Hace algunos años, a petición de Efraín Rodríguez Santana, escribí un ensayo acerca de la poesía de César López para la revista Unión. Ahora he vuelto sobre su libro mayor, el Libro de la ciudad (Ediciones Unión, La Habana, 2006), donde reúne los tres que escribió entre 1967 y 1995 con su entrañable Santiago de Cuba como centro vital de su vida. Confieso que esta relectura, a pesar de que ya yo no soy el mismo que los leyó hace alrededor de quince años, me ha hecho revivir la extraordinaria experiencia de sentirme andando por aquellas calles por las que nunca he caminado y sentir la cercanía de los que van y vienen, se asoman a las puertas de las casas, conversan en las esquinas. He reconocido los interiores y los gestos de familias, la ebullición de los centros educacionales y el caminar por los parques en las noches del legendario calor santiaguero. César López ha querido hacer una enorme crónica para la posteridad, épica de lo cotidiano en la que se entremezclan los héroes reales, reconocidos por la historia, y las personas de una existencia carente de relieves significativos, héroes a su manera en la colosal batalla contra la muerte y por alcanzar el sitio deseado entre los demás. Estamos ante un inmenso relato de edificación-destrucción, triunfos y fracasos, costumbres y desarmonías, luces y sombras, alegrías y amarguras, cambios históricos y viejas intolerancias, con mujeres y hombres de diversas maneras y creencias, fanáticos y gentiles, desenfrenados y austeros, todo ello en abigarrados textos del más genuino conversacionalismo, con numerosas y oportunas intertextualidades de fuentes disímiles, páginas de un barroquismo que mucho tiene que ver con Lezama, de incesantes alusiones y una sintaxis que dilata los retratos psicológicos y el dibujo de ambientes y circunstancias físicas y espirituales. Creo que puede afirmarse que este volumen es, por su aliento y la multiplicidad de imágenes que acumula y reelabora frente a la devastación del tiempo, una obra fundamental de las letras cubanas de los últimos cincuenta años. Más allá de sus calidades estrictamente literarias, en estos poemas hallamos una historia de la nación reconstruida sin documentos, con el puro fluir de la vida, el inocente o mal intencionado vivir de cada día, con personas de todas las razas y sectores sociales de ayer y de hoy, con la presencia determinante de los hechos sociales, trascendente e intrascendentes, que fueron integrando la manera de ser y de pensar, las conductas y hábitos de las personas que el autor hace revivir en su relato. Veamos estos momentos de ese mar de hechos y caracteres, con su entrecruzamiento en constante ebullición vital en las palabras del poeta:
Fueron los gritos los que anunciaron el acontecimiento;
y luego las gentes apresuradas que subían la calle loma arriba;
los comentarios repetidos, las averiguaciones.
Fueron otra vez las gentes las que marcaron la cercanía de la casa,
y eran tantas las gentes indagando o alargando las caras
que una vieja, como es muy natural en estos casos,
hizo varias veces la señal de la cruz.
Pero esta vez los gritos eran diferentes, al viento abiertos, cortaban casi los
oídos, erizaban hasta los más recónditos pedazos de la piel o los pelos.
Alto, empinado y pintoresco, el balcón o portal desaparecía con la multitud de
vecinos diligentes; los muchachos
trepaban y trataban de descifrar el sentido de las palabras dichas, entrecruzadas o
apenas pronunciadas;
al fin, luego de muchos empujones discretos e indiscretos, en el fondo de un cuarto,
en la penumbra, al aire,
los pies del ahorcado balanceaban sus huesos, sus piernas
torcidas y desnudas, cubiertas de un vello fino, imperceptible casi;
los calzoncillos no demasiado limpios, elevada la tela por el sexo, manchada y
húmeda; el pecho hundido de un rosado triste y el rostro desencajado,
la boca abierta tanto como los ojos, revuelto
el pelo, oscuro y largo sobre la frente. El ahorcado
Acompañando siempre a la ciudad de concreto que fue edificada en la zona oriental del país y que se denominó Santiago de Cuba, tenemos esta otra, la misma, reedificada por César López, tan real ya como aquella que le dio origen, pero real esta en un sentido espiritual que aquella no tendría si no la reconstruyéramos en la memoria o en la percepción, ya sea como testigos o como lectores de textos como el que ahora comento. Esta es una crónica sin tiempo, larga narración sin fechas ni cifras agobiantes de una verdad que no nos diría mucho por sí misma, no obstante que podamos saber a qué momento se refieren los hechos narrados. Lo que aquí se nos relata rebasa los límites de la ciudad que lo inspira y alcanza la categoría de un drama universal. Los personajes definen su destino trágico (vejez, enfermedad, muerte, suicidio, exilio) y el tiempo transcurre y modifica las normas sociales y cambia los valores y deshace costumbres e impone nuevos estilos de vida, se transforma la visión del mundo de los hombres y las mujeres de la ciudad, y esta acumula vivencias y recuerdos que se unen con los de antaño, cuerpo de límites cerrados y al mismo tiempo abiertos. Por momentos parece que estamos leyendo un capítulo de la historia de Roma narrada por uno de sus protagonistas, tanta es la fuerza y la vivacidad del relato, por el que aprendemos mucho de la condición humana. Maravilla de la poesía que puede llegar al núcleo de los acontecimientos y dar a los hechos reconocidos como menores un rango de mayor envergadura, digno de pasar a los anales de un poeta.
Sin pretender comparaciones, es necesario recordar que la poesía del siglo XX tiene al menos dos ejemplos de primer orden de este tipo de obra: Los cantos, de Ezra Pound, y Homero, de Derek Walcott, con incontables paralelos ambos con obras del mundo clásico. En este libro de César López está el germen de la novela que aún no nos ha dado y que quizá se disponga a escribir en algún momento, complemento de estas imágenes incesantes de la fuerza y el dinamismo de su entorno social, el sitio en que gustó las costumbres y dialogó con la vida, memoria suya y ahora también nuestra. Cuando leemos este volumen de poesía contemporánea, hecha con la experiencia de lo que vivió y sintió el poeta en su infancia y primera juventud, sentimos que se nos está contando nuestra propia historia, la que experimentamos por nosotros mismos y la que vimos hacerse en otros, cercanos y lejanos, antaño, ayer y ahora. El trabajo del poeta con sus palabras ―palabras que son nada más y nada menos que su mundo espiritual y material― fue sin dudas arduo, fatigoso, muchas veces ingrato, pues sabía que se le escapaban matices esenciales que no tenía cómo aprehenderlos, un imposible que todos los poetas sufren en una u otra medida, pues la realidad tiene tanta riqueza que resulta infructífero todo intento de captarla en plenitud. Aquí se nos entregan los dolores y sufrimientos de la convivencia, maneras de reedificar el ser más hondo de la ciudad, y se nos cuenta hasta dónde la miseria espiritual sustenta la edificación de la urbe, la sostiene con su crudeza y bajeza moral. Esos retratos psicológicos le dan una mayor estatura épica a estos libros, hechos de poemas sin ornamentaciones ni bellezas buscadas para engalanar superfluamente lo dicho y sufrido. El heroísmo y la disposición para morir por la defensa de los más justos ideales aparece también en toda la simpleza de su ser. Ahí tenemos también el gran teatro del mundo, de Calderón, y las páginas de El Criticón, de Gracián, y la obra de los satíricos latinos, y Shakespeare, y La Eneida, y toda la mejor tradición occidental en la que se nos hace el relato fabuloso y realista de la sociedad y sus protagonistas. César López ha sabido leer la historia del hombre occidental en los grandes creadores, libros capitales que nos enseñan tanto o más que los historiadores. Hay una intrahistoria que forma el sustrato humano de las ciudades, como el que vemos por ejemplo en los textos narrativos de Joyce, parte inseparable del ser total que tanto buscan los poetas y que en El libro de la ciudad va construyendo un tejido tupidísimo, sin vacíos, con las venturas y las desventuras de hombres y mujeres comunes, algunos de ellos verdaderos ejemplos de ética y otros muchos mediocres y justamente desconocidos. Se habla de volver a la ciudad, de reencontrarse con ella pasados los años del exilio, como el sitio fundacional de donde vinimos y en el que alimentamos esperanzas y miedos, anhelos y amarguras. Pero si vemos a estos personajes, sitios y costumbres como nuestros, también tenemos la experiencia de percibirlos como entidades muy distantes, ajenos a nosotros en esa su imagen objetiva que nos entrega el poeta en su relato y en sus caracterizaciones. Tiempo y no-tiempo, transcurrir y perpetuación de imágenes, cambios y fijezas, devenir y suspensión intemporal, todo ello apareciendo y desapareciendo en estos versos-prosa que el autor escribe apresurado y lento, con ansias y serenamente. A medida que avanza la lectura apreciamos que la escritura se adensa, se complejiza, se matiza de innumerables observaciones del poeta, deseoso como está de descifrar los signos de lo que nos cuenta para que nuestra intelección sea más precisa y rica, más veraz, pues a todo lo largo de estos textos ha venido caracterizando todo un mundo que él sabe inabarcable. No quiere que se nos escapen verdades que considera esenciales y que no están en primer plano, no son del todo visibles, con apariencias que pueden inducirnos a error. Quiere que lleguemos al fondo del relato, que veamos cómo se construyó la ciudad y cómo vive, salvarla de sí misma, de sus destrucciones, de sus miserias. Roma y Santiago de Cuba son, en el sitio de la memoria y en la fabulación de la vida y la muerte, la misma ciudad, al margen de la lejanía secular y del desarrollo del capitalismo moderno.
En su prólogo, Efraín Rodríguez Santana nos ilumina con deseable lucidez los rasgos fundamentales de esta obra de César López, se adentra en aquellos rasgos que mejor la definen. La lectura del poema ―porque de un solo poema larguísimo se trata, sumados los tres libros―, iluminadora por sí misma, se clarifica por los caminos del ensayo del prologuista, quien nos conduce a las fuentes del poeta y a la interpretación que su lectura nos propone. Podemos sentarnos a disfrutar estas páginas de nuestra vida y aprender a conocernos mejor, mirando hacia adentro de la historia de una ciudad como todas, nuestra y de cualquier parte, habitada por hombres y mujeres mezquinos y generosos, pusilánimes y valientes, heroicos y delatores. Ya habíamos visto la vitalidad de esa urbe y de sus habitantes en el primer cuaderno del autor, Silencio en voz de muerte, largo poema único dedicado a Frank País, héroe de la lucha insurreccional y amigo de César López, testimoniales páginas en las que se reconstruye el movimiento de las calles, la psicología y ciertos rasgos definidores de hombres y mujeres anónimos, conductas y paisajes, la personalidad del amigo y de su familia, todo ello evocado para salvarlo del olvido, trabajado igualmente en un estilo coloquial, narrativo, abierto, directo, dentro de los lineamientos del conversacionalismo imperante en esos años. En Silencio en voz de muerte, escrito en 1957, está el origen de Libro de la ciudad, tres poemarios que quieren salvaguardar la memoria de un estilo frente a la muerte. Son obvias, pues, las semejanzas de esa obra inicial y de estos tres libros que ahora comento, nuevamente reunidos en un solo volumen por Ediciones Unión, escritos dentro de una visión de la poesía cuyo aporte mayor a la historia del género está en su voluntad de ruptura con la llamada poesía hermética y con cualquier expresión del intimismo y el neorromanticismo precedentes y coetáneos.