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Las descomposiciones

Elaine Vilar Madruga, 19 de septiembre de 2018

El mundo se descompone y Martica Minipunto se da cuenta, así que dispara, dispara a quemarropa, a ver si algo arde, si el mundo aguanta una rebelión más o se ha consolado con la involución. A gritos, a cabillazos, cuenta Martha Luisa Hernández Cadenas de la peste que azota sus universos, de las enfermedades, de la fiebre contagiosa y el ruido de los huesos reumáticos que quiebra los cimientos de su escritura (los mina pero no los hace más débiles). Sus criaturas son bacterias. Sus personajes son bacterias. No hay humanidad en ellos sino el trazo de lo que fue la humanidad: un concierto sin música y con mucho audio, una canción vieja y de moda, un animal muerto que se pudre en soledad. Se trata de ser testigo de lo que sucede y contarlo así, como lo hace ella, a modo de susurros de hormiga. Escarbar para encontrar el agujero donde duele y donde se huele la podredumbre.

Este cuento no es la catarsis aristotélica. No es catarsis teatral pero habla de la necesidad de la purga. Esa purga que Martica Minipunto entiende bien y que refleja en "Incendio". Podría ser una historia de amor o una historia de horror o la historia de una violación colectiva, pero la autora se contiene, pone frenos, no opta por lo obvio sino que se contenta con ser el testigo, el voyeur que se transmuta en primera persona distanciada, alguien que ejecuta y a quien ejecutan sin mover un músculo. Personajes títeres que bailan una vieja canción de moda.

Hay teatralidad, es evidente, en estas palabras, en el testimonio de las bacterias que conforman el universo de Martica. Y hay poesía. Algo doloroso que se mezcla y se diversifica, de raíz a raíz, de vena a vena, de una arteria a otra. Contagio y contaminación. Epidemia zombie. Mundo Z. Pero no, esta es la realidad. No la realidad Z sino la del cotidiano, la que tú y yo no alcanzamos a ver desde el ángulo de nuestra fotografía, pero que la hormiga Martha bien conoce y bien retrata. Entonces, sí, hay teatralidad y hay dolor, breves ambas como breve es el relato. Contención donde todo está contenido. Acto repetitivo. Espasmo. Violación. Un codo que penetra la mente del lector: existe lo terrible en este hecho, existe el grito pero no se culmina, y de cierta manera es mejor así, de cierta manera es mejor la niebla, el final abierto, la sensación de que está mal pero no importa porque todo, o casi todo, ya lo hemos vivido.

¿Quiénes? Tú y yo. La hormiga Martica Minipunto. La chica empastillada y el bombero. El baile final. El sexo final. Los voyeures y violadores. Lo peligroso del vacío es contemplarlo porque al vacío no le gustan las intromisiones ni los mirones, ni los rescabuchadores, el vacío es una criatura seria, una bacteria gorda que se ceba en nosotros. Este es un cuento que también se ceba en nosotros, lector. Que vive de nuestras emociones y que las reproduce como el buen arte debe hacer. Breve pieza narrativa y teatral. Breve momento de catarsis y de poesía. En la literatura no hay fronteras. Solo un mundo que se descompone. Un mundo de pequeñas hormigas que aplauden a la caída del telón y lloran, se emocionan por nosotros, los tristes espectadores que hemos contemplado todo el sufrimiento sin mover un dedo.

De eso se trata: del testimonio, de mantener el libro abierto y la página escrita, no en blanco. Y de aprovechar el incendio —los incendios— que gritan a puertas cerradas, en la tragedia cotidiana que casi siempre pasa por alto.


Martha Luisa Hernández | Martica Minipunto. Teatróloga, poeta y performer. Lo único que le interesa es la experiencia de conocer al otro. Su obra se sucede en los bordes y la imposibilidad de esa experiencia. Coordinadora del Laboratorio Escénico de Experimentación Social, LEES. Ha dirigido las puestas en escena La que nunca conocí (a partir de Ansia y Psicosis 4.48 de Sarah Kane), Charlotte Corday y el animal (a partir de Charlotte Corday. Poema dramático, de Nara Mansur) y en coautoría con Rogelio Orizondo El poeta azul. Ha colaborado como performer en La última cena, de El Ciervo Encantado, y Para qué Andy Warhol si yo estoy aquí, de Rogelio Orizondo. Coordinadora general de Espacios Ibsen. Jornadas de teatro cubano-noruego (2015-2017). Fundadora de la editorial independiente Ediciones sinsentido. Coordinadora de la Residencia de Creación Zona Ibsen (2015-2016) e Inservi. Residencia de Creación.  Su poemario Días de hormigas (puesta en escena) fue reconocido con el Premio David de Poesía 2017. Pezuñas (trilogía del nacimiento), obtuvo mención en el Premio Pinos Nuevos 2018. Trabaja como dramaturgista de Teatro El Público, agrupación de teatro cubano fundada en 1992 por Carlos Díaz.


                                Incendio

En la reunión de la semana pasada conocí a un bombero. Ahora tenemos conversaciones interesantísimas sobre el peligro. Las reuniones de NA (Narcóticos Anónimos) son una escapatoria, me quito a mis padres de encima y comparto con hermanos de verdad. Todos hemos roto algo. Voy a reuniones de NA en el Vedado y voy a reuniones en La Habana Vieja, el mes que viene habrá un evento internacional y contaré mi testimonio. “Sólo por un día”. Tengo un sello de 1 año limpia. Pero el bombero todavía consume y trabaja en una estación de bomberos desde hace meses y parece un muchacho sano. Olvidé lo que significa estar reunidos aquí y hablar de intentarlo. Mis padres parecen felices. Pero mi infelicidad es negarme a salir, no tengo amigos, nadie se fija en mí. Soy bella únicamente cuando consumo, entonces soy graciosa y tengo ángel, ahora estoy apagada. El bombero me invita a su noche de guardia. Me manda unos mensajes súper chulos y quiere que lo ayude a salir de este bache, sus padres lo cogieron robándoles dinero para comprar hierba y le resolvieron que llegara hasta aquí para ser salvado. Yo quiero hablar con él aunque sea peligroso. Es el único que ha visto algo en mí desde hace un año. En la estación me presenta a los otros bomberos. Me pasa a su cuartico y me brinda polvo. Es un químico nuevo. Primero quiero decir que no, pero me dice que yo sé cuánto lo necesito, y yo sé que estoy muerta y que debo probar una vez más la felicidad, sólo una vez más. Quiero salir del cuartico en penumbras y me pone una canción que nunca había escuchado. Dice que no para de pensar en mí desde que me conoció en la reunión, que piensa en mí todo el tiempo. Termino probando un poco del polvo, sólo un poco. Saca una botella para celebrar mi revolución. Y qué es esto. Soy yo, otra vez yo, soy yo de verdad y estoy arriba, flotando, me elevo y estoy feliz, tan feliz. Es un vuele riquísimo. Con esa canción que parece eterna, otra probada y otra. Llegan los bomberos que están de guardia y también brindan por mí. Les digo que yo canto, que me presten un sombrero. Quiero lanzarme del tubo famoso de la estación de bomberos. Quiero lanzarme desnuda por ese tubo de metal frío. Aplauden. Quiero más. Un poco más. Nos reímos tanto que duele. Los ojos saliéndose de la cara. Me estoy babeando de la risa. Bailamos juntos y había olvidado que estaba desnuda, di giros en el tubo frío y los bomberos aplaudieron el acto circense y ahora bailan conmigo. Antes del cuartico ya bailaban conmigo. Me deslizo. Uno por uno bailan conmigo, ahora soy yo, puramente yo, me sacudo y me sacuden, librándome de la infelicidad, para traerme de vuelta. Me despiertan. Me chupan los senos. La oreja. La boca me muerden. Están dentro de mí. Me penetran tan duro, pero no duele. La espalda, me tuercen los huesos al entrar, pero no mata. Soy tan libre. La nariz contra la pared y la frente contra el escritorio. El pecho contra una silla y las piernas sostenidas en arco. Tantas manos que tropiezan unas con otras. Un codo penetrándome. Han entrado en mi oído. Uno por uno, todos a la vez, llegan todos a tomar lo que soy, totalmente libre en la estación, totalmente feliz, un instante puesto encima del otro, la calma más grande, la esencia más pura. Siento que no voy a despertar, es un sentimiento profundo que surge del vacío.

 

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