En compañía de... Argel Fernández Granado

La poesía de Argel Fernández Granado se nutre de la sensibilidad popular y de la más honda tradición lírica cubana. Intercambia vivamente con múltiples voces, de ayer y de hoy, y expresa con suma fuerza su individualidad creadora al tomar como asuntos los espacios y seres de su mundo. Sus textos se enuncian desde la emoción, y gozan de alto nivel asociativo. Un elevado número de sus analogías son de origen natural, o trabajan con elementos de los cuales tiene experiencia directa. Es muy conocida su labor en la formación de nuevos valores del repentismo cubano, actividad en la que ha acumulado éxitos indudables. Muchos de los rasgos que inculca en esas promesas del canto nacional, proceden de su educado gusto estético y de su admiración por las grandes venas líricas de nuestro pueblo. Él mismo es muestra de ello, pues toda su creación conserva la capacidad de asombro y la teluricidad profunda que caracteriza a la poesía que no ha perdido sus raíces colectivas. Los registros emocionales de sus versos revelan una gran bondad interior y un sentido inclaudicable de la autenticidad en el arte. El lector podrá apreciar en las décimas a Puerto Padre que presentamos todas estas peculiaridades expresivas, que revelan la elevada calidad de su escritura.
ROBERTO MANZANO
ARGEL FERNÁNDEZ GRANADO (Puerto Padre, Las Tunas, Cuba, 1963). Poeta y narrador. Ha publicado No caer a solas, Negación del ángel y Casi todo, la noche y lo demás (Editorial Sanlope, Las Tunas, Cuba, 2005).
A PUERTO PADRE
I
DÉCIMAS AZULES
Glosando a Adalberto Hechavarría
Escúchame, ciudad: mi adolescencia
aprendió a navegar tus olas cálidas:
tú fuiste la mayor de las crisálidas
donde durmió segura mi inocencia.
No sospeché las alas de la ausencia
al batir con sus plumas seculares
los rincones más viejos, los lugares
que visitó mi amor sin atavismos.
Y solo, desafiando los abismos,
velero de tu piel, surco los mares.
El azul me acompaña. Voy tranquilo
hacia la eternidad y no me asusta
la certeza del fin, la cruz, la fusta
del viento contra el rostro, el cuerpo en vilo.
Siempre que pierdo el rumbo torno al filo
de tus calles mis ojos, y hay albores
renaciendo en ventanas y vapores
elevándose al sol desde tu asfalto.
Tu luz hincha mis velas y yo salto
escoltado de peces voladores.
La quilla de mi voz abre senderos
en la noche del mundo como un faro,
y cada verso mío es un disparo
para dejar sin sombra tus esteros.
No me importa si faltan aguaceros
y reseca la sal tus resplandores:
yo bañaré tu faz con mis sudores
y salvaré mis labios peregrinos
mientras tenga a mi alcance esos molinos
que custodian la sed de mis amores.
Noviembre se hace luna en la mirada
y grita soledad en el espejo
del agua, que se niega a ser reflejo
de una tristeza líquida y salada.
Busco entonces tu voz donde la Nada
al chocar con tu nombre hace collares
con cuentas de palabras y cantares:
así tu imagen nunca se congela
y encuentro siempre el brillo de tu estela
en la espuma de playas insulares.
Ya me acostumbro —pertinaz barquilla—
al sino del velamen que en su empuje
al impulsar el maderamen cruje
y comparte el dolor de cada astilla.
Pero amo el magnetismo de tu orilla
donde más dulces son los manantiales;
escucho mis latidos viscerales,
soy un beso, te lloro, y el relente
de toda esta nostalgia de hijo ausente
bordeo por tus labios litorales.
Las líneas dibujadas con fulgores
en el cielo de Oriente son la queja
que la existencia en mis costados deja
y sólo son preludios, estertores.
Y siento los deseos remadores
revelando misterios ancestrales
a mis ojos, que ya serán cristales
cuando ocupe un espacio entre tus muertos
y no consigan nombres de otros puertos
navegar en mis venas siderales.
II
DISCURSO DE LA ABEJA
Pero nada dirá mi ansia infinita:
si es inmenso el amor, la pompa es muda;
y el corazón, en la palabra escrita,
no sabe si se viste o se desnuda.
AGUSTÍN ACOSTA
Para ti son sencillas mis palabras,
y me olvido de la grandilocuencia
porque soy tan pequeño en tu presencia
como el trillo escabroso de las cabras.
El misterio de asfalto donde labras
tu ocaso o tu esplendor, no necesita
mis flores de cemento, ni la cita
de sublimes poetas ni sus nombres.
Sé que es grande el orgullo de los hombres.
Pero nada dirá mi ansia infinita.
Hablará con mis labios la madeja
de sueños que he tejido estando ausente;
hablará el corazón, mas quedamente,
sin euforia, sin lágrimas ni queja.
Y será mi discurso el de la abeja
que luego de vencer distancia ruda
retorna a su colmena, testaruda,
pues yo, como una abeja, estoy cansado
y esta máxima guardo en mi costado:
si es inmenso el amor, la pompa es muda.
No por mucho decir una esperanza
se torna realidad. Los torbellinos
acaban por morir, y a tus molinos
no los mueven sus vientos de alabanza.
Yo sé que tú prefieres la bonanza
y el mar tranquilo a aquel que se encabrita.
Tú sabes que no te ama más quien grita
su amor y te reclama por derecho:
amas la sencillez de quien da el pecho
y el corazón en la palabra escrita.
Sencillamente haré mi testamento
cuando me acerque al borde del olvido
para dejarte todo lo vivido
con letras invisibles en el viento.
Mas mi legado no será un lamento,
ni tendrá la apariencia amarga y cruda
de una cruz o una flor de espina aguda.
A ti no puedo darte las espinas,
porque mi alma cuando la iluminas
no sabe si se viste o se desnuda.
