Apariencias |
  en  
Hoy es domingo, 21 de octubre de 2018; 1:30 AM | Actualizado: 20 de octubre de 2018
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 222 | ver otros artículos en esta sección »
Página

La ciudad de las arañas

Elaine Vilar Madruga, 04 de octubre de 2018

La ciudad, el mundo, el pequeño agujero que hemos llamado humanidad están habitados por criaturas como esta. Criaturas que han perdido todo y se han aferrado al habano, a la botella abierta, a la enredadera que crece en un retorcimiento de lo real, en un retorcimiento de su propia memoria. Importa aquí, en este relato, la recreación —quizás excesiva— de un estado de ánimo que se refleja en las circunstancias dramáticas, en el escenario de una cierta sordidez que no es enrarecimiento, sino sembrado, florecimiento, humo. Una vez más, como en otros cuentos que ya se han publicado en esta columna, el dios de las cosas pequeñas se hace presente. Su condición es reflejar —magnificar— el detalle mínimo, el instante condensado en el tiempo, el eco sin repercusiones y convertirlo, así, en un evento que no llega a ser macro pero que, como la mariposa en su efecto homónimo, bate las alas y provoca huracanes, maremotos, a mil kilómetros de su realidad.

Es preciso señalar la causa, el por qué ha comenzado el efecto que, a la distancia del espectador, podría parecer gratuito, aunque este personaje —y su circunstancia– no son criaturas de “caja cerrada”: un avatar pasado los persigue, la sombra de algún acontecimiento. Y digo sombra y no es reiteración porque, aunque entre líneas parezca augurarse un por qué, en realidad el personaje aparece desnudo, vive desnudo en su presente.

Hay espectros del pasado que acechan. Espectros que asumen la forma de la enredadera (un símbolo vivo que crece, una y otra vez, y penetra, una y otra vez, en las ventanas y la vida del personaje centro). Porque es posible cerrar la ventana, quebrar la enredadera pero esta, como los fantasmas de un olvido cercano —un olvido que se intenta y no se logra— crecerá una vez más: sus ramas volverán a retorcerse, encontrarán de nuevo una brecha por dónde entrar. Y así, en un círculo cerrado, la cola de la serpiente hallará la boca de la serpiente y, en la mordida, (re)circularemos, (re)ciclaremos la historia.

Los detalles, la afanosa descripción de estados de ánimos y de la naturaleza del personaje (su vida) juegan aquí un importante papel. Emociones y situaciones son vasos gemelos, comunicados uno con el otro. Quizás, como señalaba  con anterioridad, la autora se regodea en detalles excesivos: su intención, plausible por otro lado, es insistir en las señales visibles e invisibles que marcan a su personaje. Cuestión de gustos. Es preciso señalar, también, la importancia del silencio. Silencio que es huella, herradura y cicatriz. Y ahí radica el éxito de este relato corto: en la importancia de las zonas en blanco, en la comprensión que denota la autora de no decirlo todo, de no explicitarlo todo, de permitir que la casilla del crucigrama no se llene de letras redundantes. Porque no es necesario completar la palabra, no es preciso descubrirla, sino avistar qué se ha querido decir. Insinuación es triunfo, no escara textual.

Párrafo aparte merece el papel que la autora le concede a la evocación y la memoria emotiva. Memoria que llega a través de sensaciones, de visualizaciones, de una vuelta al pasado. Cuadros que se rompen, Cristales que se quiebran. La enredadera. La tela de la araña. El personaje, aferrado a esa realidad, ha quedado pegado al valor del recuerdo. Lo somatiza. Intenta olvidarlo. Lo muerde. Lo fuma. Lo bebe. Y en ese olvido, ganado a costas de la desmemoria, se tuerce el hilo del relato.

El personaje vive atrapado en la telaraña de su circunstancia. El metafórico artrópodo ha extendido sus hilos y sus patas. Ha cazado a la presa. Por eso, quizás, es que todos —de una forma u otra— vivimos ciudades llenas de arañas, ciudades convertidas en telas, tal vez todos seamos insectos que habitamos el mundo, tal vez algo nos acecha —una sombra, una circunstancia. Se sueña con la libertad. Se sueña con la enredadera, pero la enredadera no es aire fresco, sino el eco del insecto metamorfoseado en mariposa que bate las alas a mil kilómetros de distancia y provoca el estallido, el huracán, el maremoto, sobre la cabeza del dios de las pequeñas cosas.

Mónica Ramos Pérez. Poeta y narradora. Natural de Gibara, municipio de Holguín. Licenciada en Comunicación Social. Finalista en el V Certamen Internacional de Poesía Fantástica Minatura 2013, España; Primer Premio en décima y en cuento en el Concurso Literario en saludo a la XXXVII Semana de la Cultura de San Fulgencio de Gibara, 2014; Primer Premio en poesía en el II Concurso Venturosa García, Gibara 2014; Distinción Especial en el Primer Certamen Internacional de literatura infantil, Argentina 2014; Primer Premio en cuento y Tercer Premio en poesía en el 13º Certamen Internacional de poesía y cuento breve Mis Escritos, Argentina 2014; segundo premio en el II Concurso Internacional de Haiku Samurai Hasekura, Tokio 2014; Antologada en la 1ª convocatoria de Imaginante Editorial a Poetas Latinoamericanos, Poetas Latinoamericanos, Argentina 2015; finalista y antologada en el IX concurso de microrrelatos de Terror y Gore 2015, España; mención especial y antologada en el I Concurso de Minicuentos “Un libro, una vida “, España 2016; finalista y antologada en el I Concurso de Micropoemas “Limpiando el Desván”, España 2016; ganadora del concurso “Karma Sensual 2017, Argentina”; Ganadora del I concurso literario "Letra D`kmbio" 2017, décima, (Cuba); Accésit en el XVIII Concurso Nacional de Literatura Félix Pita Rodríguez 2017, Cuba, Literatura Infantil; finalista y antologada en el I Concurso de Minificción Zettagroup 2018, Venezuela. Ha publicado el libro de cuentos El polvo que cubre el piano, Ediciones Mis Escritos, 2014, Argentina. La mar de todos (2015) y Cien poemas a Gibara, (2017) poesías, Alianza Literaria Canadá-Cuba, antologada.

 

 


                                          La enredadera


                                                                            Porque van pasando los años y cuando
                                                                   se  llega a mi edad se lleva con gran peso una
                                                                     cartilla cada vez más amplia de muertos muy
                                                                                                               queridos. 
                                                                                            
                                                                                                  Carlos Edmundo de Ory

 

Con el grito de un pregón mañanero, un hombre se levanta. Durante la noche presintió el vuelo de mil colibríes que habitaron en su pelo. Ahora, tiende una mano para alisarlo. Los nidos caen al piso. El hombre abre sus pulmones al nuevo día y alcanza todo el oxígeno que puede. Después deja salir un aire húmedo y caliente y suspira. No está cansado. Durante el sueño renovó todas sus energías. No es tan viejo, aunque a veces maltrata a su alma con desvaríos y penas.

El hombre alza sus brazos dando gracias a la vida, al sol. A través de un estrecho pasillo camina hasta la cocina. Busca y encuentra, en su única cafetera, un paliducho y desmejorado café. Se lleva un trago a la boca. De un bolsillo extrae un tabaco que enciende lentamente. Lo absorbe con ansias, queriéndole arrancar el extracto de su naturaleza. Luego se deja caer sobre su único sofá acomodándole los muelles que le sobresalen. Siente paz.  Hoy su hogar será su santuario. El hombre piensa y absorbe. A través de una rendija de su única ventana ve la indefinición del cielo. Le gusta el color verde, disfrutar de la flora de su perezoso jardín. Ahora las plantas se han pintorreteado con la amarillez del otoño. Sin embargo, el verde es su color preferido.

Al terminarse el habano se levanta. De pronto, un golpe de aire abre su única ventana lanzándola contra la pared desdibujada. El hombre trata de cerrarla y no puede. Lucha, pero algo se lo impide. Saca la cabeza y advierte a una enredadera de intrépidas campanillas ya marchitas, que se ha adueñado de las bisagras sin permiso alguno. Ríe. El hombre no siente pena. De un tirón arranca un pedazo del tallo usurpador y lo lanza bien lejos. Ya puede cerrar a su única ventana. Entonces, un estrépito hace girar su cuerpo. Algo cae al piso. Uno de los retratos familiares, que moran en la pared, yace desecho en mil diminutos trozos. El hombre lo recoge y observa. La figura de la madre se le hace infinita, lejana, neblinosa. Alza la cabeza y las imágenes del padre, hermanos, abuelos le reclaman un vaso de agua, una flor, una vela. Los espectros del pasado invaden su único sofá, cocina, tabacos, café. Y el hombre rememora una época de carcajadas, despreocupados decibeles, aroma de especias orientales. Y siente que los fantasmas le tocan, le hablan y danzan sobre su cama revuelta todavía. Y se rompe la quietud de la mañana. Y la auténtica paz se marcha. El hombre entonces deja sobre su única mesa el destruido retrato. Se coloca su único sombrero de paja y sale diligente a la calle, llevándose a la boca otro tabaco que esta vez masca nervioso. Y masca y escupe tantas veces masca. El hombre entra a un sitio. Luego sale cargando entre sus manos una botella de ron. Mira la etiqueta y recuerda que alguien le comentó que ese era el mejor ron cubano. No tiene dudas. Ahora no importa la calidad sino saciar el deseo que le brota de sus entrañas.

El hombre camina y alcanza a un parque. Se sienta en el banco que tanto conoce. Abre la vasija y lleva hasta sus labios temblorosos uno, dos, tres tragos sin respirar. Luego suspira y alguien le da los buenos días. Echado para atrás observa a tres niños que corretean alrededor de la vieja caoba del pueblo. Recuerda a un abuelo que hacía un cuento acerca del nacimiento de un árbol y el hechizo de una bruja y la perennidad de este por los siglos de los siglos. Y vuelve a beber. Desde allí percibe al repartidor de periódicos, a las vendedoras de flores. Rememora a una madre comprándolas para adornar su dorado cabello. Enjuga una lágrima con una de sus manos, con la otra toma el frasco y absorbe más y más. Ahora el hombre escucha un coro. Las voces le llegan desde la iglesia. Sabe de las alabanzas a Dios. Evoca un tiempo en que un párvulo, de mano de su abuela, iba domingo tras domingo a misa, mientras no perdía un catecismo. Alguien pasa cerca del banco y le da las buenas tardes. El hombre responde angustiado. Observa la botella y descubre casi el fondo. Una suave brisa levanta las amarillentas hojas que rondan el parque, estas se arremolinan en forma de cono entorpeciendo el camino de los transeúntes.

En el momento que esto ocurre el hombre piensa en su única ventana, en la inoportuna enredadera y en la paz rota.
El hombre piensa en esto, en aquello. En cosas banales, incrédulas y quiere espantar a las ingratas compañías que ahora lo circundan. Su sombrero sale disparado. No le da importancia. Comprende que todos tienen necesidad de volar. Deja que aquel  integre el remolino de amarillentas hojas. Por última ocasión la botella llega hasta sus labios. Y chupa arrancando las postreras gotas del licor. De pronto, el hombre ríe. Y se siente feliz. Ya no divisa figuras, ni imágenes, ni espectros. Sobre uno de los lados del banco deposita al frasco suavemente. Un niño se le acerca y le entrega el sombrero. Le da las gracias y alguien le desea buenas noches.

El hombre, con sombrero en mano, regresa a su casa. Al abrir la puerta primero escucha. El hipócrita silencio duerme por doquier. Suspira tranquilo. Su única ventana aún permanece cerrada. El hombre atraviesa el estrecho pasillo, llega a la cocina y solo bebe agua en su única vasija. Luego cansado, se deja caer sobre la descompuesta cama. Busca su último tabaco y fuma con deleite. No siente olor a naturaleza, ni a brisa. Tampoco piensa. Al terminarse el habano, duerme junto a Morfeo.

A medianoche alguien asedia su única ventana. A través de las mohosas bisagras, un nuevo tallo de la enredadera trata de encontrar la entrada a la casa, donde habita un hombre perseguido por los fantasmas de su pasado. 

 

 

 

Elaine Vilar Madruga, 2018-09-19
Elaine Vilar Madruga, 2018-09-06
Elaine Vilar Madruga, 2018-08-18
Elaine Vilar Madruga, 2018-08-07
Elaine Vilar Madruga, 2018-07-04
Elaine Vilar Madruga, 2018-06-19