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Lo que se me olvida, un libro para recordar

Alina Iglesias Regueyra, 17 de abril de 2018

Hace cuatro años, la joven Sheyla Valladares obtuvo el Premio Pinos Nuevos con su poemario Lo que se me olvida, publicado en el mismo 2014 dentro de la Colección Escolar de la Editorial Gente Nueva.

El jurado en esa ocasión estuvo integrado por tres reconocidas figuras de la literatura cubana actual creada para la infancia: Magaly Sánchez Ochoa, Teresa Cárdenas Angulo y Reinaldo Álvarez Lemus.

El texto, publicado en pequeño formato, agrupa 33 poemas de verso libre que resumen el mundo personal, familiar y social de una niña que, entre otros elementos, la caracterizan una predilección especial por su abuela, el hecho de que navega en una bañadera vieja y en su propia cama en busca de aventuras imaginarias, y que disfruta de los besos de su madre, guardados como amuletos.

Sheyla explora en su obra los distintos niveles de significación de las palabras, juega con ellas en el plano denotativo pero también connotativo. Propone así varios escalones de intensidad en su creación, como ocurre con un bellísimo poema titulado “El viaje”, el cual alude a un suceso que bien puede ser literal y físico, tanto como mental o imaginario para la protagonista del volumen, y por supuesto, para nosotros, ávidos lectores, a quienes conmueve sin importar la edad que tengamos. Véanse el oportuno uso de frases y vocablos desde la apertura hasta el cierre del poema (viaje-regreso, casa, vida, paredes, cuadros, columpio, muro, campana, iglesia, parque), la acertada marcación de cada verso y la síntesis de cada idea descrita en certeras imágenes y símbolos con una clara intención evocativa de olores, sonidos, ambientes, que involucran un abanico de recuerdos y nostalgias comunes, habituales para casi todos los seres humanos que han tenido que alejarse del lugar donde nacieron:

No se vive en una misma casa
toda la vida.
Pocos lo logran.
La jicotea y el caracol
tienen ventaja,
llevan su casa pegada
a las espaldas
toda la vida.
No dejan perdido algún libro cuando se van,
las paredes no se les quedan
con los agujeros donde se colgaron los cuadros
o donde estuvo el almanaque del año en que se murió la abuela.
Pero, a veces sucede
que cuando regresamos al pueblo
donde nos hicimos más altos,
podemos rescatar el columpio,
el muro que rodeaba la casa
donde jugábamos a ser equilibristas.
Volvemos a escuchar
los grillos a media tarde,
la campana de la iglesia del parque.
Y nos parece,
casi creemos,
que no ha sido largo el viaje,
que podemos decir:
“Hemos regresado”.

Igualmente la autora expone la preocupación de la niña por el llanto de su madre ante la ausencia progresiva y definitiva de los familiares más viejos, su gusto por escribir cartas a los amigos aunque los vea a diario, los secretos del armario de la abuela relativos a sus amores de juventud, y fantasea con la naturaleza simbolizada en puntuales detalles y creencias como las hormigas, el río y los güijes.

Otras joyas a destacar son los poemas “Mi sombra” y “Las nubes”, donde explora el misterio del paso del tiempo, las esencias y las apariencias. Especialmente hermoso es el que cierra el libro y que le da título a la vez: “Lo que se me olvida”.

A dónde irá lo que se me olvida.
En cuál gaveta se guarda
el último recuerdo
de cómo yo era
hace un día o una noche.
Cómo sonaba mi risa
o se veía mi asombro
cuando aprendía a leer
o descubría los contornos del mundo.
Cómo olvidé el inicio de esa magia.
En qué lugar
dejé protegidos,
para irlos a buscar después,
mis recuerdos.

La pequeña protagonista de la historia es presentada con un profundo mundo interior y una sensibilidad poco común, que ofrece fantasías y ocurrencias, así como frustraciones: a través de sintéticos versos conocemos las travesuras que juega con su padre encima del escaparate y las ganas que tiene de volar desde allí, y también los deseos de tener una hermana parecida a ella, que busca constantemente en su propia sombra y en el espejo, cuestiones que la autora ofrece a través de metáforas e imágenes llenas de ternura y frescura pueril.

La edición y corrección de estilo estuvieron a cargo de Odalys Bacallao López, el diseño es de Carlos Javier Solís Méndez, y la cubierta y las ilustraciones las agradecemos a Héctor Saroal González, quien a través de una ágil y detallista línea, esboza los caracteres y paisajes con gracia sin igual, ilustrando cada metáfora que ofrece la autora como reto a su trazo negro.

El libro cuenta además en su diseño de cubierta y contracubierta con una promoción a las colecciones insignias Veintiuno y Ámbar, de la editorial que lo publica, las cuales cumplieron una década de creadas en 2017.

La joven escritora Sheyla Valladares nació en Matanzas, en 1982, y es graduada de Periodismo. Otra obra salida de su pluma es La intensidad de las cosas cotidianas, a la luz por la Editorial Sed de Belleza 2014. Esperamos recibir nuevas obras de su autoría para la niñez cubana.

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