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Canibalismo textual

Elaine Vilar Madruga, 22 de octubre de 2019

Un avión se estrella en una cordillera. Perdidos en la selva, un hombre, su mujer y su perro barajan las posibilidades de un apocalipsis. Este podría ser el escenario de este cuento, o de una serie, o del empezar comercial de una película de clase B. Pero no. Hagamos un ejercicio de espera. Todo ser humano es lobo de otro ser humano. El tabú esencial de la naturaleza: no comerás de la carne de otro ser vivo, si es de tu especie. Pero hay posibilidades, no concebidas dentro del mapa inicial, en las que el tabú se escurre y se diluye, se transforma, simplemente, en una forma de supervivencia que es preciso no mencionar, que se hace más simple omitir.

Como espectadores de lo real y lo simbólico, el canibalismo nos atrae. Quizás, es mejor decir, su idea cautiva nuestro morbo. ¿Cómo luce un caníbal? ¿Qué imagen del infierno ofrece aquel que ha roto la última frontera de la especie? El canibalismo es también una decisión. Una como tantas otras, solo que más aguda, semejante a la de un palillo —corto o largo, según se mire— elegido al azar. En ese macabro juego de las posibilidades se detiene el autor de este relato para contar, con brevedad de espasmo, la disolución de la idea.

Su elección ha sido sabia: apostar por lo breve, en busca de la concisión y la síntesis. El golpe de efecto narrativo, si bien no todo lo contundente que podría ser, explora en los terrenos de lo que se asume a una primera mirada no demasiado profunda. El juego de la elección ha devenido juego por la vida. Una laguna de niebla —esos terrenos en blanco que tan apreciados son en literatura, si se hacen bien— recorre los acontecimientos que van desde el suceso inicial al suceso culminante. No hay un punto climático, no hay la dionisíaca empresa en la que el pharmakós ritual entrega su carne y su sangre para la comunión mesiánica con el otro. No existe el sacrificio sino la elección cruda, la elección caníbal, que transforma al hombre en un objeto, en un trozo, un pedazo que es preciso jugar al azar.

Esos espacios en blanco que el autor otorga al lector —en esa prueba de confianza donde ambos se convierten en los hacedores de una realidad— son quizás la incógnita que sostiene todo el ejercicio de la trama. Cierto sistema de la lógica nos advierte que, entre la apariencia “normal” del primer suceso y la anagnórisis del segundo, han ocurrido largos saltos que no pueden ser cuantificados. Queda la pregunta. O las preguntas, así, en plural, un sistema propio de incógnitas que se erige como la masilla en los agujeros de cierta construcción textual.

Punto y aparte merece la elección del narrador y del punto de vista, ambos lejanos, deshumanizados, simples observadores/observaciones de una realidad que se desenvuelve ante sus ojos. El narrador se limita a cuantificar los hechos con la frialdad de quien anota números en un cuaderno de bitácora. Elección inteligente, una vez más, del autor. Sumatoria de puntos narrativos para una historia que no cuenta nada nuevo, pero que elige un ángulo interesante para la demostración de los acontecimientos. Un ejercicio donde, por poco, la forma salva al contenido.

En el juego del destino del canibalismo textual, “Al azar” se comporta como un ejercicio hasta cierto punto elocuente en su parquedad, prueba de fuerzas de un autor que apuesta por lo breve y lo nebuloso.

 

Tomás Arencibia Gil (La Habana, 1997). Actualmente estudia licenciatura en Educación, Español-Literatura en la Universidad de Ciencias Pedagógicas “Enrique José Varona” y Humanidades en el Centro de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela. Ha publicado en la sección “Asimetrías” de la revista Alma Mater y participado como invitado en el Festival de Poesía de La Habana de 2018. Trabaja como guionista para el Canal Educativo de la Televisión Cubana.     
 
 


 

Al azar

 

Se despiertan con hambre, con sed, con náuseas, con dolor, con hambre. Esta vez no hay preámbulos. Yosjan enseña a sus tres compañeros los cuatro palitos desiguales. Con una mano los lleva tras su espalda y los mueve despacio, con ritmo quizás. Para. Ahora muestra cuatro trozos idénticos. Tras el dorso de la mano solo él ve las diferencias como al principio. Cada cual coge uno. Todos ponen un fragmento al lado del otro para verificar, pero no hace falta. Ya saben a quién le tocó el más chiquito.


Días después encontraron el bote. Hay un solo hombre. Un solo hombre vivo casi sin el favor de la vida, deshidratado, con la piel reventada en postillas grandes y abultadas adhiriéndose con fuerza al esqueleto que estaba, por muy poco, adentro todavía. Un solo hombre casi sin aliento, casi sin color, sin pestañas. En el lugar de la boca tiene humor o algo parecido al humor, seco, sin color, grotesco. No son labios sus labios. Además está embarrado, en las manos y las uñas, en la boca y en los dientes, en los harapos y en el pecho. Está embarrado de sangre, pero está seca y no es la suya. Él no está sangrando. A él no le tocó el más chiquito.
 

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