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De Papeles pobres a la trascendencia
Lina de Feria, 12 de julio de 2007

La bahía esplende allá en Matanzas. Un armador de belleza y plenamente dedicado a la literatura trasciende de continuo lo oscuro y “sombrático”. Siendo un carmenador de la palabra, Alfredo Zaldívar ya ha hecho tiempo y espacio no solo en la ciudad del San Juan, sino que su nombre se vincula a proyectos como la editorial Vigía, cuya sabia concepción se debe entre otros, a este holguinero, radicado en Matanzas, y que ha respirado también los aires de Europa, desde donde tomara esencias y visión para su poética.

Hurgando en sus imágenes vemos que en su excelente libro Papeles pobres, del 2003, viene Zaldívar, con una suerte de arte cualificado, a dejarnos la impronta de una defensa de lo metafórico, del discurso de lo comunicador, buscando tal vez en aquellas neblinosas formas, tan marcadamente intimistas de que hiciera gala Eliseo Diego, una manera de cuestionar el enrarecimiento en que postmodernidad e intranscendencia inyectan a la más purísima especulación, con resultados a veces devastadores como el de una cellisca, la ignorancia a la confirmación de la palabra.

Nacido en 1956, muestra libros de la pasión de Concilio de las aguas, 1989, y El ángel blanco, 1998. Sus botanas van a ser la propia sensibilidad evidente en sus producciones poéticas donde la reiteración es ajena a lo concretable, ya que lo intelectivo ve surgir mitologías pequeñas y grandes, en sus diversos poemas, como en esa “Fábula simple” en la que tan bien señala lo que es un artista cuando dice: “de ese pequeño dios desesperado”.

Quizás uno de sus mayores méritos, convertido en singularidad, es que entremezcla el lenguaje sencillo con un punto de alcance filosófico que siempre nos apresa: “la ilusa pretensión  de lo omnisciente”.

El poeta capta la esencialidad de los objetos, como si todos ellos, hasta los más inútiles y ornamentales, fraguaran el susto de la noche para convencernos de su existencia y respeto propio. Es detallístico. Hasta en las comisuras de los momentos en que no esperamos tales razonamientos, él ordena, sin dejar de ser comedido, exacto, un alto en el aprecio de lo que casi no se ve: “andar sobre las tablas/ con el cuidado del que pisa en falso”. La palabra es, para él, hedonismo.

Así no nos hiela o coagula la sangre, sino que descripciones sobre historias como las “flores de papel”, nos hacen participar de su rica imaginación, cuyos “parales” no parecen estar signados por seres de carne y hueso, sino una especie de retablo ficcionante en el cual caben la mismísima creación del hombre y lo que el hombre crea: “La luz que vuela es esa bugambilia, enredadera/ flor de papel hermética/ con el aroma falso de mi niñez/ trepando para hacerse/ sombra y perfume solo ante mis ojos”.

Pero no solo parece visionar en el conjunto de rutinas, la excepcionalidad de las cosas, sino que además atribuye a hechos de belleza artística y artes de comunicación una especie de color que los identifica, y que para él, conmueve como un acto pictórico: “Allí donde arrullaba el silencio amarillo de la trova/ se alzó la comunión”.

No se puede negar la incidencia humana que sus poemas siempre trasuntan. El modo particular de escribir la letra va dándole el sitio que ya ocupa, a todo lo largo de la nación, entre su condición de artista prístino y su gran capacidad de editor. Sabio, instruido, ninguna temática le es ajena sino que, penetrando en lo único y diverso, en lo condensado y explosivo de la vida, cualquier palabra parece escogida para la imagen visionaria.  Este innovador poeta observa la naturaleza sin náuseas, porque ve en el árbol, los peces, la misma sorpresa de la existencia misteriosa, y ve, como necesario, captarla revivificarla, hacer el asunto de historia, de conmoción, de hálito.

Este garbeo por la obra de Alfredo Zaldívar se justifica porque desde la Revista Matanzas y las ediciones del mismo nombre, día a día, el poeta se colma de lecturas, contacta con los demás y los asume, y luego salen libros que de forma sucesiva conducen a la gratificación del lector.

Con Papeles pobres, Zaldívar reunió poemas entre l986 y el 2001. El poeta acecha. Su rigor, muy vinculado a la concepción ilustrativa, ubica su nombre entre escritores que, sin proponérselo, extienden su contenido de vanguardia a etapas contemporáneas, y reconocerlo es la mejor forma de dar cabida a un sentido de nutrición que, desde él, obtiene la cultura cubana actual.