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Fuga de la pantera acuática y otros poemas*
Enrique Saínz, 08 de mayo de 2007

¿Cómo pueden, los lectores tradicionales de poesía, dialogar con los textos de Néstor Perlongher, este poeta extraordinario de nuestro idioma, representante a ultranza de un neobarroco posmoderno? Realmente, nos quedamos perplejos ante esta escritura intensa, desconcertante, pletórica de paisajes y objetos cotidianos y al mismo tiempo diferentes, nuestros y a la vez ajenos y desconocidos. La primera impresión que puede recibir el lector es la de que el autor ha experimentado un cansancio abrumador ante los estilos y maneras precedentes, un agotamiento que lo ha conducido a la búsqueda de una mirada diferente, pero de inmediato nos percatamos de que no, de que se trata de otra cosa: estamos en presencia de una poesía descomunal, sedienta de mostrarnos la totalidad del cosmos integrando la cotidianidad y las imágenes distantes, inalcanzables, lo inmediato y el suceder histórico, el cuerpo real y el cuerpo deseado de las cosas y los acontecimientos. Los lectores de Lezama –figura de la poesía de la lengua por la que Perlongher sintió una gran admiración y en quien veía a un maestro de primer orden– teníamos ya la experiencia de su riquísima obra, ejemplo del barroco americano en la extraordinaria capacidad de su palabra para acometer el prodigioso proceso de devorar, literalmente, la realidad y transformarla en un mundo deconstruido y vuelto a integrar en un todo otro, de proporciones desconocidas. Perlongher parte de esos logros del maestro cubano, así como de otras fuentes de similar capacidad fecundadora, para entregarnos los fragmentos de un mundo deshecho o en perpetua desintegración: banalidades, inmundicias, rostros ausentes, cuerpos irreconocibles, preguntas vacías, imágenes imposibles, juegos de palabras para designar o nombrar una existencia que no podemos comprender, paisajes desintegrados, sucesiones infinitas de entidades que el poeta va fusionando hasta el delirio para que no podamos reconocerlas, verdadero manierismo que quiere romper los cánones supuestamente armoniosos del romanticismo y sus herederos mejores y peores. Caos de naturaleza múltiple, desde una Historia universal que destruye la consecución de los hechos “naturales” hasta un diario vivir que no acertamos a comprender en sus misteriosas asociaciones. Así, en el poema “Canción de amor para los nazis en Baviera”, perteneciente a su primer libro, Austria-Hungría (1980), leemos:

Marlene Dietrich
cantaba en Londres una canción entre la guerra:
Oh no no no es cierto que me quieras
Oh no no no es cierto que me quieras
Sólo quieres a tu padre, Nelson, que murió en Trafalgar
y ese amor es sospechoso, Nelson
porque tu papá
era nazi!
Era el apogeo de la aliadofilia
debajo de las mesas aplastábamos soldados alemanes
pero yo estaba sentada junto a ti, Nelson
que eras un agente nazi
Y me dabas puntapiés
[…]
Más acá o más allá de esta historieta
estaba tu pistola de soldado de Rommel
ardiendo como arena en el desierto
un camello extenuado que llegaba al oasis
de mi orto u ocaso o crepúsculo que me languidecía
y yo sentía el movimiento de tu svástica en las tripas
oh oh oh

No es la traspolación de los personajes lo que deforma el acontecer histórico, sino la ausencia de solemnidad y de hieratismo en la narración, la desacralización del discurso. Esos son los signos de “la agonía por una unidad que deviene en imposible”, frase de Ricardo Alberto Pérez en el prólogo con la que intenta caracterizar esa primera entrega del autor. En ese libro están los inicios de ese barroquismo incisivo de Perlongher, con quien esa manera alcanza límites insospechados aun para Lezama, el gran precursor de ese estilo, en especial en su libro más importante, Dador (1960), páginas en las que culmina su obra lírica y en las que hallamos los más altos ejemplos de la aprehensión de la realidad en esa su poética totalizadora del suceder.
Creo que puede hablarse, en el caso de este poeta argentino que nació en 1949 y falleció en São Paulo en 1992, de poesía del desastre, según la frase que transcribe el prologuista: “la escritura vale por su proximidad con el desastre”, anota del propio Perlongher, afirmación en la que el término clave es utilizado no solo en tanto sus textos son anuncios de la ruptura de un mundo estético, social, político, sino además en la medida en que se prefigura la aparición de un caos del que no podremos ser redimidos, como lo testimonia la creciente interiorización del lenguaje de esta obra, su juego delirante con un imaginario que lo va descomponiendo todo y del cual no puede reconstruirse el porvenir. No hay salida en esta poesía. ¿Y qué salida podría esperarse de la obra de un creador del siglo XX que sabe que no hay porvenir sino como estado perpetuo de crisis y de autodestrucción? La llegada a esa conciencia del no-sentido del futuro significa en esta obra la aparición de una actitud lúdica, perdida ya en el autor la voluntad estilística a la manera tradicional. Solo le queda al escritor entonces el idioma, el placer del idioma, de las sonoridades (son frecuentes en estos libros las uniones de palabras con semejanzas fonéticas, desentendidas de cualquier significación que no sea la del puro artificio sonoro, posición semejante a la de la poesía purista, si bien Perlongher no tiene ni la menor relación con esa estética), con lo que alcanza a transformar “la naturaleza de los eventos en los cuales penetra y roe”, como advierte Ricardo Alberto Pérez, de quien leemos asimismo esta conclusión en este mismo sentido: “Él es un temperamento que impone la realidad del lenguaje, el efecto combinatorio de las palabras”, y poco después:

Uno de los procesos fundamentales que ocurre en la poesía de Perlongher es la conversión del afecto en estilo, en posición estética, y se podría decir que hasta en ideología del lenguaje… el poeta sustrae una buena cantidad de pathos de sus textos para introducir un montaje lúdico que se abarrota a través del gusto que exhibe por las palabras; seducido por el constructo, es decir, por el espacio críptico que le permita reforzar el misterio de la acción poética, sus piezas derivan en fascinantes puestas en escena.

Montaje sucesivo de objetos y hechos, de personajes reales que de pronto se tornan ficticios y a la inversa, ausencia de las jerarquías tradicionales, avaladas por la Historia, para mostrarnos entonces el juego de las posibilidades, como un teatro del absurdo en el que parece haberse transformado la realidad. Todo se vuelve paródico en esta poesía, actitud que tiene sus raíces más profundas en un escepticismo irredimible, delectación nihilista a la que ha arribado el poeta después de atravesar los infiernos de la realidad cotidiana y de la macro-historia, esta última investida de una falsa solemnidad que de hecho resulta insostenible en una postmodernidad que no puede admitir ya más la falsedad de las utopías porveniristas, cuyo trasfondo se ha revelado de manera inequívoca en los más recientes años. Ya las vanguardias de los años 1910-1930 vieron la necesidad de renovar el discurso de la poesía y de las artes en general, y consecuentemente abrieron los caminos para reedificar la vida. Rimbaud sintió, acaso como nadie, el desorden de los sentidos y aborreció “la rugosa realidad”, asumida por él como una experiencia infernal. Perlongher se formó en esa tradición de la ruptura y transitó caminos cada vez más desolados y poblados de escombros y de fragmentos imposibles de reconocer. Las sociedades contemporáneas, con sus avances tecnológicos y su creciente despersonalización, nos han enseñado que el autor de Iluminaciones y los maestros de la vanguardia poseían la sensibilidad y las intuiciones necesarias para llegar al conocimiento del desastre y hacernos cobrar conciencia de que estábamos cerca de nuestros propios límites. Sin embargo, los hechos sobrepasaron esos hallazgos y nos han conducido a una lucidez mayor, visible, por ejemplo, en la obra de un Samuel Beckett. ¿Acaso el escepticismo de Perlongher lo condujo hacia premoniciones que se convirtieron en otra utopía, en otra propuesta de reedificación de la vida, conducta ideoestética al fin y al cabo similar en esencia a las que él quiso desmitificar y someter a burla y escarnio de una manera tan magistral? Parece que su obra se va haciendo más profunda en esa búsqueda del no-ser que vemos desde sus primeras entregas. Hay un onirismo desbordado en esta poesía, un onirismo que se acentúa hasta hacer del discurso un cuerpo verbal de proporciones desmesuradas, pero en el que podemos percibir el gusto por las palabras, por las construcciones sintácticas, por las deformaciones ontológicas incesantes, como imágenes que quieren reintegrarse en otro espacio, en otra vida. “La vida está en otra parte”, dijo Rimbaud, y Perlongher edifica un mundo desde el lenguaje, mundo imaginado en el que podemos entrar con renovadas ilusiones, ya imposibles en el mundo real.
Es esta una poesía política, como ya apuntamos, deshacer y hacer la vida de todos. La Historia, no la literatura, forjó el estilo de Perlongher, su conciencia del paisaje, su mirada hacia los personajes y acontecimientos, y en no menor medida las increíbles asociaciones que este extraordinario poeta puede realizar entre los más inconcebibles elementos. Veamos un momento de su poema “Riga”, perteneciente al libro Hule (1989), un texto “que hace funciones de núcleo alrededor del cual giran otras piezas complementarias, pero al mismo tiempo imprescindibles en cuanto contribuyen a la atmósfera del sistema”, nos dice el prologuista. Allí leemos:

IV
en sus volutas
suelto si dejamos
al tul correrse en su acidulado resplandor y que se aje
en las cristalerías
de smirna de abuelas de jodas de cerdos en los cercos
en los círculos del jamble,
en la golfada

Por qué
todo ese encanto por los golfos?
y las pequeñas penínsulas?
con qué delectación
recorría la lengua los archipiélagos del dolor
amor dolor torpor en la escamación
de una ojera
ojo
en la
“sistémica”
en la escritura
“bajo cada escritura subyace una teoría”
ella duerme en un lecho de paramecios

cuerpos sin forma

consigue expresar? pensar lo indecible?
infruíble
indisfrutable
frutal en el fru fru
rija de riga rigurosa

El paisaje deriva hacia preguntas en apariencia incongruentes porque el autor quiere romper la estructura lineal del discurso lírico y mostrar los enlaces posibles del suceder y de los secretos deseos de otra revelación. Perlongher trajo a la poesía argentina “un espacio de libertad como raras veces acontece”, nos dice Ricardo Alerto Pérez, y continúa: “leerlo con rigor significa acceder a una experiencia que representa un corte, y por tanto una aguda reflexión sobre la creación de un universo en el área del lenguaje; mucha producción simbólica abarrota sus versos que ahora se ofrecen con el ímpetu que el propio autor hubiera preferido”.

*Néstor Perlongher: Fuga de la pantera acuática y otros poemas (Selección: Ricardo Alberto Pérez y Maryuri Echevarría del Valle. Prólogo: Ricardo Alberto Pérez.), Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2006.