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La muerte de la trascendencia

Elaine Vilar Madruga, 19 de junio de 2018

Los escritores de una generación proclaman a gritos la muerte de la trascendencia. No es esto nada alarmante. Viene sucediendo desde hace mucho en el arte, en la literatura, en la vida digital y en la física. Se ha reducido la épica de la cotidianidad al puro reflejo de la cotidianidad. Somos ese tipo de asesinos. Asesinos seriales. De los callados. De los que actúan por puro acto de persistencia y resistencia contra la circunstancia de aquello que pretende hacernos trascendentes.

Este cuento bien conoce esas costuras y, si bien elige un escenario donde la realidad es combate —una realidad artística, hasta cierto punto convulsa, tal y como podría esperarse en un espacio donde importa lo minúsculo—, lo hace sotto voce. Un grupo de escritores comparten sus impresiones sobre la creación, la vida y la amistad. Este es el eje, el punto común de cierta manera de supervivencia. Alcohol. Asesinos. Literatura. Concursos literarios. Premios. Una conversación del patio trasero. ¿Ocurre algo? ¿No ocurre? ¿Y qué? La ruptura. La muerte de la trascendencia. Somos asesinos.

No es esto un defecto, es solo una circunstancia, efectivamente elegida por el narrador para ambientar la vida de sus personajes y la vida de su relato. Tampoco es casualidad esta elección. ¿Naturalismo a pulso? ¿Tanto nos importa la realidad y tan poco el resto de sus múltiples caras? Para el escritor, esta es una verdad grande como un templo, y hay que aceptarla, escuchar las voces de sus personas y pretender que seguimos esa cuerda hasta el extremo del laberinto —si es que existe laberinto, hilo y Minotauro.

Pero eso no debe importarnos. No todo cuento necesita del monstruo y de la salida. Existen relatos sin escapatoria. Relatos circulares. Cuentos que se escriben a sí mismos, que comienzan y terminan en la madeja de una circunstancia idéntica. El material de la realidad narrativa se recicla y termina convirtiéndose en metarealidad y metaliteratura. Cuento dentro del cuento. Así se desestructura la madeja y se enreda el hilo. ¿Los personajes viven en una realidad convertida en narrativa, o en una narrativa transmutada en ejercicio de lo real?

El rol del asesino es destruir lo que ama y lo que odia. Es cuestión de venganza y de pago. El escritor, muchas veces, se camufla bajo el rostro del sicario y en ocasiones, sí, es creíble; y en ocasiones, sí, parece verídico; y en ocasiones, incluso, nos parece estar oyendo la voz del colega a tu costado, mientras cuenta sus éxitos y descalabros, y te advierte que todo cuanto eres le pertenece a él. Es entonces que viene el corte. La puñalada. El tiro. El asesinato simbólico.

Pero ha dejado de importar la trascendencia.

La trascendencia no tiene la forma de grandes tragedias narrativas rusas, tampoco tiene la arquitectura temática de los dramas noruegos ni las hechuras de la historicidad shakesperiana. No debe. No es obligatoria esa condición. Pero, a mi criterio, la escritura pide algo más que el gesto microscópico que se advierte solo bajo lentes de aumento de alto calibre. Hasta en lo microscópico debe existir algo que nos avise de la trascendencia. ¿O no? ¿El público tiene la última palabra? ¿O el escritor? ¿Acaso el crítico?

Todos hemos sigo alguna vez asesinos. Seriales. Nos contentamos con repetir el crimen en el mismo escenario donde otros asesinos seriales han efectuado su obra e incluso, sí, nos llevamos un pedazo —un objeto, un trozo de piel o un dedo, alguna prenda— de nuestras víctimas narrativas o poéticas, de nuestros queridos y entrañables cadáveres artísticos. El riesgo radica en el hecho de que existen tantos asesinos seriales y tan pocos sobrevivientes, que muy pronto nos encontraremos frente a un nuevo escenario: asesinos que apuñalan a otros asesinos. ¿Y entonces qué?

Hablamos ya de la trascendencia de la no homogeneidad. 

¿Terminaremos de matarnos los unos a los otros antes de que la realidad nos extermine? Por favor, acuñemos esta idea como mi derecho de autor para un futuro reality
 
                                  Junio, 2018.

 

Abu Duyanah, pseudónimo de Niovel A. Tamayo Formén. Manzanillo, 1984. Es un escritor, poeta, crítico literario y periodista. Egresado del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” en 2012. Coordinó el grupo artístico literario Kbzapiñón desde el 2005 hasta el 2011, que tributó activamente en las peñas Descargulia y Cuatro de mala música, vinculadas al Centro Iberoamericano de la Décima. En 2010 fue mención especial de narrativa en los Segundos Juegos Florales de Siboney y, un año más tarde, en la tercera edición de los Juegos Florales de Siboney, se alza con el Primer lugar de narrativa. En ese mismo año obtiene el Segundo lugar de narrativa en el encuentro provincial de talleres literarios de La Habana. En el 2012 gana el Primer premio del concurso La casa del trompo. Colabora como periodista y crítico con diferentes publicaciones.

 

                        

 

 

 

                                 

                                      Los asesinos

 

 

Charly descargó la taza, puso el cubo bajo el lavamanos, cogió la libreta y el bolígrafo y salió corriendo: tocaban el timbre.
—Ya va —gritó por instinto y esquivando bultos de libros cubiertos con hojas de periódicos, recostados contra las paredes, llegó a la puerta. Pegó un ojo en la mirilla. «¡Ño! Qué querrán estos ahora» se dijo, luego abrió.
—Me había hecho la idea de que andaban de viaje —dijo estrechándole la mano a cada uno.
—¡Ojalá! —le dijo Gutiérrez.
—¿Qué hay de nuevo? —le preguntó Machado—. ¿Cómo te llevan las letras?
—¿Trajeron algo?
—El conocimiento. La profundidad de la poesía —dijo Machado.
—Ya… ¿y ron, no trajeron ron?
—Tú sabes que yo no camino sin ron —dijo Gutiérrez y sacó del portafolio una botella de Havana Club, Añejo Blanco.
Charly tiró la libreta y el bolígrafo sobre el sofá y agarró la botella. «¡Candela!» dijo con una sonrisa.
—Eso es solo la botella —dijo Machado—, lo de adentro es Matarrata.
—Es lo mismo. En los últimos días, Sade no tenía ni tinta ni papel y no dejó de escribir. Vayan sentándose, que ahora vuelvo.
Charly dejó la botella sobre la mesita en el centro de la sala, junto al Ulises y fue hasta la cocina por unos vasos.
 —¿Y a ustedes? —dijo de regreso—. ¿Cómo los llevan las letras? No sé quién, pero alguien me dijo que andaban de viaje, en algo de una feria.
Los dos se habían sentado uno junto al otro en el sofá.
—Esas son las ganas que tienen de que me desaparezca —dijo Gutiérrez.
—Primera persona del plural... —dijo Machado.
Charly le entregó un vaso a cada uno, puso el suyo en la mesita. «Bueno, eso fue lo que me dijeron», destapó la botella y sirvió. Se tomó su trago de un golpe.
—Suave… que no se va a ir corriendo —le dijo Machado con una sonrisa y se dio un trago.
—Y por fin, ¿terminaste el cuento? —dijo Gutiérrez después de probar el Matarrata. Puso el vaso sobre la mesita.
—¿Desde cuándo ustedes no vienen por aquí? Lo terminé y me lo publicaron en una antología en España.
—¡Coñó! —dijo Machado alargando la última o—. ¡Felicidades, caballo!
—¿Y…? —dijo Gutiérrez frotando el dedo índice contra el pulgar.
—Ciento cincuenta dólares —dijo Charly.
—Entonces la otra va por ti.
Charly se sirvió un trago. «Ya sabía yo —pensó, pero dijo—: Ese mony hace buen rato que me lo comí», se tiró en una silla y bajó el trago de dos sorbos.
Gutiérrez hizo una pequeña mueca de desilusión, casi imperceptible y Machado lo miró de reojo.
—¿Y te mandaron el libro?
—No… pero tengo la copia de un periódico que me consiguió la vecina en internet donde hay un artículo muy bueno sobre él, y ahí salgo yo... espérate, ahora te lo busco —dejó el vaso junto a la botella y se levantó en dirección al cuarto.
Machado encendió un cigarro. «Muy bien. Ahora a tratar de repetirlo» dijo y miró a Gutiérrez. Soltó una bocanada de humo y se llevó el vaso a la boca.
—¿Y revisaste bien el cuento? —dijo Gutiérrez.
Charly no contestó.
—Eso es la literatura: publicar —dijo Machado envuelto en una nube de humo—. Aunque publicar sea desnudarse, como decía la madre de Borges.
Gutiérrez sacó un cigarro del maletín, sin dejar ver la caja.
—Préstame la fosforera.
—Está medio rota —dijo Machado extendiéndole el cigarro.
Gutiérrez soltó un chorro de humo, le devolvió el cigarro a Machado sin mirarlo y agarró el vaso.
—La literatura es soledad, es distancia, es meditación. Como decía Faulkner: un paisaje se conquista con las suelas del zapato, no con las ruedas del automóvil —dijo Machado.
Gutiérrez se le quedó mirando.
—Un buen cuento es tan bueno como el público que diga que lo es y eso carece de importancia.
Gutiérrez quiso hablar pero Machado lo interrumpió.
—Además, el público casi siempre se equivoca, casi siempre se deja llevar por las modas, y la literatura no es moda, para nada. Lo importante es la posteridad.
Charly regresó. Le entregó la hoja a Gutiérrez y siguió hasta la mesita a servirse otro trago.
—Deberías darte con un canto en el pecho de que te hayan pagado ciento cincuenta —dijo Gutiérrez echándole un vistazo a la hoja de periódico—. A tu edad, yo aún estaba dando clases de historia en el fin del mundo.
—Pero ya habías escrito los mejores cuentos de tu generación —dijo Machado intentando una sentencia.
—Sí, pero entonces no me servían de mucho.
—El artículo está al final —dijo Charly tapando la botella, luego se acomodó en la silla.
—¿Qué, te estás leyendo eso? —dijo Machado señalando el Ulises con la vista y la boca.
—Sí, ya casi termino, ese es el segundo tomo.
—Lástima que Ulises no haya sido lo que Joyce pensó —dijo Gutiérrez sin despegar la vista del artículo.
—Yo apenas si pude empezarlo —dijo Machado soltando una bocanada de humo—. ¿Y el cenicero?
—Está debajo del sofá —dijo Charly haciéndole señas para que le diera un cigarro—. Lo estoy leyendo pa´ ver si se me pega algo pa´ la novela.
Machado buscó el cenicero pero lo dejó en el piso, entre él y Gutiérrez, después sacó un cigarro para Charly.
—¿Estás pensando en una novela?
Charly se dio un trago.
—Ya la estoy escribiendo— dijo y agarró el cigarro.
—¡No jodas!
—Claro.
—¿Estás leyendo el Ulises y escribiendo una novela?
—Eso no está bien… lo de leer para escribir —dijo Gutiérrez llevándose el cigarro a la boca—. Yo leo porque me gusta. Y siempre que escribo trato de no leer y de olvidarme de todo lo que he leído.
Charly sacó una fosforera del bolsillo y encendió el cigarro; Gutiérrez la siguió con la vista hasta que la volvió a guardar.
—Mira, no sabía eso —dijo Machado saboreando un trago—, pero yo tampoco leo cuando estoy enfrascado en un texto, sobre todo si es poesía. No porque tema ser influenciado, sino porque nunca tengo tiempo.
Gutiérrez sacudió el cigarro en el cenicero.
—Yo tampoco temo ser influenciado —dijo—, la cuestión es que creo que con esta es suficiente —se llevó un dedo a la sien.
Charly le dio una chupada al cigarro.
—¿Entonces lo que me dicen es que no es bueno leer? —dijo y soltó el humo como si escupiera, después se quitó una hebra de picadura que le colgaba del labio.
—No es que no sea bueno… es otra cosa —dijo Gutiérrez—, y eso de que estás escribiendo una novela, yo te aconsejaría que primero hicieras un buen cuento; cosa que el que lo escuche se vaya pensando y lo recuerde por unos cuantos días.
—Y hasta por toda la vida: Como bosta de vaca —dijo Machado esbozando una sonrisa.
Como bosta de vaca —dijo Gutiérrez y se dio un trago—, así mismo. Y mira, cuando empecé a escribirlo, en lo menos que pensé fue en eso. Como ustedes saben, era un cuento por encargo.
—¿Y lo de leer por disciplina? —interrumpió Charly.
—Si luego se convirtió en algo extraordinario… bueno, yo hice todo lo que pude. Y ya ven lo que salió. ¡Tremendo cuento!
—¡Extraordinario!
—¿Y lo de leer por disciplina? —repitió Charly.
—Lo de leer por disciplina es cosa de viejos. Es una camisa de fuerza y la literatura es libertad.
—Como te digo, se debe leer porque te guste…
—¡Para disfrutar!
—Y además, dudo que con Joyce puedas aprender algo. Joyce se complicaba mucho.
«Si lo que escribo parece difícil, —pensó Charly— se debe a los materiales que empleo. El pensamiento es siempre sencillo. James Joyce».
—Gutiérrez tiene toda la razón.
—Si no existiera un Joyce —dijo Charly— no hubiera un Faulkner, y sin Faulkner, un García Márquez.
—Pero Márquez ya es otra cosa —dijo Gutiérrez quitándose el cigarro de la boca—, con Márquez sí se puede aprender.
—Yo hace tiempo que le detecté la técnica —dijo Machado y aplastó el cigarro en el borde del cenicero—. Por ejemplo, en Cien Años de soledad, las oraciones son circulares.
—¿Sí?
—Claro. Lo que pasa es que no todo el mundo puede darse cuenta de eso. La maestría de Márquez es como la de un sastre que sabe ocultar las costuras.
—Pero yo leí una entrevista donde él decía...
—Una entrevista es algo a lo que no se le debe dar mucha importancia.
—Pero yo leí…
—Márquez es todo un maestro del idioma, puede decir y hacer lo que le plazca, pero para ti que vas empezando es más fácil no hacerle mucho caso por ahora.
Machado terminó su trago y destapó la botella «Él tiene su propio método para escribir, su propia escuela… cosa que aun aquí no tenemos» dijo.
—Por ejemplo, cuando yo estaba escribiendo Como bosta de vaca tenía algo en la esencia que me resultaba conocido…
—Como un déjà vu —interrumpió Machado.
—Ni tan siquiera pensaba en eso. Era algo que ya había escrito pero que no encontraba en ninguno de mis papeles —hizo una pausa para darle al Matarrata y al cigarro.
—¿Y entonces?
—¿Entonces? Nada, que terminé el cuento y nunca supe por qué tenía esa idea dándome vueltas… hasta un día que empecé a releer El otoño del patriarca, y eran la vacas, esas vacas entrando al palacio, comiéndoselo todo, llenando el espacio de excremento.
Charly miró a Machado y este a su vaso de ron. Se dio un trago.
—Vaya, por primera vez me parece buena esta cosa —dijo sin despegar la vista del vaso.
—¿Y qué piensas hacer cuando alguien se dé cuenta? —preguntó Charly.
—¿Hacer con qué?
—Con las vacas, porque cualquier día de estos sale un artículo o un cuento, como te hizo Daniel Mistral con Los mensajeros de la muerte.
—Tú siempre acuérdate que yo soy el mejor escritor de este país.
—Somos —dijo Machado.
—Eso mismo dice Mistral y no vive aquí —dijo Charly.
—Mistral es un plagio andante. Además, todos sus cuentos se los hice yo. Si no fuera por mí ni, él ni ninguno de ustedes tuviera una sola letra que valiera la pena.
—Espérate un momento —dijo Machado—, que cuando nosotros nos conocimos hacía rato que yo era tremendo escritor, y con unos buenos premios en la cuenta.
—Vamos, no jodas, que ya vas por dos carreras universitarias conmigo.
—Claro… y yo no te he enseñado nada. ¡No jodas tú!
—Sí, muchos cuentos malos para que yo te los arregle.
—Señores, cálmense, que aquí nadie está para eso.
Machado se puso de pie.
—¡¿Tú sabes lo que es decir que él es el que me arregla los cuentos?! —dijo acomodándose la camisa—. ¡¿A mí, que soy el esposo de la soledad?! Dile a este que se quedó, que voy echando.
—Así está mejor. Pa´ lo que me importa a mí tu carro.
Machado bajó el último trago y se fue dejando la puerta abierta.
—Malagradecido —dijo Gutiérrez y apagó su cigarro—. Vergüenza debería darle—dijo esto como si se tratara de una enfermedad. —Cogió la botella y la destapó para echarle un poco más de ron al vaso de Charly, después se aseguró de cerrarla bien y la guardo en el maletín—: Yo también voy bajando.
—Bueno, cuando tenga un tiempo paso por tu casa —dijo Charly extendiendo la mano— y te llevo unos capítulos de la novela.
—Cuando tú quieras.
Charly cerró la puerta tras Gutiérrez, se dio un trago, agarró la libreta y el bolígrafo y se acostó boca arriba en el sofá. Buscó en la libreta una hoja en blanco y recordando: “La obra clásica es un libro que todo el mundo admira, pero que nadie lee”, comenzó a escribir: Charly descargó la taza, puso el cubo bajo el lavamanos, cogió la libreta y el bolígrafo y salió corriendo: tocaban el timbre.


 

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