Las primeras palabras de esta tarde-noche al presentar el número cuatro (¿o cinco, tomando en cuenta que hubo un número 0?) de El cuentero, con apellido “sucio”, son para Miguel Collazo, al que quiero recordar sentado entre nosotros al tomar su inseparable cajetilla de cigarros y con gesto de prestidigitador escamotear el correspondiente.
O en su casa al manipular la cafetera, sembrar una planta en la maceta preferida, levantar ceremoniosamente el tosco vaso de bordes afilados (Soy de la orilla de un vaso que corta, diría Bukoswski), o el pomito de compota, continente del peor alcohol, al lado del Puente de Hierro, o en el glorioso Niágara, de Línea y 18, o quizás muy cerca de aquí, en La comandancia o en el de 23 y 8, que durante años abría José R. Brenes, otro de nuestros curdas ilustres.
Miguel bebía y conversaba, con ese ritual de las criaturas que están al regreso de todo.
En el escritor admirado, en el amigo recordado, encontramos la introspección y soliloquio, y esa magia entre lo trascendente de las pequeñas historias y lo intrascendente de lo cotidiano elevado a categoría artística. La “vidita” de los márgenes y estancias por él conocidos y revisitados, y la alegría difícil de quien crea como en un viaje a su centro, “hasta en el barullo y la gritería de un bar”, aún en lo más sórdido, o en las circunstancias más desamparadas. Bastaría citar esa joyita narrativa que es, entre otras de su autoría, Dulces delirios.
En la presentación de esta revista de cuento, que se anuncia dedicada en este número a la temática “marginal”, para decirlo mal y pronto, a eso que en su momento fue vanguardia y contracorriente literaria y que se ha dado en llamar “realismo sucio”, hay dos cosas que no concuerdan: el lugar y el presentador. Al primero, más allá de los fríos cristales, y lo minimalista y aséptico de sus espacios, lo pueden justificar los bares vecinos antes mencionados, el fantasma del Caballero de París, la cercanía del “reparto bocarriba”. Y a mí, tímidamente, mi condición de revistero. Por eso me hice acompañar de mi socio Miguel.
Si de revistas culturales se trata, es un tema que me apasiona. Los cinco números de una revista dedicada al cuento, dando respuesta a un viejo y soñado deseo, ya es algo para celebrar, frente al fatalismo y la condición religiosa de muchas de nuestras revistas literarias, que “salen cuando Dios quiere”.
En los inicios de esta empresa Ernesto Pérez Castillo me habló, consultó, y “contó”, al respecto. Y El Chino, con el pragmatismo que celebra su estirpe, me interpeló sobre las mejores imprentas y cotizaciones. Nada de lo poco que les dije sirvió para algo, salvo la fe para que la máxima de otro ilustre “narra” (según “la voz más alta de Manzanillo”, Francisco López Sacha, los “narratólogos” son los estudiosos “del cuento chino”) se hiciera realidad: “Que florezcan cien revistas”.
No pretendo contarles el número que hoy estamos compartiendo. Sufro esas presentaciones, para ustedes tengo otro estilo de aburrimiento, que es las claves que quiero resaltar, más alguna preferencia.
Carver y Bukoswski, de la mano de sus cuentos, decálogos narrativos y presentadores, es algo necesario, que se agradece en el perfil de esta revista. Los autores argentinos de dos promociones diferentes, el ecuatoriano Raúl Vallejo (más conocido entre nosotros), es algo muy orgánico con la membresía de su consejo de colaboradores, y con los vasos comunicantes naturales de la publicación para con el resto de América Latina y El Caribe, más allá de modas y de modos.
La presencia de varios cuentos de autores de todo el país, sobre todo de los más jóvenes, y de algunos apenas conocidos, así como la bitácora de cuentos premiados, es algo que está en la razón de ser del Centro “Onelio”, y como es natural de la revista. El no quedarse en las amplias y plurales paredes de su sede de Quinta y Veinte, es un desafío permanente. Las reseñas de libros, tan necesarias más allá del intercambio “entre socios”, en algunos casos se van más por “ejercer la literatura”, que la crítica, aunque todo puede ser “dulce y útil”, y tal vez me traicione como lector lo que padezco como editor.
Con el cinematográfico Carver y el visceral Bukowski (qué bien con el testimonio de Poli Délano), está la presencia entre líneas de otros autores de preferencia como Henry Miller y Malcom Lowry, que por cierto también escribía poesía, y dedicara montones de versos al mezcal. Se comenta en Cuernavaca que una versión de Bajo el volcán la dejo extraviada en una cantina, y otra se quemó con su casa mientras dormía, delirium tremens mediante. Hay además para destacar una significativa muestra de cuentos, como ya anuncié antes, los acercamientos entre el ensayo y el artículo a varios escritores radicados lo mismo en Holguín que a trescientos metros de aquí (para seguir con la obsesión del lugar), y una entrevista de Maggie Mateo a Jorge Ángel Pérez (del que se incluye un fragmento de una próxima novela), donde se demuestra que la complicidad de una buena amistad convierte en tangible el ciberespacio. Disfruté este texto, incluso cuando me apabulla con sus preferencias literarias, aunque este hijo pródigo de Encrucijada es el primero en vacilar su desfachatez cuando termina diciendo: “después de leer mis respuestas a tus preguntas creo que podría comenzar a escribir mis memorias”.
Me hubiera gustado, no puedo escapar al síndrome del editor, encontrar aquí algo de o sobre Pedro Juan Gutiérrez, amén de que el editorial lo menciona tal vez descubriendo la ausencia. No como el “Bukowski tropical”, como alguna vez lo han llamado, no como mi “socio-sucio” (que si vamos a ser auténticos, es legítimo aunque), sino porque creo le toca merecidamente. O una reseña sobre un buen libro que me leí hace poco La sobrevida, de Pedro de Jesús, sobre el cual en La Gaceta…tampoco se ha dicho nada. O donar la página de las cartas para las noticias y convocatorias, incluyendo otras más como las del premio Cortázar, o la que hacemos de conjunto, Premio Gaceta-Onelio, con la significativa participación en los premios, menciones y finalistas de autores vinculados al Centro Onelio Jorge Cardoso que es tal vez el mejor motivo para justificar mi presencia aquí. Pero puede ser que todo esto pertenezca a otro número.
En fin Chino, Ernesto, Lage, Eric, Ivón (todos sabemos que sin ella no hay revista, aunque no aparezca en los créditos), disfruté como lector-revistero el número que les acabo de comentar. Sé que me escabullí un par de veces, pero les agradezco sinceramente la invitación, aunque…
Hay tres cosas que no me gustan cuando invito a alguien a presentar La Gaceta…Dije al principio que no me gustaban las presentaciones enumeradas, y he terminado enumerando. Y podía agregar que no se hable del diseño, y ahora caigo que lo dejé para el final, como la cenicienta, es decir dos veces sucio. Pero también cuando hacemos la revista mi opinión es la última, y la menos atendida. Me atrevo a decir que me gusta la portada, la contraportada, y algunas soluciones interiores, que ya es bastante para una publicación que empieza y sobre la marcha debe ir ajustando sus perfiles.
Y para terminar, tampoco me gusta cuando el presentador, que suele ser un amigo, o por lo menos alguien a quien respeto (por eso lo invitamos), arranca diciendo “Norberto recién ayer me alcanzó la revista, y no tuve tiempo, ustedes me perdonan…”, cuando casi nunca, a pesar de avatares de imprenta o transporte, es cierto.
Ahora Chino, te reitero mi agradecimiento y dile a la concurrencia cuando me distes la revista (aquí Heras León debe pararse y decir con rostro compungido que fue la noche antes), que yo me voy con mi socio Miguel hasta La comandancia, o aquí mismo, para brindar con ustedes por el cuento cubano.
Muchas gracias.
Palabras de presentación del número 4 de El Cuentero.