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Para evitar la desmemoria
Teresa Fornaris, 30 de abril de 2007

Recuerdo, desde los años de la adolescencia, cuando los descubrimientos solían incendiarlo todo —irremediablemente—, pasear los sábados por la calle Obispo, el largo mar de Obispo, mirando gentes y vidrieras. La Moderna Poesía era sitio obligado. Con su silencio enorme y sus estantes aguardando por mi. Tomar un libro entre las manos, abrirlo en cualquier página, resultaba una aventura. Creía —y aún creo, como alguna vez dije sobre otro libro— en la magia de ese primer encuentro, en el diálogo que Dios establece con nosotros a través de la palabra del poeta. Aquel día leí Desde una ventana, / al atardecer, / dos niñas dicen adiós / a todo el que pasa. / Se ríen, ingenuas, / de esa pequeña maldad / de recordarnos / que siempre se dice / desde alguna ventana. Yo, que comenzaba a sentir que las pequeñas maldades se iban convirtiendo en temblores del alma, tomé el libro. El poeta era Waldo Leyva.

El paso del tiempo —también inevitable— nos hace más medidos, sosegados. El desespero con que corrimos al primer encuentro, las palabras atropelladas, el silencio, se van vistiendo de pensamientos que tratan de hilvanar lo coherente, la conveniencia, lo oportuno. Se va perdiendo el susto de verse descubierto. En el olvido queda aquel temblor donde nos protegimos de los primeros amores —tan distantes hoy—, el regodeo del simple espacio compartido: una breve canción, un camino juntos. La premura de los días que vivimos nos aleja de todo lo que no resulte seguro y rápido.

Como terrible es la agitación de la época, peor resulta la indiferencia. Estar sentados en el tren, uno frente al otro, mirando cada uno un paisaje distinto. A la mitad del viaje lo vivido tendrá pocos puntos de contacto.

Ocultas claves para la memoria (Letras Cubanas, 2006), es de los libros que nos salva de la prisa, de la distancia que resulta de no mirarse a los ojos: lleva en todas sus páginas el detenimiento tembloroso del amor.

Como explica Waldo en su nota introductoria, estos poemas son una selección de la poesía que, con este tema, fue escribiendo a lo largo de muchos años. Agrupados en cuatro secciones, los versos de este poemario traslucen música. Aquí está la voz, la media luz, la palabra suave, los olores. Estados del alma que se entrega, que espera por el encuentro.

Versos libres, pequeñas prosas, sonetos, décimas, se van entrelazando como manos que atrapan las manos del amante. Otra vez Dios y el poeta me hablan. Me encuentro en cualquier página, descubro la sucesión de eventos en las que el tiempo se manifiesta, me deshago del olvido y escucho:

Lo humano va muriéndose en el hombre.
Cada día es menos el amor, menos la risa.
Subversiva se ha vuelto la ternura.
La infancia se ha perdido.
Ya no hay atardeceres,
ni violeta del mar en los crepúsculos.
Qué raro es encontrar quien se enamore,
quien quede sin palabras
para nombrar el susto que le deshace el pecho,
que le llena de trampas la garganta.

En el hombre hay dos manos
—¡por Dios que no se olvide!—
que pueden estrecharse y levantar un muro
y acariciar unidas y amasar y golpear.
Las manos son su esencia,
su única capacidad para el abrazo.


¿Qué temores han hecho de nosotros seres alejados, huidizos? ¿De qué nos guardamos cuando evitamos la palabra tierna, la locura? ¿No es acaso ese desprendimiento lo que verdaderamente nos salva, nos hace trascender en otros cuerpos? El poemario de Waldo Leyva es la dispersión del límite, el final de las amarras o de las convenciones. Habrá que abrirse el pecho, quedar al descubierto y entregarse a las maldades terribles. No tan oculto ya, el amor, es la mejor clave para evitar la desmemoria.