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Un bebé para reír y pensar

Enrique Pérez Díaz, 07 de septiembre de 2018

A todos nos gustan las historias de fantasmas. El universo literario mundial está lleno de ellas desde hace siglos. Recordemos la obra de Charles Dickens, célebre por sus relatos sobre tales entidades, o las de otros destacados autores como Lord Dunsany, M. R. James, Algernon Blackwood, Joseph Sheridan Le Fanu, Wilkie Collins, Edgar Allan Poe, Henry James, Edith Wharton, y Oscar Wilde, entre muchos.

Los fantasmas siempre se asocian al misterio, al terror, incluso, a lo policial; provienen de una literatura en ocasiones venida a menos, pero también muy seguida por las multitudes. Es proverbial en el ser humano ese raro sentimiento, tanto de cercanía como de aversión, hacia el miedo. Por eso estas historias siempre han tenido numerosos adeptos. Poco importa que repitan esquemas. Tampoco que sigan un patrón común y copien situaciones argumentales entre sí. Leyéndolas disfrutamos, nos emocionamos y sentimos una de las experiencias más primitivas de la especie: el terror irracional hacia lo desconocido.

Los fantasmas siempre pueblan ambientes exóticos, como caserones vetustos y oscuros, llenos de antigüedad, herrumbre, humedad, o rodeados por inmensos bosques, verjas crujientes y enclavados en montañas ventosas o parajes inaccesibles.

Cuando el silencio y la paz aparente de algún lugar hechizado de estos se ve amenazada por un visitante inesperado, entonces se manifiestan los fantasmas haciendo gala de sus proverbiales facultades para producir el terror: gritos, sombras, cambios de temperatura, sonidos de cadenas, movimiento de objetos, batir de puertas o ventanas.

Uno goza leyendo estas historias, en el silencio de la noche, en una atmósfera de tensión in crescendo, que le permite sentir pasos, ver raras figuras, escuchar crujidos siniestros o experimentar corrientes de aire en la nuca, como si alguien nos respirara encima, alguien que viene desde muy lejos para transmitirnos algún mensaje, terrible, escalofriante con toda seguridad. Pero hay un elemento singular en algunas historias de fantasmas y es una especie de reinversión del canon al aplicar humor en las situaciones, un humor que llega desde la presencia misma del ser terrorífico y que, sin embargo, es burlado por el visitante que con esa incredulidad y pragmatismo de quien viene del futuro, no permite a “aquel” cumplir su cometido.

Siempre recuerdo una divertida historia que descubrí hace años y me obsequió Marinella Terzi, una querida editora y amiga española: De profesión fantasma, de H. Monteilhet, autor francés que no conocía y de quien nada he vuelto a leer. En el libro se cuenta la historia de un niño pobre llamado John que para subsistir debe suplantar a Arthur, el fantasma de un muchacho muerto en ese terrorífico sitio muchos siglos antes. Es un libro tan divertido que al instante se desacraliza a estas entidades misteriosas. Otro tanto ocurre con El caballero fantasma, reciente novela de la alemana Cornelia Funke, considerada incluso más importante que J. K. Rowling.

Hace años también tuve ocasión de leer un libro singular publicado por la editorial Ácana de Camagüey: El bebé más lindo del mundo, de Niurki Pérez García, en el que de nuevo se reivindica a los fantasmas, sobre todo con el propósito de hacerlos más humanos y sensibles. Este libro delicioso vuelve a ver la luz ahora en la colección veintiuno de la Editorial Gente Nueva, con ilustraciones de la propia autora.

Niurki Pérez cuenta cómo un niño pequeño es encontrado en un basurero por una amorosa Fantasmona que vive en una casa derruida donde habitan una serie de colegas suyos de igual catadura, cada cual con un horrible pasado que es digno de la mejor y más tenebrosa novela gótica. Con este increíble argumento, que por su humor permite evocar el estilo de Oscar Wilde en El fantasma de Canterville, la autora nos sumerge en un entorno alucinante y absurdo, que con gran ternura hace recapacitar sobre la infancia como “estadio ideal de la existencia” y alerta de los reales problemas de convivencia en un mundo que dista de la perfección, con una divertida y ocurrente historia que en su propio decir nos conmoverá hasta dejarnos “petrifectos”…

Ya desde que iniciamos las primeras páginas de este libro advertiremos que nos aguarda lo inesperado:

Fantasmona suspiró aburrida. Llevaba el sombrero medio torcido; pero no se tomó el trabajo de ponerlo derecho. Una vez más debía emprender el regreso a casa sin haber asustado a nadie.

El reloj de la torre atrasaba dos horas exactas. Por eso, al dar once campanadas, todos sabían que era la una de la madrugada.

A la vuelta de una esquina, Fantasmona tropezó con un niño que se hallaba tirado junto a un latón de basura.

—Bueno, pensó, después de todo, puede que asuste a alguien esta noche”.

Puso la peor de sus caras y dijo lo que dicen los fantasmas cuando encuentran a una persona en su camino:

—¡Buuuuu!

El niño, en lugar de aterrarse, tendió los bracitos y hasta hizo burbujas con su boquita de rosa.

—No puede ser que te guste. Soy antipática y, además, ¡feísima!

Intentó de nuevo amedrentar al bebé, pero este se agitaba y sonreía. Lo tomó en brazos. ¡Nunca había visto un bebé tan lindo! Puede que fuera el bebé más lindo del mundo.

Desde este instante mágico, el universo de aquella familia de fantasmas se conmociona de tal modo que casi parece resquebrajarse desde lo sutil hasta lo misterioso. El pequeño, al que llaman Gafi y tratan de alimentar y proteger aun conociendo su esencia humana, se va adaptando a los disimiles caracteres de los peculiares espectros, cada uno con un pavoroso historial y cierto código existencial que les diferencia y es subvertido cuando llega “el bebé más lindo del mundo”.

Como la excelente autora que es, Niurki juega a capricho con sus lectores, sorprendiéndolos de continuo al llevarlos de emoción en emoción. Nacida un 23 de diciembre de 1964 en Sibanicú, esta camagüeyana debutó con Cuentos patatos (Ácana, 1994); al que siguen Cuentos negros para niños de todos los colores (Ácana 1998, 2000); Sulunay (Premio La Edad de Oro 1999, Gente Nueva 2001); Jin Jara Bin (Oriente 2001, 2004); La princesa Dayán (Holguín, 2004); Con el pan bajo el brazo (Gente Nueva, 2010); Enemigo mío (Colección Dienteleche, Ediciones Unión) y La huella del gigante (Ediciones Selvi, 2017).

El toque de absurdo, humanidad, alegoría y fábula que confiere la autora a su divertida historia se capta la atención del lector desde el primer instante y consigue conmovernos por los valores que transmite. Los fantasmas significan para Niurki Pérez una relectura de la propia sociedad humana de la cual ellos tanto abominan, olvidando quizás que de allí proceden: Fantasmona, el Coco, Débora, Panteleta, Lindura y Piltrafa representan caracteres en pugna, mas todos sucumben ante el pequeño recién llegado. El libro se complementa con un terrorífico fantasma, el peor de todos, una familia vecina, aventuras en el pueblo, fiestas tradicionales, un misterioso campanario, la estación de policía, el cementerio, almacenes y cuanto predio extravagante pueda ser poblado por seres como ellos. El humor, la sátira, un ritmo vertiginoso que le confiere a la historia ese rico aire de aventura y suspenso, enriquecen tan atractivo relato que de seguro cautivará a lectores de cualquier edad. Literatura para divertirnos, emocionar y hacernos pensar. De todo eso y más nos brinda Niurki Pérez con esta sabrosa historia aderezada por su magia de excelente contadora, un divertimento sui generis y que trasciende por su originalidad en nuestro panorama literario. Enhorabuena por este bebé, capaz de seducirnos con su gracia innata y que nos deja insatisfechos, es decir, con más deseos de seguir leyendo…