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Elogio de la lectura gustosa y provechosa en el 460 Aniversario del Nacimiento de Cervantes
Ambrosio Fornet , 23 de abril de 2007

Colegas, compañeros, amigos:

Lo que venimos a conmemorar aquí, a la sombra de esta figura venerable, ocurrió hace 460 años en un rincón de España. Tal vez sea eso lo único que justifique el que comience hablando de números, no de letras, aunque, en realidad, aquéllos sean sólo un pretexto para hablar de éstas. Hace unos días se hizo público el resultado de una encuesta que permitió medir los índices de lectura en España. Buenas noticias: el 56% de las personas mayores de catorce años lee libros… la mayoría de ellas, por cierto (el 41%), bastante a menudo.  Malas noticias: el 44 % restante no lee, y la tercera parte de ellas confiesa no hacerlo nunca. Eso significa que millones de personas jamás o raras veces abren un libro en todo el año…, en un país cuya desmesurada industria editorial lanza anualmente a la calle 70 mil títulos con una tirada global de más de 300 millones de ejemplares. Ante semejantes estadísticas tenemos derecho a pensar que algo anda mal por esos lares, ya sea en la tasación de los libros, en los planes de estudio o en una combinación de ambos.

Pero la preocupación que quisiera compartir con ustedes un día como hoy --que para el mundo hispanohablante es Día del Idioma y para latitudes más vastas Día Mundial del Libro— es la que tiene que ver con las motivaciones de la lectura. En efecto, casi el 80% de los lectores admiten que lo que buscan en la lectura es “entretenimiento”. Nada tiene de extraño, por tanto, que durante todo el tiempo que precedió a la encuesta mencionada el libro más leído en España haya sido El código Da Vinci, de Dan Brown (lo sigue siendo, aunque ahora en segundo lugar). “¡Estos académicos!...”, exclamaría un admirador de Brown si me oyera. “¿Acaso no se cumple así una de las funciones de la literatura, una función no menos respetable que cualquier otra? La vasta popularidad de que gozó  en su tiempo y ha mantenido por los siglos el genio que homenajeamos hoy, ¿no procede en gran parte de esa virtud, de la que rebosan sus novelas, tanto las Ejemplares como la más ejemplar de todas ellas?

Les advierto que mis preocupaciones no tienen que ver con las quisquillosas exigencias que suelen atribuirse al académico, sino con las propias de un intelectual interesado, como editor y crítico, en la historia de la literatura, y como ciudadano, en el proceso de desarrollo de la conciencia colectiva. Es cierto que la primera acepción de “entretener”, según el DRAE, es “distraer a alguien impidiéndole hacer algo”, de manera que en el reflexivo “entretenerse” subyace la sospecha de que se trata de un pretexto para eludir o posponer tareas más serias. ¿Cuáles podrían ser éstas, en los casos aludidos? Sin duda, las que se refieren a otras de las funciones de la literatura, las asociadas a lo informativo o lo didáctico, por ejemplo. Quevedo hablaba de esos libros “doctos” que le permitían “conversar con los difuntos” y Martín de Riquer, en su famosa semblanza de Cervantes, cita la descripción que en 1611 hace Covarrubias de los libros de caballerías: son –dice-- “ficciones gustosas de mucho entretenimiento y poco provecho”. Sabemos que el “provecho” –mucho o poco—consiste en la simple satisfacción de ese deseo legítimo, un deseo que responde a la necesidad humana de distraerse; pero sabemos también que el mismo se fue enturbiando a medida que su satisfacción dejó de depender del talento individual o colectivo –el de aedos y rapsodas, griots y cuenteros, hábiles y memoriosas Scherezadas…— para integrarse a lo que hoy conocemos como “industria del ocio” o “industria del espectáculo”. Y lo que prima en esta industria es la producción en serie de fórmulas y estereotipos, provenientes de la retórica del folletín, que por su capacidad de satisfacer la curiosidad y las apetencias sentimentales del público –según nos dicen—, tienen garantizado el éxito. Pero hay algo que se degrada en la operación, y lo alarmante es que ese algo, ese vacío imperceptible, fue abarcando todas las formas de contar desde que el consumo de modelos narrativos –a través del cine, la radio y la televisión—tuvo que pasar por el tamiz de la tecnología y adecuarse a las exigencias del mercado.

Lo que se pierde en la inmensa mayoría de los best-sellers y de otros productos de la cultura de masas es lo que Borges llamó “la pasión del tema tratado”, el factor que permite establecer un diálogo fecundo entre el escritor, su lector y una experiencia de la vida que trasciende lo circunstancial porque, aun estando hecha de palabras, va mucho más allá de las palabras. “Basta revisar unos párrafos del Quijote –anota Borges— para sentir que Cervantes no era estilista [en el sentido “acústico-decorativo” del término] y que le interesaban demasiado los destinos del Quijote y de Sancho para dejarse distraer por su propia voz”.

El comentario de Borges añade otra preocupación al nuestro; esa alusión al narcisismo literario –que dentro de la tradición hispánica adoptó el problemático nombre de barroco-- no puede dejarnos indiferentes. Algunos de nuestros más grandes escritores son barrocos en grado superlativo, totalmente ajenos a la visión de la literatura como crónica, periodismo o “entretenimiento”. Eso significa, por lo pronto, que a cambio de todo lo que dan, le piden un esfuerzo al lector. Gran parte de la política cultural de una nación debería consistir en dotar a los lectores potenciales de los medios y conocimientos necesarios para realizar gustosa y productivamente ese esfuerzo. Habría que empezar por el principio, es decir, por la escuela…,  único modo de ir garantizando la competencia lingüística de los futuros lectores de Martí,  Carpentier y Lezama, por ejemplo. Un país que para afirmarse como nación –plenamente consciente de su identidad histórica y cultural— deba imponerse esa tarea, es un país cuyos pedagogos y funcionarios docentes tienen un serio problema que resolver. Las obras de los autores mencionados están ahí, a nuestro alcance; ahora lo que hay que hacer --y no sólo a través de la escuela, pues el proceso atañe a la sociedad en su conjunto--,  lo que hay que construir es al Lector, un tipo de lector capaz de interesarse por lo mejor de su cultura. Se eludiría así la trampa de lo “gustoso-pero-no-provechoso” de que habla Covarrubias, o la inversa, porque, si bien se mira, lo que interesa siempre resulta ser entretenido, sea cual sea la textura del discurso. Es lo que explica que tantos millones de lectores, en tantos lugares del planeta, se hayan entretenido y sigan entreteniéndose con el Quijote: la fama del autor y del libro logró interesarlos en las peripecias y el destino de los personajes…, y luego vieron confirmadas sus expectativas en la aventura misma del texto. Para que el ciclo del dar y el recibir se cierre venturosamente, es preciso que la sociedad enseñe a los lectores potenciales a cumplir su parte, esa que hemos llamado “del esfuerzo”. Entra a jugar ahí una voluntad que se prolonga desde el aula, cuando el niño memoriza por primera vez  un poema, hasta el hogar, cuando ya adulto se niega a escuchar los cantos de sirena del televisor o la computadora para ir a buscar el libro que dejó sobre la mesa.

Compañeros, amigos: la estatua que nos ha servido de ángel tutelar fue colocada en este parque de San Juan de Dios en 1909. Se dice que fue la primera de Cervantes que se erigió en América. Recuerden que Carpentier la evocó en 1978, asociada a sus juegos infantiles, cuando se convirtió en el primer latinoamericano honrado en Alcalá de Henares con el Premio Cervantes. Nosotros –que, como tantos millones de hispanohablantes, tenemos el privilegio de poder dialogar con ellos sin intermediarios— aprovechamos la ocasión para rendir aquí, en este simbólico espacio, nuestro modesto homenaje a la memoria de Don Miguel, el homenaje de la Academia Cubana de la Lengua.

Muchas gracias

Ambrosio Fornet

23 de abril de 2007

Estas palabras fueron leídas en el parque San Juan de Dios, en conmemoración del Día del Idioma