Rubem Fonseca: directo al grano
Galardonado con el Premio de narrativa José María Arguedas de la Casa de las Américas en 2005 (fecha en que yo ganaba el Premio de Novela por Fiebre de Invierno) y publicado al año siguiente por el Fondo Editorial de esa institución, solo hasta hace unos meses tuve la posibilidad de adquirir el extraordinario libro de cuentos del brasileño Rubem Fonseca: Pequeñas Criaturas.
Debo confesarme una devota de este autor. Sus novelas Agosto y Pasado Negro (esta última originalmente titulada Bufo y Spallanzani) me dejaron absolutamente convencida de que afrontaba a uno de aquellos escritores que iban a formar parte para siempre de mi panteón particular de colegas afines.
Fonseca posee el don de la síntesis y de la precisión. Su estilo seco y violento, combinado con el interés de sus temas, hace de su universo —compuesto por seres imperfectos, marginales, que mienten y traicionan, estableciendo sus particulares códigos de valores, en ocasiones carentes de toda ética—, una vertiginosa fascinación, al punto de atreverme a considerarlo el prosista latinoamericano que prefiero entre los descubiertos en los últimos veinte años.
Ahora Pequeñas Criaturas vino a corroborar mis afinidades con este escritor intenso, veloz, capaz de despachar en unas pocas cuartillas toda la carga de ironía y mordacidad con las cuales nos traza a sus tristes y raros personajes, tal vez conocidos durante sus años de policía o de administrador de empresas, pero que constituyen —¿quién lo dudaría?— el inframundo de cualquier ciudad capitalista contemporánea.
Fonseca ha dicho en alguna parte: «Un escritor debe tener el coraje de mostrar lo que la mayoría de la gente teme decir». Ese coraje tanto formal como de contenido, hace de sus cuentos y novelas obras originales y conmovedoras, a pesar del odio y la violencia que pueden presidir sus implacables historias.
Conmovedoras son las criaturas que el brasileño ha escogido para los treinta cuentos del libro que casi devoro.
El escritor va directo al grano desde el principio de cada una de sus historias, deparándonos siempre esos finales magistrales por la coherencia que mantiene con todas sus partes.
Dominio de la primera persona, diálogos magistrales, erudición y conocimiento de la condición humana, vuelven a sus personajes seres inolvidables que, una vez conocidos, ya no podremos dejar de considerar vivos y hasta reales.
Muy merecido entonces el reconocimiento que Casa de las Américas otorgó a este autor que, a mi modo de ver, es uno de los más grandes escritores vivos de nuestro continente y quizás más allá de él.
Quien disfrute leer sus Pequeñas Criaturas, difícilmente permanezca inmune a su impacto.
