El poema «Hierro» de José Martí
«Hora de vuelo» le llamó inicialmente José Martí a su poema magistral «Hierro». Acertó: con el tiempo, aquella frase titular iba a adquirir otras connotaciones viajeras, que desviarían la atención sobre el poema-resumen de la poética martiana. Y porque en su lectura parece mejor anclarse que emprender vuelo, incluso de la imaginación. «Hierro» podrá parecer un título algo riguroso, hasta primitivo o elemental, pero ofrece una sutil connotación de forja, de dureza, que el primer verso, directo y verbal, ratifica como todo un ideario: «Ganado tengo el pan: hágase el verso». Palabras clave: ganar, pan, hacer, verso. Ganar para luego hacer, pero en ambos casos se halla la idea de la forja, del trabajo, de la labor necesaria. Es exactamente lo que nos dice, casi a modo de moraleja, en el verso final: «Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro!».
Ese primer endecasílabo, con acento agudo en cuarta, no puede ser dividido en hemistiquios, como a primera vista pareciera, porque tendremos entonces un dodecasílabo, fuera del juego del resto del poema. Se trata de una variante de endecasílabo heroico, con el segundo acento rítmico normal en sexta, pero con una desafiante séptima sílaba acentuada, para ofrecer así un difícil estudio métrico. En el segundo verso tenemos un endecasílabo acentuado a medias, de manera que si seguimos con el análisis métrico, descubrimos el valor ecléctico, o más bien mixto de los «endecasílabos hirsutos» no ya sólo en este poema, sino de todos los Versos libres, de cuya colección es «Hierro» un momento pinacular. Los endecasílabos martianos a veces nos ponen a prueba, cuando queremos verle su entramado rítmico, como este difícil: «Oh alma! Oh alma buena! mal oficio»: ohal-maohal-ma-bue-na-mal-o-fi-cio: es un eneasílabo. Ohal-ma-ohal-ma-bue-na-mal-o-fi-cio: es un decasílabo. Oh-al-ma-oh-al-ma-bue-na-mal-o-fi-cio: es un dodecasílabo. ¿Cómo contó Martí las sílabas métricas de este endecasílabo? Parece ser así: oh-al-maoh-al-ma-bue-na-mal-o-fi-cio… Así de complejo es el ritmo métrico martiano no sólo aquí, pruébese también en otros muchos versos, por ejemplo, esos «oh» unas veces pueden hacer sinalefa, dentro de una sola sílaba métrica, y otras, como en el verso que acabamos de ver, no siempre, hay que contarlos aparte.
Como texto de poética, de credo, «Hierro» expone paso a paso todo el ideario lírico de Martí: 1) Creador-poesía, poeta-poética: «Bardo ¿consejo quieres?...», y se da los consejos a sí mismo; 2) el hombre-los valores: «vicios celebra, encumbra vanidades»; 3) ciudad-depresión: «Mi mal es rudo: la ciudad lo encona»; 4) mujer-sexo-amor: «copas / de carne»; 5) amor: «Es de inefable / amor del que yo muero»; 6) patria-libertad, tiranos-exilio: «!Sólo las flores del paterno prado / tienen olor!»; 7) vida-muerte, forja: «Grato es morir, horrible, vivir muerto».
Buena parte de la simbología eidética del poeta se encuentra en estos versos: pan, poesía, alma, manos, joyas, ciudad, mujer, copa, carne, sueño, patria, luz, astro, sol, mar, libertad, lágrimas, hogar, suelo extraño, vivir, morir, honra, Naturaleza… Algunos versos son de gran valor más allá de la poética, puesto que enuncian frases propias del ideario filosófico del Apóstol: «La tierra ha de ser luz, y todo vivo / debe en torno de sí dar lumbre de astro». Y el sentido general del poema refuerza tanto ese ideario como la poética del dolor, el sentido estoico de la vida, un canon o mejor sea dicho una areté, en el sentido griego del ideal del héroe, del modelo de ciudadano, de las pautas morales de la existencia. El hombre no es un ser para la «copa», sino para la «luz». El dolor forja como el golpe al hierro. Patria y hogar son sitios ideales para la libertad y el amor. El trabajo sobre la tierra es más efectivo que la vida de ciudad. El hombre ha de tener un sitio, una sede, antes que sentirse un desterrado («el aire hueco palpo»). Ese sentido de forja de valores a través del dolor («desgracias da Naturaleza»), acerca a Martí al estoicismo, pero también se soluciona en un sentido de probidad, rectitud y lealtad, por ese ideal forjado ante los retos de la vida.
El poema comienza con la invocación no de las musas, sino del propio poeta, quien de inmediato expone su manera ideal de escritura, plena de sentido estoico y probidad, en tanto se ha de enfrentar a la fácil adulación, para vencerla. La poesía –el verso— acude como amiga, consoladora, pero: «Muero de soledad, de amor me muero!», el poeta debe entonces enfrentar su soledad, el dolor del amor solitario, del amor universal que no es «vulgar amor» o «amor a odalisca», rechazo total al amor mercenario y exaltación lírica de la mujer como estrella, como luz de astro, «inefable amor». El poeta ha de enfrentar el luminoso reto de la existencia, saltar al sol, de cara al sol «como un ebrio», y verse a sí mismo en su soledad total: sin familia, sin amigos próximos, sin patria, de modo que, como a Heredia saltaba la ausencia de la palma en el «Niágara», a Martí de forma sutilmente semejante, le brota la expresión: «!Sólo las seibas patrias / del sol amparan!». El poema concluye casi en un grito de existencia: «a sus mejores / hijos desgracias da Naturaleza: / Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro!». La poesía es ara, el poeta forja el verso, pero la vida, los golpes de la fortuna, forjan al poeta. No hay esfuerzo inútil, se diría.
«Hierro» es uno de los más bellos poemas de la literatura cubana. Pero su belleza no consiste en la forma, es un poema contenidista, lleno de ideas: la poesía, hecha con palabras, es portadora de ideas, y estas son faros de ideales. Para Martí la poesía debe decir, debe pasar de la estética a la ética, su sentido lírico debe ir acompañado de un valor moral. «Hierro» no resulta sólo un poema, es una forja, un planteamiento básico para el oficio del poeta, quien ha de producir su verso como de hierro, no de «oro empañado», del cual fabrican «sus joyas el bribón y el barbilindo».
Una gran intensidad vital y de pensamiento, una sed y ansias de luz enormes son en verdad los forjadores de este «Hierro», donde quedaron desechados en la libreta de apuntes al menos dos versos esclarecedores: «Sin que jamás los labios ardorosos / Del corazón voraz la sed saciasen». Todo el Martí de «Hierro» está definido en esos dos versos que luego no fueron incorporados a la versión final del poema, quizás porque se referían al hogar de la infancia, cuando el sentido de búsqueda de hogar es mucho más amplio en el texto, al ofrecerle a esta palabra intenciones cósmica y vital.
«Hierro» es una lección de poética (¿qué es para Martí la poesía?) y de ética (¿cuál es para Martí la conducta del poeta en la vida?). El poema acude a la tropología, suaviza sus metáforas lumínicas y ofrece un lenguaje a veces simbólico, más bien alegórico (copa como cuerpo, sol como virtud), pero todo en función de qué decir, del discurso lírico que en principio parecería una queja, cuando en verdad su lectura total se nos transforma en un programa, en una forja. Martí no juega de manera epistemológica con los sentidos poéticos, los valores humanos ocupan el centro de la labor del poeta, del ser para la poesía enfrentado a la muerte, pero sobre todo en el ejercicio de la vida. Todo esto hace del poema un momento de excepción dentro de un libro excepcional. Para Martí, la única forma ontológica digna es ofrecer «lumbre de astro» «en torno de sí». Las virtudes de esa «lumbre», de esa conducta, son la sabiduría, el valor, la justicia, la templanza, la armonía con la naturaleza y la forja constante de esos valores, con un sentido ecuménico, de amor universal.
Este «Hierro» no se transparenta, y no acaba de hablarnos todavía.
