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Elaine Vilar: la poesía como destino
 

Oday Enríquez Cabrera, 11 de mayo de 2017

Su rostro transmite alegría, candidez, serenidad, incluso cierta fragilidad. Tiene rostro amigo. Su poesía en cambio deja ver algo más. Su poesía, parte inevitable de sí misma, refleja los avatares de un ser que sufre los conflictos de su cotidianidad. Elaine Vilar Madruga no cree en la inspiración, y ve en el dolor “una materia de hilo infinita” con la cual teje esa sólida obra que hoy nos deja ver.

¿Por qué la poesía? ¿Qué pretextos la llevan hacia este género?

La poesía es una de las pocas encriptaciones de lo eterno que ha sobrevivido en la inteligencia del ser humano. Gracias a la poesía, el tiempo de un hombre puede trascender la experiencia limitada de una vida. Una, como escritora, como creadora, no escoge la poesía a modo de receptáculo para contar historias o fotografiar la realidad, sino que recibe el verso a manera de obligación con lo humano. No me pregunto el por qué y en eso, quizás, radica la precisión exacta de lo que me obliga a escribir poesía: descubrir hacia dónde me conduce, cuál es la ruta, quién el destinatario (que siempre es uno mirándose en el otro, y el otro mirándose en uno, dual espejo de dos bocas). En preguntas y en los ojos de múltiples respuestas es que se encuentra la vocación del poeta.

Voy hacia la poesía —o ella viene a mí— siempre desde lo familiar, porque creo que en el microcosmos de una casa radica siempre una partícula de lo macro. Hablo de mi experiencia de vida y habitúo mi mirada como fotógrafa o cineasta, como artista de una realidad: robo expresiones, momentos del día, observo a los transeúntes que cruzan por mi vida, imagino escenarios. En la poesía soy, a la vez, narradora y dramaturga. Todo la contiene a ella. Y ella lo contiene todo. Por eso es que el pretexto que me mueve siempre hacia el verso es la necesidad de no quedar inmóvil, porque esa es la peor de las muertes, anquilosamiento, constreñimiento, dilapidación. No creo en los poetas estatuas ecuestres ni en los poetas mármoles. No creo en el poeta caperucita que va por el camino más corto. Ni en el poeta lobo, que conoce la ruta larga, pero también el trillo sin luz del facilismo.

Graduada del ISA en la especialidad de Dramaturgia, ¿cuánto hay del teatro en su obra poética?

Siempre primero la poesía. La dramaturgia, en realidad, es un desprendimiento, otra formación cosmovisiva de mi realidad. Son dos receptáculos de forma distinta por el que corre el mismo líquido. Por vocación veo teatralidad en todos los hechos, y al decirte eso, imaginarás que también la observo en el acto poético y en la manufactura del verso. Quien piense que con la poesía no se cuentan historias, sino tan solo vanas reflexiones de un estado de ánimo, ha perdido la luz en el camino. Yo veo, en todo, la necesidad de una apertura hacia el acto primero creativo, el que nos alumbraba seguro allá en las cavernas, cuando era preciso contar el cuento de una vida o una hazaña para mantener el fuego. Mi poesía, al menos, debe contar, sin por eso ser un texto narrativo. Debe tener personajes. Y a veces, también, personas. Luego el proceso ocurre en sentido contrario: el teatro también contiene poesía. Recorrer el camino hacia un lado y otro es siempre privilegio.

Y en ese hecho de tener personajes, personas que habitan sus poemas, ¿pudiera hablarse de un único sujeto poético que recorre su obra?

Son múltiples los rostros en mi poesía, múltiples los sujetos y las historias. Ya ves: rechazo lo inmóvil, me gustan las revoluciones. Mis libros de poesía avanzan todos en línea recta, son casas de un mismo vecindario, pero sus habitantes no son inertes, se mudan, organizan los muebles, vacían los espacios, se casan, mueren, nacen, se siembran en los jardines. Me gusta pensar que los sujetos poéticos de mi obra son diferentes, como también los libros en los que habitan. Parten de un reflejo personal que no es autobiográfico, siempre es un reflejo distorsionado, porque una de mis grandes búsquedas como ser humano —rebasa lo poético— es conocerme. Ahora sé que eso ya nunca ocurrirá y mi lucha se reduce a no cortar el nudo gordiano, sino intentar desenredarlo. Tarea agotadora, largo camino. A veces pienso también con mente de fotógrafo que busca el mejor ángulo para una foto. Mis poemas son eso: ángulos, contrastes de luz, rincones. En ocasiones son habitados por diversos sujetos, por recuerdos, por mi familia, pero también por los desconocidos de mi cotidiano, los eternos buscadores de respuestas.

Entonces ¿qué inspira su creación?

No creo en la inspiración como hálito seudo-divino. No me preocupa ni la busco. Mi creación transita por otros caminos, a veces con pie lento, otras con pie vertiginoso. El cambio de ritmo suele ser lo más agotador: no es simple deslizarme de un compás al otro, de una longa a una semifusa, del articular un paso a la carrera frenética. Pero lo intento. En el recorrido de mi oficio, la inspiración se transforma con los años. Es una materia como la plastilina. Moldeable y en ocasiones de colores.

Normalmente, me anima cualquier cosa que sea antónimo del conformismo, la mediocridad, la inercia y la maldad estúpida (que es aquella que se realiza sin forma ni contenido, como quien arroja basura).

Los temas habituales de la creación poética están presentes en su obra, pero hay una preferencia por los menos felices, ¿por qué?

Sí, creo que viene siendo una constante en mi obra ese asunto de los temas infelices. Negarlo ahora no tiene caso, pero no ocurre por un motivo intencionado. La creación, el acto de gestación de cualquier tipo de escritura viene ya con su propia forma: vulnerarla es sacrilegio. El dolor, eso sí, lo veo como una materia de hilo infinita: tiene las múltiples aristas de una felicidad incompleta y uno, desde él, puede asomarse a cientos de universos que pueden poner a prueba al ser humano que eres o deseas ser (es decir, a ese ser humano que soy y que intento conocer).

En mi poesía, verás, hablo mucho del dolor familiar porque nací en una generación que ha conocido más despedidas de las necesarias. Nací en una generación que comenzó a olvidar, también, el concepto de familia. Nací en una generación que ha vivido cambios y revoluciones que en su momento, y todavía hoy, no han sido llamados cambios ni revoluciones, sino períodos de prueba. Y en esos períodos de prueba, en esa lucha de alma contra cuerpo, de vida contra subsistencia, es que nació también mi poesía y con ella la identidad de la creadora que soy.

Puede decirse entonces que su poesía es una muestra de sí misma, de su emotividad. ¿Cuánto hay de Elaine en sus versos?

Te respondo desde la mutabilidad de una Elaine que cambia con el tiempo: claro que vivo en mi poesía, en pequeñas porciones, camuflada y a veces tímida. Pero como pienso el acto de creación como fotografía —y no valoro excesivas selfies— prefiero otros planos, otros ángulos, otras miradas. Yo no sé si soy —o seré alguna vez— un sujeto poético valioso. En realidad, ¿acaso importará serlo? Encuentro placer distinto, y más profundo, en los rostros ajenos. Hay camuflaje ahí, es cierto, pero no mascarada ni mentira. De la emoción sí me ocupo, y por eso pretendo apartarla siempre del melodrama barato de telenovela, que destierro de mi mente. Para mí, emoción no es precisamente conmoción. Me basta que un poema le diga al lector que su lugar puede estar dentro de ese mismo verso que lee.

Poeta y promotora literaria de este género, ¿cómo resulta el diálogo con su generación de escritores?

Valoro la pluralidad de registros e intenciones estilísticas de los escritores con los que comparto tiempo y espacio. Veo, en muchos de ellos, talentos descollantes. En otros, vacío. Pero intento dialogar con todas las formas y conocer, en una medida prudente, a los autores —tanto editados o inéditos— con los que comparto vocación. Te mentiría si te digo que es un diálogo llano, sin rupturas ni montañas, sin anchos valles de desilusión y búsquedas de algo más profundo que a veces no encuentro ni cavando. Pero en ocasiones, y en eso radica el valor de promover al otro, se hallan tesoros silenciosos, joyas que han pasado por alto escritores, premios y críticas; fragmentos de libros o poemas en los que hay una verdadera ruptura —donde no solo la forma del recipiente llamado poesía o arte asume una nueva articulación, sino donde también se encuentra valioso contenido—, la búsqueda de algo más. Trato de mirar a mi generación con ojos críticos porque he notado que en ocasiones sobran palmadas en el hombro y falta, eso sí, la palabra que movilice hacia una nueva acción y que rompa la inmovilidad comodísima del establishment.

En este sentido, ¿qué valores ve en la poesía cubana actual? ¿Puede hablarse de un buen momento en la producción de este género en la Isla?

Como complemento a mi respuesta anterior, solo puedo decir que encuentro que vivimos un momento interesante en el ámbito de la producción poética. Diariamente, el poeta recibe múltiples bofetadas que afectan su ánimo. Se nos habla de crisis de poesía y crisis editorial, de que ya los libros no son concebidos (ni respetados) como objetos de arte sino en ocasiones como mercadería (de la muy barata). Se vive en el ojo de un huracán que nos mece de un lado a otro. Ese vaivén es positivo, no creas. Mueve cimientos y obliga al reto, ya cotidiano, de hacer mejor, de buscar alternativas, de revolucionar lenguajes, de inaugurar nuevos cuerpos de acción. Ojalá la poesía cubana actual no se apoye en el facilismo ni en el oportunismo que —ya es más que un secreto a voces— tanto existe.

Hay movimiento, sí, pero la gran pregunta es adónde nos conduce. Con esto, me cuestiono (y me duelo): ¿valdrá la pena el huracán, el temblor de tierra, la turbonada?, ¿o nos conformaremos con volar como yaguas en el aire y caer luego de la tempestad, sin penas ni glorias, es decir, sin nada digno por contar? En ese valor del movimiento de la actual producción es donde se encuentra el mayor peligro que veo para la poesía cubana en el futuro: movernos sin un sentido, descuidar la materia (siempre sensible) del acto poético, caer como yaguas secas, no aprender, ser exactamente burbujas de jabón en el aire, muy coloridas y que explotan de nada.

¿Proyectos actuales?

En poesía comenzaré a escribir un libro —exactamente un año después de la muerte de mi abuelo— sobre cierta trinidad masculina que ha regido mi vida. En vez de los rostros de tres mujeres, aparecerán tres padres: el biológico, del cual me desprendo y al que nada debo; el putativo, que cubrió mi infancia con un velo de algunas alegrías (más o menos recordadas) y mucho dolor (perfectamente grabado); y el padre abuelo o el padre árbol, el verdadero horcón en mi memoria. Es también un recorrido desde la vida hacia la muerte, y desde la muerte hacia un renacimiento. Será un libro via crucis, de alguna manera. Por ahora, acumulo ánimos para escribirlo.

Existen por ahí otros versos sueltos, sin forma, que no nacen como parte de la mirada hacia un proyecto determinado. Los dejo fluir y los acumulo en una carpeta que promete convertirse en algo más que papelería.

En otras escrituras, me atormentan, me asombran y redimen al menos unos cinco proyectos que trabajo al unísono, en esa carrera sin fin del oficio. Salto de un carril al otro. Espero el sonido, el eco de una bala en el aire, para correr en su búsqueda. Todos se encuentran en procesos diferentes, en diversos grados de escritura. Ciertos compromisos editoriales exigen mucho de mi tiempo. A veces abandono un libro por meses y luego, cuando vuelvo a él, no vacilo en dedicarle pensamiento y espacio. Uno vive así, en zozobra feliz, en un temblor definitivo, en una cacería. No hay parálisis.

Tomado de Portal de la UNEAC

Editado por Heidy Bolaños