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El conde de Montecristo

Jesús Dueñas Becerra, 23 de marzo de 2017

Alejandro Dumas (1802-1870) es un eminente escritor y dramaturgo francés que, en su juventud, fue pasante de notario, y luego, escribiente en la secretaría del duque D’Orléans, mientras completaba su sólida formación intelectual. Fue un ávido lector, sobre todo de aventuras históricas de los siglos XVI y XVII, y participaba como espectador en las representaciones del teatro antiguo. La puesta en escena de Hamlet, del genial poeta, escritor y dramaturgo inglés William Shakespeare (1564-1616), logró motivarlo tanto que, desde ese momento, quedó bien definida su vocación artístico-literaria, a la que se consagró en cuerpo, mente y alma durante la mayor parte de su existencia terrenal.

La fecunda producción intelectual y espiritual de Alejandro Dumas incluye cuatro obras teatrales y casi una veintena de novelas, en las que adapta los hechos históricos relatados a las necesidades ficcionales propias del género que lo ha exaltado a un lugar cimero en el orbe literario.

La trama de El conde de Montecristo gira alrededor de una vil traición de que es víctima el marinero Edmundo Dantés como consecuencia de la envidia, los celos y los más abyectos sentimientos, que yacen en el componente instintivo del inconsciente freudiano, y de la venganza que, ya convertido en el conde de Montecristo, lleva a cabo contra los involucrados en tan macabro complot.

Los papeles protagónicos son desempeñados por los actores Jorge Alí (Edmundo Dantés-conde de Montecristo), Larisa Vega (Mercedes), Omar Alí (Villefort), Mario Rodríguez (Danglars), Frank Artola (Fernando Montego), y Carlos Quintas (Caderus), muy bien secundados por actores consagrados y noveles.

Ante todo, habría que destacar la magistral actuación del multifacético Jorge Alí, quien se desdobla, no solo en el conde de Montecristo, sino también en un fraile italiano y un empresario inglés. La transición de un personaje a otro, así como la que tiene lugar en el propio personaje protagónico, es digna del más cálido elogio, así como el buen uso que se hace de las lenguas italiana e inglesa.

Alí les presta piel y alma a Edmundo Dantés y al señor conde de Montecristo, quien prepara y completa la venganza que lo mantiene con vida cuando se encontraba encerrado en el tenebroso castillo de If, si bien —al final— reflexiona sobre las terribles consecuencias que ha tenido su venganza sobre personas inocentes, y casi se arrepiente de haberla consumado. Desterrar ese amargo sentimiento que corroe el mundo interior del hombre y lo esclaviza, constituye el mensaje ético-humanista que el conde de Montecristo le envía a la teleaudiencia. El resto de los actores implicados en la acción dramática se caracterizan, fundamentalmente, por la profesionalidad y la credibilidad que les confieren a los personajes que representan en esa obra, que oscila entre la aventura y el drama.

Una actuación memorable, que no debe obviarse en esta crónica, es la del carismático artista Rogelio Blaín, quien desempeña el papel del progenitor de Villefort, el procurador del rey. Es muy verosímil la caracterización e interiorización que Blaín hace de un paciente con secuelas físicas de apoplejía (accidente vascular encefálico). Tanto es así, que al televidente que suele confundir realidad con ficción, no le queda la más mínima duda de que está viendo a un paciente privado de la locomoción y el habla, que ha creado un original sistema de señales con el movimiento de los ojos, para comunicarse con el prójimo. ¡Excelente desempeño artístico!

Por último, solo me resta felicitar a la televisión insular por traer de nuevo a la pantalla chica El conde de Montecristo; aventura que tanto gusta a la familia cubana de todas las épocas y todos los tiempos.

Editado por Heidy Bolaños

 
 

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