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Buen humor entre Navarro Luna y Juan Marinello
 

Leonardo Depestre Catony, 21 de agosto de 2017

¿Quiién lo diría? Un capítulo de humor entre dos notables escritores del siglo XX cubano. Pero no hay motivos para la sorpresa, porque lo primero que no podemos hacer nunca es sacralizar a nuestras personalidades, cualquiera sea la manifestación de la vida pública nacional a la que pertenezcan.

A Juan Marinello y a Manuel Navarro Luna los unió una amistad entrañable, con pilares en la realización literaria y en la concordancia ideológica, pues ambos fueron comunistas. 

Navarro era unos pocos años mayor. El gran lírico, que ejerció de barbero y músico de la Banda Municipal de Manzanillo en sus tiempos duros, bien duros, tuvo una formación básicamente autodidáctica, cimentada con lecturas, en tanto atizaba sus preocupaciones sociales. En Manzanillo, su cuna adoptiva, perteneció al Grupo Literario de la localidad, reunido en torno a la revista Orto fundada por Juan Francisco Sariol en 1920. Dicha publicación devino vocero del grupo y de la actividad literaria de sus integrantes, con un alcance que trascendió la ciudad, la provincia y cuyo eco se escuchó en la capital cubana. Este autor cultivó la poesía rimada, aunque con soltura en la métrica, porque su intención no la apresó en un molde. Publicó varios cuadernos, entre ellos Ritmos dolientes, 1919; Corazón adentro, 1920;  Refugio, 1927;  Surco, 1928; Pulso y onda, 1932; La tierra herida, 1936 (en este sobresale el elemento social); también Poemas mambises, de 1944, así como sus Odas mambisas, en 1961, las cuales constituyen una recopilación de su poesía patriótica.

El maestro Julio Girona, quien manejó con tanto acierto la palabra, el pincel y el cincel, recoge esta anécdota protagonizada por Juan Marinello y Manuel Navarro Luna. Es, en nuestra opinión, una de las más graciosas e inesperadas que pueda esperarse:

Marinello me contó, cuando yo modelaba su retrato,que le había escrito a Navarro después de su visita a La Habana para decirle que no tomara más, pues la bebida arruinaría su talento.
Navarro le contestó:
-Cuando yo regresaba en guagua a Manzanillo, un niño lloraba en los brazos de la madre. La madre trataba de calmarlo, pero el niño seguía llorando. Entonces le dije a la mujer: Señora, ese niño tiene frío. Yo me quité el saco para que la madre envolviera al hijo. El niño dejó de llorar. Juan, aquel gesto humanitario, en aquella madrugada fría, fue posible porque me tomé una botella de Matusalén antes de salir de La Habana.

La anécdota, acerca de cuya veracidad no hay que dudar, descubre una faceta de Navarro Luna que, más allá de su producción literaria, nos acerca al hombre, con sus virtudes y defectos, poseedor en todo momento de una finísima vena humorística y humanista.

Intelectual de compromiso revolucionario, de laboriosidad sin descanso, Juan Marinello comentó de sí: “Los quehaceres políticos me han reclamado tiempo cuantioso y no he podido ofrecer la obra que todo autor lleva dentro como una espina impaciente”. Aún así, esa obra que nos legó es singularmente pulcra y estilísticamente magistral.

Tal vez se recuerde poco que su primer libro fue de poemas llevó por título Liberación y se publicó en 1927, época en que su autor contaba veintinueve años. Aunque nunca más vio la luz otro poemario suyo, aquel no pasó inadvertido, al punto que un erudito de tan vasto quehacer como José María Chacón y Calvo apuntaría que “hay en la lírica de Marinello una ponderación tan grave, tan justa, que el lector habitual de los libros cubanos se mostrará sorprendido.”

Al presidio se le condujo varias veces y supo lo que es dormir tras las rejas. Compañero de Rubén Martínez Villena, de Julio Antonio Mella, de Pablo de la Torriente, de Raúl Roa, su nombre aparece entre los firmantes de la Protesta de los Trece (documento de 1923 que denuncia la corrupción del gobierno de Alfredo Zayas), entre los fundadores del Grupo Minorista, integrado por la vanguardia de la intelectualidad en la década de 1920, y entre los editores de la Revista de Avance, vocero del movimiento antes citado.

De la intensidad con que estudió la obra martiana, baste citar algunos de los títulos de sus libros y conferencias: Españolidad literaria de José Martí, Poesía de José Martí, Fuentes y raíces del pensamiento antimperialista de José Martí, Ensayos martianos, Martí, escritor americano.
 

En cierta ocasión, Juan Marinello, líder del partido Unión Revolucionaria, andaba por Manzanillo para recaudar fondos para su partido. En el café La Dominica, frente al parque, Manuel Navarro Luna le presentó al hacendado Cubillas, uno de los hombres más ricos de la región. Dijo Navarro.
-Cubillas, Juan Marinello ha venido a recaudar fondos para Unión Revolucionaria, y queremos que contribuya ya que usted es una de las personas ricas de nuestro pueblo.
-Precisamente en esta misma mesa —respondió el hacendado— el Sindicato de Trabajadores Portuarios me pidió anoche dinero y le di cien pesos.
Navarro respondió:
-Cubillas, usted tiene fama de ser el mejor cazador de Manzanillo, y sabe que paloma que ha sido herida vuelve al lugar donde la hirieron para ser rematada.
Cubillas metió la mano en el bolsillo y puso un billete de cien pesos en la mesa y dijo:
-Tomen estos cien pesos ahora mismo antes de que este encuentro me cueste más caro.

Esperamos que estas dos anécdotas contribuyan a una valoración más humana de estos autores.