maestros americanos de la lengua: Darío, Neruda, Vallejo. En esa gustosa asimilación está la posibilidad de Guillén de trascender y de abrirse a múltiples lectores, no solo a aquellos que buscan los signos de la nacionalidad cubana o de las maneras de ser del negro cubano, sustanciales aportes de este gran poeta a la sensibilidad americana, pero no sus únicos valores como cultivador y representante de la poesía contemporánea. Nos colman en esos versos la finísima percepción para escuchar los matices sonoros de la palabra y el dominio lexical y sintáctico para construir el poema. En las estrofas de “Glosa” nos sentimos aun más cerca de la gran tradición hispana por la ligereza y la gravedad con que el poeta logra estructurar el texto, un ejercicio formal que pone a prueba su sagacidad y los múltiples recursos de que dispone para expresarse, pues el autor parte de cuatro versos de Andrés Eloy Blanco, cada uno de los cuales cierra las cuatro décimas escritas para arribar a ese último momento. Leamos este espléndido ejercicio de la más genuina creatividad dentro de una tradición que Guillén manejaba con la maestría con que se lo facilitaba su dominio de formas y léxico. Allí nos dice, sobre estos versos: “No sé si me olvidarás, / ni si es amor este miedo: / yo sólo sé que te vas, / yo sólo sé que me quedo.” Ahora Guillén:

1
Como la espuma sutil
en que el mar muere deshecho,
cuando roto el verde pecho
se desangra en el cantil,
no servido, sí servil,
sirvo a tu orgullo no más,
y aunque la muerte me das,
ya me ganes o me pierdas,
sin saber si me recuerdas,
no sé si me olvidarás.

2
Flor que sólo una mañana
duraste en mi huerto amado,
del sol herido y quemado
tu cuello de porcelana:
quiso en vano mi ansia vana
taparte el sol con un dedo;
hoy así a la angustia cedo
y al miedo, la frente mustia…
No sé si es odio esta angustia,
ni si es amor este miedo.

3
¡Qué largo camino anduve
para llegar hasta ti,
y qué remota te vi
cuando junto a mí te tuve!
Estrella, celaje, nube,
ave de pluma fugaz,
ahora que estoy donde estás,
te deshaces, sombra helada:
ya no quiero saber nada:
yo sólo sé que te vas.

4
¡Adiós! En la noche inmensa
y en alas del viento blando,
veré tu barca bogando,
la vela impoluta y tensa.
Herida el alma y suspensa
te seguiré, si es que puedo;
y aunque iluso me concedo
la esperanza de alcanzarte,
ante esa vela que parte,
yo sólo sé que me quedo.

Poesía de los Siglos de Oro es esa que acabamos de leer en la esbeltez y el refinamiento de esas décimas, con el tema de la ausencia y la triste distancia que separa a los enamorados, amor imposible, tema que los poetas de aquel período cultivaron de mano maestra, fuesen genuinos o no los sentimientos. Puro ejercicio del más elegante acabado, propio de un clásico que conocía y sentía su lengua y que poseía un sentido musical adquirido en las lecturas de su primera juventud y en su trato continuado con los poetas mejores de Hispanoamérica y de la generación de 1927. Si hay un modo cubanísimo en Guillén de sentir la vida y de percibir la realidad, como han señalado tantos y tantos estudiosos de su obra, hay también un modo español en su diálogo con la existencia, manera que le viene de su inocultable ascendencia hispana, en especial la lengua. Ese estilo guilleniano de vivir, de raíz hispana, lo hallamos no solo en su poesía, en la presencia de la tradición poética que asimila con singular delicadeza, sino también en la voluntad integradora de la diversidad que hallamos en su poética y en esa rebeldía que lo caracterizó frente a la desigualdad social y la injusticia, en esa pasión que enriqueció su trayectoria literaria y política, en su visión de la muerte y en la calidez de su poesía de amor, signos todos de una recia individualidad, pero en no menor medida de una sensibilidad que está asimismo en Heredia, en Plácido, en Milanés, en Martí y, en fin, en todos los poetas que han venido integrando el discurso total de la nación cubana, herederos ellos igualmente de las voces ancestrales que nos transmitieron ese estilo de tan altas resonancias.