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El sesquicentenario de Federico Villoch

Leonardo Depestre Catony, 16 de octubre de 2018

 Robreño (1911–2001), teatrista y además historiador, conoció a Eduardo Villoch y por su fecundidad creativa lo llamó “el Lope de Vega criollo”. El elogio, que no es poco, lo argumentaba el doctor Robreño por ser Villoch, “en forma tajante y categórica el primero, en lo que a cantidad de obras teatrales escritas se refiere, entre todos lo que en esta ínsula se han dedicado al difícil arte de hacer dialogar y mover personajes en el llamado antiguo tinglado de la farsa. Y es que Villoch, con más de trescientos títulos estrenados, ocupa por derecho propio este lugar”.

Y viene lo anterior al caso porque ahora, este 16 de octubre, se cumplen 150 años del natalicio en el poblado de Ceiba Mocha, Matanzas, del popular autor que allí vio la luz en 1868, solo seis días  después del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes en su ingenio La Demajagua.

Pero a sus dotes creativas unió Villoch la fortuna de vivir y tener a su disposición los mejores momentos del teatro Alhambra, donde sus obras hallaron cabida y recibieron el beneplácito de un público entusiasta. Autor y teatro coincidieron en tiempo y espacio e hicieron historia prácticamente juntos para júbilo del pasatiempo costumbrista de su época.

El Alhambra de la esquina habanera de Consulado y Virtudes ofreció su primera función el 13 de septiembre de 1890, y aunque Villoch se estrenó como autor en el antiguo teatro Irijoa (hoy Martí), el 6 de mayo de 1896, con la obra titulada La mulata María, a finales de noviembre de 1900 alquiló en unión de otros dos empresarios el teatro Alhambra, donde se mantendría hasta febrero de 1935, fecha en que las paredes del viejo coliseo se vinieron abajo.

El entonces nuevo coliseo devino para Villoch la sede ideal donde presentar su copiosa producción, pues el Alhambra, con un público asiduo —si bien catalogado como “teatro para hombres solos”—, exigía de una renovación constante del repertorio de obras y una fecundidad pasmosa de los libretistas.

Es dato curioso, y lo cuenta el doctor Robreño, que con solo diez años el aún niño Federico, hallándose en Guanabacoa, una noche  escuchó disertar a José Martí sobre el dramaturgo español José Echegaray, por aquellas fechas muy en boga, y que era tal la autoridad y fluidez de palabra del orador que nunca olvidaría el casual encuentro, que después contaría como uno de los sucesos trascendentales de su vida.

Villoch hizo estudios de bachillerato, los concluyó y matriculó la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana, que abandonó para enrumbar hacia sus intereses literarios; llegó a ser redactor del semanario El Fígaro, entre los más reconocidos e influyentes de la segunda mitad del siglo XIX, e igual responsabilidad desempeñó en el también semanario La Caricatura.

Tuvo el joven la oportunidad de viajar por España, Francia, Inglaterra y varias naciones americanas. Todo esto antes de la fecha de 1896, en que estrenó la ya apuntada zarzuela en el teatro Irijoa. En el Diccionario de Literatura Cubana (1980) se expresa que escribió más de 400 zarzuelas y sainetes, y cualquiera sea la cifra correcta, es reveladora de una creatividad y laboriosidad asombrosas, en especial porque el éxito lo acompañó, de manera que no puede argumentarse que la tan abundante producción conspirara contra la calidad de sus obras, muchas de las cuales contaron con la partitura musical del no menos prolífico maestro Jorge Anckermann.

Entre sus operetas, parodias, revistas y zarzuelas más recordadas están La isla de las cotorras, La danza de los millones, El ferrocarril central, Delirio de automóvil, La República Griega, La casita criolla, El rico hacendado, etcétera, hasta su última obra: la zarzuela Guamá, estrenada en el Teatro Martí en 1936, con música de Rodrigo Prats.

“Fue el propio pueblo quien lo consagró y aupó, hasta colocarlo como el más gustado autor teatral de su tiempo”, en opinión de Eduardo Robreño compartida hoy por otros especialistas.

Una vez retirado del teatro, Villoch regresó a sus andares periodísticos y publicó la sección “Viejas postales descoloridas”, en el Diario de la Marina, además dejó inédita una novela sobre la guerra de independencia de la que apareció un fragmento en El Fígaro. Y como si fuera poco, la bibliografía de Federico Villoch se completa con libros de impresiones de viajes, versos y hasta un monólogo.

De su poesía, dispersa a través de su obra teatral, y para que el lector de hoy disfrute de la inspiración de un autor poco recordado, reproducimos este fragmento, tomada de su obra Cuba en la guerra, de 1918:

Contempladla en su esplendor.
Entre todas, la más bella.
Con su solitaria estrella
que brinda a todos amor.
Para verla libre un día,
cuántas lágrimas corrieron.
Y cuántos, cuántos murieron,
besándola en su agonía.

El sesquicentenario del nacimiento de Federico Villoch es asunto que no debe pasarse por alto. Desde CubaLiteraria le rendimos muy modesto homenaje de recordación.

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