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Océanos color Keats

Elaine Vilar Madruga, 05 de junio de 2018

I
Imagina un mar. Color rosa. Color chicle. Una tripulación. Una nave destruida. El terror ante la cercanía de monstruos antediluvianos. La imagen de hombres que explotan en la marea siempre rosa de un planeta. Imagina el color. El asco del color repetido hasta la saciedad de la belleza. Porque la belleza es la verdad, y eso es todo, según Keats. Imagina a Keats sumergido en la marea rosa, a la espera de un rescate, mientras cuenta los segundos que le quedan, mientras el Leviatán amolda su carne y sus dientes.  Piensa en Keats. ¿Qué diría entonces de la belleza?

II
Es el miedo a lo desconocido el que hace eco en nuestras memorias al leer este cuento. Algo relacionado a Jung y al arquetipo. Hay una alarma que imita nuestros movimientos por la supervivencia. Esa alarma asume la forma de un cuento que, a su vez, debería transmutarse en novela. Quizás sea obviedad decirlo, pero existen narrativas que merecerían más páginas y nuevas exploraciones: Océanos color rosa es una de ellas. Primer capítulo de una novela constreñido en un cuento. Eso quisiera. Más de las aguas rosas.

III
No debe sentirse temor del space opera. Es quizás el caldo más conocido de la ciencia ficción y, advertirán algunos, poco nuevo puede decirse dentro de él. ¿Poco nuevo? Háblese entonces de las teorías del miedo, de las imágenes cinematográficas que inyectan nuestros ojos con color mientras las páginas transcurren. ¿Un final sorpresa? Tal vez. Y abierto. Un final que nos alerta de la simultaneidad —y la profundidad— de otras inteligencias que conviven en las mareas rosas y desconocidas. Jonás dentro de la ballena. Mito bíblico reescrito. Y un dios enorme, un dios con forma de animal, que nos hace descubrir su rostro —uno de ellos— dentro del vientre del pez.

IV
El pez grande se come al chico, nos alerta el dicho popular. El cuento parece tejido sobre esta máxima. El cuento trabaja sobre las inversiones de las figuras arquetípicas del cazador vs. la presa. ¿Cuáles serán los roles? ¿Cómo serán distribuidos en el tapiz del texto? ¿Qué criterio nos ata a uno de los tantos rostros de la realidad? Esta es una de las inquisiciones que esta narrativa nos devuelve. El no saber es el eje. El cuestionamiento de nuestra inteligencia como especie es el eje. La pregunta de por qué es rosa el mundo que existe tras el mundo conocido.

V
Una narrativa semejante a la de Océanos color rosa podría habernos conducido a un final cliché, esperado, recurrente. Su autor, Leonardo Espinoza Benavides, sortea el lugar común gracias a un buen tino que le permite explorar paralelismos con los mitos bíblicos. El descubrimiento del rostro de Dios en la montaña desciende ahora a las aguas y se acomoda en el vientre del monstruo (la antigua ballena de Jonás). Este es un cuento dotado de equilibrio narrativo, de imágenes con movimiento, un relato que no renuncia a las capas superficiales del género que cultiva pero que se aventura un poco más dentro de la epidermis del space opera. Su propuesta final es una imagen y una pregunta. Un cuestionamiento y un terror. Siempre color rosa. Vivimos envueltos en la imagen de ese color. Recuerden a Keats. La marea que se cierne sobre su cuello y el monstruo que abre la garganta para engullirlo. Keats y la belleza dentro de Leviatán.

VI
Con la imagen final del cuento se abre una pregunta sin respuesta. Ese sentido de lo inexacto, de lo que el lector no ha descubierto aún, de eso que lo hace deficiente en su conocimiento, levanta una cortina de duda, un guiño hacia nuevas visitas del texto. Insisto en la necesidad de que relatos como este se conviertan en capítulos de novelas. Novelas impresionistas. Como atardeceres de color sobre mares de color.

VII
En mi mente lectora, Keats asume el rostro de Zambrano: es el pharmakós de la historia, el héroe desmembrado. En mi mente lectora, el autor se camufla tras la cara de Seltzer: el testigo, el voyeur, el sembrador de historias gracias a la supervivencia. Son claros los roles. Quién desciende al Inframundo, representado por el vientre del monstruo, para descubrir una Verdad (o múltiples); quién asciende hacia un Paraíso que tiene la forma de la salvación, en busca de la proyección de un testimonio. En ascenso y descenso no hay demasiadas diferencias ni pérdidas. Son dos formas monocigóticas de la trascendencia.

VIII
Imagine que es el Leviatán. Que es Dios. Que habita las aguas rosas. Que en cualquier momento atrapará a un sobreviviente en sus entrañas. Imagine la sensación de llevar a Jonás en el vientre. La carga y el método. Imagínelo por un segundo. Invierta los roles. Quién el cazador. Quién la presa.

 

 

 

Leonardo Espinoza Benavides. San Fernando, Chile, 1991. Médico cirujano, escritor y cinéfilo. Fue miembro de la Washington Science Fiction Association (WSFA) y expositor de la primera participación chilena en la convención Capclave de Estados Unidos. Ha publicado ficción y no ficción en Dos Disparos Magazine, El Sitio de Ciencia Ficción, Editorial Puerto de Escape, The WSFA Journal, entre otros. Actualmente reside en Santiago de Chile. Ha publicado Más espacio del que soñamos, Editorial Puerto de Escape, Chile.



 

 

 

 

 

OCÉANOS COLOR ROSA

 

La nave descendía por la atmósfera como una bola envuelta en llamas. Destellaba contra el azul profundo del cielo del planeta; un asteroide de metal pulido a segundos de azotar la acuosa superficie, pronto a convertirse en meteorito.
 —¡Qué ha pasado! —preguntó en un grito el comandante Zambrano, aún aturdido por los golpes del estallido.
 —¡La nave ha explotado, comandante!
 —¿Qué? ¡Cómo que ha explotado la nave, Seltzer! ¡Qué pasó!
 —¡Contactamos la atmósfera y…!
 —¿Fricción atmosférica?, ¡pero si los datos mostraron que la atmósfera era tenue!
 Un tercero en la cabina pronunció: —¡Comandante, cinco minutos para impacto! ¡Hemos perdido todo control sobre la nave!
 —Lo que queda de la nave —dijo Seltzer, tragando saliva con dificultad.
 —¡Alesini —dijo el comandante al tercero—, activa de inmediato las cápsulas de evacuación y apaga todos los motores! No quiero que esto siga explotan…
 Una explosión los zamarreó. Seltzer rebotó contra el techo. Una vez en el suelo, pudo ver la cara ensangrentada de Alesini, aún aferrado a su tablero, y a su comandante, unos metros más atrás, poniéndose de pie con una mano sobre la rodilla. La cabina se había llenado de humo y las primeras llamaradas asomaban al mismo tiempo que un silbido insoportable.
 —¡Las cápsulas!, ¡todos a las cápsulas! —clamó Zambrano.
 —¡No quedan, comandante! —respondió Seltzer, otra vez sentado frente al panel, sintiendo que una brisa entrometida revolvía sus cabellos—. ¡No queda ninguna!, ¡la nave está hecha pedazos!
 —¡Dime por lo menos que nos queda algún satélite de anclaje personal!
 —¡No veo nada en el panel, comandante!
 —¡Activa la secuencia de liberación de todos modos!… ¡Actívala, hombre! ¡Terminen de ponerse los trajes, todos, de inmediato!
 —¡Nos dirigimos al océano, comandante! —informó el piloto con el rostro cubierto de un rojo vinoso.
 Zambrano se percataba del fuego detrás de él, más cerca de lo que hubiese deseado. Pensó en cuántos de sus hombres quedarían todavía, también desconcertados, sorprendidos por la detonación inesperada que había desgarrado su navío. Agradeció la eficacia del sistema de seguridad de la propulsión atómica de su astronave. De lo contrario, sabía, la explosión pudo haber sido incluso más grotesca. De todos modos, la combustión no dejaba de ser una fiera. Aseguró el casco de su traje, logró abrirse camino hasta su puesto y ajustó su cinturón.
 —Tripulación —comenzó, con la sensación de no tener interlocutores—, les habla el comandante… —La turbulencia le obligó a sintetizar el mensaje; tenía que apretar el cuello para amortiguar las sacudidas—. Activen sus consolas y evacuen de la forma que les resulte más expedita. Nos dirigimos a superficie líquida.
 —Dos minutos para impacto —dijo Alesini, en un tono controlado que se intercalaba con su fuerte respiración.
 —Bien —dijo Zambrano—, nos vamos a eyectar. Seltzer, asegúrate de que las consolas se hayan sincronizado. Necesitamos los datos de la atmósfera y del mar.
 —Sincronizadas, comandante. La información se siguió recopilando después de la explosión.
 —Perfecto. Prepárense. Sigan el protocolo.
 Zambrano presenció la inmensidad del océano que los iba a recibir; y se preguntó si los demás también lo estarían viendo de aquel color rosado. Imaginaba a sus hombres apretando los músculos con la misma intensidad con la que él se estaba ahora tensionando.
Tuvo un último pensamiento antes de eyectarse: el golpe iba a ser fuerte…, muy fuerte.
 Del asteroide metálico que caía ardiente y destruido, con fragmentos humeantes dispersándose a sus lados, tres figuras emergieron como pequeños cohetes a chorro. Otros dos habían surgido hace un instante, escapando por igual de las llamas imponentes. Parecían fuegos artificiales en busca de la altura, lejos del incendio que caía desde las estrellas.
Cuando la nave espacial colisionó, un fulgor omnipresente se hizo dueño, por una fracción de segundo, de todo lo observable.

 

El comandante Zambrano recobró sus sentidos durante el descenso hacia el mar. Pestañeó varias veces asistido de contorciones faciales hasta que logró enfocar con nitidez. A lo lejos, las ascuas de su nave, un fuego refulgente de proporciones colosales. No supo cómo era posible que ardiera con tanta furia sobre este extraño océano, un océano que aún percibía de tintes rosados, sembrado de llamas elevadas y aisladas que indicaban la presencia de algún fragmento naufragado. Elevó la vista al sentir que su cuerpo iba cayendo.
El cielo era de un azul profundo, minado de astros tintineantes, imperturbables. Desplazó la mirada hacia ambos lados y se encontró con la silueta de Seltzer a unos veinte metros desde donde estaba él. Le respondió alzando también su pulgar. A mayor distancia, otra persona descendía. Alesini, pensó.
La velocidad con que se aproximaba a su destino se iba evidenciando. Podía mirar hacia sus pies para encontrarse, allá abajo, con el murallón líquido con el que pronto impactaría. Puede que ni siquiera sea agua, consideró, mientras alineaba su cuerpo como una flecha del espacio preparada para sumergirse, confiando en las propiedades de su traje para protegerlo de lo que fuese esa sustancia.
Sintió la rapidez. Tensó su cuerpo una vez más, y se hundió.
No era necesario cerrar los ojos y contener la respiración, pero lo hizo por instinto.
Bajaba a gran profundidad protegido por su vestimenta. Le parecía que el descenso no cesaba, que los abismos del océano extranjero lo abrazaban con recelo. ¡Soy un hombre del espacio, no del mar!, se recordó.
Se detuvo.
Con la propulsión de cada extremidad comenzó su recorrido hacia la superficie mientras el dispositivo de flotación se iba calibrando. Avanzaba con el visor de su casco empujando aquellas aguas, con el extraño contraste de estar seco…, sin tomar en cuenta la capa de sudor que lo empapaba.
Emergió.
El visor fue deshaciéndose de la escarcha que se había generado.
Activó la comunicación.
—¡Seltzer!, ¡Alesini!, ¿están bien?, ¿están heridos?
—¡Todo bien, comandante!
—¿Alesini?
—¡Sí, comandante, soy yo!
Zambrano imaginó su rostro aún cubierto en sangre. Un excelente piloto, decretó.
—¡Nos salvamos, comandante! —exclamó Seltzer.
—Nos salvamos… —Nos salvamos, concordó Zambrano, con una sonrisa nerviosa interrumpiéndole su rostro. Distinguía al joven tripulante ahí en la cercanía, con un brazo en alto, flotando. El otro hombre se perdía como una circunferencia oscura en el horizonte, donde el rosado y el azul se contactaban.
—Aquí comandante Zambrano, ¿hay algún otro sobreviviente? —Los otros dos mantuvieron el silencio para no interrumpir una posible respuesta—. ¿Hay algún sobreviviente? Voy a sincronizar las coordenadas de mi ubicación. ¿Hay algún sobreviviente?, repito, ¿algún sobrevi…?
—¡Aquí Prasad! ¡Aquí Prasad!
—Prasad, te escucho. Sincroniza tus coordenadas.
—¡Abascal explotó al tocar el mar!
—¿Qué?
—Nos eyectamos juntos, comandante. Cuando caímos… ¡Abascal se quemó!…, ¡como si hubiera explotado!
¿Y por qué nosotros no?, pensó Zambrano:
—Entendido, Prasad. Quédate donde… ¿Alesini?, ¿te estás acercando? —Pudo ver que su figura se acercaba manoteando a gran velocidad—. ¡Alesini!
—¡Ya estoy cerca, comandante! —Respiraba densamente.
—¡Quédate donde estás, es una orden!
Seltzer no decía nada. Se limitaba a escuchar y observar con su brazo aún en alto.
—¡Para! —bramó el comandante—. ¡Prasad, tampoco te muevas! ¡Para, Alesini! ¡Para!
Y Alesini explotó.
Sobre el visor de Seltzer se reflejaba, superpuesta a sus párpados abiertos y pupilas dilatadas, la bola de fuego en ascensión. La señal de comunicación fue dominada por el acelerado respirar del joven astronauta.
—Tranquilo, Seltzer. No te muevas. —¡Qué mierda está pasando!, pensó Zambrano. ¡Uno de sus tripulantes había entrado en aparente combustión de la misma forma que su nave!—. Prasad… —No hubo respuesta—. ¡Prasad!, ¡Prasad!
Cerró los ojos y se contuvo. No debía moverse, era todo lo que sabía. Maldecía en su interior. Seltzer era un buen muchacho; estaría a la altura del momento, sopesó.
—Tranquilo.
—Sí, comandante.
—No sé qué está pasando…, realmente no lo sé. La ubicación ya está sincronizada y el rescate debería ponerse en marcha pronto. ¿Cuántos satélites de anclaje personal tenemos?
Un instante de flotación silenciosa sobre las débiles olas rosadas.
—Uno…
—¿Tenemos un satélite de anclaje personal?
—Sí, comandante…
Quiso juntar sus manos y frotarse la barbilla, pero el temor y su casco lo impedían. Uno…, pensó. Tan solo un mísero satélite…, uno… ¡Qué desastre!
—Bien… —dijo—, actívalo. Lo vas a usar tú.
Debería usarlo usted, comandante, disertó la mente de Seltzer; usted tiene mucha más experiencia. Va a realizar un trabajo bastante mejor que yo allá arriba coordinando el rescate; vaya usted.
—Ni se te ocurra —respondió su comandante entreviendo sus ideas—. Tienes que ser tú. Eres más joven… y lo vas a hacer bien; no vas a tener problemas.
Él era más joven, era cierto; Seltzer lo entendía, y a su cuerpo completo le agradaba la idea de salvarse, de sobrevivir, de escapar de ese mar endemoniado.
El traje los mantenía sobre la superficie del océano… No había rastro de tierra firme, solo llamas esparcidas.
En el silencio, los pensamientos derramados discutían; diálogos e ideas solapadas funcionando en un marco temporal de leyes propias. Pero Zambrano no tenía duda de que hacía lo correcto, por mucho que le encantara poder también salvarse él. Se había puesto en escenarios como estos, ¿quién no?, pensó. El joven debe salvarse y el capitán, sacrificarse, hundirse con su nave en la gloria que le era merecida. En la gloria…, en el honor… Entregaría su propia vida para salvar la de Seltzer. Era lo correcto, así le parecía, pero se encontró de pronto pensando sobre cuán desinteresado era su acto. Se estremeció. La idea lo había acorralado de improviso, lo había sobrecogido con su impregnación. No se lo había cuestionado nunca antes de esta forma, no desde esta perspectiva. Es en el instante en que hay que tomar la decisión que surgen las últimas preguntas, las últimas dudas que entorpecen, incluso si la decisión ya está tomada, declamaba para sí; es lo correcto, se decía, en la agitación de pensamientos desbordados, aterrados; debe serlo. Debe serlo, pero… me pregunto, de verdad me pregunto si existe el…, el altruismo verdadero. ¿Existen los actos que no esperan nada a cambio, en los que no esperamos nada a cambio?… Qué estupidez estás pensando, Zambrano; sí te van a recordar, haces lo correcto, de lo contrario te sentirías pésimo. ¿Podrías dejar a Seltzer atrás? ¡Por supuesto que no!, no lo dudo. Nunca dudé de eso, en lo absoluto. ¡Nunca!… En una de esas, quizás llamen al planeta con mi nombre… Pero ¡ahí está la cuestión! ¿Quién niega querer retribuciones, cualquiera que pueda ser? No se puede hacer el bien y recibir a cambio un mal, ¿no?… Qué importa… Qué tontería; ¡ah!, lo sé…, es solo miedo…, nada más. Ordénate, ordénate. Es duro saber que tal vez me quede aquí, pero cálmate…, tranquilo. Por lo menos Seltzer va a contar la historia.
Estuvieron callados, flotando en los mares rosados, sin querer aún pronunciar una palabra. Débiles flujos de agua los mecían, los alzaban de vez en cuando en un amigable bamboleo.
—¿Lo activaste?
—Sí, comandante —dijo Seltzer, recuperándose de su propio discurso mental. El comandante va a ser un héroe, pensó, y se lo merece más que nadie. Qué difícil debe ser…—. Gracias… —agregó.
—No hay nada qué agradecer. Cuenta bien la historia, eso sí —rio Zambrano, ya más calmo y resuelto, con los cuestionamientos sosegados, ya más lejos del azote fugaz de la desesperación recién apaciguada.
—Por supuesto, comandante. Usted se eyectó justo cuando la nave se estrelló, justo. Y después, entre las llamas, surgió gritando: «¡Menos mal que la nave la paga el seguro!».
—Idiota —le dijo el comandante, riéndose esta vez con más holgura, pero sin dejar de lado lo ocurrido. Retomó su seriedad y dictaminó—: Tomémonos un minuto de silencio por Alesini.
Y esperaron a que pasara aquel minuto, aquel breve período reverencial.
—Veamos los datos del mar y de la atmósfera —dijo luego el comandante.
Miraron la información que se había alcanzado a recopilar.
—Prácticamente todo el océano es oxígeno líquido a sesenta kelvin —dijo Seltzer mientras miraban los datos y porcentajes—. La atmósfera es algo parecida; el principal componente es el oxígeno —siguió leyendo—. Este mundo es realmente frío —terminó por declarar, sabiendo que al otro lado de su traje le esperaba un congelamiento instantáneo.
—Oxígeno líquido… —repitió el comandante—; qué extraño…, y la atmósfera… Supongo que por eso las cosas que podían explotar lo hicieron. No tenemos el resto de los porcentajes, ¿cierto?
—No, estos son los últimos datos que alcanzamos a tomar. Pero de ser oxígeno líquido, ¿no debería ser el mar más bien azul… o celeste, algo así, en vez de… rosado?
—Algo más tiene que haber; algún compuesto orgánico, algo de agua, tal vez, no lo sé —decía Zambrano, aún confundido—. Abascal habría sabido. La cosa es que hay que evitar los movimientos bruscos, por si acaso. Registra los datos al inicio del informe del planeta y pon ahí las siglas del oxígeno líquido, para que les llame la atención desde un principio. Ahora solo tenemos que esperar.

Llevaban unas cuantas horas flotando en los rosados mares de oxígeno. El satélite lanzado estaría posicionándose en una órbita estacionaria con la fuerza de su pequeña pila atómica, para luego dirigir las fibras de nanotubo del anclaje con la ayuda y la belleza del electromagnetismo.
Seltzer había descendido lentamente el brazo que mantuvo antes en alto.
 Sobre ellos caía un suave manto de luz desde el estrellado azul profundo que los recubría. A los lados se extendían sus sombras en tres direcciones diferentes, de vez en cuando arremangadas por los movimientos del oleaje.
 —No deja de ser un mundo hermoso —dijo Zambrano, observando los tres soles azules que alumbraban el planeta—. Y pensar que desde la vieja Tierra parece como si fueran una sola estrella —comentó, y se acordó de una antigua y profunda analogía que no lograba terminar de comprender.
 —Y desde acá se ven perfecto las tres… Un poco chicas, eso sí, ¿no cree? Tienen que estar muy lejos para que este mundo sea tan helado.
 —Muy lejos… Acuérdate que la más grande es veinte veces nuestro sol y cien…
 —Ciento ochenta mil veces más brillante —completó Seltzer, con el mismo asombro que su comandante, y un poco avergonzado por el gesto realizado. Los datos los sabían ambos, de memoria, pero estar ahí, mirando esas esferas colosales, les traía de vuelta la pasión de la niñez, como aquel pequeño que desea contarle al mundo todo lo que sabe, sin importarle, y sin saber, que a pocos les interesa y que muchos ya lo saben.
 —Es un buen trabajo —dijo Zambrano, aún a la deriva—. Me imagino a las personas en la Tierra, de noche, mirando las estrellas; mirando el cinturón de Orión alguna noche tibia de verano… Podrían apuntar con el dedo a la estrella más alta, si están en el hemisferio sur, claro, bien al sur, y apuntar el dedo sobre Alnitak, la de más arriba del cinturón del cazador, a la derecha, y sentir, creer, que estamos cerca…
  Seltzer fue guiado por la imagen despertada. Quiso, por un instante, cerrar los ojos y apuntar desde la Tierra aquella estrella, ese diminuto punto azul que observaban los hombres y mujeres desde hacía tiempos muy antiguos; pero desde aquí, a más de setecientos años luz, donde Alnitak se revelaba y se mostraba múltiple, la excelsitud que recibía a simple vista lo tenía cautivado. Era hermoso, concluyó.
 —A veces pienso —continuó Zambrano— si somos, en lo que hacemos, o si queremos ser… Si somos exploradores o somos más bien conquistadores.
 Seltzer respondió tras un instante: —Un poco de ambos, comandante. Creo yo. No conquistadores en el mal sentido, de que lleguemos y rompamos todo, sino que conquistadores para no ser solamente observadores. Todos queremos trascender…, y por suerte hay muchas formas.
 Al comandante le agradaron las palabras. Zambrano sabía que era un buen muchacho. Habían recorrido billones de kilómetros juntos y, después de todo, él había sido su tutor, su pensamiento alternante. Se convertiría en un buen comandante, meditó.
 Una llamarada se alzó muy cerca de ellos; una bola de fuego que los sobresaltó, recordándoles la condición en la que estaban.
Observaron sus consolas y luego alzaron la mirada.
—¡Allí viene!
—¡Ahí está…, lo veo! En unos diez minutos debería estar aquí —dijo Zambrano, contemplando a la distancia el descenso de la poderosa cuerda con la que realizarían el anclaje orbital. Parecía como si una línea oscura estuviese dividiendo el cielo en su camino, un relámpago rígido que destellaba en su trayecto por el manto sideral…
Ambos vieron los destellos.
—A esa velocidad las fibras están reaccionando con la atmósfera.
—Así veo… —dijo Seltzer, vislumbrando su próximo trayecto cuesta arriba.
—Pero si… se supone que los materiales de la cuerda no son inflamables…
—Tienen que ser los otros componentes de la atmósfera… Supongo.
—Vamos a sincronizar los datos que tengamos y vas a subir a la menor velocidad que se pueda. No me importa que te demores todo un día.
—Sí, comandante, no tengo ningún problema con demorarme —dijo recordando el resplandor de Alesini. ¡El pobre había explotado ahí mismo!—. Ningún problema, comandante…
—Vas a andar bien… Piensa que la cuerda venía a mucha más velocidad de la que tú vas a subir y no hubo ninguna explosión.
No nos queda otra, pensó Seltzer.
El enorme océano rosado aún les ofrecía un panorama de aspecto peligroso. Los estallidos repentinos seguían ocurriendo, a la distancia, como finas emisiones en el horizonte, contrastando con el sembradío azul profundo de los astros.
Zambrano divisó en el fondo del paisaje unas ligeras elevaciones, muy sutiles. Le sobrevino la sensación de que tal vez el oleaje se había incrementado, pero no estaba del todo seguro. Parecía que la elevación rítmica con que el mar lo movía se había agudizado, pero no sabía si la percepción era una simple consecuencia de aquello que miraba.
—¿Ves eso de allá al fondo? —preguntó.
—¿Las olas?
—¿Serán eso?
No había nada que remembrara la presencia de alguna tormenta; la atmósfera seguía ofreciendo un aspecto delgado. No…, no ha cambiado tanto, se dijo Zambrano, me debo estar mareando.
—Comandante, va a llegar —decía Seltzer, preparado a levantar los brazos con delicadeza para hacerse cargo del cable.
—Recíbelo y ajústalo a tu traje. Ya sabes qué hay que hacer —le dijo aún nervioso.
El otro recibió la soga del espacio, las fibras de nanotubo que caían desde el satélite personal en una maniobra minuciosa que devoraba la energía. Ascenderían y se mantendrían flotando en la órbita trazada, a gran altura, con él todavía dependiendo en gran parte de su traje. De este modo se facilitaría el eventual rescate, evitando que otra nave combatiera contra aquel planeta, que en este escenario, suponía Seltzer, significaría probablemente un estallido majestuoso.
Aseguró el anclaje.
En el peor de los casos me suelto, se dijo, y caigo donde mismo. Si la primera vez no me incendié… Aunque no sé si alguna corriente nos habrá movido mucho. Voy a subir lento, eso es todo.
Comenzó a ascender.
—No he explotado, comandante —dijo a unos diez metros de altura, controlando el temblor de su cuerpo. Escenas aún recientes acudían a su encuentro.
—Vas bien…, vas bien… ¿Cómo se ven las cosa desde allí?
—Nada nuevo… Las olas no parecen tan terribles.
—¿Eran olas?
—Parece… Solo veo mar. No hay nada de tierra. Aún hay fuego donde cayó la nave, pero nada más.
Las tres sombras de Seltzer tomaban rumbos diferentes. Se alejaban del mismo modo en que él lo hacía, cada una hacia un rincón de aquellas aguas engañosas como pétalos llevados por la brisa. Zambrano miraba la silueta del joven que ascendía con el aspecto de estar siendo rescatado por alguna fuerza universal, mística, una especie de divinidad mecánica. Las cápsulas de evacuación eran siempre la primera opción, pero en peores circunstancias quedaba aún la maravilla del anclaje orbital para astronautas: verdaderos salvavidas espaciales. Vuelve al espacio, Seltzer, pensó Zambrano, allá todo es más seguro… Al menos comparado con los designios de este mundo.
Ver al joven subir lo tranquilizaba.
Se entregó, una vez más, al mecimiento de las olas.
—Recuerda administrar bien los suministros del satélite —dijo.
—Sí, comandante. Guardaré las papas fritas para el último día.
—Exactamente.
Una ligera risa compartida. Ya hicimos nuestra parte, pensó. El rescate podía tardar una cantidad de tiempo nada despreciable; le diría a Seltzer que cortara la señal al segundo día para terminar tranquilo allí en el mar, sin perturbar al joven astronauta con su fin. Existía una ínfima posibilidad de que lo rescataran, si todo, absolutamente todo resultaba a su favor. Un rescate rápido, que no explotara nada… y optó por deshacerse de la idea. Sí…, le diría a Seltzer que cortara la señal al segundo día. Tal vez incluso un poco antes.
Se permitió experimentar un movimiento placentero a merced de aquellas olas bullentes de rosado. El bamboleo le era grato.
Con el paso de las horas la figura de Seltzer se perdía en los racimos estelares. El mar iba adquiriendo un toque familiar; ya no le importaba que la marejada aumentara. El comandante Zambrano podía cerrar los ojos y recordarse en los mares de su mundo natal. Se podía ver jugando entre las olas, con sus hijos, en las playas de arena gris y nubes densas, de vientos que azuzaran el oleaje. El agua austral de sus tierras le helaba los tobillos, le golpeteaba su espalda desnuda y al sumergirse le apretujaba firmemente el cráneo… Pero no dejaba de ser la mejor entretención, un retorno a la inocencia de la mano de su propia camada. Atrás, en la costa, con lentes de sol tendida sobre la toalla, estaba su mujer. Alzaba un brazo para saludarlos, para decirles que todo estaba bien, que estaba, simplemente, feliz.
  ¡Qué hermosa vida!, ¡qué hermosos recuerdos!, ¡qué hermosos todos!, pensó. Los vaivenes del océano lo alzaban. Un mar rosado… ¡Quién lo creería! Le habría gustado conocer otras estrellas, otros soles; llevar de viaje una última vez a su mujer… Pero no, se explicó, no quedaba nada pendiente. Las estrellas son, lamentable y maravillosamente, infinitas para una sola persona. Una sublime lección del universo.
La vida había sido buena, ¡infinitamente buena!
 —Comandante…
 No quiso responder de inmediato; aún gozaba del balanceo de su nueva y enorme hamaca.
 —Comandante…
 —Dime… —dijo sereno.
 —Quiero que sepa que no han habido nuevas explosiones y…, y ya no se ve tanto…, tanto fuego…
 —¿Qué pasa, Seltzer? —Abrió los ojos.
 —El mar…, el…, el mar no se ve tan mal…, y el cable ha funcionado impecable…
 —Seltzer…
 —Comandante…, el…, el cable se ve bien, de verdad, y…
 —¡Qué pasa, hombre!
 —¡Comandante!
 —¡Qué, hombre, qué!
 Seltzer retuvo la estampida de palabras que guardaba.
 Zambrano pudo ver, y el otro no se pudo contener: —¡Comandante!, ¡no son olas!
 Ya no en el horizonte, no en aquella lejanía idílica del rosado y del azul, sino tan solo a un par de kilómetros, cerca; lo que pudo confundirse a la distancia no tenía más excusas para seguir siendo inescrutable.
 Una criatura mil veces el tamaño de Zambrano. No tuvo aliento para maldecir.
 ¡Calma!, ¡calma!, se iba diciendo, ¡calma!, ¡tranquilo!…, está avanzando lento, se insistía… ¡Está avanzando lento!
Era un verdadero monstruo mitológico.
 —¡No es necesario que veas esto, Seltzer! ¡Corta la transmisión!, ¡no tienes para qué escuchar tampoco; después la activas si quieres!, ¡queda guardado en el registro de todos modos!
 —¡S-sí, comandante!
 Está todavía a unos cuantos kilómetros, siguió pensando. ¡Esto sí que no me lo puedo creer!, se dijo un tanto sorprendido, indignado, un poco asustado y también un tanto fascinado. ¡Cómo puede haber vida en este planeta, si aquí todo explota… o se congela!, ¡qué animal puede vivir aquí!, se decía, a medida que el coloso del mar rosa se acercaba, incesante. ¡Qué tipo de animal puede vivir en este enorme pozo de combustible!
 Fue entonces que se le ocurrió.
Sin esperar, exclamó su veredicto:
 —¡Debe ser un mar artificial!… ¡Seltzer!, ¡un mar artificial!
 ¡Es un pez gigante, comandante!, ¡gigante!, quiso responder el aludido.
 —¡Lo…, lo anotaré en el informe del planeta! —replicó, aun así.
 —¿No cortaste la transmisión?
 —¡No, comandante!
 —¡Debe ser un mar artificial, una especie de planeta estación para recargar naves o algo así!, ¡por eso todo es tan raro!
 Todo es raro en el universo, comandante, habría sido su siguiente respuesta.
—¡Puede ser!, ¡puede ser! —proclamó en lugar de ello; no tenía muy claro qué decir. Estaba perplejo ante la imagen, observando los movimientos oscilantes de la impresionante criatura. Tal vez así son las ballenas azules de la Tierra, pensó Seltzer; pero esas se ven inofensivas, reconsideró, y no tienen fuego detrás de ellas—. ¡Puede ser, comandante! —gritó asustado.
 Zambrano no pensó en una ballena, sino más bien en un tiburón, y blanco en vez de azul. Aun así, su idea le seguía pareciendo lógica.
 —Puedes cortar la transmisión, de todos modos… —prefirió decirle, sin embargo.
 Seltzer contempló la situación, el paisaje casi mítico. Buscó entre sus recuerdos una última respuesta:
 —Con la vista siempre en las estrellas, comandante. Ahí es donde nosotros decidimos encontrar nuestras respuestas… Gracias —y no dijo nada más.
 Zambrano recibió las palabras con aprecio; sabía que el muchacho se convertiría en un estupendo comandante.
Pero la criatura estaba cerca…, desplazándose…, gigantesca.
 Debe ser… Tiene que ser un mar artificial. ¡Tiene algo de sentido!, pensaba. Y si es un mar artificial…, tal vez…, tal vez… ¡Tal vez no sea un monstruo!, ¡a lo mejor es inteligente!, ¡puede ser inteligente!, se dijo, omitiendo el aspecto de cetáceo de la mole que le tapaba ya uno de los soles. ¡O tal vez es una nave!, ¡sí! ¡Una nave! ¡Quizás…! Pero calló su pensamiento ante la inminencia del coloso. Dio un último vistazo a su adversario y cerró después los ojos, cubriéndose la cara con los brazos y el abdomen con las piernas.
Entonces fue engullido; tragado por la bestia que avanzaba y se adentraba en los mares de su mundo.
 El oleaje rosado seguía su curso con trazos de fuego y estrellas reflejadas, con un hombre minúsculo que ascendía hacia el espacio, deseando que nada más se estampara en su visor.
 Seltzer reactivó la comunicación. Por supuesto, nada se escuchaba.
 Ya…, nada más, pensó. Nada más. Es suficiente.
 Y siguió su ascenso, lento.
 Ya no había rastro de Zambrano.
Lo último que el comandante pudo ver tras esas fauces… fue un rostro.
 

Elaine Vilar Madruga, 2018-05-31
Elaine Vilar Madruga, 2018-05-07
Elaine Vilar Madruga, 2018-04-25