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Sor Juana Inés de la Cruz, inédita y enamorada

Inés Martín Rodrigo, 18 de diciembre de 2018

Entre la ingente cantidad de libros que, cada año, se publican en España, las joyas son, sin duda, los inéditos. Esos tesoros literarios que, escondidos en los archivos de ilustres escritores, ven la luz para iluminar al lector y bendecir, con ventas, a la editorial que los recupera. Los hay que tardan en llegar, pero la paciencia es una virtud, también, en los asuntos librescos. Prueba de ello es la obra que hoy nos ocupa, y que se publica, por primera vez en España, más de tres siglos después de que fuera concebida. Hablamos de Enigmas de La Casa del Placer, un librito que Sabina editorial acaba de recuperar en nuestro país y cuya autoría corresponde a una de las más grandes poetas de la lengua española: Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695). La obra, breve, está compuesta por veinte enigmas, formulados como redondillas, que la monja jerónima compuso entre 1690 y 1692, año, este último, en el que dejó de escribir, según testimonio del humanista e intelectual mexicano Alfonso Méndez Plancarte.

Origen

El libro, el último fechado en vida de Sor Juana Inés de la Cruz, tiene su origen en Portugal. Y, más concretamente, en una sociedad literaria, conocida como la Soberana Asamblea de la Casa del Placer e integrada por monjas de, al menos, ocho conventos de Lisboa y alrededores. Según explica María-Milagros Rivera Garretas, profesora de Historia Medieval en la Universidad de Barcelona y responsable de la edición del libro en Sabina editorial, María Guadalupe de Lencastre y Cardenas Manrique, duquesa de Aveiro, y su prima, María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, condesa de Paredes, tenían contacto con la Soberana Asamblea: «No se puede especificar muy bien cómo, pero formaban parte de ella».

La relación de esta última con Sor Juana Inés de la Cruz se remonta a finales de noviembre de 1680, cuando la monja escribió el «Neptuno alegórico», hermoso texto que celebraba la llegada a Ciudad de México de los nuevos virreyes: Tomás de la Cerda y Aragón, marqués de la Laguna, y su esposa, María Luisa. Tras aquel primer «encuentro», surgió entre ellas una estrecha e íntima amistad, y la condesa de Paredes se convirtió en mecenas de Sor Juana Inés de la Cruz y salvaguarda de su talento. Cuando, en 1688, el matrimonio dejó México y se instaló en la Corte madrileña de Carlos II, María Luisa, que mantenía una asidua correspondencia con la poeta mexicana, publicó su obra en nuestro país, dándola a conocer al mundo de las letras.

Rivera Garretas asegura que, «cuando apareció el primer tomo (1689), que contenía la “Inundación castálida”, obra lírica dedicada a la condesa de Paredes con muchos poemas de amor, las integrantes de la Soberana Asamblea le dijeron a María Luisa que felicitara a Sor Juana Inés y le pidiera que escribiera algo para ellas». La monja no dudó en corresponder a la petición, y conformó gran parte del libro que ahora llega a las librerías españolas: la dedicatoria, el prólogo, las veinte redondillas sobre el amor y un índice, «muy misterioso», con referencias poéticas que son las claves de los enigmas. La obra cuenta, además, con dos censuras, tres licencias de impresión, un romance amoroso escrito por la condesa de Paredes y poemas de tres monjas (Feliciana de Milâo y Maria do Céu eran conocidas en las letras lusitanas) en homenaje a Sor Juan Inés. Así fue como circuló, selectivamente, entre las monjas de La Casa del Placer, que hicieron una edición privada, en 1695.

A juicio de Rivera Garretas, «las integrantes de la Asamblea quisieron que Sor Juana Inés les escribiera algo para saber si lo que ellas sentían por otra mujer era amor. Sor Juana Inés lo sabía, y escribió algo relacionado con su propia experiencia amorosa. Eso queda muy claro en los enigmas». Pero, ojo, la profesora aclara que «no es una cuestión identitaria»: «Es una manera de entender el amor, de entender la amistad cristiana, que está muy bien documentada desde el siglo XII y que es una cultura de la homosexualidad. El ser humano está compuesto de carne y de espíritu, y hay quien los ve contradictorios y quien los ve complementarios». Estamos, por tanto, ante una «obra maestra de la escritura femenina», un «testimonio del amor entre mujeres, de cómo lo viven en ese momento y en ese sitio, muy importante».

Tanto la duquesa de Aveiro como la condesa de Paredes eran mujeres muy poderosas, por lo que se cuidaron de que la obra no llegara a ojos, ni oídos, de la Inquisición. Y eso, curiosamente, hizo que, durante siglos, pasara inadvertida: de haber llegado a los tribunales eclesiásticos, habría sido editada con posterioridad, dado el interés, por no decir morbo, que siempre han despertado los archivos inquisitoriales.

Descubrimiento

Pasaron los años y nada se supo de aquel libro tan valioso, con patente y factura femeninas, hasta que, en 1965, el hispanista mexicano Enrique Martínez López encontró los enigmas «escondidos» en dos manuscritos (uno de 1716 y otro compuesto de 1726 a 1748) en la Biblioteca Nacional de Portugal, en Lisboa. Tras darlos a conocer en un Congreso Internacional de Hispanistas, Martínez López publicó una edición en la Revista de Literatura del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en España. En 1991, el escritor y filólogo Antonio Alatorre dio con dos nuevos manuscritos, en la misma Biblioteca lusa, y editó una nueva obra, en este caso en El Colegio de México.

«Las dos son ediciones muy condescendientes con la escritura femenina –sostiene Rivera Garretas–, hay un desprecio a lo que podía ser una mujer porque era monja, parten de una escritura mutilada, tienden a la baja todo el rato». De ahí la necesidad de esta nueva edición, que «reconoce autoridad al texto», donde no hay «ni la más mínima condescendencia ni anacronismo» y para la que Rivera Garretas ha elegido «las variantes que son testimonio de libertad femenina, y no de miseria». Para ello, viajó hasta Lisboa y cotejó los cuatro manuscritos, hasta dar forma a este libro del siglo XVII, que es «perfectamente legible» en pleno 2018.

Tomado de ABC

Foto tomada de Union Guanajato