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El pez sobre las rocas: Salón de última espera
Gleyvis Coro Montanet, 11 de julio de 2007

Presentar un libro es casi siempre adularlo, meterse en el fugaz negocio de complacer a los que se supone pujaron porque el texto fuera publicado.

Por eso nuestras presentaciones de libros son casi siempre hipócritas. Por eso la presentación de Salón de última espera (Casa Editora Abril, 2007), del joven poeta y narrador cubano Luis Yuseff  (Holguín, 1975), terminará por confundirse con otras y tantas presentaciones de libros malos y mediocres. El vapuleo editorial es tan ciego que en el inicio todos los libros son iguales. Sin embargo, para mi personal regocijo de presentadora, el que me ocupa es un texto que nace con una auténtica lucecita en el lomo, que resplandece dentro de los demás libros de poemas, si es que le comparamos solamente con libros de poemas.

El Premio Calendario de poesía ha crecido tanto con premiar a Luis Yuseff en el 2005 y con editar al cabo este cuaderno, que en lo adelante se le puede permitir al concurso que decrezca. Cuba no es Grecia, no estamos en París y los poetas como Luis Yuseff no abundan.

Salón de última espera es un contundente poemario que prestigia a quienes involucra y se deja presentar sin riesgos ni componendas. Luis Yuseff es, desde hace rato, un monstruo de la poesía. Autor de algo mucho más solemne que un libro y otro libro, gestor de una obra que induce a esa cosa, ya fuera de moda: querer más de lo mismo, más poesía de la que hace.

Y es que sus textos no se pueden leer sin pensar en la poesía cubana, en la obra grande que le sale y en el lugar que él y su obra ocupan en el universo. Todavía no sé si lo digo como el Salieri de Milos Forman, dolida y extasiadamente, o si lo digo como quien se hace justicia a sí misma. A lo mejor ocurren ambas cosas.

Dice la nota de contracubierta que el poeta se disfraza, que el poeta y sus poemas se disfrazan. Y yo lo creo, pero me parece que, además, mutan. La mutación es un proceso más hondo, un cambio hasta las raíces, y algo menos histriónico que el disfraz. Mutar de un poema a otro es asumir la otra situación hasta los tuétanos, es ocupar lo distinto hasta la médula, entrelazar el fin —límite y propósito— del poeta, con el principio —iniciación y canon— de la poesía.

Pero es que Salón de última espera permite, también, que el lector se reconozca a medida que el texto reconoce al lector dentro de sí mismo y le ofrece la tentadora oportunidad de perderse bajo la fabulosa constelación de un puñado de símbolos —la rosa, el Devorador, el miedo al miedo—, con poemas como estacas que no perdonan a nadie, y no le temen a la exactitud, ni al desparpajo, ni a la elegancia; poemas con la terrible belleza del violín o con la mentida serenidad de las voces que murmuran: “Virginia Woolf, también yo soy como el pez que salta sobre las rocas”.

Belleza pura y dura es el resumen de estas páginas. Y no hay que hablar más cuando no se engaña, cuando lo que resta es el silencio compañero de la lectura asombrada, y la gratitud  hacia el poeta.