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Un niño, un poeta, un árbol… 

Susana Rodríguez Ortega, 03 de noviembre de 2017

Poeta, narrador y dramaturgo cubano, perteneciente a la provincia de Pinar del Río. Textos suyos han aparecido en diversas antologías de literatura cubana e hispanoamericana y han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Posee la Distinción por la Cultura Nacional. Su libro El humano ejercicio de las conversaciones resultó ganador en la última entrega de los Premios de la Crítica Literaria, otorgados el pasado mes. Pora tal importancia nos acercamos al autor esta vez.

¿Cuándo resolviste que serías escritor?

La carrera que escogí fue Medicina, pero allí me vinculé a un taller literario y no sé por qué, me sentí pleno escribiendo aquellos poemas de amor trasnochados y románticos.

Empecé a obtener resultados literarios, vi que la literatura me aportaba cosas y decidí abandonar mis estudios en tercer año.

¿Cómo lo tomó tu familia?

Fue una época muy difícil. Mi futuro se veía para todo el mundo como algo incierto. Mis padres habían hecho un sacrificio enorme educándome y yo me volcaba hacia una vida bohemia.

Ahora un escritor puede vivir de su literatura, tiene mecanismos para integrarse al sistema de la cultura, ya sea como trabajador o como escritor independiente; pero en aquel momento al escritor se le igualaba a un paria, un vagabundo, un mantenido....

¿De qué año hablamos?

1986. Me debatía entre buscar mi camino y complacer a mis padres. Por no quedarme en la calle fui a estudiar Biología pura en la Universidad de La Habana. La carrera era preciosa y me permitía comprender el mundo en toda su magnitud, pero la literatura pulsaba ya fuerte en mí. Un día, en medio de un examen de cálculo matemático, tuve un momento de lucidez y entregué la hoja en blanco. Fui a mi albergue, dejé una nota y un presente para cada uno de mis amigos y retorné a Pinar.

Ese año en la Universidad de La Habana fue muy rico en el sentido de conocer mundo e intercambiar con los artistas de mi generación.

¿Qué hiciste a tu regreso?

Pasé un tiempo tratando de trabajar, de encontrar algo. Pinar del Río fue muy hostil. Hubo muchas incomprensiones, luchas generacionales, tabúes. La gente no comprendía mi literatura, mi posición ante la vida. Los directivos de las instituciones culturales marginaban a los poetas irreverentes que hablaban de cambio.

Un día me presenté a una entrevista con Juan Luis Acosta, director por entonces de la emisora Radio Guamá. Me preguntó: ¿Tú escribes para niños? y le dije que sí, pero era mentira, claro. Lo que pasa es que yo necesitaba trabajar, poner un pie. El día que me dejaron poner un pie, que fue allí en Radio Guamá, puse los dos y seguí andando.

Empecé a trabajar escribiendo guiones de programas dramatizados para niños. Quería aprenderlo todo y me metía en las grabaciones a observar el ajetreo de los actores y los sonidistas. Hice relaciones con amigos entrañables como Nersys Felipe. Yo escribía para la Nersys actriz que narraba mis cuentos y me esforzaba por redactar lo más hermoso posible. Mucho de lo que soy se lo debo: la disciplina, el rigor, el dominio de la narración, del diálogo como movimiento y progresión escénica. Cuando escribes para la radio tienes el reto de lograr que tu oyente paladee el sabor del arroz con leche y que el olor de la canela inunde toda su casa. Pasa igual cuando escribes un libro.

¿Cómo se te ocurren los personajes de tus cuentos?

Un día iba de paso por la calle y reparé en unos muchachos que jugueteaban animados bajo el aguacero; entonces se me ocurrió el cuento "Lluvia de mayo", donde hay una niña que se quiere mojar para que le salgan los senos y lucir bonita ante el niño del que ella está enamorada.

Cualquier cosa me puede mover a la creación. La realidad es muy rica y te deja cosas dentro, ideas que afloran cuando menos lo esperas.

¿Sigues alguna rutina a la hora de escribir?

Escribo cuando puedo y quiero. Mi vida puede ser de todo, menos rutinaria.

Según tu opinión, ¿cómo ha de ser la literatura para niños?

Divertida.

Hay pocos niños lectores, ¿no desalienta un poco?

Hay pocos niños lectores porque hay pocos padres lectores, pero cuando aparece frente a ti uno de esos chiquitines, es maravilloso y vale por cien.

Mira, aquí tengo una carta que me escribió hace poco una niña: "El objetivo de esta sencilla esquela es hacerle saber qué significan para mí sus escritos, la alegría que siento cuando voy a la librería y leo en alguna portada: Nelson Simón, ahí tomo sin pensar el libro y luego, en mi casa, lo digiero con infinito gusto".

Otro día recibí correo de una niña de 11 años. Preguntaba si yo, que había escrito tanto del tema, creía en el amor. No sé qué le contesté después de haber llorado muchísimo.

¿Y tú crees en el amor?

Hombre, absolutamente. Toda mi vida está basada en el amor. Mi escritura también. Creo que existe, que es posible y que hay que saberlo buscar.

Pero no es el amor de sentarte a esperar a que te quieran. Hay que entregar, perdonar, ponerse en el lugar del prójimo, de la pareja. El amor es tan simple como compartir una taza de café humeante en la mañana o cultivar orquídeas entre dos.

Recién te otorgaron tu séptimo Premio de la Crítica por El humano ejercicio de las conversaciones. ¿Qué significado otorgas a estos galardones?

El Premio de la Crítica no es un concurso al que tú te presentas, sino que concurren los libros por derecho propio. Un jurado de escritores, periodistas, críticos, investigadores e historiadores se reúne para reconocer la producción editorial del país en un año completo.

Es un honor que siete de mis títulos hayan recibido tal distinción. Mi primer Premio de la Crítica todavía lo recuerdo con sorpresa, fue por el poemario A la sombra de los muchachos en flor, sobre el tema de la homosexualidad.

Otra de sus obras, Cuentos del buen y mal amor, mereció, además, el premio de los lectores que otorga la Biblioteca Nacional de Cuba, al libro más consultado por los niños y adolescentes en la Red de Bibliotecas Públicas del País.

 

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