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Martí y Sarmiento: escritores y próceres

Leonardo Depestre Catony, 28 de enero de 2018

El cubano José Martí (1853-1895) y el argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) nunca se conocieron personalmente, y sin embargo entre ellos existió una profunda admiración recíproca, aun tratándose de personalidades pertenecientes a generaciones distintas y nacidas en medios igualmente disímiles, si bien imbuidas ambas de la importancia de la educación en el bienestar de sus pueblos.

Tómese este ejemplo. En 1887 el ilustre argentino escribió: “En español, nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí, y después de Víctor Hugo, nada presenta la Francia de esta resonancia de metal”.

Martí, por su parte, escribía desde las páginas de El Partido Liberal, en México, este muy acertado comentario: “Sarmiento sentó a la mesa universal a su país, y lo puso a jugar con modelos de escuelas, de máquinas norteamericanas, de ferrocarriles”.

Para Martí, fue “Sarmiento el verdadero fundador de la República Argentina”. Curiosamente, Sarmiento tomó posesión como presidente argentino el 12 de octubre de 1868, solo dos días después del alzamiento independentista de Carlos Manuel de Céspedes en Cuba. Su gobierno creó escuelas por todo el país. Ya él había declarado: “Necesitamos hacer de toda la República una escuela. ¡Sí! Una escuela donde todos aprendan, todos se ilustren, para la felicidad de todos”.

Sarmiento defendió la educación de la mujer a la par del hombre, combatió el desorden y el caudillismo, modernizó la estructura de la enseñanza, organizó el primer censo de población, dragó ríos, abrió nuevos puertos, estimuló la economía.

Aquí nos concierne sobre todo su condición de escritor, uno de los más importantes de Argentina. El autor de Facundo o Civilización y barbarie, libro publicado en 1845, y que tiene de protagonista al caudillo Facundo Quiroga, penetra en los temas sociales y políticos, así como en los conflictos generados por el choque entre la civilización y la barbarie, que para el autor se expresan por la dicotomía entre el medio urbano y el rural.

La obra, al cabo de más de siglo y medio de publicada, resulta polémica por cuanto Sarmiento estima, y en ello lo acompañan otras personalidades de su tiempo, que la civilización se correspondía con cuanto viniera de Europa, del progreso occidental, en tanto la barbarie, la incivilidad, el atraso, estaba presente en los sectores representados por el indio, el gaucho, el nativo, con un matiz discriminatorio hacia estos últimos. De tal forma, el triunfo de la civilización frente a la barbarie pondría fin al problema.

La posición de Martí es diametralmente opuesta. Para él, “el indio es discreto, imaginativo, dispuesto por naturaleza a la elegancia y a la cultura (en “Arte aborigen”, La América, Nueva York, enero de 1884), e igualmente opina que, “de las aptitudes de los indios, solo el que los hubiera estudiado ligeramente dudaría” (en “Reflexiones”, mayo de 1878), y sobre todo, esta última consideración: “Y hasta que no se haga andar al indio, no comenzará a andar bien la América (en “Autores americanos aborígenes”, La América, Nueva York, abril de 1884).

La obra de Martí es un canto sin fisuras a la dignidad humana. Su pensamiento integrador no admite las formas de discriminación. Para el Apóstol cubano, “cuanto no sea compatible con la dignidad humana, caerá”. ¿Quiere esto decir que la obra de Domingo Faustino Sarmiento sea desdeñable? En modo alguno, como tampoco su huella en la historia argentina y de la América toda de habla española, que reconoce su labor pedagógica y empeño por llevar la cultura a sus conciudadanos.

No es de extrañar pues, la admiración recíproca que brotó entre estos dos grandes humanistas latinoamericanos del siglo XIX, necesarios, el uno y el otro, en la configuración de una América única del Río Bravo a la Patagonia.