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El decamerón a lo René Batista

Jorge Luis Rodríguez Reyes, 03 de noviembre de 2017

En las letras villaclareñas de los últimos años hay tres autores que quise conocer mucho más: Carlos Galindo Lena, un poeta inmenso con el cual no se ha hecho justicia en la literatura cubana; Agustín de Rojas, quizás el más importante escritor del terruño, un ser genial, de quien aunque sí disfruté de su compañía y de su lectura, me quedó mucho por conocer; y René Batista Moreno, con el cual coincidí varias veces pero no pasamos del umbral del saludo, aunque ya lo leía con frecuencia.

De este último autor se narran innumerables historias que enriquecen el recuerdo suyo y acrecientan el rico imaginario popular; el anecdotario tan propio de personajes folcloristas como él, capaces de acoger en sí mismo todo el caudal de tradiciones, dicharachos y savia popular. 

Recuerdo que esa labor –folclorista- siempre ha estado al margen e ignorada por años de la considerada literatura SERIA, y recalco con mayúsculas lo de seria con afán de señalar ese dislate. Tal parece que estamos dados a negar el goce, lo lúdico e intrínseco de las expresiones populares en la pretensión de asentar otras tradiciones, otros afluentes del conocimiento más cercanos a la literatura «correcta». Por supuesto, que la literatura de René y lo que representa está muy lejos de ese camino; "Dios lo libre", diría alguno de sus personajes.

Este poeta, periodista, editor, promotor cultural e investigador de temas históricos y etnológicos, y sobre todo un irrenunciable guajiro de Camajuaní, nombrado doctor Manigua por su compinche Samuel Feijóo, publicó más de veinte libros. Destacan en su obra los siguientes títulos: Componiendo un paisaje (1972, Premio Julián del Casal); los testimonios Ese palo tiene jutía (2002), Fieras broncas entre Chivos y Sapos (2006) y Cuentos de guajiros para pasar la noche (2007); así como las compilaciones Los bueyes del tiempo ocre (2002), Yo he visto un cangrejo arando (2004) y La fiesta del tocororo (2011, Premio Memoria), entre otros.

Sobresale entre sus libros este que ofrece Ediciones Matanzas con el título de Decamerón cubano, hecho que clasifico como un acierto editorial. El texto está estructurado en cuatro capítulos: El decamerón cubano; La señora del changüí; Una cosa mental y A kiss on the breech. Además ofrece un prólogo del escritor Edelmis Anoceto Vega e ilustraciones de Manuel Hernández, ambos aportes al volumen.

Visto de conjunto esta selección ofrece la oportunidad de acercarse a la inagotable capacidad fabuladora de Batista Moreno, al minucioso trabajo investigativo de campo "y en el campo" que su andariega búsqueda folclórica concretó, pero sobre todo, al collage de personajes populares que corretean sus páginas: seres mágicos salidos de la nada, de una realidad que solo representa para ellos un contexto; personajes anodinos que coexisten a la par de grandes maquinarias mitificadoras: la patria, la familia, el estado, constructos como la prerevolución o la revolución.

Estos personajes son imperturbables a la realidad o así nos los hace ver el doctor Manigua. Cuánto de chanza y seriedad hubo en esa catalogación entre Batista Moreno y Feijóo, el primero llamaba al segundo doctor Pata e chivo, ambos ilustres y míticos investigadores de lo popular.

El Decamerón cubano acaba de echar a andar por los circuitos literarios de Cuba, y estoy seguro, más allá de las fronteras insulares. Este es un libro útil, necesario en un contexto en que han quedado relegadas las tradiciones o se han deformado en grado extremo, donde el universo campesino es tragado sin misericordia.

El erotismo de este libro tan llego de jocosidad, gracia y desparpajo pueblerino es un manifiesto, un venablo a la raíz de lo cubano. Aquellos que no conocieron a René, a ese sabio campesino, como me lo catalogó hace un tiempo su amigo Ricardo Riverón, pueden empezar a aquilatarlo con este texto singular.

Entre las muchas anécdotas que me han contado de Batista Moreno,  refiere el escritor Alfredo Delgado Pérez, uno de los testimoniantes del Decamerón cubano, aquella madrugada en Jibacoa, cuando en medio del Festival del Libro en la Montaña, René anudó los zapatos de todos los escritores. Ya es hora, René, de que propicies romper el nudo giordano que impide ver y andar más allá de lo serio en la literatura, aunque sea con tus botas de terco andariego. El Decamerón cubano ya es un primer paso en esa ruta.