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Show must go on

Elaine Vilar Madruga, 07 de agosto de 2018

“Hay un ojo que siempre te ve”, sentencia el dicho popular, al que cabría añadir: “y una lengua que siempre te mide, y una mano que siempre prueba tu fuerza”. No es puro parafraseo. Es la discreta música —el sonsonete— del Gran Hermano (no el reality show sino el personaje, la presencia omnisciente de la novela de George Orwell). Un Gran Hermano que ahora asume una dignidad más discreta aunque no renuncia a ser la pupila de la vigilancia, el titiritero que mueve los hilos detrás de la cortina del mundo: en este caso, detrás de la cortina de un microuniverso en el cual se mueven ciertos organismos pluricelulares que Lourdes de Armas exhibe en su texto "La Secreta(ria)".

Escrito en primera persona —hay ciertos instantes monologados que bien recuerdan a una obra teatral—, Lourdes hace alianza con las armas de la cercanía verbal que disponen sus personajes con respecto a la posición del espectador. Simpatía y rechazo (una asunción remasterizada a los tiempos modernos del Eleos y Phobos griegos) son las cartas que este personaje juega: no es su intención exhibirse como heroína sino mostrar los rebordes de una realidad monótona y hasta cierto punto repetitiva.

En esta repetición, no obstante, existen pequeños giros de tuerca. El éxito de Lourdes consiste, precisamente, en enseñar los mecanismos que ponen en funcionamiento el (micro)cambio. ¿Su otra baza de triunfo?: la elección del personaje y la imantación que la autora conduce, con facilidad, en torno a los hilos que su protagonista mueve (y aquellos que, a su vez, la mueven).

El resto es decorado. Fondo de escenario. Utilería. Pequeña puesta en escena que conduce a estos fantasmas de la realidad —a estos damnificados, a estos caídos en combate de la realidad— de ventana en ventana, de posibilidad en posibilidad, de pequeñas venganzas a pequeños deseos, de frustraciones a sueños, en un recorrido que visibiliza cada detalle olvidado con una meticulosidad de miniaturista.

Una vez más se hace presente el dios de las cosas diminutas. Un dios caprichoso, que en ocasiones parece regodearse en insignificancias y que, sin embargo, tiene el objetivo (único) de mostrar las cosas invisibles, de evidenciar los mecanismos que normalmente se obvian en la construcción de un texto. No es esta una forma diferente de narrar, y a la vez lo es. Que no parezca contradicción.

En cualquier caso, este es un texto que merece especial atención, que requiere de un lector que ponga un alto a la velocidad de su cotidiana vida y ralentice cada uno de sus acontecimientos. De alguna manera, es el simple acto de contemplar(nos) bajo un microscopio. Como si fuésemos bacterias. Como si fuésemos el bacilo de una enfermedad atroz, recién descubierta. 

Eleos y Phobos.

El ojo del Gran Hermano y los hilos del Gran Titiritero.

Detalle técnico: leer mientras se escucha “Show must go on”, de Queen.

 

 Lourdes de Armas. Escritora. Teóloga. Máster en Ciencias de la Religión. Por su labor literaria ha sido galardonada con varios Premios, entre los que se destacan Premio Nacional Farraluque, 1999; Premio Pinos Nuevos, 2000; Premio Dolores Ibarruri, 2001; Premio Rodigo de Xérez y Nosside (Italia / Cuba ) 2000. Poesía Mención Especial de Honor al Mérito Literario en el Premio Margot Rosenzweig 2003, en México, entre otros.
Su libro de cuentos más reciente, Sin pudor, fue publicado por la editorial Unión, 2017. Cuentos suyos han sido publicados en Argentina, Italia, España, Portugal. Su novela Marx y mis maridos ha sido publicada en Colombia, 2007; Editorial Unión, Cuba, 2011; Editorial Cubaliteraria, 2013; Editorial Pasos Perdidos, España, 2014; Adalba, Canadá,  2018. Su última novela Miradas inquietantes fue publicada por la editorial Sagitario, 2017, México.

 

                                      

 

                                 La Secreta(ria)                                                     

                                                    
                                                           A mis amigas secretarias


La discreta música del reloj rebota en mis oídos, en mi cerebro. Cierro los ojos para entregarme al odio:

—Estúpido aparato… ya sé que voy a cansarme con este cansancio que no se me quita…

Lo miro de reojo y me permito unos minutos más. Pido clemencia: 

—¡Dios mío! Dame más tiempo para descansar, Señor, no te olvides de mí, yo también existo, envíame un ángel solucionador de conflictos que medie entre yo y los (sí los porque son muchísimos)... prójimos y las prójimas que también joden cantidad… Dios mío, dame…
La oración inconclusa me dio el impulso necesario para saltar de la cama, prolongar esta comunión sería perder la puntualidad, que es lo mismo que el salario en divisa.

El silencio de la oficina es propicio para preparar los documentos que mi jefe va a necesitar. Lo instituyo por sus conversaciones de ayer, él no tiene capacidad previsora y no puede saber de antemano lo requerido para su día de labor. Manipulo los papeles a hurtadillas mientras disfruto de la tranquilidad de no ser notada, ser invisible es la manera más cómoda de trabajar.

En cuanto la gente nota mi presencia se acaba mi tranquilidad, vienen a formar parte de mis conflictos para que yo les solucione los suyos, ¡como yo si tuviera un don sobrenatural que da el remedio para cada problema! ¡Qué barbaridad! Si yo creo que cuando nací Dios estaba de vacaciones y no se percató de mi existencia… ahhh!  Pero las secretarias tenemos fama de ser mujeres de mal carácter –sí, mujeres, porque todavía no he visto un secretario. Hago un pedido de paciencia y concluyo la oración, en el momento en que puedo, para mantener en el alto el nombre de nuestro gremio y no dar pie a las murmuraciones.

—Buenos días.

Saluda José y sin esperar mi respuesta habla con rapidez.

—Regálame un sobre, no, ese no, de aquellos.

Dice señalando el grupo que está en lo último del armario, no quiere los que están a mi altura, para complacerlo debo subirme sobre la mesa.

Le sigue Marta:

—¡Eh! No te vi entrar ¿Hace rato que llegaste?

Un movimiento afirmativo de la cabeza.

—Préstame el bolígrafo, al mío se le acabó la tinta.

Ernesto es muy simpático, pero siempre tiene algo que ocultar:

—Déjame hacer una llamada desde aquí, que Marta está en todas.

Dice muy bajito, mientras la mujer da la espalda en marcha hacia su oficina. Lo miro en silencio, en espera de la próxima solicitud:

—Dame un papel para anotar un teléfono.

No soy adivina, pero sé cuál es la que sigue y abro la Guía telefónica.

—Dime el teléfono de…

—Préstame tu creyón de labios un momentico.

Interrumpe Rosita y su pedido se une al de Marta:

—Sácame una copia de esto, es para la escuela de mi hijo, que la maestra hace días se lo está exigiendo. Consígueme una libreta y un lápiz, en la escuela no hay.

El trasiego de gente aumenta en la medida en que avanzan las horas y mi interés por la cooperación disminuye, la importancia de no dar pie a comentarios cesa, a las doce del día me da igual que digan que soy… ¡lo que sea!

El teléfono da instrucciones con la voz de mi jefe del otro lado:

—Busca el informe del financiamiento, sácale copias y distribúyelas a los directores, en cuanto las tengas me llamas.

Visito cada oficina para cumplir con exactitud cada indicación.

—¿Y Marta?

Pregunto con suavidad, hay que mantener la discreción para que no se creen malos entendidos y no piensen que cuestiono a las personas ausentes. Una joven levanta los hombros. Titubeo con el papel que le debo entregar a Marta, pero decido quedarme con el documento por temor al extravío, continúo hacia el próximo director. En la sala contigua hago una pregunta similar:

—¿Y Ernesto?

Salió ahora mismo.

Corro hacia mi puesto por el apremiante llamado del teléfono. Respiro profundo antes de soltar la voz para conseguir un tono pausado y demostrar elegancia.

—Con Ernesto, por favor.

—Esta no es su oficina, si quiere le puedo dar el número.

—Ya lo llamé y me dijeron que salió y como él casi siempre está ahí...

Mi experiencia en las artes comunicativas (teléfono, fax y correo electrónico) me indica que se deben dar respuestas convincentes, la incertidumbre muestra indisciplina y hay que velar por el prestigio de los compañeros.

—Lo llamaron con urgencia de la oficina del Ministro.

—Dígale que Esther lo llamó.

Unos segundos con los ojos cerrados, para detestar al prójimo es un pequeño ejercicio que libera mi garganta de las falsedades que van acumulándose en el transcurso de la jornada.

El timbre otra vez, al mismo tiempo que alguien pregunta ante mi buró:

—¿Tienes hilo y aguja?

Le respondo con el dedo índice sobre la gaveta, mientras escucho la voz de mi jefe del otro lado.

—¿Por qué no me llamaste? ¿Entregaste las copias?

—Sí.

—Entonces, ponme con Marta.

—Está en una reunión.

—Bueno, dile a Ernesto que quiero hablar con él.

—Tuvo que salir, lo llamaron de...

—¡Localízalos y me llamas a la oficina del Ministro!

Ahora había individualizado el engaño, a mentira por persona corría el riesgo de ser descubierta en cualquier momento y por cualquier persona. Algo debía hacer para terminar con esta situación.  ¿Y si me vuelvo sincera? ¿Y si de pronto comienzo a decir verdad a diestra y siniestra?
Pero para dar una solución momentánea es necesario que me olvide del conflicto de la mentira ¿o de la verdad? Después pienso en eso. Lo urgente ahora es encontrar a Marta y a Ernesto.

Concentro toda mi atención en Marta, a Ernesto lo obvio por el momento. Es más fácil con una sola persona: pienso con fuerza en Marta, cómo vino vestida, saya blanca y blusa azul, su expresión, estaba preocupada por ella y de pronto recuerdo un pequeño detalle que me da una pista y marco su teléfono:

—¿Es la casa de Marta?

—Sí, pero está trabajando ¿Le pasó algo a mi hija?

—No, no, por favor, soy la mamá de un compañerito de su nieto. ¿Usted tiene el teléfono de la escuela... es que...

Con un ensarte de mentiras conseguí hablar con Marta, recordar las fotocopias que hice para la escuela de su hijo iluminaron mi mente y me llevaron al sitio donde se encontraba Marta.

Su cara sudorosa y enrojecida ante mi puerta, borró mi inquietud. La comunico con el jefe. Mientras habla noto la discordancia entre su voz y su cara, la entonación que da a cada palabra tiene un sosiego que le falta a su semblante. ¿Será este otro modo de mentir? No, ella no ha dicho ni una mentira, solo finge estar tranquila. La mentirosa soy yo.

—Gracias, menos mal que diste conmigo, por cierto, ¿quién te dijo que yo estaba en la escuela?
Me dice al colgar y luego de un profundo suspiro.

—Nadie, intuición de secretaria.

—Hablas como si fueras Sherlock Holmes. Déjate de cuento que tú no eres adivina, seguro que fue Ernesto, a ese no se le va una.

—No, él no me dijo nada. Lo supe por…
Hizo un sonido con los dientes, puso cara de “quién te lo va a creer” y se alejó bruscamente.

Esta vez, dreno el malestar con la cabeza colocada sobre las rodillas, leí una vez que invertir la posición del cuerpo es muy bueno para que las malas ideas salgan, esto no es lo ideal, lo perfecto es hacerlo poniendo los pies en la pared, pero aquí ni siquiera me dan esa oportunidad.

—¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal?
La voz de Ernesto suena angustiada.

—Nada, se me perdió un arete.

—Serán los dos, porque no tienes ninguno puesto.
Dijo con una rodilla en el suelo.

—Deja, después yo los busco.

Le hablo con los ojos puestos en Marta, que acaba de hacer su entrada y nos mira con aire inquisitivo.

—¡Eh! ¿Qué se traen ustedes?

—Se me perdieron los aretes.
Repito la mentira para evitar las malas interpretaciones que se forman alrededor mío, pero ella responde con seguridad:

—Se te habrán quedado en la casa porque hoy no te he visto con ellos en ningún momento. En algo andan ustedes.
Obvio su maliciosa insinuación con una sonrisa que ella no corresponde para regalarme su preocupación:

—Ahí están los funcionarios que citaron para la reunión de hoy. ¿Qué hago?

—Llévalos para el Salón de Reuniones, voy a preparar el café, vas conversando con ellos mientras damos tiempo a que llegue el jefe.

—¿Se demorará mucho?
Paso por la oficina de Ernesto y le comento sobre la llamada de Esther.

—Quítame a esa mujer de arriba, que no quiero hablar con ella —me dice con un gesto de desagrado.

—Por cierto, ¿viste la puya que me tiró Marta? ¿Quién se creerá que es?

No respondo su pregunta y sigo en silencio. ¿Quién se creerá que es? ¡Quiénes coño se creen ustedes que son! ¡Así que yo soy la que tiene que quitarle la mujer de encima! Ya no solo es engañar a mi jefe, al Ministro, ahora tengo que inventar un recurso para que él termine con una mujer…
La idea de comentarle a Marta y a Ernesto lo que cada uno opina sobre el otro me provocó una deliciosa tentación.

La sonrisa es indispensable en una secretaria, sobre todo cuando va acompañada de la bandeja con los néctares ofrecedores de la cortesía.

Un serio semblante podría comunicarles que no son bienvenidos.

Servidos todos con la consiguiente disculpa a nombre de mi jefe, me retiro sin mostrar la preocupación, que ha ido en aumento por su impuntualidad, rasgo inusual en su conducta.

Una homóloga siempre está dispuesta a colaborar, por lo que timbré a la oficina del Ministro para recibir información de primera mano.

—Oye, ¿le puedes dar un recado a mi jefe?

—Hace rato que se fue.

—¿Estás segura?

—Sí, claro.

—Dame una pista.

—Almuerzo en El Tocororo.

—Hay gente esperándolo aquí.

—Pues inventa algo, porque se fue con el mío y un cliente que los invitó.

Grité por el intercomunicador el primer nombre que vino a mi mente:

—¡Ernesto!

—Coño, me vas a matar del corazón. ¿Qué te pasó?

—A mí no, al jefe.

—¡¿Qué le pasó?!

—Nada. A él nada. Eres tú. Tienes que dar una reunión.

—¿Yooooo??

La colaboración de Ernesto fue obtenida con un pequeño trato: yo le quito de encima a Esther y él entretiene a los visitantes hasta que llegue el jefe.

Pero debía mantener a Marta fuera del asunto porque es muy chismosa y lo echaría todo a perder, pensaba en cómo hacerlo cuando me sobresaltó el teléfono:

—Por favor, con Ernesto.

—No está.

—Qué casualidad. ¿Por qué cada vez que lo llamo tú me dices lo mismo?

Reconocí la voz y la respuesta solidaria afloró junto a la llegada de Marta:

—Por celos.

—¿Y tú quién eres?

—Su mujer.

El golpe del aparato ensordeció mi oído izquierdo, pero continúe simulando para matar dos pájaros de un tiro.

—Ah, así que no es su mujer, creí que no me había avisado porque estaba celosa.

Miré a Marta y con la cara muy seria respondí su curiosa mirada:

—Dice mi amiga la que trabaja en la tienda de Monte, que me había dejado el recado con mi vecina de que sacaron libretas, lápices y no sé cuántas cosas más.

—¿Y quién era la celosa?

—Mi vecina, que se pone celosa con todo el mundo. Ay, vieja, con la falta que me hacen las libretas.

—¿Y el jefe no ha llegado?

Casi sonrío, su pregunta era la prueba de que funcionó la treta. La imité dándole serenidad a mi semblante:

—No, él ya no viene, llamó para decirme...

—¿Y esos que están esperándolo?

Abrió los ojos y me di cuenta de que había cometido el mismo error de generalización, pero arriesgué la última carta.

—Ya se van, se confundieron. La cita es para mañana.

Desde la ventana la vi alejarse rumbo a la tienda mientras paladeaba con histrionismo el eficaz efecto de la mentira. De pronto me llegó su imagen ante el mostrador solicitando los artículos inexistentes y sentí alegría, el antiguo remordimiento por cada mentira se había esfumado. ¿Estaba disfrutándolo? Sí, era seguro que sí. Ver el carro del jefe aumentó mi júbilo.  

Su pelo enmarañado sobre la frente marcaba en su rostro un aire despreocupado que nunca antes le había visto, alisarse de derecha a izquierda con un pequeño peine que guardaba en su bolsillo era en él un gesto muy frecuente. Corrí de la ventana a la puerta y antes de saludarlo, le recordé la reunión.

—¡Ay, mi madre! ¡Se me olvidó!

Habló llevándose la mano a la cabeza, con su ademán noté la manga de su camisa enfangada.

—Mire, tiene sucio ahí… —hablé con la voz en un hilo al tiempo que recordaba a Ernesto y los visitantes. Le tendí el brazo para evitarle otro tropiezo, al acercarse respiré con desagrado su aliento a rones.

Cuando sonó el despertador, mis ojos se abrieron como un resorte, sonreí al recordar a mi jefe dando tumbos, a Ernesto hablando a los visitantes españoles sobre un tema que desconocía y a Marta comprando unos artículos que no existían. Una sensación de levedad se apoderó de mí. Si se hacía tarde, con seguridad algún buen pretexto iba a ocurrírseme para salvarme a mí misma. Bostecé y me acomodé entre las sábanas.

Llegué al medio día a la oficina, mi jefe sonrió al verme, luego circundó mis hombros y habló con alegría:

—Ven, siéntate aquí y cuéntame bien. Pero primero llama a Ernesto, que quiero agradecerle.

Convencida de que la mentira es menos paradójica que la verdad y su uso es indispensable para mi oficio, le dije sin asomo de remordimiento.

—Él no viene hoy, está reunido con el Ministro.

Por su expresión supe que no me había creído, pero estaba segura de que tampoco iba a pedir que lo localizara. Ernesto, que pudo salir airoso gracias a los informes del financiamiento fotocopiados por mí y que él no iba a solicitar, ahora estaría rumbo a Varadero para mostrarles las bellezas de la isla a los hijos de la Madre Patria.
 

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