El punto de vista y los prejuicios
Mi amigo, el pintor y ensayista espirituano Félix Pestana Cabrera, es dueño de un perrazo pastor alemán, de esos que solo pueden ser sacados a la calle con bozal y cadena corta: una masa de pelos y dientes, que cuando “escanea” con el hocico al recién llegado lo hace tan arriba, que es inevitable asustarse ante el peligro de una posible castración. Sin embargo, apenas llego de visita a la casa, muy dócil Dalton se echa a mis pies y se lanza de costado para que yo le acaricie la barriga; ronronea como un cachorro y mira con inocencia: Es que los perros tienen un gen femenino, me explicó hace unos días mi amigo.
La frase, en el orden expresado por Félix, colocaba en alto la sensibilidad de las mujeres; ciertamente, ellas son más receptivas a la dulzura que nosotros los hombres: ahora mismo no recuerdo quién dijo que el principal órgano sexual de la mujer es su piel. Sin embargo, de súbito un diablillo se me posó en el hombro y me dio por gastar una broma. Soledad, la esposa de Félix, nos preparaba un café en la cocina: ella es una mujer de refinado sentido del humor, amén de que nuestra amistad ha transitado ya por muchos veranos. De modo que alcé la voz por sobre la de Diana Krall, que desde la computadora musitaba casualmente The girl in the other room, y casi grité: Escucha, Soledad, lo que me ha comentado tu marido; dice que las mujeres tienen un gen de perro.
Para qué contarles: a Félix le calló encima toda la Edad Media, desde San Agustín de Hipona hasta Santo Tomás de Aquino; sin olvidar, desde luego, las supuestas culpas originales de Eva, ni tampoco aquellos tiempos de luchas femeninas por usar pantalones, tener acceso a los cargos públicos, y bañarse con trusa en las playas.
En una pareja que recién ha cumplido treinta y ocho años de vida en común, esas peleas solo forman parte del folclor: yo tengo ya treinta de esa experiencia y sé cómo funciona el asunto. De manera que la dejé ensañarse, porque en verdad quien hablaba por boca de Soledad no era Soledad misma, sino, de algún modo, todas aquellas mujeres que, a lo largo de la historia, han sido relegadas al plano de objeto; en tanto, quien recibía el sermón tampoco era Félix, sino todos los hombres que asimismo hemos sido responsables de que todavía perduren los prejuicios machistas.
Y ciertamente, a cualquiera podría parecerle que ya las mujeres gozan de plenos derechos en Cuba; y es que en favor de la igualdad de géneros nuestro país ha hecho mucho más que cualquier otro en este último medio siglo; pero justo acabamos de ver que solo basta cambiar el punto de vista en una frase, para que en nuestras mentes se revuelquen los fantasmas de la Edad Media.
Hagamos el experimento contrario. Cambiemos los roles, y digamos entonces que son los hombres quienes portan un gen de perro. ¿Qué pasaría? Con absoluta seguridad, nada; ningún hombre se sentiría aludido en lo personal; en todo caso, la palabra “hombre” sería oportunamente derivada hacia el total de miembros que conforma nuestra especie –donde se incluyen las mujeres, por supuesto. Vean, entonces, cómo de ningún modo estas se libran de la culpa. Alguno hasta nos recordará aquella otra frase muy famosa del “hombre lobo del hombre”, y quien sabe si hasta nos pondrá el ejemplo de Hiroshima y Nagasaki, o el abominable holocausto perpetrado por los nazis durante la II Guerra Mundial, o, simplemente, este otro mucho menos promocionado en su carácter de monstruosidad, y que ahora mismo cometen las tropas yanquis en Irak y Afganistán.
En fin, siempre serán otros los genocidas, nunca el hombre que somos nosotros mismos. Sin embargo, si nos remitimos a la historia, muy contadas mujeres han sido responsables directas de horribles matanzas. Más bien lo contrario; por lo regular han sido las mayores víctimas de las guerras. Alejandro Magno, Julio César, Gengis Kan, siempre estuvieron lidiando como perros, e igualmente trataron como perros a los vencidos. Desde su papel de conquistadores, impusieron su tiránico punto de vista en la historia, y no solo se dotaron a sí mismos de un halo mítico, sino que también borraron de un plumazo los ríos de sangre y desolación que dejaron a su paso.
Para justificar sus abusos, los poderosos inventaron los prejuicios. El primer gran historiador de la antigüedad, el griego Herodoto, advirtió que los egipcios llamaban bárbaros a todos aquellos pueblos que no hablaran su lengua. El término pasó a los griegos, y entonces estos, de igual modo, empezaron a llamar bárbaros a los extranjeros que no compartían sus costumbres. Hoy no es distinto: los cubanos conocemos muy bien cómo se intenta demonizar a quienes preservan posiciones rebeldes del pensamiento hegemónico. Mediante campañas de desinformación se pretende convertir en poco dignas de crédito las ideas que no comulgan con las políticas imperiales.
Y eso fue justo lo que hizo la Iglesia con las mujeres durante la Edad Media. Al decretar que ellas —a diferencia del hombre— no habían sido creadas a imagen y semejanza de Dios, las colocaron casi en el mismo estatus que los animales. En aquellos tiempos el marido ejercía un poder absoluto sobre la esposa. Podía apalearla cuantas veces le viniese en gana, e incluso matarla solo por una sospecha, o porque contradijese su opinión. Tanta era la antipatía, que se creó un glosario de términos para definirla: avidissimum animal, bestiale baratrum, concupiscentia camis, duellum damnosum, etcétera. La mujer era comparada con la peste, las bestias, el naufragio de la vida…
Pudiera parecernos que la Edad Media ya está lejos en el tiempo, pero el eco de tales menoscabos todavía se escucha con fuerza. Por esa causa aún son numerosas las etiquetas discriminatorias que se les cuelgan a las mujeres. Decimos “hombre de la vida”, y de inmediato pensamos en un señor que goza de gran experiencia. Así, podemos ver que “hombre público” es un funcionario; “hombre del arte”, un virtuoso y “hombre del partido”, un militante. Sin embargo, “mujer de la vida”, lo mismo que “mujer pública”, “mujer del arte”, o “mujer del partido”, según el diccionario, tienen el significado de mujer prostituta.
Solamente en el Diccionario de Uso del Español hay ochenta y tres expresiones distintas para tipificar la palabra meretriz. Sinónimos de esta son “buscona”, “cortesana”, “golfa”, “tunanta”, “zorra”… unos términos que, sin embargo, cuentan con significados distintos cuando se refieren a los hombres.
Imagine, amigo lector, que usted es un alienígeno recién llegado a la Tierra, y antes de insertarse en la nueva vida social debe pasar un curso de idioma español. De repente pudiese pensar que irrumpirá en un mundo apacible, donde la principal preocupación de sus habitantes es sobre todo fornicar. No tendría dudas al respecto, al comprobar que en el diccionario hay muchas más palabras para expresar acciones relacionadas con la prostitución, que vinculadas a la idea del hambre, la guerra, o la muerte.
En fin, todo eso explica por qué mi amiga Soledad consideró oportuno aplicarle un correctivo a su marido Félix. Recuerdo que en un momento determinado ella le dijo: Tú eres un machista, tú eres un… y de repente quedó en silencio. Desorientada miró primero hacia la computadora, y después hacia mí: Antonio, tú que eres escritor, pudieras ayudarme con un sinónimo de machista… Y entonces fui yo quien se quedó perplejo. Medité por unos instantes, y nada. Vamos al mataburro, le sugerí, y enseguida pusimos manos a la obra. Pero no hallamos el dichoso sinónimo ni en el DRAE, ni en el Larousse, ni tampoco en el María Moliner… Déjalo ya, Antonio, no merece la pena, dijo de pronto Soledad, poniendo fin a la intensa búsqueda: Acabo de comprender que el idioma español también es macho.
