La Dora que conocí
Hablar de Dora Alonso, a punto de cumplir cien años de vida eterna, es, sin dudas, una tarea descomunalmente difícil. O quizás sea al revés, algo así como beber agua fresca o alzar la vista al cielo y contemplar el vuelo de un ave tratando de alcanzar el horizonte. O, simplemente, pudiera ser como intercambiar una sonrisa con un niño.
El ábrete sésamo de su legendaria personalidad, en contraste con la humildad que la caracterizaba (al menos para tratar a los humildes y a los jóvenes que, osados pero no irrespetuosos, pretendíamos llegar a escribir como ella), aún reverbera en los que un día tuvimos la suerte de conocerla y admirarla.
Su estirpe de heroína de las letras descollaba, aunque solo hiciera acto de presencia en un medio intelectual y se limitara a tener gestos amables, dejando que su espontaneidad jugara con los asistentes, quienes, hechizados, terminaban venerándola.
Nadie como ella reinó, ni creo pueda reinar, en las diversas y contrapunteadas regiones de la literatura cubana, y recalco, de la verdadera literatura inherente a Cuba y a sus pobladores y, por lo tanto, universal. Esa literatura sin recovecos, amaneramientos o “ismos” traídos por los pelos de cualquier parte del mundo o de cualquier época; literatura en grande, aunque tuviera pocas palabras o páginas; literatura de los de la orilla, hecha a pulmón y a corazón, para todos y desde todos, lo mismo para los del llano que para los de las montañas, para el campo o las ciudades; escrita entre las cuatro paredes de su soledad, para llenar, con sus textos y su producción audiovisual, plazas públicas, montes, ríos, mares, poblados y capitales; historias imaginadas o verídicas en las que privilegiaba la campiña y sus habitantes, con un protagonismo enmarcado en bellos paisajes o lugares comunes y corrientes, para hablar de los más alegres y los más tristes, ubicados en regios palacetes o en barracas, granjas o coches azules, yendo siempre hacia arriba, por “en vuelta” de los lomeríos del alma, donde el sol y los poetas aran la vida para que sus surcos se llenen de estrellas.
Más que aferrados, adentrados en Dora, en sus poesías, en su quehacer de autora dramática, en sus trabajos periodísticos, en sus guiones para la radio y la televisión, y en sus narraciones magistrales y textos pedagógicos, los especialistas, los investigadores, los hados, las hadas, los dioses, nosotros, los de a pie, pero sobre todo los niños, a sabiendas de que siempre fue un arcoíris, buscamos y rebuscamos sus puntas o extremos existenciales, con la convicción de que, en algún lugar de sus más de nueve décadas, dejó claves para descifrar el enigma de su vasta producción y del por qué de la aceptación popular que siempre la acompañó.
Bendecida por su talento y su maravillosa sensibilidad, por la hechura de sus libros, por la magna sencillez de sus historias y guiones, por la calidad de sus tramas y dramas, y por la esencia bucólica que brotaba de ella como de un manantial dorado, la fama la persiguió, no dejándola apenas descansar, así como la crítica intentó enamorarla, sin que ello la preocupara mucho.
Con una clarividencia extraordinaria, casi sobrenatural, aun dentro del silencio de su retiro habanero, empinaba los papalotes del éxito con libros como La flauta de chocolate, El valle de la Pájara Pinta y Juan Ligero y el Gallo Encantado, verdaderos tesoros de la más excelsa literatura, que, además de encumbrarla, y óigase bien: en-cum-brar-la, por sobre todos los mortales cubanos que emborronaron y emborronan cuartillas para niños, jóvenes y menos jóvenes, Martí aparte, glorificaron una vez más la gloria que ya poseía, y que, indistintamente, le había sido otorgada, muchísimas veces, por millones y millones de niños y niñas, a lo largo de todo un siglo convulso por guerras imperiales y el desamor.
Y es que Dora, adorada y, por momentos, solo una infante llamada Doralina, era, si se quiere, un tesoro inagotable en sí, un diáfano y valiosísimo tesoro que siempre esperaba ser descubierto por la gente de pueblo, para la cual escribía, pese a las talanqueras de su salud y la ferocidad de los años.
Diosa terrenal de la gran literatura, o sea, la escrita para pequeñas y pequeños que fueron, son y serán los adultos del mañana. la Dora que conocí y me alentó a escribir, no solo fue para mí un tesoro hallado, sino que, al felicitarme por mi primer libro para niños de 9 a 100 años, me otorgó de por vida el mejor premio al que podía aspirar: el premio de haberme leído.
Desde entonces espero que, algún día, se siente al lado de mi máquina, para que su aura y sus colores de arco iris mañanero me digan cómo seguir escribiéndoles a los que requieren de un mundo mejor.
