Solo se defiende lo que se ama
Me gustaría pedir prestada esta frase a José Martí para conmemorarlo. El más citado de todos los cubanos, el más universal, el más publicado, sin embargo, por su inmensa obra, estaremos a la expectativa que lo reconocemos, pero que no lo conocemos, diríamos que siempre vamos a redescubrir a: El ideal.
En el espacio Ciclos en Movimientos, que se efectúa en la casa Dulce María Loynaz, tuvo lugar este 18 de mayo la presentación de dos tomos de Las obras completas de José Martí. Estos dos volúmenes (tomo I y II) recogen: el primero: textos de Martí hasta su llegada a México y el segundo textos de los artículos de Martí de la Revista Universal. Auspiciada por el Centro de Estudios Martianos y el Instituto Cubano del Libro, esta tirada cuenta con 10 000 ejemplares enriquecidos en el aspecto informativo, por eso es una nueva edición no una reedición.
El panel conformado por especialistas del Centro de Estudios Martianos (Carmen Suárez, Rodolfo Sarracino y el Premio Nacional de Ciencias Sociales 2009, Pedro Pablo Rodríguez). nos hizo ver y profundizar sobre ese hombre pequeño de estatura, de ropas zurcidas, teñidas de negro, el gran ser humano que fue nuestro apóstol. Muy lejos de las palabras raídas de tanto repetirse, que ya no alcanzan la dimensión de este ser, el grupo reunido dejó escapar a un Martí de carne y hueso, esos mismos huesos que día sufrieron el presidio y le dejaron las marcas de una cojera irremediable. Al Martí que nos da la oportunidad que podamos pararnos, quizás un día, a su lado. Dicen, no sé si es dicharacho popular, que un hombre así nace uno cada mil años: Buda, Cristo, Bolívar, Gandhi, Martin Luther King. Hombres cuyas vidas nos resultan increíblemente cortas para su iluminación, mientras más existencia, más crecían como personas, como seres. A veces el siglo los aúna, y entonces es inevitable: surge otro planeta.
A los 115 años del aniversario de la muerte de Martí se nombraron también las dos grandes figuras que más le influenciaron: Maceo, y no solo como el mulato aguerrido listo para el combate, sino como el mulato que sabía oír y Máximo Gómez, tampoco como el general autoritario, sino como la persona extremadamente tímida y temeroso de las jefaturas.
Los investigadores se movieron entre las cartas de Martí, dirigidas a diferentes destinatarios y por ello diferentes eran su estilo, su forma y su tono, lo que nunca fue desigual era su pensamiento: el amor a la patria. Estos escritos cuentan sobre los más sobrecogedores. La carta a Federico Enrique Carbajal y la inconclusa a Manuel Mercado (su testimonio político); la carta a la madre y al hijo (su testimonio familiar); a María Mantilla (su testimonio pedagógico); a Gonzalo de Quesada (su testimonio literarios) abordado por la doctora Carmen Suárez.
En ella Martí repartía sus bienes (sus libros) antes de partir a la guerra necesaria. Él que vivió con intensidad terrible, el año 1895 fue uno prolífero. Hoy, que valoramos tanto su obra, el escritor prefería ser poeta en actos y no en versos. Ordenaba que los vendieran para la causa y que se guardaran algunos para que se ganaran la vida con ellos.
Se conoció que era un dramaturgo frustrado, que soñaba con un teatro nacional donde se expusiera el espejo de las Américas. También que era un editor brillante, alguien que pensaba en el bienestar de quien dejaba, como un hombre conocedor de negocios.
El Dr. Sarracino topó en la carta a Federico Enrique Carbajal, el testimonio político de Martí donde pone de relieve al enemigo nuevo, grande del norte y trata de hacer saber su proyecto martiano: unir, mediante la diplomacia a América y hacerla comprender que la libertad de Cuba no era una mera independencia para los cubanos, sino para todos los pueblos de Latinoamérica, en especial los del norte. Donde su última esperanza fue el México rebelde que odiaba al gringo, lo contrario a esa América desunida, ignorante, crédula y amenazada que hizo pocos intentos por apoyar la causa de las dos últimas islas que quedaban por liberarse del enemigo español: Cuba y Puerto Rico.
Esta esperanza de Martí se manifestó en la carta inconclusa a Manuel Mercado, que asumió Pedro Pablo Rodríguez, donde el apóstol se apoyaba en el cargo de Gabinete de Gobierno de México que ocupaba dicho amigo para poder afianzar sus ideas. El historiador Pedro Pablo nos hizo mirar esta carta tan popular desde otras aristas. De una manera magistral no solo vimos el momento de escribirla sino que estaba expuesta una parte de nuestra historia, todo desde el diario de Martí: El desembarco en aquella canoa casi rústica que el cuerpo de guardacosta español descubre horas después, viéndose que el enemigo estaba organizado y bien dispuesto; la reunión de La Mejorana donde Martí y Maceo se enfrentan; un delegado que lee y escribe sin parar haciendo la estrategia de la guerra: levantar en armas al Camagüey para poder salvarla. Allí constituyen el gobierno. La yerba que crece, la lluvia constante, el fango; la lluvia de mayo que no bendijo a mi Martí, (él ya estaba más allá de todo eso); la entrevista con Mazó, el caudillo de Manzanillo; en eso pasa la tragedia del 19, su muerte.
La carta está escrita por la noche, después de la entrevista con Mazó –asumió Pedro Pablo– resume sus pensamientos políticos en dos planos: nacionales e internacionales.
Una carta hecha para publicar donde no falta ni sobra una palabra, con el lenguaje claro, con la caligrafía exquisita, cuidada. Es una lección de estadística, literatura, maestría del uso del lenguaje. Las cosas para lograrlas han de andar ocultas, no era exactamente el pensamiento del más grande de todos los cubanos, sino que se supiera, que se denunciara, que se estuviera atento.
Todo esto lo sabemos gracias a Manuel Mercado quien conservó como un tesoro el epistolario, con las luces de que aquel que hablaba era alguien con una visión penetrante. Visión que tuvo todos los aciertos: el arrebato de la victoria cubana por los americanos, la toma de las Américas con la guerra de rapiña por el “gigante de las 7 leguas” haciéndose pasar por el “buen vecino”.
Y ahí quedó este hombre escuálido: sobre su tumba en Dos Ríos, con sus ropas de luto, con sus esperanzas y miedos, con la muerte dulce que era para él un derecho, y puedo decir que tan humano lo vieron mis ojos que lo encontré inalcanzable.
