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El dragón

Noel Alejandro Nápoles González, 17 de octubre de 2018

En los años 70 muchos niños cubanos tuvimos la suerte de tener un proyector de peliculitas ruso. Ni la televisión, ni el cine, ni el video podían sustituir la magia de ese aparato elemental que alimentaba el diálogo entre los padres que leían y los hijos que escuchaban. Y es que nada puede sustituir a la relación humana, ni las cosas mas hermosas. Mientras más se desarrollan los medios de comunicación más se incomunican las personas.

Pensando en eso y en que es una pena que se olvide todo ese patrimonio infantil que duerme en las peliculitas de proyector, es que decidí versionar uno de eso cuentos. Es un cuento de Viet Nam, ese país hermanado con Cuba desde las páginas de La Edad de Oro. Se llama "El dragón". Como dato curioso diré que la tortuga del lago realmente existió y estuvo viva hasta no hace mucho. Creo que duró como doscientos años. El resto de los personajes y su historia, juzguen ustedes si son reales o no.

El dragón

La espada es la mente
Kendo

Hace mucho tiempo existió un dragón que asolaba las aldeas de Indochina. Generaciones enteras nacían y morían, pero el dragón seguía allí, en la cueva de la montaña que estaba a la orilla del lago.

En las oscuras aguas del lago vivía una tortuga que, según se decía, guardaba la espada capaz de matar al dragón. Por eso, cada vez que surgía un valiente decidido a acabar con el monstruo, iba a verla.

El primero en ir fue un joven príncipe.

-¿Por qué quieres matar al dragón? -le preguntó la tortuga, asomando apenas la cabeza fuera del agua.

-Porque así seré más poderoso y podré ceñirme  la corona de rey.

La tortuga no preguntó nada más, se hundió y reapareció con una espada en la boca. El príncipe la tomó, escaló la montaña hasta la cueva y jamás volvió a verse.
Luego acudió un recio guerrero y la tortuga le repitió la pregunta:

-¿Por qué quieres matar al dragón?

-Porque así seré famoso y pasaré a la historia.

Una vez más la tortuga se sumergió y trajo una espada en la boca. El guerrero caminó montaña arriba y desapareció en la cueva del dragón.

El tercero en venir fue un gracioso monje budista.

-¿Por qué quieres matar al dragón? -volvió a indagar la tortuga.

-Porque de ese modo glorifico a Buda.

La tortuga repitió su rutina y el monje ascendió por la ladera, rumbo a su objetivo, y nunca más se supo de él.

Mientras tanto en la aldea unos decían que era inútil pelear contra el dragón y otros creían que la culpa era de la tortuga que, si juzgaba errados los motivos de los valientes, les daba la espada falsa. 

Cierto día, un humilde pescador echó su red a las aguas del lago y pescó, sin proponérselo, a la tortuga. Desesperado el animal le rogó:

-Por favor, no me mates.

-Tengo que hacerlo, si no mi familia no come hoy.

- Soy la tortuga del lago y puedo darte la espada para que mates al dragón.

-¿Y para qué quiero yo matar al dragón? -le ripostó el pescador, mientras agarraba a algunos peces que intentaban escaparse de la red.

-Para ser rey y tener poder.

-¿Para qué quiero corona, si tengo cabeza?

-Para ser famoso y pasar a la historia.

-¿Ser qué y pasar a dónde?

-Para la gloria del Buda.

-Un pescador sólo toca el reflejo de la Luna, no la Luna.

-Entonces ¿tú no quieres matar al dragón? -inquirió molesta la tortuga mientras el pescador la liberaba de la red.

-Claro que sí quiero. Pero sólo lo haría por defender a mi familia y a mi aldea.

Libre, la tortuga desapareció en las espesas aguas del lago, para reaparecer enseguida con una espada en la boca.

El pescador trepó montaña arriba, hasta llegar a la cueva. Al penetrar en ella, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda como un relámpago. A su mente vinieron todas las cosas que la gente decía del dragón: que era capaz de petrificar con la mirada, que echaba fuego por la boca, que era inmenso... La cueva era umbrosa y húmeda. Pero, en cuanto se adaptaron sus pupilas a la oscuridad, distinguió tres espadas silenciosas en el suelo. Apenas las vio, su mano comenzó a temblar y estuvo a punto de soltar la suya y regresar por donde mismo había venido. Sin embargo algo lo hizo seguir adelante.

De pronto vio ante él una mole y, poco a poco, fue adivinando en ella la imponente arquitectura del dragón: la boca poblada de cuchillos, el cuerpo cubierto de escamas metálicas, las garras poderosas, la cola erizada de púas, las alas de murciélago plegadas sobre el lomo. Tembló de pies a cabeza, pero otra vez algo superior a sí mismo lo hizo avanzar y atacar al monstruo que para su asombro se movió con suma torpeza. Con un golpe aquí y otro allá, pronto el lagarto viejo estuvo muerto.

Guiado por un fulgor dorado que provenía de una galería más profunda, el pescador descubrió el tesoro que durante siglos había custodiado el monstruo. Sintió vértigo ante tanta riqueza y su corazón comenzó a galopar. Las encías le dolieron, las manos se le agarrotaron, la piel se le empezó a llenar de escamas y, por la parte baja de la espalda, le empezó a brotar una cola que parecía un cactus. La metamorfosis era tan dolorosa, que dio un paso atrás y apartó la vista del brillo áureo. Por un instante, cerró los ojos y lo comprendió todo. Entonces, poco a poco, su cuerpo fue regresando a la normalidad.

Armado de su verdad, el humilde pescador regresó al lago que estaba al pie de la montaña, buscó a la tortuga y le dijo en voz baja:

-Gracias, amiga. No es con la espada que se mata al dragón.