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El tiempo congelado

Elaine Vilar Madruga, 20 de enero de 2018

"Matar al dragón" conserva, por momentos, la capacidad de aparecer como un cuento atípico, parodia del clásico relato donde una “serpiente de los cielos” se enfrenta al caballero de dorada armadura. En esta lucha, cada uno se alza como antagonista del otro, los dioses del combate bien lo saben: la realidad narrativa se condensa en el instante que define quién será el vencedor y quién el perdedor, quién resultará ser la caza o el cazador. En esta dicotomía del destino, en ese aspecto levantisco del hado se han gestado algunos buenos cuentos que, si bien parten de un principio que ya es lugar común, han logrado orquestar giros modernos, elocuentes formas de probar que si bien hay poco nuevo por contar, sí hay nuevas maneras de hacerlo.

La relativa sátira que el autor de este cuento utiliza —el tono irónico que esgrime el narrador personaje como su mejor arma contra la fatalidad, tanto del texto como de la situación dramática— es su mejor baza de triunfo. Digamos, desde la honestidad, que su narrativa aún posee cierto aspecto naif que pudo evitarse… tal vez no fácilmente, otra vez seamos honestos. Quizás se trate de que es uno de los temas más utilizados en el tradicional cuento de hadas y algunos de sus derivados cercanos a la fantasía heroica. Sin embargo, el cuento no nace de una incapacidad del autor para contar, pues ciertamente su ironía, su deseo de dar un nuevo relieve al personaje ya tan utilizado del caballero muestran que, al menos, ha dado un paso más allá del intento vacuo.

Interesante resulta, también, el juego con la temporalidad y la posibilidad, el abanico de futuros que el narrador personaje despliega ante sí cuando la cercanía de la muerte es ya un hecho manifiesto. En la imagen congelada de un instante, el autor deambula entre las múltiples incógnitas que podrían cambiar no solo el destino de su protagonista, sino también su relación con la bestia antagonista. Esta capacidad de mostrar diferentes variantes de un futuro es quizás el motivo narrativo más interesante que el autor logra recrear en su trabajo. Para él, ese tiempo que posee el movimiento y la inercia, ese tiempo psicológico que alarga la vida del personaje y la circunstancia propia del agón, se eleva como un instante que, aunque no resulta del todo novedoso, al menos sí evita la conversión total del lugar común.

Resalto, sin temor a ser redundante, que la capacidad para la ironía que el narrador personaje muestra, otorga un relieve al paisaje bastante plano de la historia. Sin llegar a ser un cuento de humor en su totalidad, sin propiciar la carcajada abierta, es cierto que la desmitificación del héroe, del protagonista, dota de humanidad a un asunto demasiado lejano, demasiado relevante, demasiado usado ya: la lucha entre el bien y el mal encarnados.

A pesar de ciertas fallas, "Matar al dragón" es un cuento que puede disfrutarse; es una parodia que nos permite penetrar en la médula de la fantasía clásica y revisitar algunas de nuestras escenas favoritas, ahora desde un nuevo —o no tan nuevo— ángulo y lupa; y ciertamente, sí enriquecer nuestro catálogo como lectores especializados.

Congelemos, por un momento, a ese tiempo que se desliza demasiado rápido entre nuestros dedos y permitamos que el pacto ficcional entre la obra y el lector nos conduzca a una lectura amena y no agonista.


                                                        9 de enero del 2018

 

Luís Enrique Mirambert. Poeta y narrador. Miembro de la AHS. Egresado del XIII  curso de narrativa del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en  2011, donde Obtuvo la beca de creación El Caballo de coral por su proyecto de libro Dueños del hambre. Mención en el premio Amor  Varadero en febrero de 2011. Mención en el Segundo concurso nacional de microrelatos por SMS Cuba 2014 convocado por Papeles de la Mancuspia y mención en el concurso de ciencia ficción y fantasía Oscar Hurtado 2015. Ha sido publicado en las revistas Matanzas, Papeles de la Mancuspia y Korad.

          

Matar al dragón

El dragón tiene escamas de bronce, cuerpo de sierpe con alas, colmillos, garras perniciosas y escupe fuego. Clásico dragón. Yo tengo armadura de acero inoxidable, espada con empuñadura de oro e incrustaciones de diamante, cota de malla. Clásico caballero del medioevo. Estoy frente  a la caverna del bicho, de la que sale en bocanadas un terrible olor a muerte. Presumo que debido a los  despojos de caballeros, osamentas de vacas, perros y cuanto bocadillo vivo le pasase por delante a la bestia. Estoy detenido en el instante en que alzo el escudo para bloquear una bola candente que Draco, enfurecido por mis intenciones de aniquilarlo, me escupe. En el fondo de mi ángulo visual hay un árbol y, de no ser por lo embarazoso de la situación, me gustaría dibujarlo. Porque, para decirlo de una buena vez, aunque las circunstancias me obligaron a ser el caballero que debe matar al dragón, mi principal vocación es la botánica.

En el reino no había nadie dispuesto a rescatar a la princesa. El hijo del rey es un poco afeminado, y no es que por ser afeminado no pueda libertar a su hermana querida, se sabe hoy que la diferencia de géneros no impide realizar tarea alguna, sino que entre sus principales intereses no está el de ser caballero, más bien se inclina por el diseño de vestidos, y en honor a la verdad, se le da muy bien. Los otros caballeros se encuentran en la guerra que hace años mantenemos con el país vecino (por fuentes confiables supe que desertaron, obnubilados por cantos de sirenas enemigas)
Yo, hijo desastre, perdón, de un sastre, pretendía ser científico y como no tengo suficiente capital para emprender mi viaje a la universidad, me encontré una mañana buscando trabajo. Salí por las adoquinadas calles de la comarca y hallé este anuncio “Se solicita caballero para matar al dragón asolador”.  Acudí de inmediato. El viejo rey quería darme un título nobiliario y la mano de su hija pero yo insistí en que financiara los gastos  de mis estudios en una universidad extranjera, de ser posible la que se ubica en las entrañas del país vecino. El viejo rey me preguntó si lo quería arruinar. Le respondí que era eso o si no que el mismo fuera a salvar a la princesa que de paso era su hija. A lo que el viejo respondió que los reyes no se pueden poner en peligro, porque una nación que pierda a su rey es como una serpiente sin cabeza. Después de que me dieran la instrucciones básicas: El escudo es para cubrirte, la espada para matar y un mapa del bosque encantado donde radica la caverna del susodicho Draco, prácticamente me botó de allí.

Para atravesar el bosque encantado hay que comerse unas moras que están al otro lado del bosque encantado. Las llamadas moras de la paradoja. No sé por qué.

Aun me encuentro ante las fauces abiertas del maligno animal. Un águila detenida en su vuelo sobre nosotros, recortándose en la luminiscencia azul del cielo, un pajarillo que huye de sus garras deletéreas. En el horizonte una cordillera de nubes blanquísimas, cual corceles desbocados avanzan hacia aquí y en la tarde caerán como aguacero que el dragón no verá o yo no veré, según trascurra el próximo minuto. Si volteo la cabeza una penumbra de hayas (fagus sylvatica) y sicomoros (ficus sycomorus) que parecen conversar entre susurros, una ardilla sobre la rama de un nogal (juglans regia), un ciervo oculto entre los arbustos mirando aterrorizado la cruenta batalla. De seguro rezando por lo bajo al dios de los ciervos, para que el mirífico reptil me destroce de un zarpazo. Porque el dragón cuida del bosque, impide la desforestación y a la vez hace que este sea mágico, único en el mundo. Después se me ocurre pensar que el ciervo en realidad es la princesa hechizada y ama al dragón, un antiguo príncipe hechizado y ambos, en las noches de plenilunio, retornan a sus formas humanas para copular desaforadamente, aprovechando el tiempo que es poco. Y hablando del tiempo, ya no falta mucho para que la bola de fuego choque con mi escudo y me rostice o la espada halle una brecha entre las escamas broncíneas y descubra el corazón del mítico ser. Veo sus ojos amarillos que me miran casi con familiaridad, casi con ternura y de pronto un relámpago cruza mi mente. El dragón soy yo, en otra vida, en otro tiempo. Porque logré asesinarlo en este instante, y en el instante en que lo maté me convertí en la bestia, para resguardar la caverna por siempre. Pero esta idea huye, vuela lejos como el pajarillo que escapa de las garras del águila. Y se abre paso otra: entre el dragón y yo se han establecido inquebrantables lazos de amistad, debido al interminable segundo que hemos pasado juntos, uno en manos/garras del otro, literalmente, entregándole su vida y su pasión. Quisiera buscar un gesto conciliatorio, un aire cariñoso en su mirada. ¿Por qué me quieres matar, acaso no sería más fácil que entráramos a la caverna para conversar como los seres juiciosos que somos? Pues todos sabemos que los dragones encierran sabiduría infinita en su ígneo corpachón. O, ¿qué haces con una armadura de acero inoxidable, hermano, acaso no sabes que es un anacronismo tremendo? Y yo agradecido le diría: Dejemos esta pelea tonta, permíteme estudiarte porque eres el último de tu especie, quisiera que los demás te conocieran mejor, entendieran tus razones para vivir aquí, alejado de la civilización, acompañado solo por tu amada. Y déjame pintar ese árbol nudoso que acosa mi conciencia, que desconozco y debe tener más de mil años. 

Pero el tiempo nos vuelve a jugar una mala pasada. Ya la bola de fuego está sobre mí, ya la espada penetra la coraza natural de mi amigo. El águila atrapa al pajarillo, desguazándolo en el aire, el ciervo huye, las hayas (fagus sylvatica) y los sicomoros (ficus sycomorus) rugen azotados por el viento, la cordillera de nubes se torna estampida de negros búfalos furiosos, y al arcaico árbol le han caído, en un segundo, otros mil años encima, luce tan viejo y cansado que da la impresión de que comenzara a morir.

 

 

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