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Los vientos frescos del fin del mundo
 

Elaine Vilar Madruga, 11 de diciembre de 2018

Es poco común que esta columna publique cuentos dedicados al público infantil y juvenil. Por eso, rara avis, este texto de Joel Franz Rosell —el cual forma parte de una novela aún en preparación— sorprende de manera doble. Sus personajes están curtidos en una profunda caracterización que afronta —y mezcla— la fantasía, la leyenda y las estructuras del cuento tradicional. Joel Franz Rosell conoce los mecanismos que ponen en movimiento una historia, y aquellos otros que la dotan de latidos. No basta una escritura que resulte carismática para convencer al público de las edades más jóvenes, sino que se requiere, también, de una acertada progresión dramática que defienda la solidez de los cimientos escriturales: justo así, en esa medida, se nos presenta "Una vieja ventolera". 

Analizar un texto que forma parte de una madeja superior —work in progress— exige, sin dudas, capacidad de fabulación. Si bien ignoro los caminos que conducirán a esta historia en nuevas búsquedas, el fragmento que hoy se introduce al lector parte, de manera concreta, de un principio universal que ya está presente en el análisis del cuento de hadas y sus estructuras clásicas: dígase, háblese entonces, del camino del héroe (en este caso, héroe y heroína). Sus peripecias, sus páthos, incluso sus descubrimientos, encontrarán asidero en una curiosa oponente —que resulta no ser tal, sino una aventurera que busca unas merecidas vacaciones luego de un trabajo milenario— y en personajes que servirán como apoyo, secundarios pero a la vez indispensables en el desarrollo de la trama, y que apoyarán a los héroes en su camino para deshacer el entuerto.

Cierto ámbito fabular dramático se hace presente. Incluso parte de esas historias clásicas, epidérmicas en la literatura, donde un objeto de poder —en este caso, el arado— es pasado de mano a mano (normalmente a través de la trampa, como sucede también en este relato). En la estructura clásica del cuento de hadas, el dueño original del objeto de poder —normalmente “castigado” a cumplir con tareas fatigosas por rangos extrahumanos de tiempo— conserva esos rasgos de picardía y convencimiento que provocan que otros —menos sabios o desesperados, o demasiado curiosos, como sucede en esta historia— sucumban a la tentación de manejar el objeto mágico. Es entonces que se produce el cambio y comienza el pathos, ya que este objeto es menos privilegio y más condenación. En el relato de Joel, nuestra heroína queda físicamente atada al arado, del cual no puede desprender las manos. Se hace necesario, para la reparación indispensable que requiere el final feliz, que la dueña original del objeto retorne a su tarea —ya sea engañada o convencida. 

Franz Rosell aprovecha el anecdotario y la estructura clásica para resemantizarla: no se conforma con aprovechar el material existente sin aportar nuevos contenidos. Estos provienen de su capacidad imaginativa y de fabulación e, incluso, de su deseo consciente de subvertir, pues no es esta una historia trágica, sino cargada de signos de humor y fantasía. En ella, todo es posible: una casa-papalote, el esquema de infinitos posibles escenarios del fin del mundo y sus guardianes, un ermitaño sabio, una trampa, un arado de posibilidades mágicas que genera todos los vientos del mundo, y curiosos letreros que señalan el punto exacto donde termina la realidad y se afronta el comienzo del fin.

La escritura de Joel convence porque defiende, por encima de todo, una estructura coherente, que no se imbrica en laberínticos derroteros sino que busca una linealidad no carente de profundidades —pues lo sencillo resulta ser, en este caso, eslabón triunfal. Estamos en presencia de un autor que ha alcanzado la madurez de saber contar bien y de elegir el material dramático en su correcta proporción, sin excesos ni faltas.

"Una vieja ventolera" es, contrario a lo que su título propone, el aire joven de una literatura que, en un mismo corpus, unifica tradición y modernidad. 


Joel Franz Rosell. (Cienfuegos, 1954). Autor, ilustrador y crítico especializado en literatura infantil. Comparte residencia entre Santa Clara y París. Ha publicado más de 30 libros en 13 países y once lenguas. Entre otros galardones ha obtenido siete veces La Rosa Blanca de la UNEAC, dos veces el White Ravens de la Biblioteca Internacional de la Juventud (Alemania) y los premios Ville de Cherbourg (Francia) y Avelino Hernández (España).

 
 

 

 

 

Una vieja ventolera

I
 

El paisaje que se ofrecía a sus ojos era muy extraño. Tal parecía que el cielo y la tierra se acercaban cada vez más, y las pocas nubes lucían tenues y aplanadas. Finalmente les salió al encuentro una blanca nubecilla, de aspecto inocente y banal, pero que llevaba encima una señal de tránsito.
—Círculo rojo con fondo blanco —observó Juan—, significa “circulación prohibida”.
—Sí, pero mira lo que pone debajo —apuntó Rosa.
En el poste que sostenía la señal había un cartel escrito a mano en el que podía leerse:
«AL FIN DEL MUNDO: EN LINEA RECTA PRIMERO, DANDO LA VUELTA DESPUÉS».
Rosa y Juan se miraron, preguntándose qué hacer.
Tras pensarlo un poco, él dijo:
—Ya que estamos aquí podríamos...
—... que al fin del mundo no se viene todos los días —completó ella.
Después de varias leguas aéreas sin ver nada concreto, la casa-papalote sobrevoló una colina soleada y sola, prendida del horizonte como una horquilla olvidada en un tendedero.
Diríase un asteroide flotando en el espacio, pero detrás no se extendía un cielo negro y estrellado, sino algo así como una pared en la cual se advertía la sombra cónica de la colina.
—Creo que llegamos —opinó Juan.
—Si a algo se parece el fin del mundo, es a esto —aprobó Rosa.
Pero uno no puede decir que ha llegado a un sitio tan especial como el Fin del Mundo si no está absolutamente seguro. Por eso los viajeros decidieron darle la vuelta a la colina y así obtuvieron la prueba irrefutable que necesitaban.
Por la parte de atrás, se veía bien clara la armazón de vigas oxidadas y sueños usados que sostenía la colina del fin del mundo. Era un lugar áspero e inhóspito, muy semejante a un fondo de sótano, pero sin telas de araña ni polvo ni trastos. Porque como era el fin del mundo, hasta las arañas, el polvo y los trastos se habían acabado.
Completaban la vuelta cuando descubrieron que una ladera de la colina estaba rayada por los surcos de un arado.
El arado no era tirado por máquina o bestia alguna, pero no andaba solo. Detrás de él, empujándolo o acompañándolo, había una vieja.
Juan y Rosa maniobraron hasta colocar la sombra del papalote sobre la gorda labriega.
—¡Buenos días! —le gritaron.
La vieja levantó la cabeza y largó una carcajada juguetona y picante.
—¡Muy bueno lo tengan ustedes! No saben lo que me alegra su visita. Hace tres siglos que nadie venía por aquí. 
—¡¿Tres siglos?! —se asombraron los viajeros, y se preguntaron en un cuchicheo—. ¿Qué edad crees tú que tiene?
—Quince mil años, ni más ni menos —respondió la vieja, que era adivina o tenía el oído muy fino—. Aunque eso aquí no tiene el menor sentido...
La vieja había parado de empujar o de acompañar el arado y la brisa, que antes agitaba su vestido y los flecos del papalote, cesó de golpe.
—¿Por qué no bajan? —propuso—. Hablar mirando hacia arriba me da tortícolis.
En realidad el papalote apenas conseguía mantenerse a flote. Más que un aterrizaje fue una cómica caída anunciada.
Sin soltar el arado, la vieja les hizo seña de que se acercaran. Y enseguida continuó roturando la tierra.
—¿Qué siembra usted? —preguntó Juan intrigado—. En toda la colina no se ve ni un árbol ni una hierba. Y en diez leguas a la redonda, tampoco.
—Es que yo no siembro —contestó la vieja—. Mi trabajo consiste en abrir el suelo para dejar salir a los vientos. Si yo me detuviera, dejaría de soplar en la Tierra.
—¡Qué interesante! —exclamó Rosa.
—Ni te imaginas —respondió la vieja, largando su risa grande y llena de pimienta—. Es el trabajo más divertido del mundo. Cada vez sale un viento distinto: a un aliso suave le sigue un ventarrón huracanado, una corriente de aire, de esas bromistas, o una ventisca polar blanca de escarcha. ¡Nunca sé qué puede brotar de mi surco! A veces apuesto conmigo misma a que será  un soplillo de verano con olor a tomillo y lo que viene es una ráfaga que zumba como peces voladores.
Los ojos de la vieja ventolera relucían y su voz era una invitación. Rosa no pudo resistir.
—¿No me prestaría usted el arado un poquito?
La vieja volteó la cara.
—No; lo siento.
—Solo será un momento…
—Lo lamento de veras; es una responsabilidad que no se puede poner en manos de cualquiera.
—¡Precisamente! —exclamó Rosa, triunfal—. Yo me llamo Rosa de los Vientos, ¿sabe usted por qué?
La vieja estaba extraña: sus ojos reventaban de risa y apretaba los labios como si no quisiera hablar. Juan se dio cuenta; pero Rosa, que solo pensaba en convencerla, no.
—Porque los vientos son tus padrinos —dijo al fin la vieja, que igual que parecía adivinar los pensamientos, daba la impresión de no poder callar lo que sabía—. Está bien, toma.
La ventolera ofreció el arado con un gesto de los brazos, pero sin soltarlo. Cuando Rosa tomó la agarradera derecha, la vieja abrió la mano y la sacudió como si tuviera calambre. Juan tuvo un mal presentimiento, pero antes de que pudiera intervenir ya su compañera había tomado también la agarradera izquierda.
—¡AHHHHHH! —exclamó la vieja, y empezó una carcajada tan estruendosa que la tierra tembló y el olor a pimienta hizo llorar a Rosa y a Juan.
—¡JAJEJIJOJUJOJI! —reía la vieja al tiempo que daba volteretas en el aire, gorda pero ligera como un globo—. ¡Al fin me libré del maldito arado!
—¿Maldito? —se sorprendió Rosa—. ¿Pero usted no decía que es lo más divertido del mundo?
—Lo dije y lo mantengo —contestó la vieja, que seguía girando en el aire y riendo a carcajadas—. Pero hasta lo más divertido aburre cuando una está obligada a hacerlo tres siglos sin parar.
Rosa no tuvo que preguntarle por qué no se tomaba de vez en cuando un descanso. Acababa de intentar soltar el arado y se dio cuenta de que no podía. Sin embargo, extrañamente, no se sentía desdichada por eso, pues estaba viendo cómo del surco que se abría a sus pies salía un airecillo matinal que cubrió los hierros del arado con gotitas de rocío, brillantes como las piedras de una corona imperial. Era un airecillo recién nacido y Rosa sintió por él una ternura que nunca había experimentado.
—Ya lo estás viendo —voceó la vieja, que empezaba a ganar altura.
—¡No se vaya! —le gritó Juan—. No puede dejarnos así...
—No solo puedo, sino que es lo que más deseo —se carcajeó la vieja—. No me he pasado tres siglos atada al arado para desperdiciar ahora mis vacaciones: volveré dentro de cincuenta o sesenta años.
Al oír aquello, hasta Rosa sintió un súbito miedo. ¿Tendría que quedarse atada al arado hasta que fuese una anciana?...
—No te preocupes —voceó la vieja, que ya estaba como a quince metros del suelo—. Para ti solamente pasará el viento, no el tiempo. A mi regreso estarás tan moza como ahora.
Rosa sintió como si su corazón se recostara contra una de las paredes de su pecho, resoplando aliviado. Sin embargo, enseguida la estremeció un nuevo sobresalto: "¿Y Juan?"
La vieja ventolera ya estaba tan lejos que no podía adivinar sus pensamientos; así que la muchacha empuñó con fuerza el arado y corrió tras ella, gritando:
—¿Y Juan... y Juan...?
Al correr de aquella manera, Rosa abrió una gran tajada de colina y salieron un montón de vientos a la vez. Se formó un torbellino que atrapó a la vieja, haciéndola volar en círculo sobre las cabezas de los jóvenes viajeros.
Mientras giraba, la vieja oyó la pregunta de Rosa y, como siempre, no pudo dejar de contestarla. Sin embargo, como el remolino la acercaba y la alejaba periódicamente, su voz solo les llegaba a retazos:
... únicamente puede guiar el arado quien lo desee...
 ...tú lo tomas un tiempo y Juan otro...
 ...envejecerán parejo y cuando yo vuelva...
Eso fue lo último que le oyeron, porque el remolino se convirtió en tornado y se llevó a la vieja por el rumbo que les trajera a la colina del fin del mundo.


Después de intentarlo varias veces, Juan tuvo que darse por vencido: era imposible separar las manos de Rosa del arado.
—La vieja lo dijo —le recordó ella—. Solo quien lo desee, puede tomar el arado de mis manos
Juan bajó la cabeza, apesadumbrado.
—Ha de ser cierto porque yo no quiero coger el arado. Lo que deseo es verte libre de él.
—No te culpes —le animó Rosa—. Lo que la vieja no aclaró, o si lo hizo no llegamos a oírla, es que también hace falta que quien tiene el arado quiera soltarlo.
—¿Y tú no quieres? —se asombró Juan—. ¿No se has pensado que deberás pasarte la vida en esta colina perdida en el fin del mundo, donde no pasa nada ni nadie?
Rosa sonrió suavemente. Del surco acababa de salir una brisita que le hizo cosquillas en la espalda.
—¡No me estás escuchando! —protestó Juan—. Veremos si te sigue pareciendo tan divertido cuando te des cuenta de que me voy convirtiendo en un vejestorio mientras por ti el tiempo no pasa... ¡Solo que entonces será demasiado tarde!

 


II
 

Juan de los Palotes  iba solo en la casa-papalote que impulsaba uno de los más remotos padrinos de Rosa, Viento Solar. Así se llamaba porque le daba la vuelta al mundo, siempre de este a oeste, siguiendo el rumbo del sol.
A causa de Viento Solar, Juan estaba bronceado como un mulato; pero lo importante es que estaba haciendo una gira gratuita por los confines del mundo. Todos eran lugares extraños, muy diferentes entre sí, pero siempre anunciados por una nubecilla blanca e inocente, con su señal de tránsito y el cartel explicativo. La séptima que le salió al paso indicaba:
«AL FIN DEL MUNDO: IZQUIERDA, DERECHA Y LUEGO A SALTITOS»
Este fin del mundo era una pared infinita, dividida en dos por la línea del horizonte… en cuyo centro se veía una gruta. De lejos parecía la madriguera de un ratón, pero de cerca resultó ser el refugio de un ermitaño.
El ermitaño convidó a Juan a comerse un dátil seco y a beber medio tazón de agua, y después escuchó parsimoniosamente sus preguntas.
—¿La Vieja Ventolera? ¡Claro que la conozco! Mi trabajo consiste en saber la vida y milagros de los guardianes de los mil quinientos fines del mundo oficialmente registrados. Eso sin decir que, en mis ratos de ocio, investigo sobre los vigías de trescientos treinta y tres fines del mundo que operan sin patente.
—Debe de ser apasionante —comentó Juan, tratando de mostrarse amable—. Pero yo me conformo con saber dónde encontrar a la Ventolera.
—No será  fácil —le advirtió el ermitaño parsimoniosamente—. Si la guardiana de la colina del fin del mundo no está en su puesto, y tu actitud y palabras lo sugieren, es porque ha cogido vacaciones. Y cuando ella está de vacaciones puede irse a cualquier parte y durante un tiempo incalculable.
Juan soltó un suspiro tan fuerte que el polvo acumulado en la cueva se levantó en nube espesa, tragándose al ermitaño, a su visitante y a las pocas cosas que había dentro de la gruta.
—¿No puede darme aunque sea una pista? —preguntó la voz de Juan desde un punto incierto de la nube de polvo.
—Me arriesgaría a decir que sí  —contestó la parsimoniosa voz del ermitaño desde otro punto incierto—. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó Juan desde la nube que los volvía invisibles, pero no inaudibles.
—Que esperes a que el polvo se pose para poder consultar el "Registro de Guardianes de los Confines del Mundo".
El ermitaño tenía muchos libros, pero todos llevaban el mismo título: "Registro de Guardianes de los Confines del Mundo". Eran cuatrocientas ediciones que remontaban de la de ese mismo año hasta la del Año de la Nana. La versión más antigua era solo una tablilla de arcilla con unas marcas semejantes a las que deja un pollito en el fango; pero había también un agrietado papiro con jeroglíficos, un pergamino con letras griegas y algo muy parecido a un libro, pero cuyas tapas de madera apretaban hojas espesas como cortinas.
El ermitaño escogió el más moderno de los registros, de reluciente cubierta plastificada, y lo abrió en la página donde aparecía la foto a todo color de la Vieja Ventolera en el momento de soltar su famosa carcajada. La imagen era tan real que hasta un olorcillo a pimienta se escapaba del satinado papel.
—¡Atchís! —estornudó Juan emocionado—. Es ella.
El ermitaño también estornudó (parsimoniosamente), se encajó en la nariz unos espejuelos sin patas, con cristales tan gruesos y opacos como pastillas de menta, y leyó:
"Guardiana de la Colina del Fin del Mundo. Agente 007, destinación: C.D.F.D.M. 49X623. Nombre propio: Risalba Pimentel Risuéñoz. Oficio: labradora de vientos. También conocida como La Vieja Ventolera. Edad: 17 000 años..."
—¡Conque se quita la edad! —exclamó Juan—. Nos dijo que solo tenía quince...
El ermitaño apartó los ojos, parsimoniosamente, del registro y miró a su visitante por encima de las gafas:
—Su ficha no lo precisa, pero todo el mundo sabe que la Vieja Ventolera es muy coqueta... ¿Por dónde íbamos?
Juan señaló con el dedo y el ermitaño siguió leyendo:
"Astuta, franca, afable y risueña, hábil adivinadora del pensamiento. Fuera del cumplimiento de su misión, es aficionada a los viajes, los higos maduros y las siestas prolongadas".
—¿Es todo? —preguntó Juan decepcionado.
—El anexo detalla las condiciones contractuales de su cargo, pero esa es información confidencial… y aburrida —contestó el ermitaño, con menos parsimonia que la habitual—. Veamos una versión anterior del registro. Los editores modernos, con su obsesión por la eficacia y la rentabilidad, suelen olvidar detalles capitales.
El ermitaño examinó parsimoniosamente su colección y al fin extrajo un volumen encuadernado en piel y con filetes dorados.
—Esta edición de 1740 es muy buena; verás que sacamos algo en claro.
En lugar de foto en colores, el venerable volumen les presentó un grabado algo tosco donde la Vieja Ventolera lucía idéntica, lanzando su famosa carcajada y con el arado entre las manos. Ni siquiera faltaba el olor a pimienta, aunque disimulado por el tufillo del viejo papel.
"Patronímico: Pimentell de Risueños, nombre de pila: Risalba Jocunda Piperácea. Desciende en línea directa de maese Pimentón de La Ráfaga, inventor del arado de viento y de doña Risana la Llana, introductora del cultivo de higos en los confines de la Extensa Estepa Tersa. Vulgarmente conocida como La Vieja Ventolera, doña Risalba es una funcionaria ejemplar, aunque de educación algo deslucida, circunstancia que explica sus intempestivas explosiones de hilaridad y su indelicada costumbre de penetrar los pensamientos de cuanta personas se le acerca. Al margen de sus obligaciones como guardiana de confines y labriega de vientos, dedica sus años de ocio a visitar países cálidos y satisfacer su inmoderada afición por los higos maduros. Afecta pronunciada inclinación por siestas prolongadas y a tal extremo profundas que un terremoto no sabría perturbarlas".
Juan y el ermitaño consultaron todavía media docena de registros, pero fuera de cambios en el estilo literario y en la técnica de ilustración, no detectaron nada nuevo.
—Parece que puedo encontrarla en esa Estepa Tersa —comentó Juan.
—Extensa Estepa Tersa —precisó parsimoniosamente el anciano—. Pero la extensión de esa árida llanura no será el mayor de los obstáculos que tendrás que afrontar. No olvides que de nada servirán tus esfuerzos si la Vieja Ventolera no desea retomar el arado.
Dando una nueva muestra de su hospitalidad, el ermitaño le brindó a Juan otro medio tazón de agua y dos dátiles (uno de ellos estaba un poco enmohecido, pero los regalos no se critican). Se despidieron en la entrada de la gruta.
—Muchas gracias por todo, señor... señor... —titubeó Juan—. ¿Cuál es su nombre?
—Parsimón —respondió el ermitaño, inclinándose parsimoniosamente.

 

III
 

La Vieja Ventolera acababa de comerse un cuarto de tonelada de higos y se sentía culpable de tanta voracidad. Ahora en los árboles de la antigua plantación familiar, situada en la última A de la Extensa Estepa Tersa, no quedaba ni un solo fruto.
Abochornada y molesta consigo misma, se adentró en la estepa. Solo una buena caminata podía salvarla de la indigestión y calmar su conciencia culpable.
Habría andado dos horas cuando sintió de nuevo el estómago vacío. Ya no se sentía culpable por haber devorado doscientos cincuenta kilos de higos, pero seguía triste pues sabía que no iba a encontrar ninguno que comer a su regreso.
Sin embargo, apenas había atravesado la próxima duna cuando se detuvo atónita.
—¡Pero qué ven estos ojos que va a tragarse la siesta! ¿Me habré dormido ya y estaré soñando de pie?
Lo que la Vieja Ventolera veía, entre dos tersos hierbazales esteparios, era una hermosa higuera; una higuera cargada de frutos, frutos gordos y aterciopelados, jaspeados de verde y morado, que sudaban miel y olían a gloria.
—Semejante higuera en plena estepa no puede ser real... debe tratarse de un espejismo… Pero los espejismos son propios de los desiertos y no de las estepas… No; tiene que ser un producto de mi imaginación hambrienta… —se decía la vieja mientras corría hacia el árbol que, sin embargo, ni se alejaba ni se alzaba en el aire ni se esfumaba de repente; que es lo que suelen hacer los espejismos y los productos de la imaginación.
Y al fin se vio Risalba Jocunda Piperácea Pimentel de Risueños bajo las grandes hojas verdes, tragándose los higos más jugosos y perfumados que hubiera probado en sus diecisiete mil años de vida.
Y aunque prometió, juró y perjuró que no se los comería todos, que dejaría dos o tres docenas para otro día, para esa tarde o para postre... ¡se comió hasta el último!, que resultó el más dulce y más gordo.
AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!—suspiró de felicidad mientras se dejaba caer blandamente al pie de la higuera para dormir una siesta larga y profunda, una siesta de un mes en la que soñaría que se había encontrado la higuera mágica del cuento, la que por cada higo que le arrancas produce dos más apetitosos aún.
Solo que, apenas la Vieja Ventolera se hubo dormido, Juan de los Palotes salió del terso hierbazal y le dio un beso al lápiz con el que había dibujado una hora antes, en el suelo de su papalote gigante, la mejor higuera de su vida. Sin perder tiempo, Juan barrió la tierra y hierbas que disimulaban el gran rectángulo de papel de china sobre el que ahora reposaban la higuera sin frutos y la glotona dormida.
Con la ayuda de Poderoso Monzón, el más fuerte de los padrinos de Rosa de los Vientos, Juan empinó el papalote y emprendió el largo viaje de regreso a la colina del fin del mundo.

IV
 

La Vieja Ventolera llevaba tanto tiempo durmiendo que decidieron despertarla echándole un puñado de pimienta en la nariz. El estornudo fue tan tremendo que la mujerona rodó en marcha atrás hasta la base de la colina.
—¡Salud, mil veces! —murmuró Risalba Pimentel, abriendo lentamente los ojos—. ¿Dóoonde estoooy?
—En la colina del fin del mundo —le respondió Rosa, que estaba a su lado, siempre prendida al arado.
—¿Y cómo he llegado hasta aquí?
—Te trajo Juan en el papalote.
—¿Sin terminar mis vacaciones? —gritó la vieja—. ¡Qué frescura!
—¿Cómo que sin terminar tus vacaciones! —se indignó Rosa—. ¡Mira para allá y dime qué te parece!
La vieja se volvió y descubrió junto a la casa-papalote a un vejete que se distraía tallando una ramita de higuera.
Risalba Pimentel sintió más vergüenza que cuando se comió el cuarto de tonelada de higos. Y cabizbaja retomó el arado. Rosa de los Vientos se dejó caer en el surco recién abierto, frotándose las acalambradas manos.
—¡Estás libre, Rosita! —gritó el vejete.
Rosa lo miró y, desconsolada, se echó a llorar.
La Vieja Ventolera no sabía dónde meterse. Hubiera querido abrir un surco bastante profundo para que se la tragara la tierra.
El vejete, que había echado a correr hacia Rosa y la vieja, se detuvo de repente, se dio un puñetazo en la frente y dando media vuelta empezó a gritar:
—¡Juaniquín, ya puedes salir!
Y Juan salió del rincón en el que había estado escondido... Sí, sí: Juan de los Palotes, tan joven, tan vigoroso y tan buen mozo como al principio de esta historia, que corría a darle un fuerte abrazo a la asombradísima Rosa.

V
 

—Pero entonces, ¿quién rayos era el viejito? —preguntó Viento Fresco, el tío más joven de Rosa, al que le hicieron el cuento un año después, mientras soplaba la casa-papalote por esos cielos del mundo.
—El bisabuelo de Juan —respondió Rosa riendo—. La única manera de que la Vieja Ventolera volviera a tomar el arado era hacerle creer que se había pasado un montón de años durmiendo.
—Cuando ya volaba de regreso, con la higuera y la vieja dormida, me acordé de lo que me había advertido el ermitaño Parsimón —explicó Juan—. Solo si lo deseaba, la Ventolera volvería a tomar el arado. De modo que hice una escala en el País-Reino-Pueblo, embarqué al bisabuelo y seguimos hasta la colina del fin del mundo. Aterrizamos de noche para que Rosa no nos viera y yo me escondí, mientras bisabuelo le hacía creer que él era yo. 
—Eso es lo que no entiendo —dijo Viento Fresco—. ¿Por qué no le contaste tu plan? Le habrías ahorrado sufrimiento a mi ahijada.
—Si me hubieran dicho la verdad, la Vieja Ventolera la hubiera leído en mi mente —le recordó Rosa—. No había otra solución.
—¡Vaya historia! —resopló Viento Fresco, provocando un pequeño tornado—. ¿Y la vieja? Supongo que se habrá enfurecido al darse cuenta de que la habían engañado.
—¡Bien se ve que no la conoces! —sonrió Juan—. Lo que hizo fue reírse. Se rio una semana entera. Solo paraba para gritar que jamás le habían gastado una broma tan buena.
—Al final nos lo agradeció con el alma —dijo Rosa.
—¿Agradecerles? —exclamó Viento Fresco—. ¿Agradecerles qué?
—La higuera —contestó el Juan—. El  árbol que dibujé en el papalote y que se volvió tan real que da los mejores higos de la Tierra. Y conste que no lo digo yo sino Risalba Jocunda Piperácea Pimentel de Risueños, que en sus 17 000 años se ha comido diez millones de toneladas de higos.
—Se la dejamos de regalo, plantada en medio de la colina —concluyó Rosa—. Así no tendrá que esperar sus vacaciones para comer los higos que tanto le gustan.
Como la historia estaba terminada, el cabeza loca de Viento Fresco se largó a su manera y el papalote gigante tuvo que hacer un aterrizaje forzoso... en otro cuento que te contaré la próxima vez.