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La infancia salta todos los muros

Enrique Pérez Díaz, 02 de agosto de 2018

Pocas veces las personas adultas somos capaces de entender a los niños, y en realidad casi parece un milagro cuando algo tan inusual ocurre. Para nosotros ellos resultan un continente inexplorado, desconocido, casi vedado; un continente al que regresamos con desconfianza, recelo y temor. Hay una niñez que reconocemos, pero también muchas infancias, que son bien diferentes entre sí, según las condiciones del país, la familia, la cultura y la época en que las descubramos.

Precisamente ese es nuestro gran reto, el de esos autores que pretendemos escribir para los niños o sobre su infancia. No siempre se les puede entender y ni siquiera somos capaces de imaginar qué les inquieta si antes no les conocemos, les respetamos y somos tan osados como para tratar de pensar como ellos, ver las cosas con su prisma y sufrir junto a ellos.

Justo muchos autores que pretenden escribir para la infancia la idealizan y entonces entregan a sus lectores (adultos o niños) una obra hueca, falsa, poco interesante, sin mucho conflicto y con apenas meras referencias a personajes idealizados —quizás desde su recuerdo o pálida percepción— que bastante dejan que desear.

Medito en esta verdad casi axiomática, al releer la edición impresa de un libro cuya idea inicial descubrí hace años en el Premio Dador y que tuve la suerte de editar para la colección Veintiuno de la Editorial Gente Nueva.

Su autor, un joven que he visto crecer hasta hacerse grande como literato, siempre es capaz de sorprenderme por sus atrevidas propuestas, más arriesgadas cada vez, más en busca de ese niño que se oculta detrás de aquella masa informe (y malamente generalizadora) con la cual los incrédulos adultos solemos clasificar (cosificar en realidad) a la infancia al denominarla desde nuestra altura como “los niños”.

No hay un niño igual que otro por muchas razones, pero todos pueden llegar a sufrir semejantes abusos en su largo camino hacia la adultez. Cada vez con más fuerza, el mundo moderno los prepara para volverse grandes, lo cual significa un serio atropello contra un período etario que mucho debería dudar, por cuanto de placentero y enriquecedor pueda significar. Pero, en el peor sentido del término, tratamos de que los niños nos igualen, no aprendemos de ellos que vienen con nuevos códigos genéticos más desarrollados que los nuestros, los irrespetamos como personas y pretendemos que vivan imitando a sus mayores, pensando como ellos, intentando acoplarse a un entorno que muchas veces dista de la perfección o al menos de ser habitable y, por supuesto, luchando porque acepten como verídicos los dogmas de la sociedad, de cualquier sociedad en que habiten.

Por eso, cuando ve la luz un libro como El secreto del muro, de un autor comprometido con la niñez, como con creces ya ha demostrado ser Eldys Baratute Benavides (Guantánamo, 1983), uno debe felicitarse por más de una razón. La primera, porque un libro semejante nos llama a pensar; la segunda, porque, sin hacer concesiones, enarbola una y muchas verdades del entorno infantil —que van más allá de lo meramente descriptivo— para calar en esa oculta esencia de las cosas que a veces ignoramos: el modo de pensar de la gente y su manera de proyectarse socialmente hacia el prójimo. La tercera sería su calidad literaria, que a nadie puede sorprender si recordamos entregas precedentes como Cuentos para dormir a María Cristina; Las flores de pablo; Marité y la Hormiga Loca; Alicia y el mundo de las maravillas; Cucarachas al borde de un ataque de nervios; Los gnomos están tristes; La comarca de la abuela Chicha, A la sombra de un león, Otras tonadas del violín de Ingres, Deshojando margaritas o Los novios de la abuela Rosa.

Si en esta nueva novela Baratute guarda lejanos ecos de libros anteriores, tampoco es menos cierto que demuestra una osadía renovada para sortear con un emotivo argumento algunos temas en boga como la intolerancia religiosa, las diferencias generacionales, el racismo, los conflictos educativos docentes y hasta la falsa moral. En otro autor, semejante compendio temático hubiera resultado un sumun de problemáticas poco creíbles en un mismo argumento, pero en su estilo, Baratute consigue convencernos, emocionarnos y lo que considero todavía mejor: ponernos a razonar.

Un alto muro de concreto divide las primarias que dirigen dos primas rivales, quienes han alimentado un odio visceral desde sus mismos orígenes como personas y una de ellas lo ha llevado incluso al plano profesional.

Otro muro de ideas religioso-morales, poco tolerantes y antagónicas, enfrentan a los pre-adolescentes María Cristina y el Ruso, a quienes —como Romeo y Julieta—, sus padres no permiten amarse con libertad. Por más que ellos intenten redimirse en su relación, siempre existe algo que pugna por hacerla más difícil e imposible.

Un muro peor existe entre los alumnos del aula de ambos y la maestra Zenaida, que por su amargura y resabios, deviene un azote para ellos y contagia sus problemas personales y su infelicidad galopante casi cotidianamente con sus alumnos, que al tanto rechazarla tampoco buscan entenderla.

En la vida real, pocas veces se comprende el papel vital del maestro —no ya como mero transmisor de conocimientos—, sino como ese profesional que puede ser capaz de formar a sus alumnos con los valores necesarios para que un día se conviertan en hombres y mujeres de bien, como requiere cualquier sociedad.

Con El secreto del muro, el laureado Eldys Baratute Benavides, quien ya ostenta Premios como Abril, La Edad de Oro, de la Crítica, entre otros, vuelve a la Colección Veintiuno con una historia conmovedora y audaz, cuyos temas reales muchas veces son invisibilizados por la cotidianeidad: esos muros que enfrenta la infancia en un mundo convencional y prohibitivo, esos muros que impiden crecer y desarrollarnos, muros que significan trabas, demoras y asfixia, que como altísimas montañas imbatibles nos rodean y privan de toda esperanza, quizás tratando de mostrarnos nuestra imposibilidad de crecer, superarlos, guardar un átomo de esperanza en nuestra remotísima posibilidad de sortearlos.

El autor emotivo y polémico de la inolvidable A la sombra de un león, a mi juicio uno de sus libros más elaborados y edificantes, vuelve a tocar nuestra fibra humana con esta historia de amor y desamor, de no aceptación e irrespeto hacia lo diferente, de poses absurdas y estereotipos, pero también de seres que luchan por su redención definitiva, por ocupar su espacio en el mundo y que, a voz en cuello, como esgrimiendo una multicolor bandera parecen decirnos esperanzados: ¡Ojo con la infancia! ¡Nunca intenten detenerla o sojuzgarla, porque la infancia salta todos los muros, incluso aquellos muros invisibles y, por ello, más infranqueables!

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