La vida en un teatro
Este día 15, el Sábado del Libro (espacio de promoción literaria organizado por el Instituto Cubano del Libro), se unió al proyecto Mayo Teatral presentando Igba Layé de René Fernández y Siete obras de Daniel Veronese, ambos publicados por la Casa Editorial Tablas-Alarcos.
Estos dos volúmenes fueron publicados por la Casa Editorial Tablas-Alarcos, institución especializada en la difusión de las artes escénicas y fundada por iniciativa del crítico cubano Omar Valiño, quien al ser nombrado director de la revista Tablas en el año 2000, decidió crear una editorial adjunta que publicara libros de dramaturgia, teoría teatral y danzaria. En esta ocasión condujo el panel que integraron, además, Ernesto Fundora, quien representó al escritor Daniel Veronese; Ulises Rodríguez Febles, antologador y presentador del libro Igba layé y su autor René Fernández.
Siete obras es un recorrido por la escritura de Daniel Veronese. Es el teatro de la violencia —característica, al parecer, que define a este escritor— que tiene su base en las relaciones humanas, donde emerge la desigualdad. La violencia ejercida se hace simbólica al dominar todos los derechos (libertad, identidad, salud, propiedad, intimidad, dignidad) y se muestra impúdicamente, encubierta por la insinuación, la trivialidad, el “hablar de otra cosa” o el silencio. Daniel construye una realidad poética alienada, influenciado con el ficticio kafkiano, en la que el protagonista es un inadaptado que trata de afirmarse sin conocer los mecanismos para lograrlo y en consecuencia no lo consigue. En su teatro manifiesta “la verdad” sin máscaras, de allí el sentido constructivo. Su visión pesimista guarda relación directa con el horror de la experiencia histórica y del presente, pero desde un fundamento humanista en el sentido sartriano del término, la influencia de Chéjov y un marcado carácter poético: la poesía como memoria, mujeres que sueñan caballos, la noche que devora a sus hijos.
Daniel Veronese, un autor casi autodidacta, comenzó su carrera como actor y mimo. En 1985 incursionó en el teatro de objetos, disciplina que lo llevó a crear en 1989 el grupo El Periférico de Objetos. Su estética como director y dramaturgo lo lleva a plantear una mirada particular en el espectro teatral argentino, cambiándole la mirada.
Es autor de más de veinte títulos y director de más de una decena de obras. Basándose en la síntesis, en la autorreferencialidad del teatro mismo y en lo siniestro, su obra genera una presencia transversal sobre los patrones formales del teatro tradicional. Tiene publicados dos libros que contienen toda su obra: Cuerpo de Prueba, editado por el C.B.C. de la Universidad de Bs.As y La Deriva, editado por Adriana Hidalgo Editores. Ha recibido numerosos premios entre los que se destacan el Segundo Premio Nacional y el Primer Premio Municipal -de Argentina- ambos en dramaturgia. Otras publicaciones suyas aparecen en editoriales francesas y han sido traducidas al italiano, alemán, francés y portugués.
Su homólogo, René Fernández, nos hizo casi una conferencia magistral sobre las raíces afrocubanas (arará, congo, yoruba) y sobre todo las arraigadas en Matanzas, tierra donde nació y que tuvo que redescubrir al estar dieciocho años alejada de ella. ‘Igba Layé’ en lengua yoruba significa ‘calabaza del mundo’, como lo veían nuestros negros más antiguos y nuestros negros (cubanos de hoy); es una obra que incluye diez piezas de tema afrocubano. En sus páginas brota y se siente el tambor, el humor, la defensa de la tradición, la justicia y el choque de culturas. Estos textos, de lograda factura, no son un acto casual en la creación de René Fernández, pues en sus propuestas escénicas es considerado uno de los más importantes directores de teatro para niños y jóvenes del país, a quien se le otorgó, en el 2007, el Premio Nacional de Teatro.
Entre sus aportes está la destreza y creatividad en la manipulación titiritera, la experimentación del títere que contiene el movimiento de las riquezas negras, el alcance de una identidad, el sincretismo de la occidentalidad clásica (Blanca Nieves, El flautista de Hamelin) y la orquestación virtuosa negra, regida por la oralidad, los pechos descubiertos del yoruba, la violencia del congo y los pantalones subidos del arará. Está el niño urbano, el niño escondido, porque como dijera Ulises Rodríguez: “Uno de los aportes más importantes, de este creador, fue el tratamiento del niño en este tiempo”.
(…) le doy las gracias a la editorial –dijo René Fernández- por hacer de estas obras otro cuerpo que puede viajar e ir de mano en mano (…). Para mí fueron momentos deliciosos.
Numerosas obras suyas han sido publicadas pues pertenecen al clásico cubano del teatro guiñol; es un autor estudiado en programas educacionales en Chile y en proyectos didácticos en España. Su labor está relacionada con la existencia del boletín La Mojiganga, la que conjuntamente con Manitas en el Suelo, es una de las escasas publicaciones dedicadas a la especialidad titiritera en Cuba. Bajo sus auspicios surgió La Calle de los Títeres, experiencia que se ha convertido en un serio y exitoso proyecto sociocultural.
Estos libros fueron para el público no solo un divertimento de aquellos a los que les gusta este arte que nació casi a la par de la primera pregunta del hombre mismo: el escenificar cada paso de la vida, sino que devino un conocimiento profundo de dos maestros de este género versátil, tan antiguo como contemporáneo.
