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Un escritor que hace humor o un humorista escritor

Clara Lecuona, 12 de junio de 2019

A Carlos Fundora lo conocí en mis años de estudiante, cuando asistía al Teatro La Caridad en Santa Clara y disfrutaba de las puestas de su grupo La leña del humor. Él mantiene su original sentido de ver la vida, y aún mantenemos y compartimos recuerdos de aquellos tiempos.
Para que conozcan un poco más a este excelente escritor y humorista, les comparto una de nuestras pláticas cómplices a modo de entrevista.


¿Cómo te inicias en la literatura?

En la etapa de preuniversitario y en los primeros años de la carrera hice algún que otro cuento, sin muchas pretensiones y con discretos resultados, pero en quinto año de Filología (curso 1983-1984), escribí un primer sketch, junto a Baudilio Espinosa, que fue, sin lugar a dudas, el arranque para acercarme al humor escénico. Con la formación del grupo La leña del humor en 1986 se logró un ambiente propicio para la creación. Allí coincidimos jóvenes con propuestas diversas que enriquecían la proyección artística de cada leñero. Gloria Elvira Sánchez, Pablo Garí (El Pible), Jorge Ángel Hernández (HP), Alcides Herrera (Pescao), Telo González, Víctor Fernández y Ramón Carrillo son algunas de las figuras importantes que incidieron en esos primeros momentos. En 1987, gracias al maestro Héctor Zumbado, logré mi primera publicación en la sección “¿La Bobería?” de la revista Bohemia. A partir de ahí, las cosas comenzaron a fluir unas veces, a tropezar en otras ocasiones, pero ya no había remedio. Por ahí estaba el camino.

¿Cómo entrelazas humor y literatura?

Partir del humor con su carácter irreverente, transgresor e impactante, para llegar a la literatura requiere de un conocimiento amplio de nuestro idioma, de los diversos géneros y de la rica historia de las letras, cubanas y universales. Eso da la posibilidad de enfrentar determinadas obras y, siempre que se pueda, violentar las estructuras, porque las propuestas de humor, por su esencia, tienden a romper con normas e ideas preconcebidas. Siempre intento lograr una coherencia en lo que escribo, que haya humor en los personajes, las situaciones, en una descripción, pero debe estar a tono con la historia que estamos presentando. Del chileno Jorge Guerra aprendimos que si el mejor de los chistes aparece en la obra traído por los pelos, no va a funcionar como debiera ser.
El dominio de los diversos recursos humorísticos (reiteraciones, anacronismos, exageraciones, juego de palabras, sorpresas y un largo etcétera) permiten, desde que se tiene un tema, un grupo de personajes y una situación, ir hilvanando de manera orgánica las obras de humor, de manera tal que esos elementos no aparezcan agregados.

¿Quiénes son los escritores que te influencian?

Han sido varios los escritores de los que he aprendido y a los que respeto mucho. Si empezamos por los del patio, tenemos a nuestro Cuentero mayor, Onelio Jorge Cardoso, pero también a Carlos Loveira, Miguel de Carrión y Pablo de la Torriente Brau. Cerramos con mi coterráneo Enrique Núñez Rodríguez y el gran Héctor Zumbado, un verdadero especialista en conjugar lo culto con lo popular.
En el plano internacional la lista es muy diversa en cuanto a estilos y a puntos geográficos. Va desde los franceses Alejandro Dumas y Julio Verne, el italiano Luigi Pirandello, el checo Karel Čapek, el ruso Isaac Asimov, los estadounidenses Ray Bradbury, Woody Allen, Will Cuppy y William Irish, el turco Aziz Nesin, los británicos Agatha Christie, Robert Graves, Saki, William Shakespeare y Conan Doyle, el español Enrique Jardiel Poncela, el uruguayo Horacio Quiroga, hasta el argentino Roberto Fontanarrosa… entre otros.

¿Cuáles son los temas que abordas en tu obra?

Creo que en cuanto a temas mis textos son bastante variados: el amor, la guerra, los viajes, la creación artística, la propia literatura. Si algo me caracteriza y disfruto es el trabajo con los referentes. Implica una profunda labor de búsqueda y análisis para concatenar los elementos, pero se pueden obtener muy buenos resultados. Una gran parte de las comedias que he escrito juegan con los propios recursos y estructuras del teatro. En narrativa trabajo mucho con personajes e historias muy conocidas de la literatura universal. Y entre las pocas décimas de mi autoría, algunas van a la historia del género o a la propia estructura de esa composición poética. Sin lugar a dudas, los metatextos son mis favoritos.

Hay quienes piensan en el proceso creativo como fruto de la inspiración, mientras que otros trabajan a diario. ¿En qué grupo estás?

Si tengo que escoger me voy por el segundo grupo, aunque considero que el proceso creativo es muy efectivo cuando se combinan ambos elementos, porque la inspiración puede llevarte a un trabajo intenso y diario; y el rigor de escribir sistemáticamente puede estimular a que la musa baje. De todas formas, creo que en el modo de asumir la obra puede influir también el género que se esté trabajando. Un cuento corto o varias décimas pueden ser el resultado de un arranque de inspiración. Una obra de teatro, una narración larga o una novela ya requieren de un rigor en la preparación: investigación, análisis de estructura, de personajes y estudio de otros textos.

¿Consideras que la geografía limita las potencialidades de los artistas?

El fatalismo geográfico, muy relacionado con corrientes filosóficas, tiene un gran peso en el mundo del arte y de la literatura. Es una suerte que las nuevas tecnologías permitan una aproximación, y las obras y sus autores cada día más se acercan a un click de distancia del receptor. Esa es la buena noticia. La mala, que todavía en zonas como la nuestra, esa conexión es muy incipiente y el arte necesita, ante todo, de una retroalimentación. El escritor, que puede considerarse el creador solitario por excelencia, necesita también del intercambio con sus colegas, participar en encuentros con figuras establecidas, estar al tanto de las corrientes predominantes, de lo más novedoso de los diversos géneros y para llegar a esto pasa más trabajo el que está alejado de los centros de información y de cultura. 

¿Consideras que existe una estructura adecuada que favorezca la promoción de los escritores y su obra?

No conozco al detalle las formas y vías para la promoción de nuestros escritores y sus obras, pero creo que nunca son suficientes, dada la cantidad de creadores que existe en nuestro país. La Feria del Libro, el mayor evento de la literatura en Cuba, establece un puente entre los autores, sus obras y el público, pero es un momento del año. También hay sábados del Libro, concursos, espacios en la radio y en la televisión, aunque creo que hay que replantearse constantemente las maneras de divulgar el trabajo de nuestros autores.

Cuéntanos sobre tus planes y proyectos futuros.

Desde hace varios años estoy atrapado por la radio y por la televisión. Escribir para esos medios requiere mucho tiempo, aunque siempre busco algún espacio para la literatura. En los últimos tiempos lo más funcional para mí ha sido la preparación de antologías de cuentos y de humor escénico como 20 cuentos de humor y Otto, autor desesperado (Ediciones La Luz), Para-dos en la escena y Humor del cercano Oriente (Editorial Tablas-Alarcos). Con esta última editorial y el Centro Promotor del Humor estamos conformando dos nuevas propuestas, una con veinticinco obras, para celebrar igual cantidad de años del CPH y Obras VillaclaLeñas, con textos inéditos de cuatro autores que hemos estado vinculados a La Leña del Humor. Deben estar listas antes de octubre de este año.
Por otra parte llevo algún tiempo trabajando una historia que espero concluir en el 2019. Para los que conocen mi forma de narrar saben que me caracterizo por la síntesis y los cuentos breves. Y esto sí puede ser noticia, pues esta obra debe rebasar… las treinta páginas. ¡Todo un reto en mi caso!

Por último una interrogante que lleva a otra: qué pregunta nunca te han hecho y quisieras responder.

Quizás se deba a que no tengo muchas entrevistas, pero hay una pregunta muy elemental que nunca me han hecho y que yo mismo he estado valorando en más de una ocasión. ¿Qué hubiera sido Carlos Fundora de no haber seguido el camino de las letras? Creo que la respuesta va por los intereses de mi padre, una persona que siempre ha tenido un sentido muy pragmático de la vida y un espíritu de comerciante que, por suerte o desgracia, no heredé. Él aspiraba a que yo fuera mecánico de autos, pues es una profesión muy demandada y que casi siempre garantiza que no andes a pie. Así que estuviera trabajando en un taller de chapistería o en algún negocio de gastronomía, que es otra de sus grandes pasiones. Pero de todas formas, si el destino me hubiese llevado a alguno de esos sitios, de alguna manera siempre afloraría el interés por el humor y por la décima humorística, dos elementos en los que Librado Fundora, mi padre, es aún muy diestro.


Carlos Fundora Hernández
(Quemado de Güines, 1961)

Para no ser el primero en nada se le ocurrió nacer en Quemado de Güines que ya contaba con don Enrique Núñez Rodríguez. Después de haber echado a perder un montaje de teatro en la vocacional, con un acceso de lo que científicamente se conoce como pánico escénico, volvió al escenario en quinto año de Filología para dedicarse al género humorístico con La Leña del Humor, grupo en el que estuvo durante más de doce años, y en la literatura, el radio y la televisión en los últimos tiempos.
Ha alcanzado varios premios Aquelarre y publicado diversos títulos de narrativa, décima y teatro. Como además escribe guiones para radio y televisión, se le reconoce como “un tipo que escribe cosas de humor” aunque nadie lo ubica en género alguno. Es una especie de cómico degenerado.
Entre sus libros publicados se encuentran: La última obra del bardo inmortal (Editorial Capiro, 1992, teatro); Plagio, luego existo (Editorial Sed de Belleza, 1995, cuentos de humor); Nueve sobre diez (Editorial Sed de Belleza, 2000, décimas); Mitos y leyendas de la antigua gracia (Reina del Mar Editores, 2001); Leña del árbol caído (Editorial Sed de Belleza, 2004 y 2016, libro documental literario sobre el grupo humorístico La Leña); Cuentos residuales (Reina del Mar Editores, 2006) y Argonautas (Editorial Tablas-Alarcos, 2013, teatro), entre otros.
Lleva dos décadas escribiendo para el programa Tiro de gracia, de Habana Radio y durante toda esa etapa ha ejercido, además, como asesor del género para la televisión cubana. Increíblemente no ha perdido el sentido del humor.