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Los héroes no solamente salen de la guerra

Fernando Carr Parúas, 13 de septiembre de 2017

Acabo de leer un libro interesante. Se titula No soy un héroe, y ha sido publicado por Ediciones Áncoras, la editorial de la Asociación Hermanos Saíz (AHJ) de la Isla de Pinos, como me gusta llamar a la Isla de la Juventud. Su autor es el poeta y escritor Idiel García. Hay que señalar la magnífica edición de Débora García, las ilustraciones de la cubierta y los interiores de Yilex Martínez Ortega, el diseño del libro de Ailín G. González y el muy buen ejercicio en la corrección de Daniel Zayas Aguilera. Sin embargo, en primer lugar se debe felicitar al autor, pues ha empleado un argumento ingenioso, a pesar de lo espinoso. Son varias cosas que en esta historia se dicen, las cuales nunca las había visto dichas en este tipo de literatura.

¿Se trata de una historia o es una novela? Los personajes son niños ¿o son ya adolescentes? También los hay adultos, adultos bien maduros, aunque han cometido actos de inmadurez. ¿Y de cuántas historias trata el libro? Son varias historias, y es una sola historia. ¿Acaso solo es un libro para niños y adolescentes?

A diferencia de otros libros destinados a niños y jóvenes —aunque destaca los sentimientos de solidaridad y amor—, el libro no pinta esa etapa de la vida de color rosa, sino que se adentra en conflictos propios de esa edad y están presentes en él situaciones comunes en un grupo, como el abuso de poder y el maltrato a los más débiles por parte de otros integrantes del mismo grupo, la bravuconería —que disfraza la cobardía—, el miedo, la rivalidad. Los protagonistas no son niños perfectos, y uno de ellos, que está en sexto grado, escribe una carta repleta de faltas ortográficas. ¿Acaso sería porque era un muchacho desaplicado? ¿Cuántos muchachos de sexto grado tendrán tantas faltas de ortografía, ya los aplicados o los desaplicados? ¿Será un caso endémico?

Uno de los adultos habla de La Guerra en la cual combatió (con mayúscula, como en el libro), y cuenta de los muertos y heridos y del desconsuelo que se siente al saber del abandono de su novia o de su esposa. Habla también de la soledad y la considera como lo peor en esa Guerra, y de cómo esa soledad lo llevó a tomar una decisión inmadura y errónea, por eso no es un héroe.

Creo que el autor ha sido valiente en su enfoque, pero debió haber destacado que la actitud de ese adulto era la excepción, no la regla, pues miles de soldados participaron en esa Guerra y sí fueron verdaderos héroes. Y no es porque abogue yo por las guerras, todo lo contrario, pero —cuando es necesaria— se debe tratar de estar, como muchos estuvieron, a la altura de los mambises y de los combatientes de la Sierra Maestra.

En el libro, dos adolescentes se expresan cuánto se gustan. Pero se gustan también por dentro. ¿Por dentro?, se preguntaron una vez. Además, se narra que uno de los adultos regala un ramo de piscualas en un gesto muy bonito. Por cierto, el nombre de la flor, piscuala, es un cubanismo. Sin embargo, en casi todo el país se usa una variante de esta denominación: picuala.

Aparecen en el libro algunas voces y locuciones desconocidas para este que ahora escribe y me gustaría saber su significado.
Tal vez tales voces sean regionalismos propios de Santa Clara y sus alrededores en la provincia de Villa Clara, donde vive el autor.
Por ejemplo: Una de ellas es barquinazo, pues sé que en El Salvador y en Honduras significa ‘batacazo’, esto es, un ‘golpe’ y como está escrita en plural, barquinazos, entonces, serán ‘golpes’, pero si se quiso emplear la palabra con esta significación, según mi parecer, serán pocos quienes podrán identificarla. Otra es la expresión hacer una finta, y significa ‘ademán o amago que se hace con intención de engañar a alguien’, pues la definición de amago es la ‘acción y efecto de amagar’, es decir, ‘amenazar a alguien con un golpe o mostrar la intención de hacérselo’, pero en el libro está empleada la frase con la definición de ‘hacer un gesto y pasarle a otro una lata que había caído bajo sus pies’. Con chicharras de papa solamente se me ocurre que puedan ser lascas bien finitas —en el libro dice que están cortadas con un simple cuchillo— para freírlas después. Realmente, no conocía esa forma de llamarlas. ¿Será esto las chicharras de papa? La voz chulo significa, en la única acepción relacionada con un animal, en Colombia, ‘zopilote’, animal parecido a nuestra aura tiñosa, pero creo que en el libro se refiere a un perrito que mueve su cola. 

Se emplea la voz paleta con el significado que se le da en varios países, como en México, Puerto Rico, República Dominicana y los de la América Central al helado en formato rectangular y con un pequeño mango de madera o de material plástico, pero no sabía que en alguna región de nuestro país se llamaba de esa forma, sino en diminutivo, como en el Occidente: paletica.

En el libro se usa el cubanismo cachumbambé, como todos le decimos aquí a ese aparato que existe en los parques infantiles, al cual en otros países se le nombra sube y baja o subeibaja, pero el diccionario académico inscribe la voz así: subibaja, mas también se le nombra en España balancín. Sin embargo, el nombre de nuestra canal —esa donde se suben los muchachos por una escalerita y se lanzan a deslizarse por la propia canal, esa denominación cubana, la cual la distingue de otros nombres dados a ese aparato infantil en el mundo hispanoparlante— no se usa en el libro y aparece la voz tobogán, y no sé quién podrá identificarla, me refiero a los adolescentes que se deslizan todavía por una canal, pues tobogán es el nombre que se le da en España y otros países.

Nunca estaré en contra de incluir regionalismos en cualquier trabajo, es más, lo apruebo ciertamente, pero deben ser explicados para el conocimiento de todos, ya que su uso es muy limitado.

El libro termina en una forma inusitada, pues casi todos los personajes tienen momentos heroicos, los grandes y los chicos. Pero uno de ellos plantea: ¡No soy un héroe!

 

 Editado por Claudia Corzón Aput

 

 

 

 


 

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